Chapter 3: El hombre que llevaba tres años muerto acababa de regresar
La firma estaba impresa al pie de una transferencia por cuatro millones ochocientos mil dólares.
Debajo aparecía un nombre que yo había leído cientos de veces en informes antiguos, declaraciones judiciales y expedientes que se suponía que habían quedado cerrados.
Gabriel Sterling.
El hermano mayor de Victor Sterling.
El hombre que había muerto tres años antes en un accidente automovilístico en una carretera de Querétaro.
O, al menos, eso decía el expediente oficial.
Julian observó la hoja como si esperara que las letras cambiaran delante de sus ojos.
—El cuerpo fue identificado por un familiar —murmuró—. Hubo un funeral. Se emitió un certificado de defunción.
—¿Quién identificó el cuerpo? —pregunté.
—Victor.
Miré nuevamente la firma.
Era firme, ligeramente inclinada hacia la derecha. Había una pequeña línea al final de la G, una característica que aparecía en todos los documentos atribuidos a Gabriel que habíamos revisado durante la investigación inicial.
—¿Estás seguro de que la firma es auténtica? —pregunté.
Elena asintió.
—La vi firmar en persona.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas, en una oficina privada de un edificio en Polanco. Había otras tres personas. Victor Sterling estaba ahí. También Beatriz Molina.
Julian levantó la cabeza.
—¿Y Gabriel?
Elena miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera escucharla desde el otro lado.
—Estaba sentado al final de la mesa. Más viejo, con el cabello casi blanco, pero vivo.
Durante unos segundos, ninguno de nosotros habló.
En el expediente, Gabriel Sterling aparecía como el arquitecto financiero de varias compañías que habían participado en contratos gubernamentales durante la década anterior. Su muerte había provocado la disolución de dos sociedades y una serie de disputas legales por su patrimonio.
Victor había heredado el control de la mayoría de los activos.
Si Gabriel seguía vivo, aquella herencia podía haber sido construida sobre un fraude.
Pero había algo más.
—¿Por qué te buscarían por una transferencia? —pregunté.
Elena respiró hondo.
—Porque yo llevaba la contabilidad de una de sus empresas. Al principio pensé que solamente estaban moviendo dinero entre compañías para reducir impuestos. Después descubrí pagos a intermediarios que nunca habían prestado servicios. Algunos estaban relacionados con licitaciones públicas.
Se frotó las manos.
—Cuando pregunté por qué aparecía la firma de Gabriel en documentos posteriores a su supuesta muerte, mi jefe me pidió que dejara de investigar. Dos días después, alguien entró a mi departamento y revisó todos mis archivos.
—¿Denunciaste el incidente? —preguntó Julian.
—Sí. Pero no pasó nada. Al día siguiente recibí una fotografía de mi hija saliendo de la escuela.
El silencio que siguió fue insoportable.
Yo había visto muchas formas de intimidación durante mi carrera. Amenazas directas, vigilancia, intentos de soborno y campañas destinadas a destruir la reputación de un testigo.
Pero utilizar a una niña para controlar a su madre era una crueldad calculada que no podía tolerar.
—¿Dónde está tu hija ahora? —pregunté.
—Con mi hermana, en Puebla. No les he dicho dónde vive desde que empezó todo esto.
Julian hizo una seña a uno de los agentes.
—Necesitamos verificar su ubicación y garantizar protección para ambas.
El agente salió inmediatamente.
Mientras tanto, el otro revisaba las pertenencias del supervisor de mantenimiento. Encontró dos tarjetas de acceso, un teléfono desechable y una pequeña libreta con números escritos a mano.
El hombre no dejó de repetir que había recibido instrucciones de trasladar a Elena a otra habitación.
—¿De quién? —preguntó Julian.
—No conozco su nombre.
—Entonces, ¿cómo recibía las instrucciones?
—Por teléfono.
—¿De qué número?
—No lo sé. Siempre llamaban desde números diferentes.
Julian cerró la libreta.
—Eso no es una respuesta suficiente.
El supervisor bajó la cabeza.
—Me pagaron para abrir las puertas y mantener apagada la cámara del pasillo. No sabía que iban a secuestrar a nadie.
—¿Quién te pagó?
El hombre miró a Elena.
Después me miró a mí.
—Una mujer.
—Descríbela.
—Cabello oscuro. Un vestido plateado. Un anillo grande con una piedra azul.
Julian se volvió lentamente hacia mí.
