Chapter 2: El mensaje que convirtió la gala en una trampa
El mensaje desapareció de mi pantalla antes de que pudiera tomar una captura.
No lo borré yo.
La aplicación se cerró de golpe y el teléfono mostró una pantalla negra durante dos segundos. Cuando volvió a encenderse, la fotografía ya no estaba.
Alguien había accedido al dispositivo.
—Julian —dije en voz baja—, necesito que revisen mi teléfono. Acaban de enviarme una amenaza relacionada con Elena.
Él no hizo preguntas innecesarias.
Llamó a uno de los agentes y le explicó lo ocurrido. Después me pidió que no volviera a encender el dispositivo hasta que el equipo técnico pudiera examinarlo.
—¿Crees que fue Camilla? —preguntó.
Miré hacia el centro del salón.
Ella había recuperado su copa y hablaba con un hombre mayor, como si no hubiera ocurrido nada. Su guardaespaldas se mantenía a su lado, pero ya no tenía aquella expresión de superioridad.
—Creo que alguien quiere que pensemos que fue ella —respondí—. Es una diferencia importante.
Julian frunció el ceño.
—¿Después de lo que acabamos de ver, todavía crees que podría ser una distracción?
—Precisamente por eso.
Había aprendido algo durante mis años de trabajo en seguridad: las personas que realmente controlaban una operación rara vez eran las que levantaban la voz.
Camilla podía ser arrogante, cruel e imprudente. Pero alguien había conseguido enviar una amenaza a mi teléfono mientras los agentes federales estaban a pocos metros.
Eso requería acceso, información y una planificación que iba más allá de una mujer acostumbrada a salirse con la suya.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté.
Julian miró su reloj.
—La última vez que alguien vio a Elena fue a las ocho con cuarenta y dos. Ahora son las ocho con cincuenta y uno.
Nueve minutos.
Una persona podía recorrer varias salidas del hotel en ese tiempo. También podía llegar a un estacionamiento subterráneo, cambiarse de ropa y desaparecer entre los vehículos.
Pero había una posibilidad peor.
Elena podía seguir dentro del edificio, escondida en una habitación donde nadie pensaría buscarla.
—¿Quién sabía que estaría aquí? —pregunté.
—El equipo de protección, dos personas de la fiscalía, yo y el coordinador del evento.
—¿El coordinador tiene autorización para entrar a la sala privada?
Julian negó con la cabeza.
—No debería.
—Entonces necesitamos saber quién abrió la puerta.
Uno de los agentes se acercó.
—Ya estamos revisando las cámaras. Hay un corte de señal en el pasillo que conduce a la sala privada.
No pude evitar soltar una risa breve, sin humor.
—Qué conveniente.
El agente no pareció ofenderse.
—El corte duró treinta y siete segundos.
—Suficiente para entrar y salir si alguien conocía el recorrido.
Julian cerró la carpeta.
—Voy a solicitar que aseguren todas las salidas.
—Hazlo, pero no anuncies que buscamos a Elena. Si quien la sacó todavía está aquí, no quiero que sepa que conocemos el movimiento.
El agente asintió y se retiró.
Julian me estudió durante unos segundos.
—Sigues dando órdenes como si estuvieras al frente de un equipo táctico.
—Y tú sigues haciendo preguntas cuando deberías estar revisando las pruebas.
Por primera vez aquella noche, sonrió ligeramente.
Era una vieja costumbre entre nosotros. Nos habíamos acostumbrado a discutir porque ambos sabíamos que, en una investigación, un error pequeño podía costarle todo a alguien.
Entonces escuché mi nombre.
—¡Ava Bennett!
La voz provenía de detrás de nosotros.
Me volví.
Una mujer de cabello oscuro, vestido color vino y collar de perlas avanzaba entre los invitados. La reconocí de inmediato: Beatriz Molina, directora de la Fundación Sterling para la Infancia.
En las fotografías oficiales siempre aparecía abrazando niños, inaugurando hospitales y hablando de esperanza.
