Chapter 2: La mujer que Verónica juró que estaba muerta
La mujer apenas había llegado a la mitad del pasillo cuando Verónica gritó una orden que reveló cuánto miedo le tenía.
—¡Ramiro, no dejes que se acerque a la niña!
El hombre del traje gris se interpuso de inmediato.
Pero esta vez no solo había una mesera dispuesta a defender a Lucía.
Había decenas de invitados mirando.
Había teléfonos levantados.
Y había un empresario que acababa de descubrir que su propia hija vivía aterrorizada dentro de su casa.
Alejandro levantó una mano.
—Nadie va a tocar a esa mujer.
Ramiro se detuvo.
Verónica lo miró con furia.
—Alejandro, no entiendes lo que está pasando.
—Entonces explícamelo.
—¡Es una impostora!
La mujer del abrigo oscuro no respondió a la acusación. Tenía los ojos clavados en Lucía, como si temiera que un parpadeo bastara para hacerla desaparecer.
La niña intentó correr hacia ella, pero sus piernas estaban débiles después de permanecer tanto tiempo encerrada.
Valeria la sostuvo por la cintura.
—Despacio, mi niña. No te vayas a caer.
La mujer se arrodilló a unos pasos de distancia.
No intentó tocarla.
Solo extendió las manos.
—Lucía, mi amor, soy yo.
La pequeña sollozó.
—Mamá, ¿por qué tardaste tanto?
La pregunta hizo que la mujer se llevara ambas manos a la boca.
—Perdóname, mi vida. Perdóname por no haber podido llegar antes.
Lucía corrió hacia ella.
Cuando ambas se abrazaron, el pasillo quedó en silencio.
La mujer hundió el rostro en el cabello de su hija y comenzó a llorar sin poder contenerse. La abrazaba con cuidado, evitando las muñecas lastimadas por la cinta.
—Estás aquí —repetía—. Estás aquí, mi niña. Ya te encontré.
Alejandro observó la escena sin moverse.
Tenía los labios entreabiertos y el rostro completamente pálido.
—No puede ser —murmuró.
La mujer levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de él.
—Hola, Alejandro.
Él retrocedió un paso.
—Mariana...
Verónica dejó caer su copa.
El cristal estalló contra el mármol.
Mariana.
Ese era el nombre de la primera esposa de Alejandro Santillán, la madre biológica de Lucía, a quien todos creían muerta desde hacía seis años.
La versión oficial decía que Mariana había fallecido en un accidente automovilístico durante un viaje a Querétaro. Alejandro había celebrado un funeral privado y, meses después, se había casado con Verónica.
Durante años, los periódicos habían descrito a Verónica como una mujer generosa que había criado con amor a la hija de otra persona.
La imagen perfecta de una madrastra ejemplar.
Pero Mariana estaba ahí.
Viva.
Con su hija entre los brazos.
Y con una expresión que no tenía nada de sorpresa.
—¿Qué significa esto? —preguntó Alejandro, incapaz de apartar los ojos de ella.
Mariana se levantó lentamente.
—Significa que tu esposa ha mantenido a nuestra hija encerrada detrás de una pared mientras tú brindabas con tus amigos.
Alejandro negó con la cabeza.
—Me dijeron que habías muerto.
—Lo sé.
—Vi tu acta de defunción.
—Una copia falsa.
—Hubo un funeral.
—Con un ataúd cerrado.
Alejandro se quedó sin palabras.
Mariana respiró profundamente.
—Durante seis años he intentado acercarme a Lucía. Durante seis años me han dicho que no existo, que soy una mujer inestable, que quiero destruir a tu familia. Y durante seis años, Verónica se ha encargado de que nadie escuche mi versión.
Verónica recuperó la voz.
—¡Está mintiendo! Esta mujer perdió la custodia de la niña porque no estaba bien de la cabeza. Alejandro, tú mismo firmaste los documentos.
—¿Qué documentos? —preguntó él.
