Chapter 4: El hombre que vigilaba a los hijos de Adrian
Adrian comprendió que alguien había fotografiado a Lily mientras dormía, y cuando descubrió que una de las cámaras interiores había sido manipulada desde su propio despacho, supo que el enemigo no estaba fuera de la mansión.
Estaba dentro.
—Ramiro, cierra todas las salidas —ordenó, mostrando el mensaje en su teléfono—. Nadie entra ni sale hasta que sepamos quién tomó esta fotografía.
El director de seguridad palideció al observar la imagen.
Lily dormía abrazada a una almohada, con el cabello desordenado sobre la frente. La fotografía había sido tomada desde el pasillo, a través de la puerta entreabierta de su habitación.
No era una imagen antigua.
En la esquina inferior aparecía la hora: 10:41 p. m.
Habían pasado apenas unos minutos.
—Señor, voy a revisar las cámaras del segundo piso —respondió Ramiro.
—No. Primero quiero que asegures las habitaciones de los niños. Después llama a la policía y entrégales el mensaje. No vamos a ocultar nada.
Ramiro asintió y salió del vestidor.
Adrian guardó el teléfono y se dirigió a la habitación de Lily.
La puerta estaba abierta.
Teresa se encontraba sentada junto a la cuna de Noah, leyendo en voz baja un cuento que la niña había elegido antes de dormirse. Al ver entrar a Adrian, cerró el libro.
—¿Ocurrió algo, señor?
Él miró a sus hijos antes de responder.
—Quiero que te quedes con ellos. No abras la puerta a nadie, ni siquiera a mí, si no escuchas primero mi voz.
Teresa se puso de pie.
—¿Estamos en peligro?
Adrian no quiso mentirle.
—No lo sé. Pero alguien está intentando asustarnos y no pienso permitir que se acerque a los niños.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—Virgencita...
—Teresa, necesito que seas fuerte. Lily confía en ti.
La mujer asintió, aunque sus ojos estaban llenos de miedo.
Adrian se acercó a la cama y besó la frente de su hija.
Lily se movió entre sueños.
—¿Papá?
Él se inclinó inmediatamente.
—Aquí estoy, mi amor.
—¿Ya se fue la señora Vanessa?
Adrian miró hacia la puerta.
—Esta noche no va a molestarte.
La niña volvió a cerrar los ojos.
Él permaneció unos segundos junto a ella antes de salir.
Al llegar al pasillo, encontró a Ramiro esperándolo.
—Señor, hay algo que debe ver.
En la sala de seguridad, varias pantallas mostraban los pasillos, las entradas y los jardines. Ramiro abrió una grabación de las 10:32 p. m.
Una figura vestida de oscuro apareció junto a la escalera.
Llevaba una gorra y caminaba con la cabeza inclinada. Se detuvo frente a la habitación de Lily, miró hacia ambos extremos del corredor y sacó un teléfono.
Después tomó la fotografía.
Adrian sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—Acércala.
Ramiro amplió la imagen.
La figura tenía una pulsera metálica en la muñeca izquierda.
Adrian reconoció el objeto.
Era la misma pulsera que llevaba Mauricio, su administrador personal, quien se encargaba de organizar sus viajes, gestionar documentos y coordinar las citas importantes de la familia.
—¿Dónde está Mauricio? —preguntó.
—En la residencia, señor. Llegó a las ocho y media.
—Encuéntralo.
Ramiro revisó los registros de acceso.
—Su tarjeta abrió la puerta lateral a las 8:27. Después entró al despacho y permaneció ahí durante once minutos.
Adrian recordó que Mauricio había trabajado para él durante casi ocho años. Era discreto, puntual y conocía prácticamente todos sus asuntos financieros.
También había sido uno de los primeros en consolarlo tras la muerte de Elena.
—Quiero hablar con él —dijo Adrian.
No tuvieron que buscarlo demasiado.
Mauricio estaba en el comedor, hablando por teléfono mientras servía café en una taza. Al ver entrar a Adrian acompañado por Ramiro, terminó la llamada rápidamente.
—Adrian, qué sorpresa. Pensé que ya te habías retirado.
—¿Dónde estabas hace diez minutos?
Mauricio dejó la taza sobre la mesa.
—En el despacho.
—¿Y antes?
—En el estacionamiento. ¿Por qué?
Adrian sacó su teléfono y le mostró la fotografía de Lily.
El rostro de Mauricio cambió durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
—¿Qué significa esto? —preguntó Adrian.
—No tengo idea.
—Tu pulsera aparece en una grabación frente a la habitación de mi hija.
Mauricio miró a Ramiro.
—Eso es absurdo. Cientos de personas tienen pulseras parecidas.
—La tuya tiene una marca particular en el broche —intervino Ramiro—. La identificamos en el video.
Mauricio dejó escapar una risa forzada.
—¿Ahora van a acusarme de algo por una pulsera?
—No —respondió Adrian—. Voy a preguntarte por qué fotografiaste a mi hija mientras dormía.
El administrador guardó silencio.
Adrian dio un paso hacia él.
—Te lo preguntaré una sola vez más. ¿Qué estabas haciendo frente a su habitación?
Mauricio bajó la mirada.
—Vanessa me pidió que revisara algo.
—¿Qué cosa?
—Me dijo que había perdido un documento y que podía estar en el cuarto de Lily. Me pidió que buscara una caja pequeña.
—¿Y para eso le tomaste una fotografía?
—No fui yo quien la tomó.
Ramiro cruzó los brazos.
—Tu teléfono aparece conectado al sistema de cámaras durante ese mismo minuto.
Mauricio comenzó a sudar.
