Chapter 4: La fotografía que demostró que mi esposa seguía viva
Durante varios segundos, no pude apartar los ojos de la fotografía.
Grace estaba viva.
La mujer a la que había llorado durante siete años, cuya ropa todavía conservaba en el fondo de un armario y cuyo nombre pronunciaba en silencio cada vez que Lily me preguntaba cómo era su mamá, aparecía en aquella imagen con el rostro cansado y una expresión que no conseguía descifrar.
Parecía asustada.
Pero también parecía estar esperando algo.
A mí.
—¿Cuándo fue tomada esta fotografía? —pregunté.
Adrian negó con la cabeza.
—No lo sé.
Lo agarré del brazo.
—¡Deja de mentirme! Acabas de decirme que Karen te aseguró que había matado a Grace. Ahora recibo una fotografía de mi esposa viva y tú pretendes que crea que no sabes nada.
—¡Porque no lo sé, Marcus!
Su desesperación parecía auténtica, pero ya no estaba dispuesto a confundir las lágrimas con la verdad.
Había llorado junto a él en el funeral de Grace. Había aceptado su abrazo cuando me dijo que debía ser fuerte por Lily. Incluso le había agradecido que se encargara de los trámites mientras yo apenas podía levantarme de la cama.
Si todo aquello había sido una actuación, Adrian había interpretado su papel durante siete años.
—Vas a contarme absolutamente todo —le advertí—. Desde el momento en que Karen te llamó hasta el día de hoy. Y, si descubro que vuelves a ocultarme algo, no volverás a acercarte a mis hijas.
Adrian se dejó caer en el sofá.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Todo comenzó tres meses antes del accidente.
Me senté frente a él, con el teléfono todavía apretado entre los dedos.
—Habla.
—Grace descubrió que alguien estaba desviando dinero de la fundación familiar. Eran cantidades pequeñas al principio. Transferencias que podían pasar inadvertidas entre los gastos médicos, las donaciones y las inversiones.
—¿Y por qué no me lo dijo?
—Porque creyó que el responsable era alguien de tu círculo más cercano.
—¿Quién?
Adrian levantó la mirada.
—Yo.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Robaste dinero de mi empresa?
—No de la empresa. De la fundación. Pero no era para mí.
—Entonces, ¿para quién?
—Karen tenía deudas. Había perdido casi todo lo que tenía y estaba desesperada. Me convenció de que necesitaba ayuda temporal. Dijo que devolvería el dinero.
Solté una risa amarga.
—¿Y le entregaste millones de dólares porque te dio lástima?
—Al principio fueron unos cuantos miles. Después empezó a amenazarme.
—¿Con qué?
Adrian tragó saliva.
—Con revelar unos documentos que podían destruirte.
Me incliné hacia delante.
—¿Qué documentos?
—No sé exactamente qué contenían. Grace los encontró y comenzó a investigar. Me dijo que había descubierto algo relacionado con los registros del hospital, pero no quiso explicarme más. Tenía miedo de que alguien escuchara nuestras conversaciones.
Recordé las palabras de la grabación.
No confíes en nadie de nuestra familia.
—¿Qué ocurrió la noche del accidente?
Adrian respiró profundamente.
—Karen me llamó poco después de las once. Dijo que Grace había tenido un accidente y que necesitaba ayuda. Cuando llegué al hospital, ella estaba allí, pero no me permitió entrar a la sala donde supuestamente tenían el cuerpo.
—¿Y aun así firmaste la identificación?
—Me dijo que el hospital necesitaba una autorización para entregártelo. Que todo estaba confirmado y que, si hacía preguntas, podían retrasar el funeral durante semanas.
—¿Y tú aceptaste?
—Estaba asustado, Marcus.
Me levanté tan rápido que el sofá se desplazó unos centímetros.
—¡Yo era su esposo! ¡Yo tenía derecho a saber quién estaba en ese ataúd!
Adrian no respondió.
—Mientras yo enterraba a mi esposa, tú guardabas silencio.
—Sí.
—Mientras Lily crecía creyendo que su madre estaba muerta, tú sabías que había algo extraño.
—Sí.
—Y mientras otra niña pasaba hambre en un parque, tú seguías trabajando conmigo como si nada hubiera ocurrido.
Adrian comenzó a llorar.
—No sabía dónde estaba Emma.
—Pero sabías que existía.
No contestó.
Aquello fue peor que cualquier confesión.
Me acerqué a la ventana y miré el jardín.
Lily y Emma estaban jugando junto a la fuente, vigiladas por dos guardias. Mi hija sostenía la mano de su hermana mientras le mostraba las flores que Grace había plantado cuando todavía vivía en aquella casa.
Emma escuchaba cada explicación como si estuviera descubriendo un mundo completamente nuevo.
No podía permitir que alguien volviera a arrebatárselo.
—¿Por qué Karen dejó a Emma en el parque? —pregunté sin apartar la vista de las niñas.
Adrian se secó las lágrimas.
—No lo sé.
—¿Por qué estaba tan segura de que yo no la encontraría?
—Porque durante años te hizo creer que la segunda niña había muerto.
Me giré lentamente.
—¿Cómo?
—Después del parto, Karen te dijo que una de las bebés había presentado complicaciones. Que los médicos no habían podido salvarla. Supongo que aprovechó la confusión que siguió a la muerte de Grace para ocultar a Emma.
Sentí náuseas.
Yo recordaba aquel día.
Recordaba a un médico diciéndome que Lily necesitaba atención especial y a otro explicándome que Grace había sufrido una hemorragia grave.
Recordaba haber firmado documentos mientras estaba agotado, aterrorizado y desesperado por saber si mi esposa sobreviviría.
Pero no recordaba haber visto a mis dos hijas juntas.
