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Chapter 7: La grabación que reveló lo que Esteban hizo la noche de la muerte de Elena

Adrian estaba a punto de descubrir que Esteban Rivas no solamente había utilizado el nombre de su familia para esconder un fraude, sino que también había aprovechado el dolor de un padre para construir una mentira que duró tres años.

—¿Estás segura de que era él, mi amor? —preguntó Adrian, arrodillado frente a Lily.

La niña abrazó su muñeca contra el pecho.

—Sí, papá. Tenía el mismo reloj y hablaba igual. Una vez me dijo que cuando creciera podría ayudarlo en su oficina.

Adrian sintió un escalofrío.

Esteban había asistido al cumpleaños de Lily el año anterior. Había llevado un regalo costoso, se había tomado fotografías con los niños y había felicitado a Vanessa por ser una madrastra tan dedicada.

Adrian recordaba incluso que Esteban había cargado a Noah mientras todos cantaban.

Ahora aquella imagen le provocaba una mezcla de rabia y repulsión.

—¿Te dijo algo más durante esa llamada? —preguntó con suavidad.

Lily asintió.

—La señora Vanessa dijo que tú nunca debiste encontrar los videos. Después, el señor respondió que todavía quedaba una cosa que podía arreglarlo todo.

—¿Qué cosa?

—No lo sé. Vanessa se enojó y me encontró detrás de la puerta.

La niña bajó la cabeza.

—Me dijo que si escuchaba conversaciones de adultos otra vez, me mandaría a una escuela muy lejos, donde no podrías visitarme.

Adrian la abrazó inmediatamente.

—Eso no va a suceder. Nunca debiste tener que guardar secretos para protegerte de un adulto.

Lily apoyó la mejilla en su hombro.

—¿El señor Esteban también es malo?

Adrian tardó unos segundos en responder.

—No quiero que tengas que decidir quién es bueno o malo, mi niña. Lo que importa es que los adultos tienen la obligación de decir la verdad y cuidar de los niños. Si alguien hace lo contrario, debe hacerse responsable.

Lily asintió, aunque todavía parecía asustada.

Adrian permaneció con ella hasta que volvió a tranquilizarse. Después salió de la habitación y encontró a Ramiro esperándolo en el pasillo.

—Señor, la policía ya localizó el domicilio de Esteban. No está en su casa ni en su oficina.

—¿Dónde está?

—Su automóvil salió de la ciudad hace cuarenta minutos. Los agentes están intentando localizarlo.

Adrian se pasó una mano por el rostro.

—¿Y el dispositivo que encontraron en el escritorio de Vanessa?

—El laboratorio consiguió identificar parte de su contenido. Hay documentos financieros, fotografías y varios archivos de audio. Uno parece corresponder a una conversación de la noche del accidente de Elena.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Ya lo escucharon?

—Los investigadores lo están revisando. Por ahora, nos permitieron conocer una parte de la transcripción preliminar.

Ramiro abrió una carpeta digital en su tableta.

En la primera página aparecía la fecha del accidente de Elena.

Debajo había un fragmento de conversación.

«La carpeta no puede llegar a Gabriel».

Otra voz respondía:

«Ya no depende de nosotros».

La primera voz volvió a hablar.

«Entonces asegúrate de que Adrian no encuentre la segunda copia».

Adrian leyó las líneas una y otra vez.

—¿Pueden identificar las voces?

—Todavía no de manera oficial. Los investigadores solicitaron un análisis de audio.

—¿Hay algo más?

Ramiro pasó a la siguiente página.

—Una referencia a una llamada realizada a las 8:19 de la noche. El número coincide con el que hemos encontrado en los registros de Vanessa y Esteban.

Adrian miró la hora.

La llamada de emergencia por el accidente se había recibido a las 8:47.

Veintiocho minutos.

Una diferencia demasiado pequeña para ignorarla.

—Quiero que los investigadores revisen el registro original de la llamada de emergencia, las antenas telefónicas y cualquier comunicación entre los involucrados —dijo Adrian—. No quiero conclusiones basadas únicamente en coincidencias.

—Ya están trabajando en eso.

Adrian bajó al despacho.

El abogado de la familia lo esperaba con varias copias de documentos. Sobre el escritorio había una fotografía de Elena, la carta que había dejado y el informe preliminar del laboratorio.

—Adrian, tenemos que hablar sobre Vanessa —dijo el abogado.

—¿Qué ocurre?

—La policía está considerando solicitar medidas de protección para los niños y restricciones de contacto mientras avanza la investigación. Además, tenemos que revisar el régimen legal de tu matrimonio y las facultades que Vanessa tenía sobre determinadas cuentas.

