Chapter 7: El abogado de la familia escondía una verdad que podía destruir a los Santillán
—¡Mi hijo está con Verónica y tú quieres que confíe en Alejandro! —gritó Mariana, señalando la fotografía que la agente acababa de recibir.
Alejandro se quedó inmóvil.
El rostro reflejado en la ventana del automóvil era inconfundible.
Arturo Mendoza, su abogado personal durante quince años, el hombre que había redactado su testamento, administrado sus fideicomisos y manejado los asuntos más delicados de su empresa, aparecía junto a la mujer que acababa de escapar con Mateo.
—Arturo no haría esto —murmuró Alejandro.
Mariana lo miró con una mezcla de rabia y desesperación.
—¿Cuántas veces vas a decir eso? ¿Cuántas personas tienen que destruir nuestras vidas antes de que dejes de defenderlas?
Alejandro abrió la boca, pero no encontró palabras.
La agente tomó la fotografía y la guardó en una carpeta.
—Necesito que ambos mantengan la calma. Vamos a localizar el vehículo y solicitar apoyo de las autoridades correspondientes.
—¡No tenemos tiempo para mantener la calma! —respondió Mariana—. Ese niño puede ser mi hijo. Tiene seis años que nadie me va a devolver.
La agente sostuvo su mirada.
—Lo entiendo. Y precisamente por eso no podemos actuar sin un plan. Si Verónica cree que la estamos persiguiendo, podría cambiar de vehículo, ocultar al menor o intentar salir de la ciudad.
Mariana apretó los puños.
Tenía razón, aunque aceptarlo le resultara insoportable.
Durante seis años había vivido sin saber si su hija estaba viva. Ahora sabía que Lucía había pasado ese tiempo aterrorizada dentro de una mansión, mientras un segundo hijo quizá crecía lejos de ella.
No permitiría que la historia se repitiera.
—¿Qué necesitan de mí? —preguntó.
—Todo lo que recuerde sobre Arturo Mendoza. Sus propiedades, sus costumbres, las personas con las que se relaciona. Cualquier lugar donde Verónica pudiera esconderse.
Alejandro se sentó lentamente.
—Arturo tiene una casa en Valle de Bravo. La compró hace unos años a través de una sociedad. También utiliza una oficina privada en Polanco.
La agente anotó ambas direcciones.
—¿Y Javier Robles?
—Su departamento está en Monterrey. Tiene una casa en San Pedro y otra propiedad cerca de Santiago.
—¿Cuál podría utilizar para ocultar a un niño?
Alejandro vaciló.
—La casa de Santiago. Es una propiedad aislada, rodeada de árboles. Mi familia solía pasar ahí algunos fines de semana.
Mariana lo miró con incredulidad.
—¿Y nunca pensaste que Verónica podría llevarse a Lucía allí?
—No tenía motivos para pensarlo.
—No querías verlos.
Alejandro bajó la cabeza.
La agente recibió otra llamada. Escuchó en silencio, hizo algunas preguntas y finalmente asintió.
—El vehículo de la fotografía está registrado a nombre de una empresa vinculada con el despacho de Arturo Mendoza. Estamos solicitando las imágenes de las cámaras de las carreteras.
Colgó.
—Tenemos una posible ruta hacia Valle de Bravo.
Mariana se levantó.
—Voy con ustedes.
—Señora, no puedo permitir que participe directamente en un operativo.
—No voy a enfrentarme a nadie. Pero si encuentran a Mateo, quiero estar allí.
La agente la observó unos segundos.
—Podrá acompañarnos hasta un punto seguro. Después tendrá que seguir nuestras instrucciones.
Mariana asintió.
Antes de salir, llamó al hotel.
Lucía contestó desde la habitación, con una voz todavía adormilada.
—¿Mamá?
Mariana cerró los ojos.
—Aquí estoy, mi amor.
—¿Vas a regresar?
—Sí. Tengo que ayudar a un niño que está en peligro, pero voy a volver contigo.
Lucía guardó silencio.
—¿Es mi hermano?
Mariana sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
No quería mentirle.