No recordaba haber sostenido a Emma.
Porque nunca me habían permitido hacerlo.
—¿Quién estaba a cargo del hospital aquella noche?
Adrian mencionó un nombre.
El doctor Richard Coleman.
Lo reconocí inmediatamente.
Había sido uno de los médicos que firmaron los informes de Grace.
También había sido invitado a mi casa varias veces después del funeral.
—Encuentra su dirección —ordené a Daniel, que acababa de entrar al despacho—. Y quiero una copia de todos los documentos originales del hospital. No los expedientes digitales. Los originales.
Daniel asintió.
—Ya estamos trabajando en ello.
Le mostré el mensaje.
Lo leyó y su expresión se endureció.
—¿Va a ir esta noche?
—Claro que voy a ir.
—El mensaje dice que vaya solo.
—Lo leí.
—Eso significa que esperan que usted esté indefenso.
—Y también significa que quieren a Emma. No voy a entregarles a una niña para descubrir si mi esposa está viva.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—Entonces necesitamos un plan.
—Necesitamos dos. Uno para encontrar a Grace y otro para asegurarnos de que Karen no vuelva a acercarse a mis hijas.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Otro mensaje.
Esta vez no había fotografía.
Solo una dirección y una hora: las nueve de la noche.
Y una advertencia.
«Si llevas a alguien contigo, no volverás a ver a Grace».
A las seis de la tarde, la señora Bennett encontró a Emma sentada frente a una fotografía de Grace.
La imagen estaba enmarcada sobre la chimenea de la sala principal.
Emma la había tomado de una mesa cercana y la sostenía con ambas manos.
—¿Esa es mi mamá? —preguntó cuando me acerqué.
Me senté a su lado.
—Sí, cariño.
Emma pasó un dedo por el cristal.
—Se ve más feliz aquí.
Sentí que me costaba respirar.
—Lo era.
—¿Usted la quería?
Miré la fotografía.
Grace aparecía con un vestido amarillo, riéndose de algo que yo había dicho justo antes de que tomaran la imagen.
—Más que a nada.
Emma bajó la cabeza.
—¿Y por qué no estuvo conmigo?
No había una respuesta que pudiera aliviar aquella herida.
—Porque alguien nos separó. Pero eso no significa que tu mamá haya dejado de quererte.
La niña se quedó callada.
Después preguntó:
—¿Cree que sigue viva?
La abracé.
—Sí, Emma. Ahora creo que sí.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—Entonces, ¿podemos ir por ella?
Cerré los ojos.
Aquella era la pregunta que llevaba horas intentando responderme.
Quería correr hacia aquella dirección, derribar cada puerta y encontrar a Grace. Quería abrazarla y exigirle que me explicara por qué me había dejado vivir siete años creyendo que estaba muerta.
Pero, sobre todo, quería llevarla de regreso con sus hijas.
—Voy a encontrarla —le prometí—. Te lo juro.
Emma apoyó la cabeza contra mi pecho.
—Mi mamá decía que usted siempre cumplía sus promesas.
La culpa me atravesó.
No había cumplido la promesa de protegerla porque nunca había sabido que existía.
Pero sí podía cumplir la siguiente.
A las ocho y media, Daniel entró al despacho con noticias.
—Encontramos al doctor Coleman.
—¿Dónde está?
—En su casa. Pero hay algo más. Hace tres semanas retiró una cantidad importante de dinero de una cuenta bancaria y compró un boleto de avión a Canadá.
—¿Ya se fue?
—No. Su vuelo sale mañana por la mañana.
Me puse el saco.
—Quiero hablar con él esta noche.
Daniel me detuvo antes de que llegara a la puerta.
—Señor, no debería ir al encuentro con Karen sin conocer primero lo que sabe el médico.
—No voy a dejar pasar otra oportunidad de encontrar a Grace.
—Entonces permítame acompañarlo.
Negué con la cabeza.
—Si Karen cree que voy solo, debe seguir creyéndolo. Pero tendrás un equipo siguiendo mis movimientos desde una distancia segura. Nadie interviene a menos que yo dé la orden o que mi vida esté en peligro.
Daniel aceptó a regañadientes.
Antes de salir, fui a despedirme de las niñas.
Lily estaba acostada junto a Emma, leyéndole un cuento con más entusiasmo que habilidad.
—Papá, ¿adónde vas? —preguntó al verme.
—Tengo que resolver algo importante.
—¿Vas a traer a mamá?
La pregunta me golpeó.
Lily había hecho aquella pregunta cientos de veces cuando era más pequeña. Con los años, había dejado de hacerla.
Ahora volvía a pronunciarla porque Emma había despertado en ella una esperanza que yo no sabía si podría cumplir.
Me acerqué a su cama.
—Voy a intentar traerla de vuelta.
Lily me abrazó.
—Dile que la extraño.
Emma se incorporó.
—Y dile que yo también.
Las miré a las dos.
Dos niñas idénticas, con los mismos ojos de la mujer que amaba.
—Se lo diré.
Salí de la habitación con una certeza absoluta.
Si Grace seguía viva, iba a encontrarla.
Y si alguien había convertido su desaparición en un negocio, iba a descubrir cada nombre involucrado.
No importaba cuánto dinero tuviera que gastar.
No importaba cuántas relaciones tuviera que romper.
Esta vez, nadie volvería a decidir qué miembros de mi familia merecían vivir juntos.
Sin embargo, cuando llegué al automóvil, recibí un último mensaje.
Era una fotografía de Emma dormida en su cama.
Alguien la había tomado desde fuera de la ventana.
Debajo aparecían seis palabras.
«Sabemos que no vas a venir solo».
Por primera vez en muchos años, sentí miedo de verdad.
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