Calm

Chapter 6: Mi madre estaba viva, pero alguien exigía que traicionara la investigación para recuperarla

Durante varios segundos no pude respirar.

La fotografía seguía abierta en la pantalla. Amplié la imagen con los dedos, buscando cualquier detalle que me permitiera convencerme de que era falsa.

La forma en que mi madre inclinaba la cabeza.

La pequeña cicatriz junto a su ceja.

El anillo de plata que llevaba en la mano izquierda, el mismo que mi padre le había regalado cuando cumplieron veinticinco años de casados.

Era ella.

Más vieja, más delgada, pero era ella.

—No puede ser —susurré.

Julian me quitó el teléfono con cuidado y examinó la imagen sin tocar los botones.

—¿Estás segura de que es tu madre?

—La reconocería en cualquier parte.

Camilla se había quedado junto a la puerta, observándonos con una mezcla de confusión y miedo.

Gabriel se sentó lentamente.

Por primera vez, su edad pareció pesarle de verdad.

—Lucía sigue viva —murmuró—. Entonces consiguieron encontrarla.

Me volví hacia él.

—¿Usted sabía que estaba viva?

Gabriel no intentó ocultarlo.

—Sabía que había posibilidades. Hace dos años recibí una carta suya. No tenía remitente, pero reconocí su letra. Me pidió que no intentara localizarla y que mantuviera a Victor lejos de ti.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—¿Y nunca me dijo nada?

—No tenía pruebas de que estuviera viva. Si te hubiera contado lo que sospechaba, habrías empezado a buscarla. Y eso podía ponerla en peligro.

—¡Era mi madre!

Mi voz rebotó contra las paredes de la oficina.

Gabriel bajó la cabeza.

—Lo sé.

—¡Me dejaron llorarla durante años! ¡Guardé sus cosas, visité su tumba y pasé cumpleaños enteros preguntándome por qué me había dejado sola!

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

No lloraba solamente por el dolor de aquellos años. Lloraba por la posibilidad de que mi madre hubiera estado viva mientras yo aprendía a aceptar una pérdida que quizá nunca había ocurrido.

Julian me devolvió el teléfono.

—Ava, escúchame. Entiendo lo que sientes, pero necesitamos confirmar dónde está antes de actuar.

—¿Y si la lastiman?

—Si actuamos sin información, podemos facilitarles las cosas.

Apreté el teléfono contra el pecho.

Mi primer impulso era salir corriendo del hotel, buscar cada dirección relacionada con los Sterling y exigir respuestas hasta encontrarla.

Pero había pasado seis años entrenando a otros para controlar sus emociones durante una crisis.

Ahora tenía que hacer lo mismo conmigo.

Respiré profundamente.

Una vez.

Dos veces.

Después miré nuevamente la fotografía.

La ventana detrás de mi madre tenía una cortina color crema. Sobre una mesa había una taza blanca y un pequeño florero de vidrio con tres flores amarillas.

No parecía una celda.

Pero la ausencia de cadenas no significaba libertad.

—¿Pueden rastrear el mensaje? —pregunté.

Julian asintió al agente encargado del teléfono.

—Lo intentaremos. No respondas todavía.

El agente conectó el dispositivo a un equipo portátil y comenzó a revisar los datos disponibles. Mientras trabajaba, Julian se acercó a Gabriel.

—Necesito saber dónde estuvo Lucía después de su supuesta muerte.

—No lo sé con certeza. La última carta llegó desde Guadalajara. Decía que se había trasladado varias veces y que no volvería a comunicarse conmigo.

—¿Por qué Guadalajara?

—Allí tenía una amiga de la universidad. Una mujer llamada Teresa Salgado.

Julian anotó el nombre.

—¿Dirección?

—No la conozco.

Camilla, que había permanecido callada, dio un paso al frente.

—Yo sí.

Todos nos volvimos hacia ella.

—¿Qué dijiste? —pregunté.

Camilla se humedeció los labios.

—Teresa Salgado era una de las personas que trabajaban en la fundación. Mi padre la despidió hace años, pero recuerdo que vivía en Guadalajara.

—¿Por qué la despidió? —preguntó Julian.

—Porque se negó a firmar unos informes financieros. Dijo que los números no coincidían con las facturas.

Gabriel apretó los dedos alrededor del bastón.

—Victor siempre ha sido bueno para eliminar a las personas que no le resultan útiles.

Camilla lo miró con rabia.

—No me hables como si tú fueras inocente. También autorizaste transferencias.

—Sí —respondió Gabriel—. Y he vivido con esa responsabilidad todos los días desde que descubrí lo que estaba ocurriendo. La diferencia es que yo intenté detenerlo. Tu padre decidió continuar.

—¡Mi padre me dijo que todo era legal!

—Y tú decidiste creerle porque era más cómodo que hacer preguntas.

Camilla bajó la mirada.

No intenté defenderla. Sus decisiones tenían consecuencias y debía responder por ellas.

Pero, por primera vez, vi algo distinto en su rostro.

