Chapter 6: La mujer que intentó borrar las últimas pruebas de Elena
—Vanessa, escúchame bien —dijo Esteban al otro lado de la línea—. Si Adrian ya encontró la memoria, tenemos que recuperar la carpeta antes de que llegue a manos de la policía.
Adrian mantuvo el teléfono en altavoz.
Vanessa parecía incapaz de moverse.
—Esteban —dijo Adrian—, soy yo.
El silencio fue absoluto.
Durante varios segundos, nadie habló.
Después, la llamada se cortó.
Adrian miró la pantalla y volvió a marcar, pero el teléfono estaba apagado.
—Qué conveniente —murmuró.
Vanessa se dejó caer en el sofá.
—No sabes lo que estás haciendo.
Adrian se acercó a ella.
—Acabo de escuchar a tu cómplice hablar de una memoria y de una carpeta que pertenecía a mi esposa. Así que vas a explicarme todo.
—No es tan sencillo.
—Entonces empieza por lo más sencillo. ¿Dónde está la carpeta?
Vanessa se cubrió el rostro.
—No la tengo.
—Acabas de decir que la guardaste.
—¡Porque Esteban me obligó!
Adrian apretó la mandíbula.
—¿Cuándo?
Vanessa respiró entrecortadamente.
—La noche en que Elena murió.
Adrian sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
Durante tres años había creído que su esposa había salido de la mansión para visitar a su hermana y que nunca llegó a su destino. Había llorado frente a una fotografía durante el funeral, había acompañado a Lily a las visitas al cementerio y había aprendido a vivir con un vacío que parecía imposible de llenar.
Ahora la mujer que tenía delante estaba admitiendo que había participado en algo ocurrido aquella misma noche.
—Quiero que me cuentes exactamente qué pasó —dijo.
Vanessa negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Porque no quieres o porque alguien te amenaza?
Ella lo miró con desesperación.
—Por las dos cosas.
Adrian se volvió hacia Ramiro.
—Llama a los agentes y diles que necesitamos preservar esta conversación. No quiero que nadie toque el teléfono de Vanessa.
Después se dirigió a Teresa.
—Lleva a los niños a la habitación segura. Quédate con ellos y espera mis instrucciones.
Lily se aferró a su mano.
—Papá, ¿vas a dejar que ella se quede aquí?
Adrian se arrodilló.
—No voy a permitir que te haga daño, mi amor.
—Pero ella conoce todos los cuartos.
La observación lo dejó sin palabras.
Para Lily, la mansión ya no era un lugar seguro. Cada pasillo, cada puerta y cada escalera podía esconder un recuerdo que la hiciera sentir miedo.
Adrian le tomó ambas manos.
—Vamos a cambiar lo que haga falta. Si necesitas dormir en otra casa, nos iremos. Si quieres que nos quedemos con la abuelita de Teresa mientras arreglamos todo, también podemos hacerlo.
Lily lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Tú vendrías conmigo?
—A donde tú y Noah necesiten ir.
La niña lo abrazó.
Adrian esperó hasta verla salir acompañada por Teresa antes de regresar con Vanessa.
La encontró mirando fijamente la fotografía de Elena que él había dejado sobre el escritorio.
—Ella no debió meterse en eso —murmuró Vanessa.
Adrian se detuvo.
—¿En qué?
Vanessa levantó la mirada.
—Esteban tenía problemas financieros. Había tomado dinero de la fundación y quería devolverlo antes de que alguien lo descubriera. Me pidió ayuda porque yo conocía a Elena y podía convencerla de esperar.
—¿Y aceptaste?
—Al principio pensé que era una irregularidad temporal. Esteban me mostró documentos y dijo que todo estaba autorizado.
—Pero Elena descubrió la verdad.
Vanessa asintió lentamente.
—Ella encontró las transferencias. Me pidió que la ayudara a conseguir los documentos originales, pero yo ya había aceptado dinero de Esteban.
Adrian sintió asco.
—¿Cuánto?
Vanessa cerró los ojos.
—No recuerdo la cantidad exacta.
—Inténtalo.
—Seiscientos mil pesos.
La cifra quedó suspendida entre ambos.
Adrian conocía el salario de Vanessa, sus gastos y sus inversiones. Aquella suma no era una simple comisión por organizar eventos.
—¿Por qué te pagó?
