Chapter 7: El padrino de los Mercer reveló que uno de los gemelos había vivido con una identidad robada durante toda su vida
—Por cierto, Callum, pregúntale a tu hermano qué recuerda de la noche en que murió su madre. Porque uno de ustedes estuvo allí… y el otro no debería haber sobrevivido.
La llamada terminó.
Durante varios segundos, nadie se movió.
Helena permaneció junto a la mesa, sosteniendo el teléfono con ambas manos. Adrian tenía la carpeta abierta frente a él, pero sus ojos ya no estaban sobre los documentos. Miraba un punto indefinido de la pared, como si intentara recuperar un recuerdo enterrado en algún lugar de su infancia.
Callum fue el primero en reaccionar.
—Vuelve a llamarlo.
Helena negó con la cabeza.
—No.
—¡Es mi padrino! Si sabe algo sobre la muerte de mi madre, quiero escucharlo de su propia boca.
—No entiendes lo que estás pidiendo.
—¡Entonces explícame!
Helena se estremeció.
Elodie se interpuso antes de que Callum pudiera seguir gritando.
—Basta. Si queremos respuestas, necesitamos pensar con claridad. Ese hombre sabe que estamos aquí y acaba de amenazarla. No podemos actuar como si nada estuviera pasando.
Adrian cerró la carpeta.
—Tiene razón. Si nuestro padrino ha estado involucrado desde el principio, es probable que también sepa que encontramos el archivo de nuestro padre.
—Entonces hay que ir con él —dijo Callum.
—No sin preparar las cosas —respondió Elodie—. No voy a permitir que otra persona utilice a esta familia como si fuéramos piezas de un tablero.
Callum la miró.
Durante los últimos días, Elodie había descubierto que el hombre con quien compartía su vida podía ocultarle secretos que cambiarían su matrimonio. Sin embargo, en lugar de quebrarse, se había convertido en la única persona capaz de mantenerlos unidos.
Aquello le produjo una mezcla de admiración y vergüenza.
—Lo siento —murmuró.
Ella no respondió de inmediato.
—No me pidas perdón por lo que hizo tu padre. Pídeme perdón si vuelves a acusarme sin pruebas.
Callum bajó la mirada.
—Tienes razón.
Adrian los observó en silencio.
Nunca había tenido una familia que discutiera, se reconciliara y continuara adelante. Para él, las relaciones siempre habían sido temporales. Las personas podían desaparecer sin despedirse, y las promesas rara vez sobrevivían al día siguiente.
Ver a Callum reconocer su error le resultó extraño.
Quizá no todos los Mercer eran iguales.
Helena se sentó lentamente.
—Su padrino se llama Esteban Robles. Fue el mejor amigo de su padre desde la universidad. Durante años administró parte de sus negocios y conocía cada detalle de la situación financiera de la familia.
—¿También conocía a mi madre? —preguntó Adrian.
—Más de lo que imaginan.
Helena se frotó las manos.
—Esteban estaba presente cuando nacieron. Él fue quien convenció a su padre de que debía declarar muerto a uno de ustedes. Le aseguró que sería una solución temporal para proteger el patrimonio y evitar que los acreedores se apoderaran de todo.
—¿Y mi madre aceptó? —preguntó Callum.
—Al principio no sabía lo que estaban planeando. Cuando descubrió la verdad, intentó detenerlos.
—¿Por qué no acudió a la policía?
Helena lo miró con tristeza.
—Porque Esteban le mostró documentos que parecían demostrar que tu padre había cometido delitos financieros graves. Le dijo que, si denunciaba lo ocurrido, ambos terminarían en prisión y ustedes perderían todo.
Adrian apretó la mandíbula.
—La chantajearon.
—Sí.
—¿Y después qué pasó?
Helena miró la fotografía de los gemelos.
—Tu madre encontró una forma de recuperar los documentos. Iba a entregarlos a un abogado independiente. Pero la noche anterior a la reunión, murió.
Callum sintió que se le cerraba la garganta.
Durante años había creído que su madre había fallecido por una complicación médica inesperada. Así se lo habían explicado su padre y Esteban. Nunca había sospechado que existieran circunstancias distintas.
—¿Estás diciendo que la mataron? —preguntó.
Helena negó lentamente con la cabeza.
—No puedo asegurarlo. Pero sé que Esteban fue la última persona que habló con ella antes de que la llevaran al hospital.
Elodie se llevó una mano al pecho.
—¿Y por qué nunca dijo nada?
