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Chapter 9: La última mentira de Verónica Santillán

El primer disparo no llegó a escucharse.

Solo hubo un estruendo, un apagón breve y el grito de una mujer al otro lado del sistema de comunicación.

La agente ordenó que todos permanecieran en sus posiciones mientras los oficiales avanzaban hacia el piso superior.

Mariana abrazó a Mateo y lo llevó detrás de una columna del vestíbulo.

—No te muevas de aquí, mi amor.

El niño se aferró a ella.

—¿Van a hacerle daño a Lucía?

—No. Tu hermana está a salvo.

Mariana no sabía si era verdad, pero necesitaba que el niño no volviera a sentir que el mundo estaba a punto de quitárselo todo.

Alejandro se acercó a ellos.

—La agente va a subir con el equipo. Nosotros nos quedaremos aquí.

Mariana lo miró con dureza.

—¿Y si Verónica tiene a alguien más?

—Entonces los oficiales lo encontrarán.

—No me pidas que confíe en ti.

Alejandro bajó la mirada.

—No te lo voy a pedir.

En ese instante, las puertas del elevador se abrieron.

Salió un hombre con el saco desabrochado, el rostro pálido y una carpeta bajo el brazo.

Era Arturo Mendoza.

Dos oficiales lo sujetaron inmediatamente.

—¡No se mueva!

Arturo levantó las manos.

—¡No hice nada! ¡Yo solo vine a recuperar documentos!

La agente bajó por las escaleras y se acercó.

—¿Dónde está Verónica?

El abogado tragó saliva.

—No lo sé.

—Acabamos de escuchar su voz.

—Era una grabación.

La agente lo observó fijamente.

—¿Una grabación?

Arturo asintió.

—Ella preparó todo. Me dijo que, si yo no la ayudaba, iba a destruir mi carrera y a denunciarme por fraude. Yo no sabía que había un niño involucrado.

Mariana dio un paso adelante.

—¿No sabía que había un niño involucrado? ¡Usted aparece en las fotografías con Mateo!

Arturo bajó la mirada.

—Yo lo conocí hace años.

—¿Quién es su padre?

El abogado guardó silencio.

Alejandro se acercó.

—Arturo, llevamos quince años trabajando juntos. Si alguna vez me consideraste tu amigo, dime la verdad.

Arturo levantó la cabeza.

—La verdad no va a gustarte.

—Dímela de todos modos.

El abogado miró a Mateo.

Después miró a Mariana.

—Mateo no fue registrado como hijo de Javier por casualidad. Verónica necesitaba que el niño apareciera vinculado a la familia Robles para justificar una transferencia del fideicomiso.

—Eso ya lo sabemos —respondió la agente—. Necesitamos saber quién es su padre biológico.

Arturo respiró profundamente.

—No tengo pruebas de paternidad. Pero el documento original que Verónica escondió indica que Alejandro solicitó una prueba genética cuando el niño nació.

Mariana sintió que el corazón se le detenía.

Alejandro se quedó inmóvil.

—Yo jamás solicité una prueba genética de un niño que no conocía.

—No dije que la hubieras solicitado personalmente. El documento lleva tu firma electrónica.

—¡Esa firma pudo ser falsificada!

Arturo asintió lentamente.

—Sí. Y eso es precisamente lo que Verónica quería que descubrieras demasiado tarde.

La agente lo sujetó del brazo.

—¿Dónde está el documento original?

—En el archivo privado del piso treinta y cuatro.

—¿Y Verónica?

Arturo vaciló.

—Tiene una salida de emergencia que comunica con el estacionamiento subterráneo.

La agente dio órdenes por radio.

Dos oficiales corrieron hacia el estacionamiento.

Mariana miró al abogado.

—¿Por qué nos hizo esto?

Arturo cerró los ojos.

