Chapter 6: La mujer que crió a Sloane confesó que uno de los gemelos había sido declarado muerto por una razón todavía más cruel
Helena Vargas abrió la puerta de su casa con los ojos llenos de miedo, y cuando vio a los dos hombres idénticos frente a ella, dejó caer la taza que sostenía.
El ruido de la porcelana al romperse despertó a un perro en la vivienda vecina.
Helena ni siquiera miró los pedazos.
Se llevó ambas manos a la boca.
—Dios mío.
Adrian dio un paso al frente.
—Señora Vargas, tenemos que hablar.
Ella miró primero a Callum y después a Adrian.
—No debieron venir juntos.
Callum sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Helena retrocedió y abrió más la puerta.
—Pasen. Rápido.
La casa era pequeña, ordenada y silenciosa. Sobre una mesa había fotografías familiares, una Virgen de Guadalupe y una caja de madera con documentos cuidadosamente acomodados.
Helena les indicó que se sentaran.
Después cerró las cortinas.
Elodie observó aquel gesto con creciente inquietud.
—¿Alguien la está amenazando?
Helena negó con la cabeza.
—No directamente.
—Entonces, ¿por qué tiene tanto miedo?
La mujer miró a Adrian.
—Porque he esperado dieciocho años para volver a verlo y porque sé que, si alguien descubre que ustedes estuvieron aquí, no volverán a estar a salvo.
Adrian apretó los puños.
—¿Usted me conocía?
Helena asintió.
—Te cuidé durante casi un año.
El silencio fue absoluto.
Callum se levantó de golpe.
—¿Qué?
Helena bajó la cabeza.
—Después de que te sacaran del hospital, te llevaron a una casa donde debías permanecer oculto. Yo trabajaba para tu padre y me ordenaron hacerme cargo de ti.
Adrian sintió que las piernas le pesaban.
—¿Quién me sacó del hospital?
Helena tardó en responder.
—Tu padre.
Callum cerró los ojos.
La sospecha que había intentado apartar desde la mañana se convirtió en una realidad insoportable.
—¿Por qué? —preguntó Adrian.
Helena miró hacia la ventana.
—Porque tu padre descubrió que tu madre había encontrado documentos que demostraban que él había utilizado el patrimonio familiar para cubrir deudas de sus negocios.
Callum negó lentamente con la cabeza.
—Mi padre tenía empresas exitosas.
—Tenía empresas que parecían exitosas —respondió Helena—. También tenía deudas que nadie conocía, inversiones que salieron mal y compromisos que no podía pagar. Cuando tu madre descubrió lo que estaba pasando, quiso proteger el dinero que les pertenecía a ustedes.
Adrian se inclinó hacia delante.
—¿Y por eso me hizo desaparecer?
—Tu padre pensaba que, si uno de sus hijos era declarado muerto, podría modificar los beneficiarios de ciertos fondos sin despertar sospechas. Quería controlar todo el patrimonio y evitar que tu madre denunciara las irregularidades.
Elodie sintió náuseas.
—¿Y nadie lo detuvo?
Helena cerró los ojos.
—Tu madre lo intentó.
—¿Qué le pasó? —preguntó Callum.
La mujer abrió los ojos y los miró con tristeza.
—Descubrió el plan demasiado tarde. Cuando supo que Adrian había sido sacado del hospital, amenazó con acudir a las autoridades. Tu padre le dijo que, si lo hacía, jamás volvería a ver a su hijo.
Adrian se puso de pie.
—¿Y ella le creyó?
—No tenía opción. Le habían dicho que estabas en un lugar seguro. Le prometieron que te devolverían cuando los problemas económicos estuvieran resueltos.
—¿Cuánto tiempo pasó antes de que supiera la verdad?
Helena apretó las manos.
—Tres meses.
Adrian miró al suelo.
Tres meses.
Una madre había pasado tres meses creyendo que su hijo estaba vivo, aunque lejos de ella.
Y después alguien le había dicho que estaba muerto.
—¿Quién le dio la noticia? —preguntó.
Helena no respondió.
Callum se acercó.
—¿Quién falsificó el certificado?
La mujer respiró hondo.
—Un médico que trabajaba para tu padre. También hubo una persona encargada de registrar el documento y otra que recibió dinero para no hacer preguntas.
Elodie miró a Helena.
—¿Y usted?