En persona, tenía una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos.
—No esperaba verte aquí —dijo.
—Lo mismo digo, Beatriz.
Sus ojos bajaron hacia mi uniforme manchado.
—Aunque debo reconocer que no imaginaba que te encontraría trabajando en el servicio.
Julian se interpuso ligeramente.
—La señora Bennett está colaborando con nosotros.
Beatriz levantó las cejas.
—¿Colaborando? ¿En qué sentido?
—En un asunto que no te concierne.
La sonrisa de Beatriz se volvió rígida.
—Todo lo que sucede en esta gala me concierne. Soy la directora de la fundación y esta noche estamos recaudando fondos para niños que necesitan ayuda.
—Entonces seguramente no tendrás inconveniente en responder algunas preguntas sobre las transferencias que salieron de las cuentas de la fundación —dijo Julian.
Por un instante, el rostro de Beatriz perdió toda expresión.
Después soltó una carcajada.
—No tengo idea de qué estás hablando.
—Qué curioso. Todavía no te he dicho de qué transferencias se trata.
El silencio entre ambos fue incómodo.
Beatriz se acomodó el collar.
—Si me disculpan, tengo invitados que atender.
Antes de marcharse, se inclinó hacia mí.
Su perfume era dulce, demasiado intenso.
—Un consejo, Ava. Hay personas que pasan toda su vida buscando problemas que no les pertenecen. Algunas terminan perdiéndolo todo por no saber cuándo retirarse.
La observé alejarse.
—¿Ella sabía que yo vendría? —pregunté.
Julian guardó silencio.
Aquello fue suficiente para entender que no estaba seguro.
Caminé hacia una columna desde la que podía observar el salón sin llamar demasiado la atención. Los meseros continuaban circulando con charolas de bebidas, pero el ambiente había cambiado.
Los invitados hablaban en grupos pequeños.
Algunos miraban a Camilla.
Otros fingían no reconocerla.
La humillación pública que había intentado infligirme estaba empezando a convertirse en una crisis para su familia.
Y yo sospechaba que esa era la menor de sus preocupaciones.
A unos metros, un hombre con traje gris discutía por teléfono junto a una puerta lateral. Llevaba una credencial del hotel y una pequeña llave electrónica colgada del cinturón.
Cuando terminó la llamada, miró hacia las escaleras de servicio.
Después miró hacia mí.
Apartó la vista demasiado rápido.
No lo reconocía, pero su comportamiento me hizo prestar atención.
Lo seguí con la mirada mientras se dirigía hacia el corredor que llevaba a las cocinas.
—¿Qué viste? —preguntó Julian, acercándose.
Le describí al hombre.
Julian consultó una lista en su carpeta.
—Debe ser Esteban Ríos, supervisor de mantenimiento. Tiene acceso a varias áreas restringidas.
—¿Por qué estaba mirando hacia las escaleras de servicio?
—No lo sé.
—Quiero hablar con él.
Julian asintió y llamó al agente que estaba más cerca.
Pero, cuando miramos nuevamente hacia el corredor, el hombre ya no estaba.
La puerta de servicio se balanceaba ligeramente.
Corrí hacia ella.
Julian me siguió.
Al cruzarla, el ruido de la gala quedó amortiguado. El pasillo olía a detergente, metal caliente y comida recién preparada. A la derecha había una puerta que conducía a la cocina; a la izquierda, unas escaleras descendían al nivel de estacionamiento.
Escuché un golpe seco en el piso inferior.
Después, una voz masculina.
—Te dije que te quedaras quieta.
Bajé tres escalones y me detuve.
Una puerta permanecía entreabierta.
A través de la rendija vi al supervisor de mantenimiento sujetando una bolsa de viaje. Frente a él había una mujer sentada en una silla.
Elena.
Tenía las manos libres, pero parecía aterrorizada.
—No quiero problemas —decía ella—. Ya entregué los documentos. No tengo nada más.
—Eso no te corresponde decidirlo.
