Chapter 8: El abuelo que había protegido al hombre equivocado
—Eso no es cierto —dijo don Ernesto en cuanto escuchó la acusación de Mateo.
Su voz sonó firme, pero su rostro había perdido el color.
El niño se escondió detrás de Mariana.
—Sí eres tú. Verónica me enseñó una fotografía. Decía que tú eras mi abuelo y que no podía decirle a nadie que venías a verme.
Don Ernesto cerró los ojos.
Alejandro lo observó con una mezcla de incredulidad y rabia.
—Ernesto, necesito que me expliques esto.
El anciano se apoyó en su bastón.
—No conozco a ese niño. Jamás lo he visitado.
Mateo comenzó a llorar.
—¡Sí me conoces! Me llevabas dulces y me decías que algún día iba a poder vivir con mi familia.
Mariana sintió que la indignación le subía por el pecho.
—¿Cómo se atreve a negarlo delante de él?
Don Ernesto dio un paso hacia el niño.
—Mateo, mírame. Te juro que nunca he estado contigo.
El pequeño retrocedió.
—No quiero que me toques.
La frase golpeó al anciano como una bofetada.
La agente intervino de inmediato.
—Señor Ernesto, por ahora necesito que permanezca aquí. Vamos a verificar lo que acaba de decir el menor.
—¡Esto es absurdo! —protestó él—. ¡Llevo toda mi vida ayudando a esta familia!
Alejandro lo miró fijamente.
—Eso es precisamente lo que necesito saber. ¿A quién has estado ayudando?
El anciano abrió la boca, pero la cerró de nuevo.
Por primera vez, parecía no tener una respuesta preparada.
Mariana tomó a Mateo de la mano y se alejó unos pasos.
No quería que el niño siguiera escuchando discusiones entre adultos. Ya había pasado demasiado tiempo viviendo entre amenazas, secretos y acusaciones.
—Vamos a sentarnos, mi amor.
Mateo se acomodó junto a ella en una banca del pasillo.
—¿Estás enojada conmigo?
Mariana lo miró con sorpresa.
—¿Por qué iba a estar enojada contigo?
—Porque dije que el señor Ernesto era mi abuelo.
Mariana le acarició el cabello.
—No tienes la culpa de contar lo que recuerdas. Los adultos somos responsables de averiguar la verdad.
El niño bajó la mirada.
—Verónica decía que, si yo hablaba, todos iban a separarme de ti.
Mariana sintió un dolor profundo.
—Nadie va a castigarte por decir la verdad, Mateo. Y nadie va a decidir tu futuro sin escucharte.
El niño se aferró a ella.
—¿Puedo conocer a Lucía?
—Sí. En cuanto sea seguro, los llevaremos a estar juntos.
Mateo pareció tranquilizarse.
Pero la agente regresó pocos minutos después con una noticia que cambió el rumbo de la investigación.
—Tenemos un problema. El despacho de Arturo Mendoza acaba de presentar una solicitud para retirar varios documentos de la notaría donde se encuentra el testamento de la familia Robles.
Alejandro se puso de pie.
—¿Con qué autorización?
—Con un poder firmado por don Ernesto.
Todos miraron al anciano.
Él negó con la cabeza.
—Yo no he firmado ningún poder.
La agente le mostró una copia digital.
El documento llevaba su nombre, su firma y una fecha reciente.
Don Ernesto lo examinó durante varios segundos.
—La firma es mía, pero no recuerdo haber firmado esto.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿También te falsificaron la firma?
El anciano levantó la mirada.
—No me hables como si supieras lo que ocurrió.
—¡Mi hija estuvo encerrada detrás de una pared! ¡Mi esposa desapareció durante seis años! ¡Un niño que podría ser mi hijo fue ocultado bajo otro apellido! ¿Qué más necesito saber para comprender que alguien ha estado manipulándonos?
Don Ernesto se apoyó en una silla.
—Tienes razón en estar furioso. Pero hay algo que no sabes.
Mariana se volvió hacia él.
—Entonces hable.
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Hace seis años, poco antes de la desaparición de Mariana, mi esposa me entregó una carta. En ella decía que Verónica estaba investigando el testamento de mi padre y que había descubierto una cláusula que podía dejarla sin la herencia familiar.
—¿Qué cláusula? —preguntó Alejandro.
—Mi padre estableció que una parte de su patrimonio debía pasar a su primera nieta biológica. No a la nieta que llevara el apellido más importante ni a la que viviera en la mansión. A la primera nieta biológica de la familia.