—Porque pensé que podía controlar el daño. Verónica me pidió que preparara unos documentos para proteger los bienes de la familia. Después me dijo que Mariana había muerto y que Alejandro había autorizado todas las operaciones.

—¿Y le creyó?

—Al principio, sí. Después descubrí que los documentos no coincidían con los registros originales. Pero para entonces ya había firmado demasiadas cosas.

Mariana sintió una rabia profunda.

—Usted pudo denunciarla.

—Lo sé.

—Pudo ayudarme.

—Lo sé.

—Pudo evitar que mi hija pasara seis años encerrada.

Arturo no levantó la mirada.

—Lo sé.

Mariana se apartó.

No quería escuchar más excusas.

La agente ordenó que Arturo fuera trasladado para declarar formalmente y que se aseguraran los archivos del edificio.

Alejandro se acercó a Mateo.

—¿Quieres agua?

El niño negó con la cabeza.

—Quiero ver a mi hermana.

Alejandro asintió.

—Vamos a llevarte con ella.

Mariana lo detuvo.

—Primero necesitamos saber qué está pasando.

La agente recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos y después miró a Mariana.

—Encontramos a Verónica.

—¿Dónde?

—En el estacionamiento subterráneo. Intentaba salir en un automóvil que no estaba registrado a su nombre.

Mariana sintió que el cuerpo se le aflojaba.

—¿La detuvieron?

—Sí. Pero antes de que la trasladaran, hizo una declaración que debemos verificar.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué declaración?

La agente miró a Mariana.

—Asegura que usted firmó voluntariamente una autorización para entregar a Mateo a otra familia.

Mariana sintió que la rabia le ardía en el pecho.

—Eso es mentira.

—Lo sé. Pero Verónica afirma que tiene una grabación.

Alejandro se llevó las manos a la cabeza.

—¿Qué más puede inventar?

La agente respondió con seriedad.

—Todo lo que necesite para defenderse.

Una hora después, Verónica estaba sentada en una sala de entrevistas, con las manos apoyadas sobre la mesa y el rostro perfectamente sereno.

Frente a ella se encontraban la agente y un fiscal.

—¿Reconoce este documento? —preguntó el fiscal.

Verónica miró la hoja.

—Sí.

—¿Reconoce su firma?

—Sí.

—¿Y reconoce la firma de Mariana Salgado?

Verónica sonrió.

—Es su firma.

El fiscal dejó la hoja sobre la mesa.

—La señora Salgado niega haber firmado esta autorización.

—Porque ahora quiere quedarse con los niños y con el patrimonio de la familia.

—¿Está diciendo que Mariana entregó voluntariamente a su hijo?

—Estoy diciendo que Mariana tenía problemas emocionales y que, cuando nació Mateo, decidió que no podía hacerse cargo de él.

El fiscal no mostró reacción.

—¿Tiene pruebas médicas de esa afirmación?

—Las tenía mi abogado.

—Su abogado está declarando sobre la falsificación de documentos relacionados con este caso.

La sonrisa de Verónica desapareció.

—Arturo es un cobarde.

—¿Y usted?

Ella levantó la barbilla.

—Yo hice lo necesario para proteger a mi familia.

El fiscal se inclinó hacia delante.

—¿Encerrar a una niña detrás de una pared fue necesario?

Verónica guardó silencio.

—¿Falsificar la muerte de Mariana fue necesario?

La mujer apretó los labios.

—No falsifiqué su muerte.

—Entonces, ¿cómo explica que existan documentos que indican que Mariana fue declarada muerta mientras seguía ingresada en una clínica?

Verónica respiró profundamente.

—Yo no estaba a cargo de la clínica.

—Pero usted firmó la autorización para trasladarla.

Por primera vez, la mujer perdió el control de su expresión.

El fiscal colocó otra hoja sobre la mesa.

—También tenemos registros de transferencias bancarias, fotografías de la niña encerrada y testimonios de empleados de la mansión. ¿Desea continuar afirmando que todo es una conspiración?