—Los que demostraban que Mariana representaba un peligro para Lucía.
Mariana soltó una risa amarga.
—¿Los documentos que falsificaste con ayuda de tu abogado?
—¡Cállate!
—¿O prefieres que hable del dinero que pagaste para que un médico firmara un diagnóstico que jamás me hizo?
Un murmullo recorrió a los invitados.
Alejandro miró a su esposa.
—¿Es verdad?
Verónica se acercó a él, intentando tomarle el brazo.
—Cariño, estás alterado. Esta gente está aprovechándose de ti.
Alejandro retiró el brazo.
—No me toques.
La frase la dejó paralizada.
Valeria seguía arrodillada junto a Lucía. Había conseguido cortar la cinta con unas tijeras que encontró en el carrito de servicio.
Las muñecas de la pequeña estaban enrojecidas.
—Necesita un médico —dijo Valeria—. Y agua. Lleva demasiado tiempo aquí.
Mariana acarició la mejilla de su hija.
—¿Cuánto tiempo te tuvieron encerrada?
Lucía bajó la mirada.
—No sé.
—¿Horas?
La niña negó lentamente.
—Cuando me encierran, no hay reloj.
Mariana cerró los ojos.
Aquella respuesta le dolió más que cualquier acusación.
—¿Y te daban de comer?
—A veces.
Alejandro se llevó una mano a la frente.
—Dios mío...
Verónica levantó la barbilla.
—No exageren. Lucía tiene berrinches. Cuando se pone agresiva, necesita estar sola para tranquilizarse.
Mariana se volvió hacia ella.
—¿Agresiva? Tiene seis años.
—Es una niña difícil.
—Es una niña que te tiene miedo.
—¡Porque tú la has puesto en mi contra!
Mariana abrazó a Lucía con más fuerza.
—No. Yo no tuve que enseñarle a tenerte miedo. Tú te encargaste de eso.
En ese momento, una mujer mayor se abrió paso entre los invitados.
Era Teresa, la ama de llaves de la mansión. Llevaba más de veinte años trabajando para la familia y siempre había mantenido la cabeza baja, incluso cuando escuchaba discusiones detrás de las puertas.
Se acercó a Alejandro con las manos entrelazadas.
—Señor, necesito decirle algo.
Verónica se volvió hacia ella.
—Teresa, ni una palabra.
La anciana tembló, pero no retrocedió.
—Ya no puedo seguir callada.
Alejandro la miró.
—Habla.
Teresa tragó saliva.
—La niña no estaba encerrada solo esta noche. La señora Verónica ordenó que la metieran ahí cada vez que preguntaba por su mamá.
Un invitado soltó una exclamación.
Teresa continuó, con lágrimas en los ojos.
—Yo llevaba comida a escondidas. Le dejaba agua y una cobija. No podía hacer más. La señora me amenazó con acusar a mi hijo de robar dinero de la empresa si decía algo.
Verónica se abalanzó hacia ella.
—¡Vieja mentirosa!
Alejandro se interpuso.
—¡Basta!
Su voz retumbó en el pasillo.
Por primera vez en aquella noche, Verónica pareció comprender que había perdido el control de la situación.
Pero todavía tenía una carta.
Y decidió jugarla.
—Está bien —dijo, levantando ambas manos—. ¿Quieren la verdad? Pues aquí está. Mariana no murió, pero tampoco es la santa que pretende ser.
Sacó el teléfono del bolso y lo levantó.
—Tengo pruebas de que intentó llevarse a Lucía hace seis años. Pruebas de que amenazó con desaparecerla. Pruebas de que su propia familia pidió que la internaran.
Mariana palideció.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Lo sé perfectamente.
Verónica abrió una carpeta que uno de los empleados le acercó.
Sacó varias hojas impresas y las arrojó sobre una mesa.
—Aquí están los informes. Aquí están las firmas. Aquí están los documentos que demuestran que esta mujer no tenía derecho a acercarse a la niña.