Adrian asintió.

—Haz lo necesario para proteger a Lily y Noah. No quiero que ella pueda llevárselos ni que tenga acceso a sus documentos médicos o escolares sin autorización.

—Lo prepararé.

—Y otra cosa. Quiero que se investigue la fundación de Elena desde el principio. Si hubo dinero desviado, debemos identificar a todas las personas responsables y recuperar lo que pueda recuperarse.

El abogado cerró la carpeta.

—Eso puede llevar tiempo.

—Lo sé. Pero no pienso permitir que el nombre de Elena quede asociado con un fraude que ella intentó denunciar.

El teléfono de Adrian vibró.

Era un mensaje de Gabriel Salgado.

«He revisado los archivos originales. Encontré una grabación adicional que no estaba en la memoria que te entregué. Elena me la envió antes de morir, pero estaba cifrada. Necesito que vengas a verla».

Adrian respondió que se comunicaría con él a través del abogado y que no debía manipular los archivos originales.

Poco después, Gabriel envió una copia de la grabación, acompañada de una explicación.

El audio había sido recuperado de un mensaje de voz enviado desde el teléfono de Elena. La fecha correspondía a la noche del accidente.

Adrian conectó sus audífonos y presionó reproducir.

Primero se escuchó el ruido de un automóvil.

Después, la voz de Elena.

—Gabriel, soy yo. No pude entregarte todo. Hay alguien más involucrado y no sé cuánto tiempo tengo.

Se oyó una respiración agitada.

—Si no llego a la reunión de mañana, busca los documentos de la fundación. No confíes en las copias que te entregue Esteban. Las originales tienen una firma distinta.

El mensaje continuó.

—Y, por favor, si algo me sucede, no permitas que Adrian crea que hice esto para perjudicarlo. Intentaba protegerlo. Él no sabe que...

La grabación se interrumpió.

Adrian se quitó los audífonos.

—¿Qué quiso decir con que él no sabe? —murmuró.

El abogado se acercó.

—¿Podría referirse a la manipulación de las cuentas?

—No lo sé.

Adrian volvió a escuchar el mensaje, pero la grabación terminaba en el mismo punto.

Entonces recibió una llamada de un número desconocido.

Contestó sin decir su nombre.

—¿Adrian Ramírez? —preguntó una voz masculina.

—¿Quién habla?

—Alguien que conoce a Esteban desde hace mucho tiempo. No debería seguir investigando por su cuenta.

Adrian se levantó.

—Si tiene información sobre el fraude o la muerte de mi esposa, entréguela a la policía.

El hombre soltó una risa nerviosa.

—Usted no entiende. Esteban no es el único que participó.

Adrian sintió un escalofrío.

—¿Quién más?

—Revise las autorizaciones de la fundación. No busque únicamente firmas digitales. Compare los documentos originales con los que Elena guardó.

—Dígame su nombre.

La llamada terminó.

Adrian miró la pantalla.

Ramiro, que había entrado al despacho, escuchó las últimas palabras.

—¿Pudo identificar el número?

—No. Era una llamada desde un servicio que oculta el identificador.

—¿Qué le dijo?

Adrian le contó lo ocurrido.

Ramiro frunció el ceño.

—Podría ser alguien intentando ayudarnos, o podría ser una forma de desviar la investigación.

—Por eso no vamos a confiar en una llamada anónima. Vamos a verificar cada documento.

Abrieron los registros financieros de la fundación.

Durante casi una hora compararon las autorizaciones de pago, las fechas y las firmas digitales. Finalmente, Ramiro encontró una diferencia.

Una transferencia de dos millones cuatrocientos mil pesos había sido autorizada con una firma electrónica vinculada a Adrian. Sin embargo, el registro mostraba que la sesión se había iniciado desde un equipo que estaba fuera de la red corporativa.

—Eso no prueba quién utilizó la firma —explicó Ramiro—, pero sí indica que la operación no siguió el procedimiento habitual.

Adrian revisó la fecha.

La transferencia se había realizado cuatro días antes de la muerte de Elena.

El destinatario era una empresa de consultoría cuyo representante legal era Esteban.

—¿Y la firma original? —preguntó.

Ramiro abrió el documento escaneado.

Adrian comparó el trazo con otros archivos.

La firma parecía auténtica a primera vista, pero había una diferencia en el último movimiento. No era una prueba definitiva, aunque justificaba una revisión pericial.

Entonces encontraron otra autorización.

Esta vez, el documento incluía el nombre de Vanessa como testigo de una reunión en la que supuestamente Adrian había aprobado la transferencia.

Adrian sintió que la rabia volvía a crecer.