—Todavía no lo sabemos, corazón. Pero vamos a descubrir la verdad.
—Si es mi hermano, dile que no tenga miedo. Yo también tenía miedo cuando estaba encerrada.
Mariana se cubrió la boca.
—Se lo diré.
—Y mamá...
—¿Sí?
—No dejes que la señora Verónica vuelva a decirme que tú estás muerta.
Mariana respiró hondo.
—Nunca más, mi vida. Nunca más.
Cuando colgó, ya no tenía dudas.
Encontraría a Mateo.
Aunque tuviera que reconstruir cada minuto de los últimos seis años.
A las dos de la tarde, la caravana de vehículos oficiales llegó a una carretera rodeada de pinos, a las afueras de Valle de Bravo.
Mariana viajaba en el asiento trasero de un automóvil junto a la agente. Alejandro iba en otro vehículo, acompañado por un investigador.
El paisaje parecía tranquilo.
Había casas escondidas entre árboles, pequeños comercios junto a la carretera y familias que regresaban de comer en restaurantes de la zona.
Pero Mariana no podía disfrutar de nada.
Miraba cada automóvil que pasaba.
Cada curva le parecía una oportunidad perdida.
Cada minuto, una amenaza.
La agente recibió un mensaje.
—El vehículo fue detectado entrando a un camino privado hace treinta y cinco minutos.
—¿A qué distancia estamos? —preguntó Mariana.
—A menos de diez minutos.
La agente habló por radio con el equipo que avanzaba delante de ellos.
Después guardó el teléfono.
—Hay algo que debe saber. La casa pertenece a una sociedad administrada por Arturo, pero el propietario original era Javier Robles.
Mariana frunció el ceño.
—Entonces los dos estaban involucrados.
—Eso parece.
El automóvil giró por un camino de grava.
Al fondo apareció una casa de piedra con grandes ventanales, un jardín descuidado y una cochera cerrada.
No había movimiento.
Los vehículos se detuvieron a cierta distancia.
La agente bajó y se reunió con los oficiales.
Mariana permaneció en el automóvil, apretando el bolso contra el pecho.
Entonces vio algo en una ventana del segundo piso.
Una cortina se movió.
Detrás apareció el rostro de un niño.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
Una pequeña marca sobre la ceja izquierda.
Mariana dejó de respirar.
Era el mismo niño de la fotografía.
—Mateo...
La agente regresó al vehículo.
—¿Qué ocurre?
Mariana señaló la ventana.
—Está ahí.
La mujer observó la casa y pidió por radio que confirmaran la presencia del menor.
Los oficiales se acercaron a la entrada, se identificaron y solicitaron que abrieran la puerta.
Nadie respondió.
Volvieron a llamar.
Entonces se escuchó un golpe en el interior.
Después, un grito.
—¡No quiero irme!
Mariana abrió la puerta del automóvil.
La agente la detuvo con suavidad.
—Espere.
—¡Es un niño! ¡Está asustado!
—Lo sé. Necesitamos hacerlo de manera segura.
Un oficial logró abrir la puerta principal después de recibir autorización para ingresar ante la evidencia de una posible situación de peligro.
Los agentes avanzaron por el vestíbulo.
Mariana esperó unos segundos que parecieron eternos.
Entonces escuchó una voz infantil.
—¡Suélteme! ¡Yo no hice nada!
Y otra voz, masculina, respondió:
—¡Cállate y camina!
La agente salió corriendo hacia la casa.
Mariana la siguió hasta el umbral, pero se detuvo cuando escuchó su propia voz resonar en la memoria.
La noche en que había perdido a Lucía, también había oído una orden parecida.
No quería que Mateo escuchara a otra persona gritando.
No quería que su primer recuerdo de ella fuera el de una mujer que llegaba acompañada de policías.
Entró lentamente.
En la sala encontró a un hombre esposado contra la pared.
Era Arturo Mendoza.
A pocos metros, un oficial sostenía una puerta abierta.
Y al fondo, sentado en el suelo con una mochila entre las piernas, estaba Mateo.
El niño tenía los ojos llenos de lágrimas.
Cuando Mariana dio un paso, él retrocedió.