Alejandro tomó una de las hojas.
Leyó el encabezado.
Después la fecha.
Y finalmente la firma que aparecía al pie.
Su expresión cambió.
—Mariana...
Ella negó con la cabeza.
—No firmé eso.
—Aquí está tu firma.
—Es falsa.
Verónica sonrió.
—Claro. Todo es falso cuando no te conviene.
Mariana miró a su hija y luego a Alejandro.
—No vine a discutir por documentos. Vine porque recibí una llamada anónima diciendo que Lucía estaba en peligro.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Quién la llamó?
Mariana sacó un papel doblado del bolsillo.
—Alguien me dejó esto en la recepción del hotel donde me estoy quedando.
Alejandro tomó la nota.
Solo contenía una frase escrita con tinta negra:
«Si todavía quieres salvar a tu hija, ven esta noche a la mansión. La van a encerrar detrás del cuadro por última vez».
Debajo aparecía una hora.
Las ocho y media.
Alejandro miró su reloj.
Eran las nueve y doce.
—¿Quién sabía que la iban a encerrar esta noche? —preguntó.
Nadie respondió.
Verónica cruzó los brazos.
—Alguien está tratando de tenderme una trampa.
—¿Quién escribió la nota? —preguntó Alejandro.
Mariana negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero quien la escribió sabía exactamente dónde encontrar a Lucía.
Valeria recordó algo.
Antes de abrir la puerta, había escuchado una voz masculina al otro lado del cuadro. No había sido la voz de Ramiro.
Había sido alguien que hablaba por teléfono.
Alguien que dijo: «Cuando termine la fiesta, nadie volverá a escucharla».
Valeria sintió un escalofrío.
—Yo escuché algo —dijo.
Todos se volvieron hacia ella.
—Antes de encontrar a la niña, escuché una voz detrás de la pared. Un hombre estaba hablando por teléfono.
Ramiro bajó la mirada.
Fue un movimiento pequeño.
Pero Mariana lo notó.
—¿Qué pasa? —preguntó.
El hombre del traje gris se acomodó el auricular.
—Nada.
Alejandro se acercó a él.
—Quítate el auricular.
—Señor, yo solo estoy cumpliendo órdenes.
—Te dije que te lo quitaras.
Ramiro obedeció lentamente.
Alejandro extendió la mano.
—Tu teléfono.
—No tiene nada que ver conmigo.
—Entonces no tendrás problema en entregármelo.
Ramiro retrocedió.
Y en ese instante, su teléfono vibró.
La pantalla se iluminó.
Valeria alcanzó a leer el mensaje antes de que el hombre lo ocultara.
«Deshazte de la mujer antes de que entregue los originales».
Mariana también lo había visto.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué originales? —preguntó.
Ramiro guardó el teléfono en el bolsillo.
—No sé de qué habla.
Pero Verónica ya no estaba mirando a su esposo.
Miraba hacia la puerta principal.
Su rostro se había vuelto tan blanco que parecía enferma.
Porque acababa de comprender algo terrible.
La persona que había enviado la nota a Mariana no solo sabía dónde estaba Lucía.
También sabía dónde se encontraban los documentos que Verónica llevaba seis años intentando destruir.
Y esos documentos no estaban en la mansión.
Estaban en manos de alguien que acababa de entrar al salón.
Un hombre de cabello canoso, apoyado en un bastón, que observaba la escena con una serenidad inquietante.
El padre de Verónica.
Don Ernesto Robles.
El hombre que había financiado la primera empresa de Alejandro.
Y el único que conocía el secreto del nacimiento de Lucía.
—Buenas noches —dijo don Ernesto, mirando a su hija—. Veo que, por fin, alguien abrió el cuadro.
Verónica retrocedió.
—Papá, no...
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El anciano levantó una carpeta de cuero.
—Se acabó, hija. Ya no voy a protegerte.
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