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Chapter 9: La trampa que Esteban preparó para destruir a toda la familia

Adrian recibió la noticia de que Esteban estaba escondido en una propiedad vinculada a su hermano y comprendió que alguien había estado utilizando los vínculos familiares para mantener el fraude fuera del alcance de las autoridades.

Pero el boleto de Vanessa indicaba que el plan podía estar a punto de cambiar.

—¿Está segura la propiedad? —preguntó Adrian a Ramiro.

—La policía está a cargo del lugar. Los agentes encontraron documentos, ropa y varios teléfonos. Esteban no estaba allí cuando llegaron.

—¿Y el boleto de Vanessa?

—Estaba dentro de un cajón del dormitorio. Tiene su nombre, la fecha de hoy y un destino fuera del estado.

Adrian miró el reloj.

Faltaban pocas horas para la salida.

—¿La policía sabe que Vanessa podría intentar viajar?

—Sí. Ya se informó a las autoridades correspondientes. Pero todavía no sabemos si el boleto es suyo o si alguien lo colocó allí para incriminarla.

Adrian asintió.

No quería cometer el mismo error que había cometido al creer que todo lo que Vanessa decía era mentira. La evidencia debía hablar por sí sola.

—Quiero que revisen las cámaras de la propiedad y los registros de acceso. También necesitamos saber cuándo llegó Esteban y quién lo visitó.

Ramiro anotó las instrucciones.

—Hay otra cosa, señor. Encontraron una fotografía de su hermano junto a Esteban, tomada hace dos semanas.

Adrian sintió que el estómago se le contraía.

—¿Dónde?

—En el teléfono que dejaron en la casa. Parece una reunión en un restaurante.

—¿Pueden verificar la fecha?

—Los metadatos indican que la fotografía fue tomada recientemente, pero el laboratorio debe confirmar que no haya sido modificada.

Adrian se sentó lentamente.

Javier le había dicho que Esteban lo convenció de firmar una autorización administrativa. Quizá era cierto. Quizá su hermano había participado en algo mucho más grave. Todavía no lo sabía.

Pero no podía ignorar la posibilidad de que su propia familia hubiera sido utilizada para robar dinero y ocultar la verdad sobre Elena.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Javier.

«Necesitamos hablar en persona. No puedo explicarlo por teléfono».

Adrian respondió que cualquier conversación sobre los documentos debía realizarse con los abogados presentes.

Javier contestó casi inmediatamente.

«No entiendes. Hay alguien más involucrado. Si no hablamos hoy, puede que no tengamos otra oportunidad».

Adrian miró el mensaje durante varios segundos.

Después llamó a su abogado y le explicó lo ocurrido. Acordaron que, si Javier tenía información relevante, debía entregarla de manera formal y que no se reunirían en un lugar aislado.

Mientras tanto, Adrian subió a la habitación de sus hijos.

Lily estaba ayudando a Teresa a ordenar unos libros. Noah jugaba sobre una manta, golpeando un sonajero contra el suelo.

La escena parecía normal, pero Adrian notó que su hija miraba la puerta cada pocos segundos.

—¿Todo bien, mija? —preguntó.

Lily asintió.

—Teresa dice que mañana podemos hacer galletas.

—Es una excelente idea.

La niña sonrió ligeramente.

—¿Puedo hacer unas con forma de estrella para mi mamá?

Adrian sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Claro que sí.

Lily se acercó a él.

—¿Ya encontraron al señor Esteban?

Adrian se arrodilló.

—La policía está buscándolo. Pero tú no tienes que preocuparte por eso.

—¿Y si viene aquí?

—No podrá acercarse a ustedes sin que lo sepamos.

La niña miró a Noah.

—¿Y si viene cuando estemos dormidos?

Adrian le sostuvo la mirada.

—Voy a asegurarme de que haya adultos cuidándolos. Tú no tienes que vigilar las puertas, mi amor. Ese trabajo es nuestro.

Lily pareció relajarse un poco.

Después le hizo una pregunta que Adrian no esperaba.

—Papá, ¿por qué los adultos mienten si saben que los niños pueden tener miedo?

Él se quedó callado durante unos segundos.

—A veces los adultos toman decisiones egoístas y después tienen miedo de aceptar lo que hicieron. Pero eso nunca convierte una mentira en algo correcto.

—¿Y si dicen que lo hicieron por amor?

Adrian le acarició la mejilla.

—El amor no debe hacerte sentir que estás en peligro. Quien te quiere tiene que tratarte con respeto, incluso cuando está enojado.

Lily lo abrazó.

Adrian permaneció con ella hasta que Teresa anunció que Noah necesitaba cambiarse de ropa.

Entonces regresó al despacho.

Sobre el escritorio había una carpeta nueva enviada por el abogado. Contenía un resumen de las cuentas de la fundación y una lista de las personas que habían tenido acceso a los registros durante los últimos cuatro años.

El nombre de Javier aparecía en tres autorizaciones.