No era solamente miedo a perder su fortuna.

Era miedo a descubrir que toda su vida había estado construida sobre las mentiras de su propia familia.

El agente levantó la cabeza.

—Tenemos un resultado preliminar.

Julian se acercó.

—¿Qué encontraste?

—El mensaje pasó por varios servidores y no podemos determinar la ubicación exacta del remitente. Sin embargo, la fotografía contiene metadatos que indican que fue tomada hace menos de una hora.

Mi corazón se aceleró.

—¿Puedes obtener la ubicación?

—No con los datos disponibles. Pero hay algo más. La imagen fue enviada desde una conexión vinculada a la red interna del hotel.

Julian miró hacia la puerta.

—¿Desde aquí?

—No necesariamente desde esta habitación. El sistema cubre el hotel y varias instalaciones conectadas a su red privada.

—¿El piso veintidós? —pregunté.

—Es una posibilidad.

Julian llamó a otro agente y le pidió que asegurara los registros de conexión, además de revisar los dispositivos conectados a la red durante la última hora.

Yo volví a mirar la fotografía.

Mi madre no miraba directamente a la cámara.

Estaba observando algo fuera del encuadre.

Un reloj de pared aparecía reflejado en el vidrio de la ventana.

Las manecillas marcaban las nueve con diecisiete.

Miré la hora actual.

Las nueve con cuarenta y dos.

Si el reloj de la fotografía funcionaba correctamente, la imagen se había tomado veinticinco minutos antes de que llegara el mensaje.

No era mucho tiempo.

Pero significaba que mi madre podía estar en movimiento.

—Necesito ver la imagen original —dije.

El agente amplió el archivo y revisó los detalles.

—Hay una segunda imagen almacenada en la caché.

La abrió.

Esta vez, mi madre aparecía de pie junto a la ventana.

En el borde inferior de la fotografía se veía una bolsa de papel con el logotipo de una cafetería.

La reconocí porque había visitado aquel lugar durante un viaje a Guadalajara, años atrás, cuando mi madre todavía vivía.

Se llamaba Café del Laurel.

—Conozco ese lugar —dije—. Está en Guadalajara.

El agente negó lentamente.

—Hay varias cafeterías con nombres similares. Necesitamos confirmar cuál es.

Camilla se acercó a la pantalla.

—No es una cafetería de Guadalajara.

La miré.

—¿Cómo lo sabes?

Señaló el logotipo.

—Porque mi padre mandaba comprar café de ese lugar para las reuniones privadas. Está a unas cuadras de una de sus oficinas en Polanco.

Julian se inclinó hacia la pantalla.

—¿Cuál oficina?

Camilla le dio la dirección.

El agente la anotó y solicitó una búsqueda de las cámaras públicas y privadas cercanas. No tardó en recibir una respuesta.

Una cámara de seguridad había registrado a una mujer con características similares a las de mi madre entrando a un edificio contiguo a la cafetería, cuarenta minutos antes.

No había imágenes de su salida.

—¿Qué hay en ese edificio? —pregunté.

Camilla tragó saliva.

—Una oficina de administración patrimonial. Mi padre la utilizaba para reuniones que no quería registrar en la sede principal.

Julian se volvió hacia ella.

—¿Y por qué no mencionaste eso antes?

—Porque no sabía que mi madre estaba involucrada.

—La madre de Ava —corrigió Julian—. Y ahora sabemos que alguien está utilizando esa oficina para enviar amenazas.

Camilla parecía a punto de derrumbarse.

—Yo nunca quise que esto llegara tan lejos.

La miré directamente.

—¿Qué hiciste?

Ella tardó varios segundos en responder.

—Hace tres días, mi padre me pidió que firmara unos documentos. Dijo que eran necesarios para reorganizar las empresas después de una auditoría. Me negué porque no me dejó leerlos completos.

—¿Y después?

—Me dijo que, si no firmaba, perdería todo lo que me había dado.

Su voz se quebró.

—Pensé que estaba intentando controlarme, como siempre. No sabía que los documentos me responsabilizaban de las transferencias.

—¿Tienes una copia? —preguntó Julian.

Camilla asintió.

—En mi bolso. Pero no se la entregué a nadie porque tenía miedo de que mi padre descubriera que la conservaba.

Uno de los agentes recuperó el bolso con su autorización y localizó un sobre sellado. Dentro había un contrato con varias páginas marcadas.

Julian comenzó a leer.

A medida que avanzaba, su expresión se endurecía.

—Aquí está la transferencia de poderes —dijo—. Y aquí, una cláusula que permite atribuir a Camilla la responsabilidad de las operaciones financieras ejecutadas por las compañías durante los últimos cinco años.

Camilla se llevó una mano a la boca.

—Yo no firmé eso.

—La firma está incompleta —respondió Julian—. Pero parece que alguien preparó el documento para añadirla después.

Gabriel observó las páginas.

—Victor quiere que Camilla herede las empresas antes de que las autoridades intervengan. Si consigue que firme, podrá presentarla como responsable de todo lo ocurrido.