—Porque tenía miedo. Porque vi lo que podía hacer ese hombre con una sola llamada. Y porque, cuando intenté denunciarlo, alguien me envió una fotografía de Sloane saliendo de la escuela.
Adrian se puso de pie.
—¿La amenazaron con hacerle daño a su hija?
—Me dijeron que un accidente podía ocurrirle a cualquiera.
El silencio se volvió insoportable.
Elodie pensó en Maisie.
Pensó en la facilidad con que Sloane había conseguido llevarla a una habitación y encerrarla, convencida de que nadie se atrevería a detenerla.
De pronto comprendió que el miedo podía convertir a una persona en cómplice durante años, pero no borraba las consecuencias de sus decisiones.
—¿Sloane sabe que usted está aquí? —preguntó.
Helena vaciló.
—No.
Adrian la miró fijamente.
—¿Está segura?
—No se lo he dicho.
—Pero ella sabía que vendríamos a la casa de los Mercer. Sabía que yo estaba buscando los documentos. Y ahora parece saber que su padrino está intentando detenernos.
Helena se cubrió el rostro.
—Hace unos meses encontró una de mis cartas. Me exigió que le contara todo. Yo le expliqué una parte, pero nunca le dije dónde estaban las pruebas.
—¿Y aun así decidió acercarse a Callum? —preguntó Elodie.
—Sí.
—¿Para qué? ¿Para enamorarlo?
Helena tardó en contestar.
—Al principio quería encontrar los documentos. Después empezó a hablar de Callum como si él le debiera algo. Decía que, si lograba convertirse en su esposa, nadie volvería a tratarla como una mujer sin familia.
Callum cerró los ojos.
—Yo nunca le prometí nada.
—Lo sé.
—Nunca le di motivos para pensar que la amaba.
—Lo sé, Callum.
—Entonces, ¿por qué?
Helena lo miró con una tristeza que parecía mucho más antigua que aquella conversación.
—Porque Sloane confundió durante años la necesidad de pertenecer con el derecho a poseer. Y cuando comprendió que nunca te tendría, decidió que Elodie era la responsable de su desgracia.
Elodie no sintió lástima.
No después de lo que había ocurrido con Maisie.
—Su dolor no le daba derecho a utilizar a mi hija.
—No —admitió Helena—. No se lo daba.
Adrian se acercó a la ventana.
Un automóvil oscuro estaba estacionado al otro lado de la calle.
No había estado allí cuando llegaron.
—Tenemos que salir de aquí —dijo.
Callum miró por la ventana.
—¿Reconoces el vehículo?
—No.
Helena palideció.
—Es el automóvil de Esteban.
Elodie sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Cómo sabe que estamos aquí?
Helena se levantó de golpe.
—Hay una salida por el patio trasero.
—No vamos a huir de nuestra propia investigación —respondió Callum.
Adrian se volvió hacia él.
—No se trata de huir. Se trata de evitar que nos quite las pruebas.
Los hermanos recogieron la carpeta y guardaron los documentos en una bolsa.
Elodie tomó fotografías de las páginas más importantes con su teléfono.
Helena les indicó un pequeño pasillo que conducía al patio.
Antes de salir, Adrian se detuvo frente a ella.
—Venga con nosotros.
La mujer negó con la cabeza.
—Si me voy, Esteban sabrá que les entregué todo.
—Ya lo sabe.
—No. Sabe que están aquí, pero no sabe qué documentos encontraron.
Adrian la tomó suavemente del brazo.
—No pienso dejarla sola para que él la amenace otra vez.
Helena lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Tienes los mismos ojos que tu madre.
Adrian tragó saliva.
—Entonces ayúdeme a descubrir qué le pasó.
Helena asintió.
Salieron por el patio y caminaron hasta una calle lateral, donde consiguieron un taxi.
Mientras el vehículo avanzaba, Callum llamó a su abogado y le pidió que asegurara copias de los documentos y verificara los registros financieros.
Elodie permanecía junto a la ventana, vigilando los automóviles que circulaban detrás de ellos.
Adrian llevaba la fotografía de su infancia entre las manos.
No dejaba de mirarla.
—¿Qué te dijo exactamente tu padrino sobre la noche en que murió nuestra madre? —preguntó Callum.
Adrian levantó la cabeza.
—Que uno de nosotros estuvo allí.
—¿Tú recuerdas algo?
Adrian cerró los ojos.