El de Esteban, en diecisiete.

El de Vanessa, en seis.

Pero había un cuarto nombre que Adrian no reconoció inmediatamente.

*Claudia Méndez, auditora externa.*

Su firma aparecía en varios informes que certificaban que las cuentas estaban en orden.

Adrian revisó las fechas.

Dos de aquellos informes se habían emitido después de las transferencias sospechosas.

—¿Quién contrató a Claudia? —preguntó cuando el abogado lo llamó.

—Según los documentos, fue recomendada por el departamento financiero. La aprobación final aparece a nombre de Esteban.

—¿La investigaron?

—Todavía no. Pero su participación debe revisarse.

Adrian anotó el nombre.

No podía saber si Claudia había sido cómplice, negligente o víctima de documentos falsificados. Pero si había certificado estados financieros incorrectos, necesitaban conocer el motivo.

A las seis de la tarde, Javier llegó a la mansión acompañado por su abogado.

Adrian lo recibió en una sala separada del resto de la casa. Ramiro permaneció cerca de la puerta y el abogado de Adrian tomó asiento frente a ambos.

Javier parecía haber envejecido varios años en unas pocas horas.

—Gracias por recibirme —dijo.

—Dijiste que tenías información importante. Te escucho.

Javier dejó una carpeta sobre la mesa.

—Esteban me pidió que firmara una autorización para acceder a ciertos registros de la fundación. Me dijo que necesitaba comparar las cuentas con los informes de una auditoría.

—¿Leíste el documento?

—Sí, pero no todas las páginas. Era un paquete de autorizaciones administrativas.

Adrian negó con la cabeza.

—Eso fue irresponsable.

—Lo sé.

Javier bajó la mirada.

—Después, Esteban me dijo que había descubierto una transferencia irregular y que necesitaba tiempo para devolver el dinero. Me aseguró que tú ya lo sabías y que no quería alarmar a Elena hasta tener una solución.

—¿Y le creíste?

—Sí.

Adrian se inclinó hacia adelante.

—¿Por qué?

Javier se frotó las manos.

—Porque era tu socio de confianza. Y porque yo no quería meterme en los asuntos de la empresa.

Adrian lo observó en silencio.

—¿Qué ocurrió después?

Javier abrió la carpeta.

Dentro había copias de correos electrónicos y un documento con varias anotaciones.

—Dos días antes del accidente, Esteban me llamó. Me dijo que Elena había conseguido pruebas y que estaba decidida a denunciarlos. Yo le respondí que no tenía nada que ver con eso.

—¿Y qué te pidió?

—Que le ayudara a encontrar la segunda copia de los documentos.

Adrian sintió que el pecho se le endurecía.

—¿Aceptaste?

Javier negó con la cabeza.

—No directamente. Le dije que no sabía dónde estaba. Pero después recibí una llamada de Vanessa.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué te dijo?

—Me preguntó si Elena me había entregado algo. Le dije que no. Entonces me advirtió que, si la investigación salía a la luz, todos quedaríamos implicados.

—¿Por qué te amenazó si tú no sabías nada?

Javier levantó los ojos.

—Porque había firmado una autorización que permitió el acceso al sistema. Aunque no hubiera robado dinero, mi firma podía hacerme parecer responsable.

Adrian respiró profundamente.

—¿Por qué no me lo contaste?

Javier bajó la cabeza.

—Porque tenía miedo de perderlo todo. Mi participación en la empresa, mi reputación, mi familia. Pensé que si me mantenía al margen, el problema desaparecería.

Adrian sintió una tristeza profunda.

No podía saber si su hermano había dicho toda la verdad, pero reconocía en sus palabras la misma cobardía que había permitido que Vanessa controlara la casa: el miedo a enfrentar una situación incómoda, incluso cuando otras personas estaban sufriendo.

—¿Qué hay en la carpeta? —preguntó.

Javier deslizó una hoja hacia él.

—Una copia de un correo que Esteban me envió la noche del accidente.

Adrian leyó el mensaje.

«Elena tuvo un accidente. No hagas preguntas. Si alguien te llama, di que no sabías nada de los movimientos bancarios. La documentación está bajo control».

La hora del correo era las 9:03 de la noche.

Adrian sintió que se le enfriaban las manos.

La llamada de emergencia se había recibido a las 8:47.

Esteban había escrito el mensaje dieciséis minutos después.

—¿Por qué guardaste esto durante tres años?

Javier no levantó la mirada.

—Porque no sabía si Esteban había tenido algo que ver con el accidente. Y porque pensé que, si hablaba, terminaría destruyendo a toda la familia.

Adrian cerró la carpeta.

—El silencio no nos protegió, Javier. Solo permitió que esto continuara.

Su hermano asintió, con lágrimas en los ojos.

—Lo sé.

Adrian llamó al abogado y le entregó el documento para que se preservara y se incorporara a la investigación.