—No te acerques.
Ella se detuvo inmediatamente.
—Está bien, mi amor. No voy a tocarte.
Mateo la observó con desconfianza.
—¿Eres amiga de Verónica?
—No.
—Ella dijo que vendrían personas para llevarme con una mujer mala.
Mariana sintió que se le rompía el corazón.
—No soy una mujer mala. Pero tampoco tienes que creerme solo porque lo digo.
El niño apretó la mochila.
—¿Cómo te llamas?
—Mariana.
Él frunció el ceño.
—Ese nombre está en mi cuaderno.
Mariana sintió que las rodillas le temblaban.
—¿En qué cuaderno?
Mateo abrió la mochila y sacó una libreta azul, gastada en las esquinas.
La abrió por una página marcada con un listón.
Allí había una fotografía de Mariana cuando era joven.
Debajo, una frase escrita con letra infantil:
«Mi mamá verdadera se llama Mariana Salgado. Algún día voy a encontrarla».
Mariana se cubrió la boca.
El niño la miró.
—¿Tú eres mi mamá?
Ella no pudo responder inmediatamente.
Quería correr hacia él, abrazarlo y recuperar los seis años que les habían robado.
Pero también sabía que aquel niño había sido manipulado durante toda su vida.
No iba a obligarlo a aceptar una verdad que todavía no comprendía.
—Creo que sí, mi amor —respondió finalmente—. Pero quiero que los médicos y las autoridades nos ayuden a comprobarlo.
Mateo bajó la mirada.
—Verónica decía que mi mamá había muerto.
Mariana se arrodilló a una distancia prudente.
—A mí me dijeron que tú habías desaparecido. Nos mintieron a los dos.
El niño comenzó a llorar.
—¿Por qué?
Mariana negó con la cabeza.
—Todavía no lo sé.
Mateo se quedó mirándola durante varios segundos.
Después se levantó lentamente y dio un paso hacia ella.
—¿Puedo abrazarte?
Mariana rompió a llorar.
—Claro que sí, mi vida.
El niño corrió hacia sus brazos.
Mariana lo abrazó con una ternura desesperada, acariciándole el cabello y repitiéndole que estaba a salvo.
No podía devolverle seis años.
No podía borrar las mentiras.
Pero podía quedarse.
Y esta vez, nadie iba a separarlos sin luchar por la verdad.
Desde el pasillo, Arturo Mendoza observaba la escena sin mostrar arrepentimiento.
La agente se acercó a él.
—¿Dónde está Verónica Santillán?
El abogado sonrió.
—No tengo idea.
—El vehículo utilizado para trasladar al niño está vinculado a su despacho.
—Eso no demuestra que yo supiera quién iba dentro.
La agente señaló la mochila.
—¿Quién le entregó al menor?
Arturo miró a Mateo.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
—Pregúntele a Alejandro.
Mariana levantó la cabeza.
—¿Qué acabas de decir?
El abogado se acomodó el saco.
—Usted cree que encontró a todos los responsables, señora Salgado. Pero todavía no sabe quién firmó el documento que permitió que Mateo fuera registrado con otro apellido.
La agente lo sujetó del brazo.
—Va a tener que explicar eso en la declaración.
Arturo se dejó conducir hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, miró directamente a Mariana.
—Pregúntele a su esposo quién estuvo con ella la noche que desapareció.
Mariana sintió que el abrazo de Mateo se volvía más fuerte.
Porque el abogado no había dicho «su exesposo».
Había dicho «su esposo».
Y aquella palabra dejó al descubierto una duda que llevaba años enterrada.
¿Y si la desaparición de Mariana había sido preparada desde mucho antes de aquella noche?
¿Y si Alejandro sabía algo que todavía no se atrevía a contar?
Al caer la tarde, un médico examinó a Mateo y confirmó que no presentaba lesiones que requirieran hospitalización inmediata. La identificación definitiva de su parentesco con Mariana tendría que esperar a las pruebas genéticas.
El niño no quería separarse de ella.
Se sentó a su lado durante el traslado y sostuvo su mano mientras la agente coordinaba el regreso a Ciudad de México.