La mujer se estremeció.
—Yo me negué a firmar. Por eso me despidieron.
—Pero después se quedó con Adrian.
—Porque no podía abandonarlo.
Helena se levantó y caminó hacia la caja de madera.
Sacó una fotografía de un niño pequeño y la puso sobre la mesa.
Era Adrian, con unos seis años, sentado en una banca junto a ella.
La misma fotografía que habían encontrado en el archivo.
—Lo cuidé hasta que tu padre descubrió que yo estaba intentando reunir pruebas para devolverlo a su familia.
Adrian tomó la fotografía.
—¿Qué pasó después?
Helena se sentó lentamente.
—Tu padre vino por ti. Me dijo que te llevaría a un lugar mejor. Que yo no tenía derecho a cuestionar sus decisiones. Cuando me negué a entregarte, amenazó con acusarme de secuestro.
—¿Y me entregó a un centro infantil?
—Sí. Pero antes conseguí que te cambiaran de nombre. Pensé que así sería más difícil que te utilizaran otra vez.
Adrian cerró los ojos.
—¿Cómo me llamaba antes?
Helena lo miró con ternura.
—Adrian.
Él abrió los ojos.
—¿Siempre?
—Siempre. Tu madre eligió ese nombre porque decía que sonaba como alguien que nunca dejaría de luchar por lo que amaba.
Por primera vez desde su llegada a la casa Mercer, Adrian lloró.
No hizo ruido.
Solo bajó la cabeza mientras las lágrimas caían sobre sus manos.
Elodie se acercó y le puso una mano en el hombro.
Callum permaneció inmóvil.
Estaba descubriendo que el hermano al que había creído muerto había pasado la infancia siendo trasladado de un lugar a otro, sin saber que tenía una familia que lo había llorado.
—¿Por qué no me buscó? —preguntó Adrian finalmente—. Usted sabía quién era yo.
Sabía quién era mi madre. ¿Por qué no me devolvió?
Helena recibió la pregunta sin intentar defenderse.
—Porque tuve miedo.
Adrian levantó la mirada.
—¿Miedo de qué?
—De tu padre. De perderte para siempre. De que te hicieran daño si intentaba acercarme a los Mercer. Cada vez que reunía suficiente valor para hablar, alguien me recordaba que podía terminar en la cárcel y que tú desaparecerías de nuevo.
Callum se pasó una mano por el rostro.
—¿Y Sloane?
Helena palideció.
—¿Qué tiene que ver mi hija?
Elodie se quedó inmóvil.
—Sloane no es su hija biológica.
Helena bajó la mirada.
—No.
Adrian se inclinó hacia delante.
—Entonces, ¿quién es su familia?
Helena permaneció en silencio durante tanto tiempo que Callum comenzó a impacientarse.
—Señora Vargas, necesitamos saber la verdad.
La mujer tomó aire.
—Sloane era la hija de un hombre que trabajaba para tu padre. Su madre murió cuando ella era pequeña. Cuando el hombre desapareció, yo me hice cargo de la niña.
—¿Qué hombre? —preguntó Callum.
Helena lo miró directamente.
—El médico que firmó el certificado de defunción de Adrian.
Elodie sintió un escalofrío.
—¿Sloane creció sabiendo eso?
—No al principio. Cuando era niña, solo sabía que su padre había muerto y que yo la estaba criando. Pero al cumplir dieciocho años, encontró una caja con documentos y me exigió una explicación.
Adrian se levantó.
—¿Y entonces comenzó a acercarse a nosotros?
—Sí.
Callum apretó los labios.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
Helena respondió con una tristeza profunda.
—Porque Sloane estaba convencida de que tú podías devolverle lo que le habían quitado a su padre. Creía que, si conseguía entrar en tu familia, tendría acceso a los documentos que demostraban quién había dado la orden.
Elodie negó con la cabeza.
—Eso no explica por qué intentó destruir mi matrimonio.
Helena cerró los ojos.
—No. Eso es otra cosa.
La respuesta hizo que Elodie sintiera una rabia fría.
—¿Qué otra cosa?
—Sloane siempre ha querido tener lo que tú tienes. No solo la posición económica. También quería ser elegida. Quería que alguien la mirara como Callum te mira a ti.
—Eso no justifica lo que hizo con mi hija.
—No. No lo justifica.
Helena se secó las lágrimas.