No abrazó a Javier ni le dijo que todo estaba perdonado.

Todavía no sabía si podía confiar en él.

Pero sí le dijo algo importante.

—Si quieres reparar lo que hiciste, vas a contar toda la verdad a los investigadores. No vas a ocultar nada para proteger tu reputación ni la mía.

Javier aceptó.

Cuando se marchó, Adrian recibió una llamada de Ramiro.

—Señor, tenemos noticias de Vanessa.

—¿Dónde está?

—En una terminal de autobuses. Los agentes la localizaron después de verificar los datos del boleto.

Adrian sintió un nudo en el estómago.

—¿Está intentando huir?

—No podemos afirmarlo todavía. Ella asegura que fue a reunirse con una persona que prometió entregarle documentos relacionados con el caso.

—¿Con quién?

Ramiro hizo una pausa.

—Con Esteban.

Adrian se puso de pie.

—¿Lo encontró?

—No. Pero hay una cámara que la muestra entrando a una cafetería dentro de la terminal. Permaneció allí durante veintidós minutos y salió con un sobre.

—¿Qué había en el sobre?

—Todavía no lo sabemos.

Adrian apretó los puños.

Vanessa podía estar intentando escapar, o quizá Esteban la había utilizado una vez más para mover pruebas. Sin conocer el contenido del sobre, no había forma de distinguir una posibilidad de la otra.

—¿Dónde está ahora?

—La policía la está entrevistando.

Adrian colgó.

Durante unos minutos permaneció sentado, mirando la fotografía de Elena sobre el escritorio.

Había pasado tres años intentando reconstruir su vida después de su muerte. Había creído que podía proteger a sus hijos trabajando más, proporcionándoles una casa hermosa y confiando en las personas que lo rodeaban.

Pero había confundido seguridad con apariencia.

Y mientras él se ocupaba de los negocios, Lily había aprendido a tener miedo dentro de su propio hogar.

A las ocho de la noche, el abogado recibió un mensaje de las autoridades.

El sobre que Vanessa llevaba contenía una memoria USB y una carta firmada por Esteban.

En la carta, Esteban afirmaba que Vanessa había sido la responsable de organizar las transferencias y que él solo había seguido sus instrucciones.

Adrian leyó el documento dos veces.

Era una acusación grave, pero no una prueba suficiente para establecer la verdad.

—¿La memoria contiene algo? —preguntó.

El abogado revisó el informe preliminar.

—Sí. Hay una grabación de una conversación entre Vanessa y Esteban. Todavía no se ha autenticado, pero podría ser relevante.

Adrian pidió que le enviaran una copia cuando los investigadores autorizaran su consulta.

Poco después, llegó el archivo.

La voz de Vanessa se escuchó primero.

—No puedes dejarme sola con esto. Tú me dijiste que nadie saldría perjudicado.

Esteban respondió con frialdad.

—Tú recibiste el dinero. Tú firmaste los documentos.

—¡Porque tú me dijiste que eran legales!

—Y tú decidiste creerme.

Hubo un silencio.

Después Vanessa habló con una voz quebrada.

—¿Qué pasó con Elena?

Adrian se inclinó hacia el teléfono.

Esteban tardó unos segundos en responder.

—No vuelvas a preguntarme eso.

—Necesito saberlo.

—Elena tomó sus propias decisiones. Igual que tú.

La grabación terminó.

Adrian permaneció inmóvil.

No demostraba que Esteban hubiera causado el accidente, pero sí revelaba que Vanessa había intentado obtener una respuesta sobre la muerte de Elena y que él se negaba a dársela.

Entonces apareció una notificación del laboratorio.

El análisis preliminar de la carpeta azul había encontrado una huella parcial que no correspondía a Esteban ni a Vanessa.

Pertenecía a una tercera persona.

El nombre aún no estaba confirmado.

Pero los investigadores habían encontrado una coincidencia en un registro de acceso a la fundación.

La huella podía pertenecer a Claudia Méndez, la auditora que había certificado las cuentas.

Adrian miró el informe, sintiendo que una nueva pieza acababa de aparecer.

Si Claudia había participado en el fraude, podía saber quién había autorizado realmente las transferencias.

Y si había estado presente cuando desaparecieron los documentos de Elena, quizá también sabía qué ocurrió durante las últimas horas de su vida.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Vanessa.

«Adrian, Esteban tiene la última copia. Si quieres saber qué le pasó a Elena, debes encontrarlo antes de que salga del país».

Adrian leyó la frase en silencio.

Después apareció un segundo mensaje.

«Y hay algo que nunca te dije sobre la noche del accidente. Elena no iba sola cuando salió de la mansión».

Adrian sintió que el corazón se le detenía.

Durante tres años había creído que su esposa viajaba sola hacia la casa de su hermana.

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Ahora Vanessa aseguraba que alguien la acompañaba.

Y si aquello era cierto, el testigo más importante de la muerte de Elena llevaba tres años escondido a plena vista.

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