—Entonces tenemos que detenerlo —dije.

Julian asintió.

—Y encontrar a tu madre.

El teléfono vibró otra vez.

Todos guardamos silencio.

El nuevo mensaje no contenía una fotografía.

Solo una dirección y una hora.

«Oficina patrimonial, avenida Presidente Masaryk 418. Ven antes de las diez y media. Trae el archivo original. Si llega alguien más, Lucía desaparecerá para siempre».

Miré el reloj.

Faltaban cuarenta y dos minutos.

Julian leyó el mensaje por encima de mi hombro.

—No vamos a entregar ningún archivo. Ni siquiera sabemos si esa dirección es auténtica.

—Pero sabemos que la oficina existe —dije.

—También sabemos que puede ser una trampa.

—Si nos quedamos aquí, mi madre seguirá en manos de quien la tiene.

Julian guardó silencio.

Yo conocía esa expresión. Estaba calculando riesgos, posibilidades y consecuencias.

Finalmente, llamó al equipo de investigación y pidió que prepararan un operativo discreto. Dos agentes revisarían el exterior del edificio mientras otro equipo aseguraba las rutas de salida. No entraríamos sin confirmar que había una amenaza real, pero tampoco dejaríamos pasar la oportunidad de localizar a Lucía.

Gabriel se puso de pie.

—Voy con ustedes.

—No —respondió Julian—. Usted se queda bajo custodia.

—Ese edificio pertenece a una sociedad que yo fundé. Conozco sus accesos.

—Precisamente por eso no puede acercarse.

Camilla levantó la mano.

—Yo puedo llevarlos hasta la entrada privada.

Julian la observó con desconfianza.

—Si estás mintiendo, te convertirás en una pieza central de esta investigación.

—Lo sé.

Camilla miró hacia mí.

—Ava, no espero que me perdones por lo que hice esta noche. Pero si tu madre está allí, voy a ayudarte a encontrarla.

No le respondí.

Todavía no confiaba en ella.

Pero podía utilizar la información que tenía sin confundir cooperación con perdón.

Cuando salimos de la oficina, Julian recibió una llamada. Escuchó durante varios segundos y después me hizo una señal para que me detuviera.

—Tenemos una actualización —dijo—. Una cámara de la avenida registró a un hombre entrando al edificio hace quince minutos.

—¿Quién?

Julian me mostró una imagen tomada desde el otro lado de la calle.

El hombre llevaba un traje oscuro, caminaba apoyándose en un bastón y tenía el cabello casi blanco.

Era Gabriel Sterling.

Pero Gabriel estaba detrás de nosotros, bajo vigilancia federal, y no había salido del hotel.

Observé la fotografía una vez más.

El hombre de la imagen tenía el mismo rostro, la misma postura y el mismo bastón.

Sin embargo, había algo diferente.

En su mano izquierda llevaba un anillo de plata con una piedra azul.

El mismo anillo que Camilla había descrito al hablar del hombre que le había entregado los documentos.

La miré.

Su expresión confirmó lo que yo temía.

—Ese no es mi tío —susurró.

Julian amplió la imagen.

El hombre se volvió ligeramente hacia la cámara y sonrió.

Entonces reconocí la verdad que nadie había considerado.

Si Gabriel Sterling estaba bajo custodia en el hotel, el hombre que había entrado en la oficina patrimonial no podía ser él.

A menos que hubiera dos hombres utilizando la misma identidad.

Y si uno de ellos estaba dispuesto a fingir ser Gabriel, quizá el otro también había fingido su muerte.

Mi teléfono vibró una última vez.

Esta vez, el mensaje contenía un video de apenas cinco segundos.

Mi madre aparecía sentada frente a una mesa.

Levantó la cabeza y miró directamente a la cámara.

—Ava, no vengas —dijo con la voz entrecortada—. El hombre que crees que es Gabriel no es quien dice ser.

El video terminó.

Debajo apareció una frase escrita en letras mayúsculas.

«PREGÚNTALE A JULIAN QUIÉN IDENTIFICÓ EL CUERPO DE TU PADRE».

Levanté la vista lentamente.

Julian no intentó fingir que no había leído el mensaje.

Y cuando le pregunté quién había identificado el cuerpo de Thomas Bennett, su respuesta cambió todo.

—Yo, Ava.

Se me heló la sangre.

—¿Qué?

Julian cerró los ojos durante un instante.

—Yo fui quien firmó el informe que permitió cerrar el caso. Pero había algo que nunca te dije.

Me miró con una culpa que no podía disimular.

—El hombre que enterraron con el nombre de tu padre no era Thomas Bennett.

Y, antes de que pudiera hacer otra pregunta, las radios de los agentes comenzaron a sonar al mismo tiempo.

La oficina patrimonial acababa de registrar una explosión eléctrica.

May you like

El edificio estaba siendo evacuado.

Y mi madre seguía dentro.

Related Stories

Other posts