—Yo nunca asistí a esa reunión.

El abogado tomó nota.

—Tendremos que demostrarlo con tu agenda, los registros de acceso y los correos de ese día.

Adrian abrió su calendario.

A la hora indicada, estaba en Monterrey, reunido con varios socios. Tenía comprobantes de vuelo, registros de entrada al edificio y correos enviados durante la sesión.

Por primera vez, apareció una posibilidad concreta de demostrar que alguien había utilizado su identidad para autorizar movimientos que él desconocía.

Pero la participación de Vanessa seguía sin estar completamente aclarada.

Adrian ordenó preservar todos los documentos y entregar las copias a los investigadores.

Al terminar, subió al cuarto de Lily.

La niña estaba sentada junto a la ventana, observando el jardín. Noah dormía en su cuna y Teresa doblaba ropa sobre una silla.

—¿Qué haces, mi amor? —preguntó Adrian.

Lily no se volvió inmediatamente.

—Estoy viendo si alguien se acerca.

Adrian se sentó junto a ella.

—Ramiro está vigilando las entradas. No necesitas hacerlo tú.

—Pero si no miro, tal vez no me dé cuenta.

Adrian sintió que las palabras le atravesaban el pecho.

Su hija estaba intentando convertirse en la guardiana de su propia seguridad porque los adultos que debían protegerla le habían enseñado a vivir con miedo.

—Lily, tú no tienes que cuidar de todos —le dijo—. Eres una niña. Puedes jugar, dormir, reírte y equivocarte. Nosotros nos encargaremos de mantenerte a salvo.

La niña lo miró.

—¿Y si no puedes?

Adrian respiró profundamente.

—Entonces pediré ayuda. Pero nunca volverás a tener que enfrentarte sola a algo que te asuste.

Lily pareció pensarlo.

Después se acercó y apoyó la cabeza en su brazo.

—Quiero que me cuentes algo de mi mamá.

Adrian sonrió con tristeza.

—¿Qué quieres saber?

—¿Ella también se enojaba?

Él soltó una pequeña risa.

—Claro que sí. A veces se enojaba mucho cuando yo dejaba mis zapatos en medio de la sala.

Lily sonrió por primera vez en horas.

—¿Y te castigaba?

—Me hacía recogerlos y después me recordaba durante una semana que debía aprender a cuidar mis cosas.

La niña soltó una risita.

Adrian la abrazó.

Durante unos minutos hablaron de Elena, de sus canciones favoritas y de la manera en que preparaba chocolate caliente los domingos. Adrian le contó que su madre solía cantar mientras cocinaba y que siempre guardaba un pedazo de pastel para el día siguiente.

Lily escuchaba con atención.

Por primera vez desde el incidente, parecía una niña de seis años y no alguien obligado a comprender secretos de adultos.

Entonces Teresa se acercó con una pequeña caja que había encontrado entre las pertenencias de Elena.

—Señor, estaba guardada en el fondo del armario. Tiene el nombre de la niña.

Adrian abrió la caja.

Dentro había dibujos antiguos, una pulsera infantil y una nota escrita por Elena.

«Para Lily, cuando sea lo suficientemente grande para comprender que la verdad puede dar miedo, pero nunca debe convertirse en algo que nos obligue a vivir de rodillas».

Adrian leyó la frase en voz alta.

Lily acarició el papel.

—¿Mi mamá sabía que alguien iba a mentir?

—Tal vez temía que sucediera algo así —respondió Adrian—. No puedo asegurarlo.

La niña se quedó mirando la nota.

—Entonces tenemos que encontrar la verdad.

Adrian la besó en la frente.

—Sí, mi amor. Pero no tendrás que encontrarla tú sola.

En ese instante, Ramiro apareció en la puerta.

Su expresión era grave.

—Señor, la policía localizó el automóvil de Esteban.

Adrian se puso de pie.

—¿Dónde?

—En un estacionamiento cerca de la terminal de autobuses. El vehículo está abandonado y encontramos su teléfono dentro.

—¿Y Esteban?

Ramiro respiró profundamente.

—No hay rastro de él. Pero los agentes encontraron algo en el maletero.

—¿Qué cosa?

—Una carpeta azul con el nombre de Elena escrito en la portada.

Adrian sintió que el corazón se le detenía.

Por fin habían encontrado el objeto que su esposa había intentado proteger.

Pero cuando Ramiro añadió que la carpeta estaba vacía, Adrian comprendió que Esteban había dejado una pista deliberadamente.

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Y dentro de aquella pista había una sola hoja con una frase escrita a mano:

*«Pregúntale a Vanessa quién autorizó el último pago».*

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