—Pero hay algo que deben saber. Sloane no es la única persona que conoce la historia. Alguien más ha estado buscando los documentos durante años.
Adrian se acercó.
—¿Quién?
Helena miró a Callum.
—Tu padre no actuó solo.
Callum sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién lo ayudó?
Helena señaló la caja de madera.
Dentro había una segunda carpeta, mucho más gruesa que la primera.
—Aquí están los nombres de las personas que recibieron dinero. También hay registros de las llamadas que se hicieron la noche en que Adrian fue sacado del hospital.
Adrian abrió la carpeta.
La primera hoja contenía una lista de nombres.
El médico.
Un funcionario del registro civil.
Un administrador de las empresas familiares.
Y una última persona.
Callum se quedó mirando el nombre.
No podía ser.
Era el nombre de un hombre que había seguido visitando su casa durante años, que había asistido al funeral de su madre y que todavía era considerado un amigo cercano de la familia.
Elodie le tomó la mano.
—¿Quién es?
Callum tragó saliva.
—Mi padrino.
El hombre que había estado presente en su bautizo.
El que le había enseñado a conducir.
El que había pronunciado un discurso en su boda.
El que había sostenido a Maisie cuando nació.
Adrian pasó a la siguiente página.
Había una anotación junto al nombre del padrino.
«Fue él quien eligió cuál de los dos niños debía quedarse».
Callum retrocedió.
—No.
Helena comenzó a llorar.
—Lo siento.
Adrian la miró.
—¿Qué significa eso?
Helena no pudo sostenerle la mirada.
—Significa que su padre no fue el único que tomó la decisión. Su padrino convenció a la familia de que uno de ustedes debía desaparecer para salvar el patrimonio. Les dijo que sería temporal. Que después podría arreglarse todo.
—¿Y cómo eligió? —preguntó Elodie.
Helena apretó los dedos sobre la mesa.
—Por una marca que uno de los bebés tenía detrás de la oreja.
Callum se tocó instintivamente la pequeña cicatriz junto a la ceja.
Adrian llevó una mano detrás de su oreja izquierda.
Tenía una marca oscura.
La misma que aparecía en la fotografía de los bebés.
Helena se levantó lentamente y fue hasta la caja.
Sacó una última hoja.
—Pero lo que ninguno de ustedes sabe es que la marca no estaba en el niño que se llevaron.
Callum sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Qué está diciendo?
Helena dejó el documento frente a ellos.
—Que aquella noche intercambiaron las pulseras de los bebés.
Adrian miró la fotografía antigua.
El niño que llevaba la pulsera roja había sido identificado como Callum.
El que llevaba la blanca, como Adrian.
Pero alguien había cambiado las pulseras antes de que firmaran el certificado.
—¿Por qué? —susurró Elodie.
Helena cerró los ojos.
—Porque el hombre que eligió cuál de los dos debía desaparecer no sabía cuál era realmente cuál.
Callum miró a su hermano.
Por primera vez, no pudo estar seguro de que el recuerdo de su infancia le perteneciera.
Adrian se quedó mirando los documentos, intentando comprender cómo una simple pulsera podía haber cambiado el curso de dos vidas.
Entonces el teléfono de Helena comenzó a sonar.
La mujer vio el nombre en la pantalla y se puso pálida.
—No contestes —dijo Adrian.
Pero Helena ya había deslizado el dedo.
Una voz masculina resonó desde el teléfono.
—Helena, sé que los gemelos están contigo.
La mujer dejó de respirar.
La voz continuó, tranquila y amenazante.
—Tienes diez minutos para entregarles la carpeta. Si no lo haces, les contaré lo que ocurrió realmente la noche en que su madre murió.
Callum se acercó al teléfono.
—¿Quién habla?
Hubo una pausa.
Después, el hombre respondió con una familiaridad aterradora.
—Hola, ahijado.
Callum reconoció la voz.
Era su padrino.
El mismo hombre que había estado a su lado durante toda su vida.
El mismo hombre cuyo nombre aparecía en los documentos que demostraban que Adrian había sido borrado de la familia.
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Y antes de que la llamada terminara, el hombre añadió una última frase:
—Por cierto, Callum, pregúntale a tu hermano qué recuerda de la noche en que murió su madre. Porque uno de ustedes estuvo allí… y el otro no debería haber sobrevivido.
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