No necesitaba preguntar a quién se refería.
Camilla Sterling.
Sin embargo, no podíamos dar por hecho que ella había organizado todo. El vestido plateado podía describirla, pero una descripción no era suficiente para demostrar que había estado en aquella habitación.
Y alguien había diseñado aquella operación para que las sospechas recayeran sobre ella.
—¿La viste personalmente? —pregunté al supervisor.
—Sí.
—¿Hablaste con ella?
—Me dijo que todo tenía que terminar antes de que llegaran los agentes.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace unos veinte minutos.
Julian consultó la hora.
—Eso significa que Camilla pudo salir del salón mientras nosotros estábamos hablando con ella.
Sentí que algo no encajaba.
Camilla había permanecido a la vista de varios invitados después de que se encontrara su teléfono. Algunos incluso habían grabado su reacción. Era posible que hubiera abandonado el salón sin que todos lo notaran, pero no parecía probable que hubiera llegado hasta el nivel de servicio y regresado tan rápido.
A menos que alguien hubiera utilizado su identidad para conseguir acceso.
—¿Qué llevaba puesto la mujer cuando te dio las instrucciones? —pregunté.
—El mismo vestido plateado que trae la señorita Sterling.
—¿Le viste el rostro claramente?
El supervisor dudó.
—No. La primera vez llevaba una mascarilla negra. La segunda vez estaba de espaldas.
La certeza de Julian se desvaneció.
—Entonces no puedes asegurar que fuera ella.
—No, señor.
El agente que revisaba el teléfono desechable levantó la cabeza.
—Encontramos una conversación reciente. Está cifrada, pero hay notificaciones visibles.
Julian se acercó.
—¿Qué dicen?
—Una menciona que la testigo debe salir por la entrada de proveedores. Otra dice: «Si Bennett aparece, activen el plan alternativo».
El agente mostró la pantalla.
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.
No habían improvisado cuando me vieron en la gala.
Sabían que yo estaría ahí.
Y no solamente sabían que asistiría.
Conocían mi apellido, mi función en la investigación y la posibilidad de que pudiera encontrar a Elena.
Alguien había estudiado mis movimientos.
Alguien sabía dónde había trabajado, qué personas conocía y qué podía hacer si una situación se volvía peligrosa.
Julian me miró con seriedad.
—Ava, necesito que me digas si hay alguien de tu antiguo equipo que pudiera estar compartiendo información.
Pensé en los últimos meses.
En los mensajes sin respuesta.
En las reuniones canceladas a última hora.
En un informe que había desaparecido del sistema dos semanas antes.
—No tengo pruebas de que alguien esté involucrado —respondí—. Pero hay una persona a la que necesito llamar.
—¿Quién?
—Daniel Cross.
Julian frunció el ceño.
Daniel había sido mi compañero durante tres años. Él me había recomendado para dirigir entrenamientos de seguridad en dos instituciones financieras y conocía mis métodos de trabajo mejor que casi cualquier otra persona.
También había sido quien me informó, hacía cuatro meses, que el archivo financiero que buscábamos podía estar relacionado con una cuenta bancaria en el extranjero.
Después de eso, había dejado de responder mis llamadas.
—¿Por qué no me habías hablado de él? —preguntó Julian.
—Porque no sabía si estaba protegiendo a alguien o si necesitaba protección él mismo.
Julian no discutió.
Me pidió que esperara mientras los agentes aseguraban el área. Luego me condujo a una oficina vacía junto a la sala de conferencias.
Desde allí todavía podía escucharse el murmullo distante de la gala.
La celebración benéfica seguía en marcha, aunque varios invitados ya comenzaban a marcharse. El personal del hotel intentaba recuperar el control del evento mientras los agentes federales entrevistaban a los responsables de seguridad.
Tomé un vaso de agua.
Mis manos estaban firmes, pero tenía la sensación de que la noche había abierto una puerta que llevaba años cerrada.
—Hay otra cosa que debes saber —dijo Elena desde la silla donde uno de los agentes la había acomodado—. Gabriel no solo sigue vivo. Está preparando algo para esta noche.
Julian se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
—Una firma. Un documento que transferirá el control de varias compañías a otra persona.
—¿A quién?
Elena miró hacia la ventana.
—A Camilla.
Aquello no tenía sentido.