Mariana frunció el ceño.
—Lucía.
—Exactamente. Pero el testamento también incluía una disposición para los descendientes varones que nacieran antes de que se cumpliera determinada condición.
Alejandro miró a Mateo.
—¿Mateo?
Don Ernesto asintió lentamente.
—Si el niño era descendiente biológico de mi familia, podía alterar la distribución del patrimonio.
Mariana se levantó.
—¿Me está diciendo que nos hicieron todo esto por dinero?
—Creo que ese fue uno de los motivos. Pero no el único.
—¿Cuál fue el otro?
El anciano bajó la cabeza.
—Verónica quería demostrar que podía controlar todo lo que mi padre había dejado. Yo la protegí porque creí que era una hija ambiciosa, no una mujer capaz de destruir a su propia familia.
Alejandro lo miró con desprecio.
—¿Y qué hiciste cuando descubriste que Mariana seguía viva?
Don Ernesto guardó silencio.
La agente se acercó.
—Señor Ernesto, necesito que responda.
El anciano respiró hondo.
—Recibí una carta de Mariana hace cuatro años.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No sabía que estaba viva hasta que recibí esa carta. Decía que necesitaba ayuda, que no podía recuperar a su hija y que alguien la había amenazado si regresaba a México.
Mariana sintió que las piernas le temblaban.
—¿Y qué hizo con ella?
Don Ernesto se cubrió el rostro.
—La guardé.
—¿La guardó?
—Pensé que si intervenía, Verónica podía hacer algo peor. Me convencí de que necesitaba tiempo para reunir pruebas.
Mariana lo miró como si acabara de descubrir a un desconocido.
—Mientras usted reunía pruebas, mi hija lloraba detrás de una pared.
—Lo sé.
—No. No lo sabe. Usted recibía cartas.
Yo recibía amenazas. Usted podía dormir en su casa. Yo no sabía si mi hija estaba viva.
Don Ernesto comenzó a llorar.
—Lo siento.
Mariana negó con la cabeza.
—No vuelva a pedirme que comprenda su silencio.
La agente tomó nota de la confesión.
—Necesito ver esa carta y cualquier otra comunicación que haya recibido.
—Están en mi despacho, dentro de una caja fuerte.
—¿Puede abrirla?
Don Ernesto asintió.
Pero antes de que pudieran salir, el teléfono de Alejandro comenzó a sonar.
Era su abogado sustituto.
—Alejandro, necesito que escuches esto con calma —dijo el hombre al otro lado—. Acaban de registrar una solicitud para cambiar al administrador del fideicomiso de Lucía.
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Quién la presentó?
—Una mujer que se identificó como Mariana Salgado.
Mariana se volvió de golpe.
—¡Yo no he firmado nada!
—Lo sé —respondió el abogado—. La firma parece falsa, pero el documento incluye una certificación notarial. Si no conseguimos impugnarlo, podrían transferirse los fondos en las próximas horas.
La agente pidió que pusiera la llamada en altavoz.
—¿A nombre de quién se transferirían? —preguntó.
El abogado respondió con una frase que hizo que Alejandro se quedara sin aire.
—A una sociedad llamada Mateo Robles Patrimonial.
Mariana miró al niño.
Mateo no entendía los documentos ni las cifras, pero reconocía el tono de los adultos cuando algo malo estaba por ocurrir.
—¿Hice algo malo? —preguntó.
Mariana lo abrazó.
—No, mi amor. Nada de esto es tu culpa.
La agente ordenó que se bloquearan las operaciones sospechosas y que se enviaran copias de los documentos al equipo de investigación financiera.
Después miró a Alejandro.
—Necesitamos encontrar a Verónica antes de que intente ejecutar esa transferencia.
Alejandro asintió.
Pero don Ernesto parecía cada vez más preocupado.
—Hay algo que deben saber sobre Mateo —dijo.
Mariana levantó la mirada.
—¿Qué?
El anciano miró al niño.
—Si Verónica lo registró bajo ese apellido, no fue solamente para ocultarlo. Pudo haberlo utilizado como beneficiario de una sociedad sin que él ni su madre lo supieran.
La agente frunció el ceño.
—¿Tiene pruebas?
—No todavía. Pero mi esposa descubrió que alguien había creado varias cuentas fiduciarias a nombre de menores. La documentación estaba vinculada con el testamento de mi padre.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Cuántos menores?
