Chapter 4: La carta de su madre reveló por qué uno de los gemelos fue borrado de la familia Mercer
El sobre temblaba entre las manos de Sloane cuando Callum se lo arrebató, pero la primera frase que leyó fue suficiente para hacer que su rostro perdiera todo el color.
*«Si alguno de mis hijos encuentra esta carta, significa que fracasé en protegerlos a los dos».*
Callum dejó de respirar por un instante.
Adrian permaneció inmóvil frente a él, observando aquella letra que reconocía sin haberla visto nunca. No podía explicarlo, pero algo en las curvas de las palabras le provocaba una tristeza inexplicable.
Elodie se acercó a su esposo.
—Léela en voz alta.
Callum no respondió.
—Callum, por favor. Ya basta de secretos.
Él levantó los ojos hacia Adrian.
—Esta es la letra de nuestra madre.
Adrian extendió la mano.
—Déjame verla.
Callum dudó antes de entregarle el sobre.
Sloane aprovechó aquel instante para caminar hacia las escaleras.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó Elodie.
—A mi casa.
—Todavía no hemos terminado de hablar.
—Yo sí.
—Encerraste a mi hija, mentiste sobre una sorpresa y ahora resulta que tienes una carta que puede explicar por qué el hermano de mi esposo fue separado de su familia. No vas a salir de aquí sin explicar qué sabes.
Sloane se volvió con una sonrisa amarga.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Retenerme contra mi voluntad?
—No. Voy a llamar a la policía y les explicaré lo que pasó con Maisie. Después podrás contarles todo lo demás.
La seguridad de Sloane desapareció durante un segundo.
Adrian abrió el sobre.
Dentro había cuatro hojas amarillentas, dobladas con cuidado. La primera tenía una fecha escrita en la esquina: dieciocho años atrás, varios meses antes de la muerte de su madre.
Leyó en silencio las primeras líneas.
Después se detuvo.
—¿Qué dice? —preguntó Callum.
Adrian levantó la vista.
—Dice que nuestra madre descubrió que alguien estaba falsificando documentos relacionados con el patrimonio familiar.
Callum frunció el ceño.
—¿Qué patrimonio?
—Una participación en la empresa de nuestro padre. Un fondo de inversión a nombre de los dos hijos y varias propiedades que debían repartirse cuando fuéramos adultos.
Elodie miró a su esposo.
Nunca había escuchado hablar de aquel fondo.
—¿Por qué no me contaste que existía?
—Porque no sabía que había un fondo a mi nombre —respondió Callum, genuinamente desconcertado.
Adrian continuó leyendo.
—Nuestra madre sospechaba que alguien quería modificar los beneficiarios. Había descubierto transferencias que no reconocía y firmas que no eran suyas.
Sloane apretó el bolso contra el pecho.
—No sabes interpretar esa carta.
Adrian no apartó los ojos del papel.
—Aquí dice que nuestra madre temía que uno de sus hijos fuera utilizado para justificar una transferencia ilegal.
Callum se acercó.
—Dame eso.
Adrian le permitió leer el siguiente párrafo.
La expresión de Callum se endureció a medida que avanzaba.
Su madre describía una discusión con su esposo. Había encontrado documentos que demostraban que alguien había solicitado declarar muerto a uno de los gemelos para simplificar el control del patrimonio familiar.
No se mencionaba quién había dado la orden.
Pero sí aparecía una frase subrayada dos veces.
*«El niño que desaparezca de los registros será el único que podrá demostrar que nos robaron a los dos».*
Adrian bajó la hoja.
—Por eso alguien falsificó mi certificado de defunción.
Callum negó con la cabeza.
—Mi padre jamás habría hecho algo así.
—¿Estás seguro?
—Era un hombre complicado, pero amaba a nuestra madre.
—Tal vez la amaba. Eso no significa que fuera incapaz de traicionarla.
La respuesta golpeó a Callum con más fuerza de la que quiso demostrar.
Durante años había conservado la imagen de su padre como un hombre severo, pero honorable. Uno que podía ser frío y exigente, aunque jamás cruzaría ciertas líneas.
Ahora aquella imagen comenzaba a resquebrajarse.
Elodie tomó la segunda hoja.
—Hay algo más.
En el margen había una anotación con tinta azul.
«Preguntar a Helena por la llave del archivo».
—¿Quién es Helena? —preguntó.
Sloane cerró los ojos.
Adrian la miró.
—Tu madre adoptiva.
—No es mi madre adoptiva —respondió Sloane—. Es la mujer que me crio.
—¿Y por qué nuestra madre dejó su nombre en esta carta?
Sloane guardó silencio.
Callum avanzó hacia ella.
—Te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Qué relación tenía Helena con mi familia?
—Trabajaba para ustedes.
—¿Como qué?
—Era secretaria de mi padre.
Callum pareció recibir un golpe.
—Mi padre tenía una secretaria llamada Helena, pero se fue antes de que yo cumpliera diez años.