Durante años había tenido pesadillas que nunca consiguió explicar. Una habitación iluminada por una lámpara amarilla. El olor a desinfectante.
Una mujer llorando. Una voz masculina que le ordenaba quedarse quieto.
Siempre había creído que eran recuerdos mezclados de diferentes hogares.
Pero aquella tarde, por primera vez, pudo distinguir un detalle.
Un reloj.
Un reloj de pared con una pequeña grieta en el cristal.
Y una voz que pronunciaba su nombre.
—Recuerdo un hospital —dijo lentamente—. Recuerdo que una mujer me tomó de la mano. Creo que era nuestra madre.
Callum se inclinó hacia él.
—¿Qué más?
Adrian apretó los dedos.
—Recuerdo que alguien entró en la habitación y ella comenzó a llorar. Después escuché un golpe.
—¿Un golpe?
—No sé. Quizá una puerta. Quizá algo que cayó al suelo.
Adrian abrió los ojos.
—Pero recuerdo otra cosa. El hombre que entró llevaba un anillo con un escudo.
Elodie miró a Helena.
La mujer había palidecido tanto que parecía enferma.
—¿Qué pasa? —preguntó Callum.
Helena susurró:
—Ese reloj estaba en la habitación 12.
Adrian se volvió hacia ella.
—¿Qué había allí?
Helena tragó saliva.
—El cuarto donde su madre pasó sus últimas horas.
El taxi frenó en un semáforo.
En ese momento, el teléfono de Elodie vibró.
Era un mensaje de su hermana.
«Elodie, necesito que me llames. Un hombre vino preguntando por Maisie. Dijo que era amigo de Callum y que tenía permiso para llevársela a pasear».
Elodie sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué pasó? —preguntó Callum.
Ella le mostró el mensaje.
Adrian se inclinó para leerlo.
Helena comenzó a llorar.
—Esteban.
Elodie marcó inmediatamente el número de su hermana.
Contestó al primer tono.
—¿Dónde está Maisie? —preguntó Elodie.
—Está conmigo. No lo dejé entrar. Pero dijo que conocía a Callum y que tú le habías pedido que recogiera a la niña.
Elodie cerró los ojos con alivio.
—No le abras la puerta a nadie. Voy para allá.
Colgó y miró a los dos hermanos.
—Ese hombre no solo quiere destruir las pruebas. Está intentando acercarse a mi hija.
Callum apretó los puños.
—No volverá a acercarse a ella.
Adrian guardó la fotografía en el bolsillo interior de su saco.
—Entonces ya no estamos buscando únicamente la verdad.
Miró a su hermano.
—Estamos protegiendo a la siguiente generación de los mismos secretos que destruyeron la nuestra.
Elodie pidió al conductor que cambiara de dirección.
Mientras el automóvil avanzaba hacia la casa de su hermana, el teléfono de Callum comenzó a sonar.
Era Esteban.
Callum contestó y activó el altavoz.
—¿Qué quieres?
La voz de su padrino sonó tranquila.
—Solo quiero que vuelvas a casa, ahijado.
—¿Por qué mandaste a alguien a buscar a mi hija?
Hubo una pausa.
—No sé de qué estás hablando.
—Tenemos los documentos, Esteban.
El silencio al otro lado de la línea duró varios segundos.
Cuando el hombre volvió a hablar, su voz había perdido toda calidez.
—Entonces ya saben que la historia de los gemelos no es la única mentira que su madre se llevó a la tumba.
Adrian se acercó al teléfono.
—¿Qué le hiciste?
Esteban soltó una risa seca.
—Yo no le hice nada a tu madre.
—Entonces, ¿por qué estás huyendo?
—Porque ustedes no entienden lo que están a punto de descubrir.
—Explícalo.
—No por teléfono.
Callum apretó la mandíbula.
—Nos veremos mañana. Con los abogados presentes.
Esteban guardó silencio.
Después pronunció una frase que hizo que Helena se cubriera el rostro.
—Está bien. Pero lleva a Adrian. Y pídele que te muestre la marca que tiene detrás de la oreja.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque si esa marca está donde creo, entonces el hombre que ha vivido como Callum Mercer durante todos estos años podría no ser el niño que tu madre reconoció como su hijo aquella noche.
La llamada terminó.
Callum miró a Adrian.
Después se tocó la cicatriz junto a la ceja.
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Por primera vez, sintió miedo de una pregunta que nunca se había atrevido a formular.
¿Y si toda su vida había pertenecido al gemelo equivocado?
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