El hombre sacó algo del bolsillo y lo colocó sobre la mesa.
Era un teléfono celular.
—Vas a llamar a tu contacto y le vas a decir que te equivocaste. Que los archivos son falsos. Que inventaste los pagos.
Elena negó con la cabeza.
—No puedo hacer eso.
Él golpeó la mesa.
—¡Claro que puedes!
Me preparé para intervenir, pero Julian me tomó suavemente del brazo.
Señaló la esquina superior de la puerta.
Una pequeña cámara apuntaba directamente hacia el interior de la habitación.
No debíamos entrar sin considerar las consecuencias. Si el hombre tenía cómplices vigilando el pasillo, cualquier movimiento precipitado podía poner a Elena en mayor peligro.
Julian retrocedió para avisar a los agentes.
Yo permanecí cerca de la puerta, escuchando.
—¿Quién te dio los documentos? —preguntó el hombre.
Elena apretó los labios.
—No voy a decirte nada.
—¿Fue Ava Bennett?
Mi cuerpo se tensó.
Elena no respondió.
El hombre se inclinó hacia ella.
—Escúchame bien. Si esa mujer llega a encontrar el archivo original, no solamente se acabó tu vida. También se acabó la de tu hija.
La mujer levantó la cabeza de golpe.
—¡A mi hija no la metas en esto!
—Entonces coopera.
Me bastó escuchar aquello para comprender que no se trataba de una simple operación para ocultar movimientos financieros. Estaban utilizando a la familia de Elena como instrumento de presión.
Y conocían detalles que no figuraban en los documentos públicos.
Elena comenzó a llorar en silencio.
Sentí una rabia fría, controlada.
No iba a permitir que la intimidaran para obligarla a mentir.
Cuando Julian regresó con dos agentes, me aparté de la puerta y señalé la cámara. Uno de ellos se dirigió al cuarto de control para preservar la grabación. El otro se colocó junto a la entrada.
Julian hizo una señal.
Entramos.
—Agente federal —anunció uno de los hombres—. Sepárese de la testigo y levante las manos.
El supervisor se volvió con una expresión de sorpresa tan exagerada que resultó sospechosa.
—¡No estoy haciendo nada! ¡Ella vino por voluntad propia!
Elena se levantó de golpe.
—¡Es mentira! ¡Me obligó a venir!
El hombre intentó alcanzar la bolsa.
No llegó a tocarla.
El agente lo sujetó y lo apartó de la mesa mientras el segundo le colocaba las esposas.
Julian se acercó a Elena.
—Está a salvo por ahora. Necesitamos que nos diga qué pasó.
Ella miró a los agentes, después a mí.
Cuando me reconoció, comenzó a temblar.
—Tú eres Ava.
—Sí.
—Me dijeron que eras una empleada del hotel. Que no tenías acceso a los documentos y que no sabías nada de la investigación.
Miré al supervisor, que ahora se negaba a levantar la cabeza.
—¿Quién te dijo eso?
Elena tragó saliva.
—La mujer que financia la fundación.
Julian se quedó inmóvil.
—¿Beatriz Molina?
Elena negó lentamente.
—No. Ella solamente firma los documentos.
Hizo una pausa.
—La persona que da las órdenes es alguien que todos ustedes están buscando desde hace meses.
Sacó de su bolso un pequeño sobre doblado y se lo entregó a Julian.
Dentro había una fotografía de una transferencia bancaria, acompañada por una hoja con varias firmas.
Reconocí una de inmediato.
La firma pertenecía a Victor Sterling, el padre de Camilla.
Pero debajo de ella había otra, mucho más inquietante.
Julian la miró y palideció.
—No puede ser.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él levantó los ojos hacia mí.
—Esta firma pertenece a alguien que lleva tres años oficialmente muerto.
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Elena apretó las manos contra el pecho.
—No está muerto, señor Hartwell. Lo vi hace dos semanas. Y fue él quien ordenó que me encontraran.
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