—No se fue —respondió Sloane—. La despidieron.
—¿Por qué?
Sloane miró a Adrian.
—Porque se negó a firmar un documento.
Adrian dejó las hojas sobre la consola.
—¿Qué documento?
Sloane se humedeció los labios.
—El certificado que declaraba muerto a uno de ustedes.
Elodie sintió un escalofrío.
—¿Helena participó en eso?
—No. Intentó impedirlo.
—¿Y tú cómo sabes todo esto? —preguntó Callum.
Sloane bajó la mirada hacia el anillo que llevaba puesto.
—Porque Helena me lo contó cuando cumplí dieciocho años.
Callum se quedó mirándola.
—¿Y decidiste acercarte a mi familia sin decirme nada?
—Quería conocer la verdad.
—¡Llevas meses intentando meterte en mi matrimonio!
Sloane levantó la barbilla.
—Porque necesitaba estar cerca de ti.
—¿Para qué?
—Porque tú eras el único que podía llevarme hasta el archivo de tu padre.
Elodie soltó una risa incrédula.
—¿Así que todo esto era una estrategia?
Sloane la miró con resentimiento.
—No todo.
—¿Qué parte no lo era? ¿Las visitas? ¿Los mensajes? ¿Las veces que intentaste convencer a Callum de que yo no lo entendía?
—Tú no sabes lo que es crecer sabiendo que tu familia guardó un secreto que pudo cambiar la vida de dos personas.
—Y tú no sabes lo que es ver a tu hija llorar detrás de una puerta cerrada porque una mujer adulta decidió utilizarla para salirse con la suya.
Sloane abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Desde la cocina llegó la voz de Maisie, que preguntaba a Rosa si su papá ya había terminado de hablar.
Elodie cerró los ojos un instante.
No quería que su hija volviera a escuchar gritos.
—La conversación terminó por ahora —dijo—. Sloane, te vas a retirar de esta casa. Si vuelves a acercarte a Maisie sin nuestro permiso, tomaré las medidas necesarias.
—No puedes echarme sin saber toda la verdad.
—Puedo echarte de mi casa. Y eso es exactamente lo que voy a hacer.
Callum miró a Sloane.
—Vete.
Ella observó a los dos gemelos, después a Elodie.
—Van a arrepentirse de no escucharme.
—Tal vez —respondió Adrian—. Pero esta vez decidiremos nosotros.
Sloane bajó las escaleras.
Cuando la puerta principal se cerró, el silencio pareció pesar más que todos los gritos anteriores.
Callum se sentó en una silla.
Adrian recogió la carta con cuidado.
—Necesitamos encontrar ese archivo.
—Si todavía existe —murmuró Callum.
Elodie lo miró.
—¿Sabes dónde está?
Callum tardó en contestar.
—Mi padre tenía un despacho privado en la antigua propiedad familiar, a las afueras de Guadalajara. Después de su muerte, nadie volvió a utilizarlo. Mi madre decía que guardaba documentos importantes allí, pero nunca nos permitió entrar.
—¿Por qué?
—Decía que algún día entenderíamos.
Adrian apretó la carta.
—Quizá esperaba que lo entendiéramos antes de que fuera demasiado tarde.
Callum se levantó.
—Mañana iremos.
—No —respondió Adrian—. Hoy.
—Son casi las siete.
—He esperado toda mi vida para conocer la verdad. No voy a pasar otra noche esperando.
Elodie miró hacia la escalera.
—Yo no voy a ninguna parte sin asegurarme de que Maisie esté bien.
—Por supuesto —dijo Callum—. Nos quedaremos aquí.
Adrian asintió.
Por primera vez, los dos hermanos parecían estar de acuerdo.
Pero entonces Elodie notó algo extraño en la última hoja.
Había una mancha oscura cerca del borde y una frase escrita con una letra distinta a la de su suegra.
«Si Helena no llega a tiempo, busca a la niña que llevaba la pulsera roja».
Elodie leyó la frase dos veces.
—¿Qué niña?
Adrian se acercó.
—No lo sé.
Callum tomó la hoja.
Su mirada se quedó fija en aquellas palabras.
—En la fotografía del hospital, uno de los bebés llevaba una pulsera blanca.
—¿Y el otro? —preguntó Elodie.
—Una pulsera roja —respondió Adrian.
Ninguno habló durante varios segundos.
La frase no se refería a una niña.
Se refería a uno de ellos.
A un bebé al que alguien había identificado de una manera distinta para cambiar su destino.
Adrian miró a Callum.
—¿Cuál de nosotros fue el que sacaron del hospital?
Callum no respondió.
Porque, de repente, recordó algo que su madre le había dicho cuando era pequeño.
Un recuerdo borroso.
Una habitación blanca.
Una mujer llorando.
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Y una frase que había escuchado desde el pasillo:
«No se lleven al niño equivocado».
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