Verónica miró los documentos.

Después se echó hacia atrás.

—No voy a decir nada más sin mi abogado.

El fiscal cerró la carpeta.

—Como guste.

Pero antes de levantarse, Verónica pronunció una frase que hizo que la agente se detuviera.

—Hay algo que no saben sobre Mateo.

El fiscal volvió a sentarse.

—¿Qué cosa?

Verónica sonrió con una serenidad aterradora.

—La prueba genética que todos están buscando no demuestra lo que creen.

En el hospital, Mariana estaba sentada junto a Lucía cuando recibió la llamada de la agente.

Mateo dormía en una cama cercana, agotado después de un día que había cambiado toda su vida.

—¿Qué pasó? —preguntó Mariana.

La agente le explicó que Verónica había insinuado que la prueba genética podía ser falsa.

Mariana miró a sus hijos.

—¿Qué significa eso?

—Que debemos esperar los resultados oficiales. La documentación que encontramos podría haber sido manipulada.

Mariana cerró los ojos.

—¿Y si Mateo no es mi hijo?

—No debemos adelantarnos. La prueba genética se realizará con muestras tomadas bajo supervisión médica.

Mariana asintió.

—Hágala cuanto antes.

Cuando terminó la llamada, Lucía se despertó.

—¿Qué pasa, mamá?

Mariana le acarició la frente.

—Estamos esperando unas noticias.

La niña miró hacia la cama de Mateo.

—¿Él se va a quedar?

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—Eso espero, mi amor.

Lucía se incorporó lentamente.

—Si es mi hermano, quiero enseñarle mi dibujo favorito.

—¿Cuál?

—Uno que hice cuando estaba encerrada. Dibujé una casa con ventanas grandes y una puerta que no se podía cerrar por fuera.

Mariana la abrazó.

—Es un dibujo muy bonito.

Lucía bajó la mirada.

—Quiero que Mateo tenga una casa así.

Mariana la besó en la frente.

—La vamos a construir juntos.

Por primera vez, la niña sonrió sin miedo.

Entonces Mateo abrió los ojos.

—¿Lucía?

Ella se volvió hacia él.

—Hola.

El niño se sentó en la cama.

—¿Tú eres mi hermana?

Lucía miró a Mariana.

La mujer asintió.

—Eso parece, pero vamos a esperar las pruebas.

Mateo sonrió tímidamente.

—¿Quieres ver mi cuaderno?

Lucía se acercó.

—Sí.

Los dos niños comenzaron a hablar en voz baja, comparando dibujos y preguntándose cosas sobre la vida del otro.

Mariana los observó desde su silla.

Durante seis años, Verónica había intentado convencerlos de que estaban solos.

Ahora estaban juntos.

Y esa pequeña escena le dio una fuerza que no había sentido desde antes de desaparecer.

Pero la tranquilidad duró poco.

La agente regresó al hospital acompañada por el fiscal.

Llevaba un sobre sellado.

—Señora Salgado, recibimos los primeros resultados de la prueba genética.

Mariana se puso de pie.

—¿Y?

La agente abrió el sobre y leyó el informe.

—Los resultados confirman que usted es la madre biológica de Mateo.

Mariana se llevó ambas manos a la boca.

Mateo la miró desde la cama.

—¿De verdad eres mi mamá?

Ella se arrodilló frente a él.

—Sí, mi amor. Soy tu mamá.

El niño corrió hacia sus brazos.

Lucía se unió al abrazo.

Los tres lloraron juntos mientras Mariana repetía que nunca volverían a separarse por una mentira.

Pero el fiscal todavía tenía otra página en la mano.

—Hay un segundo resultado que debemos comunicarles.

Mariana levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

El fiscal miró a Alejandro, que acababa de entrar en la habitación.

—La prueba confirma que Mateo no es hijo biológico de Alejandro Santillán.

El silencio fue absoluto.

