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Chapter 6: El nombre escrito en el acta de nacimiento

Mariana repitió el nombre en voz baja, como si pronunciarlo pudiera cambiar lo que acababa de escuchar.

—¿Está seguro de que el documento dice eso?

El doctor Esteban Molina permaneció en silencio unos segundos.

—Sí. El registro que consulté antes de que retiraran el expediente identificaba a un hombre llamado Javier Robles como padre del niño.

Mariana sintió que las piernas le fallaban.

Javier Robles.

El hermano menor de Verónica.

Un hombre al que había conocido durante los primeros años de su matrimonio con Alejandro. Javier era encantador, educado y siempre dispuesto a ofrecer ayuda. Había sido padrino de bautizo de Lucía y uno de los pocos miembros de la familia que Mariana consideraba realmente amable.

También había sido uno de los primeros en decirle, después de su desaparición, que debía aceptar que su vida anterior había terminado.

—No puede ser él —murmuró.

—No puedo asegurarle que el registro sea correcto. Necesitamos el expediente original.

—¿Y dónde está?

—No lo sé. Pero la persona que retiró los documentos dejó una copia de una autorización. Si la policía consigue localizarla, quizá podamos reconstruir lo que pasó.

Mariana apretó el teléfono.

—Voy a hablar con Alejandro.

—Tenga cuidado, señora. Si alguien ocultó ese expediente durante seis años, es porque tenía razones para hacerlo.

La llamada terminó.

Mariana permaneció inmóvil, mirando la pared del hotel.

La fotografía de Mateo seguía en su mente.

Un bebé envuelto en una manta blanca.

Una fecha.

Un nombre.

Y una pregunta que no podía dejar de hacerse.

Si Mateo era su hijo, ¿por qué le habían dicho que nunca había estado embarazada?

¿Por qué nadie le había hablado de él?

¿Y por qué Javier Robles aparecía en el acta como su padre?

Antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, Lucía salió de la habitación.

Llevaba una pijama prestada y abrazaba una almohada pequeña.

—Mamá, ¿estás llorando?

Mariana se limpió rápidamente las mejillas.

—Un poquito, mi amor.

—¿Por mí?

Mariana se arrodilló frente a ella.

—No, corazón. No hiciste nada malo.

Lucía la miró con desconfianza.

—La señora Verónica decía que cuando los adultos lloran es porque los niños se portan mal.

Mariana sintió una punzada de dolor.

—A veces los adultos lloramos porque estamos tristes, porque tenemos miedo o porque alguien nos ha hecho daño. Pero eso no significa que sea culpa de los niños.

Lucía pareció meditarlo.

—¿Y si yo hubiera sido más buena, me habría dejado salir?

Mariana la abrazó de inmediato.

—No. Escúchame bien, mi vida. Nada de lo que hiciste justificaba que te encerraran. Nada.

La niña escondió el rostro en su hombro.

—Entonces, ¿por qué me decía que yo era mala?

Mariana cerró los ojos.

—Porque hay personas que hacen cosas terribles y después necesitan convencer a los demás de que la culpa es de alguien más.

Lucía guardó silencio.

Luego preguntó:

—¿Tú también tienes miedo?

Mariana la apartó apenas para mirarla a los ojos.

—Sí, mi amor. Pero voy a enfrentar ese miedo para protegerte.

La pequeña asintió y volvió a abrazarla.

Mariana decidió que no hablaría del bebé hasta tener pruebas. Lucía ya había sufrido suficiente. No iba a cargarla con una incertidumbre que ni siquiera los adultos podían comprender.

Sin embargo, cuando regresó a su teléfono, encontró un mensaje de Alejandro.

«Necesito verte. Encontramos algo más en los archivos de Verónica. No quiero ocultarte nada».

Mariana respondió:

«Dime dónde».

Él envió la dirección de la oficina de su abogado.

Mariana dejó a Lucía al cuidado de una enfermera y una agente de confianza. Antes de salir, se agachó frente a su hija.

—Voy a resolver una cosa y regreso pronto.

Lucía la tomó de la mano.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—¿Aunque alguien te diga que no puedes volver?

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—Aunque alguien me lo diga.

La oficina de Alejandro estaba en el piso treinta y dos de un edificio corporativo. Desde los ventanales se veía una Ciudad de México cubierta por una ligera capa de contaminación, con automóviles avanzando lentamente entre avenidas y edificios.

Mariana llegó a las once y media.

Alejandro la esperaba junto a don Ernesto y la agente encargada del caso.

Sobre la mesa había una carpeta, una computadora y varias fotografías.

—Gracias por venir —dijo Alejandro.

Mariana no se sentó.

—¿Qué encontraron?

La agente le mostró una copia de un documento.

—Es un registro de acceso a la clínica de Querétaro. La noche en que usted desapareció, un automóvil registrado a nombre de Javier Robles ingresó por la entrada de servicio.

Mariana miró la hoja.

La fecha coincidía.

—El doctor Molina me llamó esta mañana —dijo—. Me contó que estuve embarazada.