Don Ernesto cerró los ojos.
—No lo sé.
El silencio se hizo insoportable.
Porque si Mateo había sido utilizado como beneficiario de una sociedad, podía haber otros niños cuyas identidades se hubieran manipulado.
Y el dinero del fideicomiso de Lucía quizá fuera solo una parte de una operación mucho mayor.
La agente recibió un mensaje y lo leyó rápidamente.
—Encontramos el automóvil de Verónica.
—¿Dónde? —preguntó Mariana.
—En un estacionamiento privado de la Ciudad de México. El vehículo está vacío.
Alejandro apretó los puños.
—¿Y ella?
—No lo sabemos. Pero hay una cámara que muestra a Verónica entrando a un edificio de oficinas hace veinte minutos.
—¿Cuál edificio?
La agente le mostró la dirección.
Alejandro reconoció el lugar de inmediato.
Era la sede de la empresa que administraba los fideicomisos familiares.
El mismo edificio donde se guardaban las copias originales de los testamentos.
Don Ernesto se levantó con dificultad.
—Va a destruir los documentos.
La agente comenzó a dar órdenes por teléfono.
Mariana tomó la mano de Mateo.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó él.
Ella respiró hondo.
—Tenemos que ir a buscar a tu hermana.
El niño asintió.
—¿Y a Verónica?
Mariana lo miró.
—A ella la van a encontrar las autoridades. Nosotros vamos a asegurarnos de que tú y Lucía estén a salvo.
Cuando llegaron al edificio, la entrada principal estaba cerrada.
Dos guardias de seguridad explicaron que una mujer había solicitado acceso a los archivos privados y que, minutos después, había activado una alarma en el piso donde se encontraba el servidor documental.
La agente pidió que les permitieran ingresar.
Alejandro acompañó al equipo hasta el elevador, pero Mariana se quedó con Mateo en el vestíbulo.
No quería que el niño volviera a escuchar gritos.
De pronto, las luces del edificio parpadearon.
Se escuchó un ruido en el piso superior.
Después, una voz femenina resonó por el sistema de comunicación interno.
—Alejandro, si quieres volver a ver a tu familia unida, tendrás que escucharme.
Era Verónica.
La agente levantó la cabeza.
—¿Dónde está?
La voz continuó.
—No voy a permitir que me arresten por una mentira que ustedes mismos construyeron.
Alejandro se acercó al intercomunicador.
—Verónica, sal de ahí. Esto se acabó.
Ella soltó una risa amarga.
—¿De verdad crees que puedes darme órdenes? Todavía no sabes quién es el padre de Mateo.
Mariana sintió que el niño apretaba su mano.
—Ya basta —gritó Alejandro—. Deja los documentos y sal.
Verónica ignoró la orden.
—Pregúntale a tu abogado qué pasó con la prueba genética original. Pregúntale quién pagó para que Mateo llevara el apellido Robles. Y, sobre todo, pregúntale por qué tu padre firmó un documento que entregaba la custodia de los dos niños a una persona que ni siquiera era pariente de sangre.
Don Ernesto se puso pálido.
—Eso es imposible.
La voz de Verónica volvió a escucharse.
—Tienes razón, papá. Es imposible. A menos que hayas firmado el documento tú mismo.
La agente hizo una señal para que los oficiales subieran.
Entonces se escuchó un golpe.
El sistema de comunicación se cortó.
Alejandro miró a don Ernesto.
—¿Firmaste ese documento?
El anciano no respondió.
Mariana sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Porque, por primera vez, no sabía si el hombre que había ayudado a descubrir la verdad también había contribuido a esconderla.
Y mientras los oficiales avanzaban por las escaleras, Mateo levantó la cabeza y pronunció una frase que hizo que Mariana olvidara todo lo demás.
—Mamá, yo recuerdo a mi papá.
Ella se arrodilló frente a él.
—¿Qué recuerdas, mi amor?
El niño miró a Alejandro.
—No era el señor Ernesto.
Alejandro dejó de respirar.
Mateo señaló hacia el elevador.
—Era el señor que acaba de hablar por el teléfono.
Mariana sintió que la sangre se le helaba.
Porque el hombre que había hablado por el sistema de comunicación no era Verónica.
Era Arturo Mendoza.
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El abogado que todos creían bajo custodia.
Y que acababa de revelar que seguía controlando cada pieza de aquella pesadilla.