Alejandro se quedó inmóvil.

Mariana abrazó a Mateo con más fuerza.

—Entonces, ¿quién es su padre?

El fiscal no respondió inmediatamente.

—Estamos esperando una segunda comparación genética. Se tomó una muestra de referencia a partir de un familiar directo que aceptó colaborar.

La agente recibió un mensaje y lo revisó.

Su expresión cambió.

—Los resultados acaban de llegar.

Mariana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Dígamelo.

La agente levantó la mirada.

—El padre biológico de Mateo es Javier Robles.

Alejandro cerró los ojos.

La traición era más profunda de lo que había imaginado.

Javier no solo había ayudado a Verónica a ocultar al niño.

También era su padre biológico.

Mariana se quedó mirando a Mateo.

El niño no entendía las implicaciones del resultado. Solo sabía que había encontrado a su madre y que tenía una hermana.

Y eso era suficiente por el momento.

Pero el fiscal añadió algo más.

—Hay un detalle que no coincide con los documentos originales. La fecha de nacimiento de Mateo fue alterada por once días.

Mariana frunció el ceño.

—¿Por qué?

La agente revisó el informe.

—Porque, según el registro hospitalario original, Mateo nació antes de que Verónica presentara la primera solicitud para modificar el fideicomiso de Lucía.

Alejandro abrió los ojos.

—Eso significa que el plan estaba preparado desde antes.

El fiscal asintió.

—Y hay una última persona que aparece en los documentos de la clínica.

Mariana sintió que el cuerpo se le helaba.

—¿Quién?

El fiscal miró a Alejandro.

—Usted, señor Santillán.

Alejandro negó lentamente.

—Yo no estuve en esa clínica.

—Su firma aparece en una autorización para que Javier Robles reconociera legalmente a Mateo.

—¡Eso es falso!

—Puede ser. Pero necesitamos investigar cómo se obtuvo esa firma.

Mariana se levantó.

—Alejandro, ¿hay algo que todavía no nos hayas contado?

Él la miró con desesperación.

—Te juro que no sabía que Mateo existía.

—Entonces, ¿por qué alguien utilizó tu firma?

Alejandro no respondió.

Porque, en ese momento, recordó una reunión celebrada seis años atrás.

Una noche en la que Arturo Mendoza le había llevado varios documentos para firmar.

Una noche en la que Verónica le había servido una copa de vino.

Una noche en la que le habían dicho que Mariana había muerto.

Y una hoja que él había firmado sin leer porque estaba demasiado devastado para comprender lo que hacía.

Alejandro se llevó una mano al rostro.

—Creo que sé quién pudo hacerlo.

Mariana lo miró fijamente.

—¿Quién?

Él levantó la cabeza.

—Mi padre.

El fiscal frunció el ceño.

—Su padre murió hace doce años.

Alejandro negó lentamente.

—No hablo de mi padre biológico. Hablo del hombre que me crió, el que figuraba como mi padre en todos los documentos familiares.

Don Ernesto palideció.

—Alejandro, no...

El empresario se volvió hacia él.

—Tú me dijiste que mi padre había muerto sin dejar secretos.

Don Ernesto no pudo sostenerle la mirada.

—Hay algo que nunca te conté.

Mariana sintió que el aire se le escapaba.

Después de seis años de mentiras, todavía existía otra puerta cerrada.

Y esta vez, el secreto no estaba detrás de un cuadro.

Estaba en el origen mismo de la familia Santillán.

El fiscal cerró el expediente.

—Entonces tendremos que reabrir la investigación sobre su identidad y su herencia.

Alejandro miró a Mariana, a Lucía y a Mateo.

Por primera vez, comprendió que recuperar a su familia no consistía en reunir a todos bajo el mismo techo.

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Consistía en descubrir quiénes eran realmente.

Y en aceptar que, quizá, la verdad que tanto había buscado podía destruir el apellido que había protegido durante toda su vida.

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