Alejandro levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Según su expediente, estaba embarazada cuando me llevaron a la clínica. Después hubo un traslado médico y un nacimiento registrado a nombre de Mateo.

Don Ernesto se sentó lentamente.

—Dios mío.

Mariana miró a Alejandro.

—El acta identifica a Javier como el padre.

Alejandro se quedó mirando el documento.

—Javier es mi amigo desde hace más de veinte años.

—También es hermano de Verónica —respondió Mariana.

—Lo sé.

—¿Dónde está ahora?

Alejandro abrió otra carpeta.

—En Monterrey. Está a cargo de una división de nuestra empresa.

La agente intervino.

—Ya solicitamos información sobre sus movimientos durante las últimas veinticuatro horas. También estamos investigando las transferencias relacionadas con la clínica.

Mariana señaló las fotografías.

—¿Qué más encontraron?

Alejandro tomó una de ellas.

Mostraba una oficina con una caja fuerte empotrada en la pared. La imagen se había recuperado de una copia de seguridad del sistema de vigilancia.

—La caja fuerte estaba en el despacho privado de Verónica. Cuando la revisamos, encontramos un sobre con documentos de una notaría.

La agente abrió la carpeta.

—Uno de los documentos es un poder notarial fechado hace seis años. Autoriza a Javier Robles a tomar decisiones sobre determinados bienes de la familia y a gestionar cuentas relacionadas con el fideicomiso de Lucía.

Mariana sintió que todo comenzaba a encajar.

—Javier no solo sabía que yo estaba desaparecida. Tenía acceso al dinero de mi hija.

—Exactamente —dijo la agente—. Y varias transferencias se realizaron desde una cuenta que estaba vinculada a ese poder.

Alejandro se pasó una mano por el rostro.

—Le confié una parte de la empresa. Era como un hermano para mí.

Mariana lo miró con dureza.

—A mí también me pediste que confiara en tu familia.

Él bajó la cabeza.

La agente colocó un último documento sobre la mesa.

—Hay algo más. La notaría confirmó que el poder fue ratificado dos semanas después de la supuesta muerte de Mariana.

—¿Por quién? —preguntó Alejandro.

—Por una persona que se presentó con una identificación a nombre de Mariana Salgado.

Mariana sintió un escalofrío.

—Pero yo estaba en la clínica.

—Eso parece indicar el expediente médico —respondió la agente—. Necesitamos confirmar quién utilizó su identidad.

Don Ernesto se inclinó hacia delante.

—Javier pudo haberlo hecho.

—O Verónica —dijo Mariana.

Alejandro miró a ambos.

—¿Y si los dos estaban involucrados desde el principio?

Nadie respondió.

La posibilidad era demasiado grande para ignorarla.

La agente explicó que el caso ya incluía posibles delitos relacionados con la falsificación documental, el fraude patrimonial y el trato que había recibido Lucía. Sin embargo, todavía necesitaban pruebas sólidas para establecer las responsabilidades de cada persona.

—No podemos detener a alguien únicamente porque su nombre aparezca en un documento —aclaró—. Pero vamos a seguir el rastro del dinero y de los registros médicos.

Mariana asintió.

—Quiero que encuentren a Mateo.

La agente la miró con seriedad.

—Lo haremos. Pero necesito que esté preparada para cualquier resultado.

—Llevo seis años preparándome para perderlo todo. No voy a detenerme ahora.

Alejandro se acercó a la ventana.

—Hay algo que no entiendo —dijo—. Si Javier era el padre del bebé, ¿por qué Verónica necesitaba ocultarlo?

Don Ernesto respondió con voz cansada.

—Porque Javier no podía tener hijos.

Alejandro se volvió.

—¿Qué?

—Eso fue lo que nos dijo hace años. Él y su primera esposa se sometieron a varios tratamientos. Los médicos les explicaron que las posibilidades eran mínimas.

Mariana sintió que el aire se volvía pesado.

—Entonces, ¿cómo pudo aparecer como padre en el registro?

La agente miró el documento.

—Hay varias posibilidades. Una adopción encubierta, un registro alterado o una relación biológica que no conocemos. Ninguna puede darse por cierta sin pruebas.

Alejandro apretó los puños.

—Voy a llamarlo.

La agente levantó una mano.

—No. Por ahora no debe confrontarlo. Si está implicado, podría destruir pruebas o intentar localizar a Mateo antes que nosotros.

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.

Por primera vez, aceptó una orden sin discutir.

Mariana se sentó finalmente.

Estaba agotada.

Había pasado seis años buscando a su hija y ahora descubría que quizá también le habían arrebatado a un hijo.

La agente cerró la carpeta.

—Necesito que me cuente todo lo que recuerda de aquella noche. Cada detalle, por pequeño que parezca.

Mariana respiró hondo.

—Me llamaron alrededor de las siete. Una mujer dijo que Lucía tenía fiebre. Recuerdo que tomé un taxi, pero el conductor recibió una llamada y cambió de ruta. Después me dijeron que el camino estaba bloqueado y que un automóvil me llevaría a la clínica.

—¿Reconoció a la persona que la recibió?