Camilla ya tenía acceso a una parte considerable de la fortuna familiar. Si Gabriel estaba vivo, su aparición podía poner en riesgo el patrimonio que Victor había construido. ¿Por qué le entregaría el control de las empresas a su sobrina?
—¿Estás segura? —pregunté.
—Lo vi en el documento. Pero no creo que ella conozca todos los detalles.
Julian se sentó frente a Elena.
—Explícanos.
Ella se humedeció los labios.
—Gabriel está enfermo. Necesita que alguien firme los documentos en su nombre porque varias de las empresas están siendo investigadas. Si Camilla acepta el control, se convertirá en la responsable legal de operaciones que comenzaron mucho antes de que ella tuviera autoridad sobre ellas.
—En otras palabras —dije—, quieren convertirla en la culpable perfecta.
Elena asintió.
—Y cuando todo salga a la luz, Gabriel y Victor podrán afirmar que fue ella quien tomó las decisiones.
Pensé en la arrogancia con la que Camilla me había tratado minutos antes.
En la seguridad con la que había exigido que me arrodillara.
En la facilidad con la que había ordenado a su guardaespaldas que me intimidara.
No sentí compasión por ella. Su crueldad seguía siendo su responsabilidad.
Pero comenzaba a comprender que también podía ser una pieza dentro de un juego mucho más grande.
—¿Dónde se realizará la firma? —preguntó Julian.
Elena cerró los ojos un instante.
—En el salón privado del piso veintidós. Después de la gala.
Julian se puso de pie.
—Tenemos que llegar antes.
Uno de los agentes se comunicó por radio para solicitar apoyo. Otro se quedó con Elena mientras Julian revisaba la distribución del hotel.
Yo me acerqué a la puerta.
—Ava —dijo Julian—, no vas a ir sola.
—No pensaba hacerlo.
—Y no vas a enfrentarte a Gabriel si aparece.
—Si aparece, lo que importa es que no destruya los documentos.
Julian me sostuvo la mirada.
—Lo que importa es que nadie salga lastimado.
Asentí.
Entonces mi teléfono, que uno de los agentes había devuelto después de aislarlo de la red, vibró una vez.
Había llegado un mensaje de Daniel Cross.
«No confíes en Julian. Él sabe quién falsificó la muerte de Gabriel».
Leí la frase dos veces.
Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.
«Y si quieres saber por qué te eligieron para esta operación, revisa el expediente de tu padre».
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Mi padre llevaba siete años muerto.
Había sido auditor financiero en una institución pública y, hasta el día de su fallecimiento, insistió en que había descubierto una red de empresas que desviaban dinero destinado a proyectos de infraestructura.
Siempre creí que aquella investigación había terminado con su muerte.
Nunca imaginé que pudiera estar relacionada con los Sterling.
Levanté la mirada hacia Julian.
Él estaba de espaldas, hablando con uno de los agentes.
No sabía si confiar en él.
Tampoco sabía si el mensaje de Daniel era una advertencia legítima o una trampa diseñada para enfrentarme con la única persona que podía ayudarme a proteger a Elena.
Guardé el teléfono.
En ese momento, las luces del pasillo parpadearon.
Una vez.
Dos veces.
Después se apagaron.
Se escuchó un grito al otro lado de la puerta.
Julian sacó su teléfono para iluminar la habitación.
—¡Todos quietos!
La puerta se abrió de golpe.
Un agente apareció en el umbral, respirando con dificultad.
—¡La testigo desapareció!
Me volví hacia la silla.
Estaba vacía.
La ventana seguía cerrada.
La puerta secundaria, que daba a un corredor de servicio, permanecía entreabierta.
Sobre el asiento había quedado el sobre con la fotografía de la transferencia bancaria.
Y debajo, una nota escrita a mano.
Julian la recogió con cuidado.
Reconocí la letra antes de que terminara de leerla.
Era la misma que aparecía en los mensajes anónimos que había recibido durante los últimos meses.
La nota decía:
«Ava, si quieres conocer la verdad sobre tu padre, ven al piso veintidós. Sola».
Julian levantó la cabeza.
—No vas a ir.
Miré la nota, luego la puerta abierta.
—No voy a ir sola —respondí.
Y por primera vez desde que había entrado a aquella gala, comprendí que la mujer a la que todos habían confundido con una simple empleada no era la única que estaba a punto de perderlo todo.
May you like
Porque alguien había convertido la muerte de mi padre en un secreto.
Y aquella noche, ese secreto estaba esperando por mí en el piso veintidós.
Related Stories