—Dijo que era por mi trabajo en la fundación.
—¿Y tú le creíste?
Vanessa lo miró con desesperación.
—No. Pero necesitaba el dinero.
—¿Para qué?
Ella tardó en responder.
—Tenía deudas. Antes de conocerte, invertí en un negocio con una amiga y todo salió mal. Esteban descubrió que yo debía dinero y me ofreció una forma de resolverlo.
Adrian negó lentamente con la cabeza.
—Podías haberme contado la verdad.
—¿Y arriesgarme a que me dejaras? Tú nunca habrías aceptado que me involucrara con alguien que estaba robando a tu familia.
—Tenías razón. No lo habría aceptado.
Vanessa apretó los labios.
—Por eso no te lo dije.
Adrian caminó hasta la ventana.
—¿Qué ocurrió la noche del accidente?
Vanessa comenzó a llorar otra vez.
—Elena me llamó antes de salir. Me dijo que había conseguido los documentos originales y que iba a entregárselos a Gabriel Salgado. Me pidió que fuera al despacho para hablar conmigo.
—¿Fuiste?
—Sí.
—¿Y después?
Vanessa se levantó, incapaz de permanecer sentada.
—Cuando llegué, Esteban ya estaba ahí. Discutían. Elena le dijo que iba a denunciarlo y que entregaría las pruebas al día siguiente.
Adrian cerró los ojos.
—¿Qué hizo Esteban?
—Le pidió que esperara. Le dijo que podía devolver el dinero y arreglarlo todo sin perjudicar a nadie. Pero Elena no quiso escucharlo.
—¿Y tú?
Vanessa miró hacia el suelo.
—Yo intenté convencerla de que no lo hiciera esa noche. Le dije que pensara en Lily, en ti y en todo lo que podía perder la familia.
—¿Qué respondió?
Vanessa se secó las mejillas.
—Me dijo que no utilizaría a una niña para justificar un delito.
Adrian recordó la carta.
Era exactamente el tipo de respuesta que Elena habría dado.
—¿Qué pasó con la carpeta?
Vanessa respiró profundamente.
—Elena salió del despacho con ella. Esteban se quedó conmigo unos minutos y después salió por la puerta lateral.
—¿Lo seguiste?
—No.
—¿Cómo sabes que la carpeta desapareció?
Vanessa guardó silencio.
Adrian se acercó.
—Vanessa.
Ella levantó la mirada.
—Porque Esteban regresó más tarde.
Adrian sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿A qué hora?
—No recuerdo.
—¿A qué hora?
—Cerca de las ocho.
El informe del accidente situaba la llamada de emergencia a las 8:47.
Adrian sintió un escalofrío.
—¿Qué quería?
—Me pidió que le abriera el despacho. Dijo que necesitaba recuperar unos documentos antes de que la policía llegara a la empresa.
—¿Y tú lo hiciste?
Vanessa asintió.
—Encontró una carpeta vacía y se enfureció. Me preguntó dónde estaban los originales.
—¿Qué le dijiste?
—Que no lo sabía.
Adrian la miró fijamente.
—¿Era verdad?
Vanessa tardó demasiado en contestar.
—Sí.
Él se apartó, intentando controlar la rabia.
—¿Y después?
Vanessa se llevó las manos a la cara.
—Esteban recibió una llamada. Se puso muy nervioso y dijo que Elena había tenido un accidente.
Adrian sintió que le faltaba el aire.
—¿Cómo lo supo tan rápido?
—No lo sé.
—¿Quién lo llamó?
—No lo sé, Adrian. ¡Te lo juro!
La respuesta sonó desesperada, pero él ya no sabía cuánto podía creerle.
En ese momento llegaron dos agentes acompañados por el abogado de Adrian.
El abogado pidió que Vanessa permaneciera en el salón mientras las autoridades tomaban su declaración. También explicó que, por el momento, las pruebas justificaban una investigación formal, pero no permitían afirmar quién había causado el accidente.
Adrian agradeció la precisión.
No quería que la rabia sustituyera a los hechos. Si Esteban había cometido un delito, debía demostrarse. Si Vanessa había participado, también.
Los agentes comenzaron a documentar la conversación y a asegurar los dispositivos electrónicos.
Mientras tanto, Ramiro recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos y después se acercó a Adrian.