—¿Tengo una hermana? —preguntó de pronto.
Mariana sonrió entre lágrimas.
—Sí. Se llama Lucía.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿Ella sabe que existo?
—Acaba de enterarse.
—¿Está enojada conmigo?
—No, mi amor. Ella también ha pasado por cosas difíciles. Pero estoy segura de que quiere conocerte.
Mateo miró por la ventana.
—Verónica decía que Lucía era una niña malcriada porque tenía todo lo que quería.
Mariana apretó su mano.
—Lucía no tenía todo lo que quería. Lo que necesitaba era que alguien la protegiera.
El niño asintió lentamente.
Después sacó un papel de su bolsillo.
Era una tarjeta con un número telefónico escrito a mano.
—Verónica me dijo que, si alguna vez me llevaban con la policía, llamara a este número.
Mariana se la entregó a la agente.
La mujer examinó la tarjeta.
—¿Reconoces el número?
Mariana negó con la cabeza.
La agente lo consultó a través de su equipo y su expresión cambió.
—Está registrado a nombre de una empresa de servicios jurídicos.
Alejandro se acercó desde el otro vehículo.
—¿De quién es la empresa?
La agente levantó la vista.
—Del despacho de Arturo Mendoza.
Mariana miró a Mateo.
—¿Verónica te dijo algo más sobre ese número?
El niño dudó.
—Me dijo que, si me encontraban, tenía que decir que mi papá era el señor Alejandro.
Mariana se quedó inmóvil.
Alejandro palideció.
—¿Qué?
Mateo apretó la tarjeta.
—Me enseñó una fotografía tuya. Dijo que tú eras mi papá, pero que nunca habías querido conocerme.
Alejandro retrocedió.
La agente observó a ambos.
—Necesitamos comprobar quién es el padre biológico de Mateo. No podemos asumirlo a partir de lo que le dijo Verónica.
Mariana asintió, aunque la confusión la estaba consumiendo.
Mateo tenía derecho a conocer la verdad.
Lucía tenía derecho a saber quién era su hermano.
Y Alejandro tendría que responder por cada documento que hubiera firmado, incluso aquellos que afirmaba no recordar.
El teléfono de la agente sonó otra vez.
Contestó y escuchó con atención.
Cuando colgó, miró a Mariana.
—Verónica ha presentado una denuncia contra usted.
Mariana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Por qué?
—Afirma que usted secuestró a Mateo y que está intentando utilizarlo para quedarse con el patrimonio de la familia Santillán.
Alejandro soltó una exclamación de incredulidad.
—¡Es absurdo!
—También afirma que tiene documentos que demuestran que Mariana perdió la custodia de ambos niños hace seis años.
Mariana abrazó a Mateo.
La pesadilla no había terminado.
Verónica había perdido el control de la casa, pero todavía tenía abogados, dinero y una historia cuidadosamente preparada.
Y si la policía no conseguía desmontarla, podía intentar convertir a Mariana en la culpable de todo.
Entonces Mateo levantó la mirada.
—Yo sé dónde está el documento.
Todos se volvieron hacia él.
—¿Qué documento, mi amor? —preguntó Mariana.
El niño tragó saliva.
—El que Verónica dice que demuestra que tú eres mala.
—¿Dónde está?
Mateo señaló la mochila.
—No está ahí. Está en la caja donde guarda las cosas de mi papá.
Alejandro se acercó lentamente.
—¿Qué papá, Mateo?
El niño lo miró con miedo.
—El que viene a verme algunas noches.
Mariana sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién es ese hombre?
Mateo bajó la voz.
—El señor que Verónica dice que no puede aparecer en las fotografías.
Y cuando el niño pronunció el nombre, Alejandro comprendió que la última persona en la que habría sospechado podía ser la clave de todo.
Porque Mateo no señaló a Arturo Mendoza.
Tampoco a Javier Robles.
Señaló a don Ernesto.
Al padre de Verónica.
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Al hombre que había prometido ayudarles a descubrir la verdad.
Y que, de pronto, tenía mucho más que explicar de lo que cualquiera habría imaginado.