—No. Llevaba una gorra y un cubrebocas.

—¿Recuerda algo más?

Mariana cerró los ojos.

Durante unos segundos solo escuchó el zumbido del aire acondicionado.

Entonces apareció una imagen.

Un anillo.

Un anillo de oro con una piedra negra.

—La persona que me ayudó a bajar del automóvil llevaba un anillo muy particular.

La agente se inclinó.

—Descríbalo.

—Era dorado, con una piedra negra cuadrada. Tenía una pequeña marca en el borde.

Don Ernesto se puso de pie tan bruscamente que su bastón golpeó la mesa.

—No puede ser.

Todos lo miraron.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alejandro.

El anciano tenía los ojos clavados en Mariana.

—Javier usa un anillo así. Se lo regaló mi esposa cuando cumplió cuarenta años.

Mariana sintió que el estómago se le encogía.

—¿Estás seguro?

—Lo he visto cientos de veces.

La agente anotó el detalle.

—Lo verificaremos.

Alejandro miró hacia la puerta, como si esperara ver aparecer a su amigo.

—Si Javier estuvo allí, ¿por qué nunca dijo nada?

Mariana respondió sin apartar la mirada del anciano.

—Porque quizá no estaba tratando de ayudarme.

En ese momento, el teléfono de la agente vibró.

Leyó el mensaje y se levantó.

—Localizamos a Javier Robles.

Alejandro dio un paso adelante.

—¿Dónde está?

La agente tardó un instante en responder.

—En el aeropuerto de Monterrey. Su vuelo privado tenía previsto salir hace veinte minutos.

Mariana se puso de pie.

—¿Hacia dónde?

La agente miró la pantalla.

—Todavía no lo sabemos. Pero hay algo extraño: su equipaje fue registrado a nombre de un menor.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Qué menor?

La agente levantó la vista.

—Un niño llamado Mateo Robles.

Mariana se llevó una mano a la boca.

Era el nombre del bebé de la fotografía.

El niño que quizá había nacido de su propio vientre.

El niño que podía haber pasado seis años lejos de ella.

Alejandro tomó las llaves de su automóvil.

—Vamos al aeropuerto.

La agente lo detuvo.

—Usted no va a intervenir. Mi equipo se encargará.

—¡Es mi familia!

—Y precisamente por eso debe dejar que trabajemos.

Mariana miró a la agente.

—¿Pueden detener el vuelo?

—Estamos coordinando con las autoridades del aeropuerto. Pero no sabemos si el niño está realmente con él.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era una llamada entrante.

La agente contestó y escuchó durante varios segundos.

Su rostro cambió.

—¿Está segura? —preguntó.

Escuchó un poco más y después colgó.

Mariana se acercó.

—¿Qué pasó?

La agente respiró profundamente.

—Javier no está en el aeropuerto.

Alejandro palideció.

—¿Entonces quién registró el equipaje?

—Una persona que utilizó su identificación.

—¿Y Mateo?

La agente miró a Mariana con una expresión que ella jamás olvidaría.

—El niño sí estaba allí. Pero salió del aeropuerto hace cuarenta minutos acompañado por una mujer.

—¿Qué mujer? —preguntó Mariana.

La agente le mostró una imagen capturada por una cámara de seguridad.

Una mujer con lentes oscuros, cabello recogido y un abrigo claro llevaba a un niño de la mano.

Mariana reconoció el abrigo.

Reconoció la forma de caminar.

Y reconoció la pequeña cicatriz que la mujer tenía junto a la oreja.

Se quedó sin aire.

—No...

Alejandro miró la pantalla.

—¿Quién es?

Mariana levantó lentamente la cabeza.

—Es la mujer que me dijo que mi hija estaba enferma la noche en que desaparecí.

La agente amplió la imagen.

Debajo de la fotografía apareció el nombre que las autoridades habían asociado con la identificación utilizada.

*Verónica Santillán.*

La mujer que todos creían bajo vigilancia.

La mujer que supuestamente no había salido de la sala de entrevistas.

La mujer que, al parecer, había preparado una última jugada mientras todos buscaban a Javier.

Mariana retrocedió, temblando.

—Tiene a mi hijo.

La agente tomó su teléfono y dio órdenes inmediatas para localizar el vehículo.

Pero antes de terminar la llamada, recibió una fotografía.

Era una imagen reciente de Mateo, sentado en el asiento trasero de un automóvil.

El niño sostenía una hoja de papel con ambas manos.

En ella había un mensaje escrito con letras grandes:

*«Mamá, si vienes por mí, no confíes en Alejandro».*

Mariana sintió que el mundo se le venía encima.

Porque aquella letra no era la de Verónica.

Era la de un niño que, de alguna manera, sabía que alguien iba a buscarlo.

Y detrás de él, reflejado en la ventana del automóvil, aparecía el rostro de un hombre que Alejandro reconoció de inmediato.

Su propio abogado.

El hombre que había redactado todos los documentos de la familia durante los últimos quince años.

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El hombre que conocía cada secreto de la mansión.

Y que, según la imagen, estaba ayudando a Verónica a escapar con Mateo.

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