—Señor, identificamos el número que llamó a Vanessa esta mañana.
—¿De quién es?
—Está registrado a nombre de una empresa de consultoría. La empresa tiene un domicilio fiscal vinculado a Esteban Rivas.
Adrian cerró los ojos.
—¿Y el mensaje amenazante?
—Todavía no podemos atribuirlo a una persona concreta. Pero el dispositivo utilizado para enviarlo se conectó a una red cercana a la residencia.
Adrian miró hacia las escaleras.
—¿Eso significa que alguien estaba dentro?
—Es posible. También pudo haber utilizado una red de un domicilio vecino. Necesitamos más información.
Uno de los agentes se acercó entonces con una bolsa transparente que contenía un pequeño dispositivo de almacenamiento.
—Señor, encontramos esto en el compartimento oculto del escritorio de la señora Vanessa.
Adrian observó el dispositivo.
—¿Qué es?
—Todavía no lo sabemos. Estaba escondido detrás de un panel y parece contener archivos digitales.
Vanessa se puso de pie de golpe.
—¡Eso no es mío!
El agente levantó una mano.
—Señora, le pedimos que permanezca sentada.
—¡Alguien lo puso ahí!
Adrian la miró.
—¿Qué hay en ese dispositivo, Vanessa?
—No tengo idea.
Pero su expresión decía otra cosa.
El abogado intervino.
—Nadie debe abrirlo sin seguir el procedimiento correspondiente. Hay que preservar la evidencia y documentar quién lo encontró.
El agente asintió y guardó el dispositivo en una bolsa sellada.
Vanessa comenzó a temblar.
Adrian se acercó a ella.
—¿Qué escondiste?
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—No fui yo quien lo escondió.
—Entonces dime quién.
Vanessa se cubrió el rostro.
—Esteban me lo entregó hace tres años. Me dijo que lo guardara y que nunca lo conectara a una computadora.
Adrian sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque dijo que contenía información que podía destruirnos a todos.
—¿Y qué crees que contiene?
Vanessa bajó las manos.
—No lo sé.
Adrian la observó durante un largo momento.
—¿Por qué lo conservaste durante tres años?
Vanessa no respondió.
Finalmente, susurró:
—Porque Esteban me dijo que si alguna vez lo necesitaba, podía utilizarlo para demostrar que yo no había sido la única persona involucrada.
Adrian sintió que una nueva sospecha se abría paso entre todas las anteriores.
Vanessa no había guardado aquel dispositivo por miedo.
También lo había conservado como seguro.
Un arma que podía utilizar contra su cómplice si algún día las cosas salían mal.
Los agentes se llevaron el dispositivo y continuaron con el registro de la residencia.
Vanessa permaneció sentada, pálida y silenciosa.
Adrian subió a la habitación de sus hijos.
Lily estaba despierta, sentada junto a Teresa. Noah dormía en sus brazos.
Cuando Adrian entró, la niña se levantó inmediatamente.
—¿Ya se fue?
—Todavía no, mi amor. Pero no puede acercarse a ustedes.
Lily bajó la mirada.
—Papá, tengo que decirte otra cosa.
Adrian se arrodilló frente a ella.
—Te escucho.
La niña apretó una esquina de la cobija.
—Hace unos días, la señora Vanessa estaba hablando con un señor por teléfono. Yo estaba detrás de la puerta.
Adrian sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué escuchaste?
—Ella dijo que si tú encontrabas la caja de mi mamá, todo se acabaría. Después el señor le dijo que tenía que sacar a Noah y a mí de la casa antes de que fuera demasiado tarde.
Adrian se quedó helado.
—¿Reconociste la voz?
Lily asintió lentamente.
—Sí.
—¿De quién era?
La niña miró hacia la puerta y después volvió a mirar a su padre.
—Era el señor que vino a mi cumpleaños el año pasado. El que me regaló una muñeca y dijo que era amigo tuyo.
Adrian sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Recuerdas su nombre, mija?
Lily apretó la cobija entre los dedos.
—Sí, papá.
Y cuando pronunció el nombre, Adrian comprendió que el hombre que había estado ayudando a Vanessa no solo conocía los secretos de Elena.
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Era alguien a quien él mismo había invitado a entrar en su hogar, alguien que había cargado a Noah en brazos y sonreído para las fotografías familiares.
*Era Esteban Rivas.*
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