—Está bien. Sí, fui yo. Pero no quería hacerle daño a la niña.
Adrian sintió que la paciencia se le agotaba.
—¿Por qué fotografiaste a mi hija?
—Vanessa quería demostrar que estabas exagerando. Dijo que Lily dormía perfectamente y que no había motivos para cambiar la seguridad de la casa.
—Eso no tiene sentido.
—Yo solo hice lo que me pidió.
—¿Y el mensaje amenazante?
Mauricio levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué mensaje?
Adrian le mostró la pantalla.
Por primera vez, el administrador pareció sinceramente desconcertado.
—Yo no envié eso.
—Entonces dime quién lo hizo.
Mauricio se frotó la frente.
—No lo sé. Pero puedo decirte algo más sobre Vanessa.
Adrian esperó.
—Hace tres semanas me pidió que consiguiera una copia de los movimientos bancarios de la empresa correspondientes al año en que murió Elena. También quería saber si existían documentos físicos guardados en la antigua oficina de tu esposa.
—¿Se los diste?
—No.
—¿Por qué?
Mauricio miró hacia la puerta antes de responder.
—Porque encontré una transferencia a una cuenta extranjera que no reconocí. La operación se había autorizado con tus credenciales, pero el dinero terminó en una sociedad vinculada a un proveedor que dejó de operar poco después.
Adrian recordó la carta de Elena.
—¿Tienes una copia de esa transferencia?
—Sí. La guardé en mi computadora.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Mauricio se encogió de hombros.
—Porque no sabía si estabas involucrado.
La respuesta enfureció a Adrian.
—¿Y por eso preferiste obedecer a mi esposa a escondidas?
—Me amenazó con destruir mi carrera si hablaba.
—¿Con qué?
Mauricio tragó saliva.
—Dijo que tenía pruebas de que yo había autorizado pagos sin tu permiso. Me mostró documentos que parecían reales.
Adrian miró a Ramiro.
—Asegura sus dispositivos y registra su declaración. No quiero que borre nada. Que la policía se encargue de revisar su participación.
Mauricio palideció.
—Adrian, por favor. Tengo una familia.
—Yo también. Y alguien acaba de amenazar a mis hijos.
El administrador bajó la cabeza.
No volvió a defenderse.
Cuando se lo llevaron a una habitación bajo supervisión, Adrian regresó al despacho y llamó al abogado que había contactado antes.
Le explicó lo ocurrido y le pidió que coordinara la entrega de las pruebas a las autoridades.
Después abrió el registro de llamadas de Vanessa.
El número desconocido había llamado tres veces durante aquella tarde.
Una de las llamadas duró diecisiete minutos.
Otra, realizada a las 10:36 p. m., había ocurrido apenas unos minutos antes de que alguien fotografiara a Lily.
Adrian copió los registros.
No podía demostrar todavía quién había enviado la amenaza, pero la coincidencia era demasiado inquietante para ignorarla.
En ese momento, escuchó un golpe en la puerta.
Vanessa entró sin esperar permiso.
Había perdido su expresión elegante y serena. Tenía el cabello recogido de manera descuidada y los ojos enrojecidos.
—¿Qué le hiciste a Mauricio?
Adrian dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Lo estoy investigando.
—¡Es un empleado! No puedes tratarlo como a un delincuente solo porque cometió un error.
—¿Ahora te preocupa cómo trato a los empleados?
Vanessa apretó los labios.
—Me preocupa que estés destruyendo todo por culpa de una niña que no entiende lo que ve.
Adrian se levantó.
—No vuelvas a hablar así de Lily.
—¡Es la verdad! Ella siempre ha sido problemática.
—Basta.
Vanessa lo miró con odio.
—¿De verdad vas a elegir a una niña de seis años antes que a tu esposa?
Adrian sostuvo su mirada.
—No tengo que elegir. Tú ya tomaste tus decisiones.
Ella se acercó al escritorio y apoyó las manos sobre la madera.
—Si sigues investigando a Elena, vas a descubrir cosas que no podrás soportar.
—Eso mismo dijiste hace una hora.
—Porque es cierto.
—Entonces dime la verdad.
Vanessa soltó una carcajada amarga.
—¿La verdad? La verdad es que Elena tampoco era una santa. Ella sabía cosas sobre ti que nunca te contó.
Adrian sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué cosas?
Vanessa pareció arrepentirse de inmediato.
Miró hacia el pasillo, como si acabara de recordar que aquella casa tenía más secretos de los que podía controlar.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
Ella sacó un sobre de su bata y lo dejó sobre el escritorio.
—Porque no soy la única persona que tiene algo que perder.
Adrian abrió el sobre.
Dentro había una fotografía de Elena entrando a un edificio con un hombre mayor. En la parte posterior aparecía una dirección y una fecha.
Debajo, Vanessa había escrito una frase:
«Si quieres saber quién era realmente tu esposa, ve a buscar a Gabriel Salgado».
Adrian levantó la mirada.
—¿Por qué me das esto?
Vanessa retrocedió hacia la puerta.
—Porque estoy cansada de cargar con secretos que ni siquiera son míos.
—¿Qué tiene que ver Gabriel con todo esto?
Ella se detuvo, pero no se volvió.
—Pregúntale qué hizo la noche en que Elena murió.
Luego salió del despacho.
Adrian permaneció inmóvil, con la fotografía entre los dedos.
No sabía si Vanessa intentaba ayudarlo o conducirlo hacia una trampa.
Pero una cosa estaba clara.
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El investigador que había cerrado el caso de Elena sabía mucho más de lo que había declarado.
Y ahora alguien estaba dispuesto a amenazar a sus hijos para impedir que Adrian lo encontrara.
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