Calm

Chapter 1: El dibujo que despertó los celos de Sloane

Sloane había pasado toda la tarde comportándose como la mujer más amable de la casa Mercer, pero bastó un dibujo infantil para que su sonrisa se convirtiera en una máscara.

Elodie lo descubriría demasiado tarde.

Aquella tarde, la residencia de los Mercer estaba bañada por la luz dorada del sol. Desde la cocina llegaba el aroma del café recién hecho, y en el comedor, Maisie, de cuatro años, coloreaba tranquilamente sobre una hoja blanca mientras tarareaba una canción que había aprendido en el preescolar.

Elodie observó a su hija desde la puerta.

Tenía el cabello recogido en dos pequeñas coletas, un vestido amarillo y una mancha azul en la mejilla. Cada vez que sacaba la lengua para concentrarse en un dibujo, Elodie sentía que el corazón se le llenaba de ternura.

Era su mundo entero.

Y precisamente por eso, cuando Sloane se acercó con una sonrisa demasiado dulce, Elodie sintió una pequeña punzada de desconfianza.

—¿Necesitas algo, querida? —preguntó Sloane.

Llevaba un vestido rojo perfectamente ajustado y el cabello rubio cayéndole sobre los hombros. Parecía recién salida de una sesión de fotografías, aunque llevaba varias horas en la casa.

—Tengo que hacer una llamada importante —respondió Elodie, revisando la pantalla de su teléfono—. Será cuestión de cinco minutos.

—Yo puedo quedarme con Maisie.

Elodie levantó la mirada.

—No hace falta. Está tranquila.

—Precisamente. Podemos colorear juntas, ¿verdad, preciosa?

Sloane se inclinó hacia la niña.

Maisie la miró brevemente y después volvió a sus crayones.

—Estoy dibujando a mi familia.

—¡Qué bonito! —exclamó Sloane—. Entonces tenemos mucho de qué hablar.

Elodie no respondió de inmediato.

Conocía a Sloane desde hacía suficiente tiempo para saber que su amabilidad podía desaparecer cuando no obtenía lo que quería. Era una conocida de la familia que se había acercado cada vez más a Callum Mercer, el esposo de Elodie, bajo el pretexto de ayudarlo con algunos asuntos profesionales.

Últimamente, sus visitas se habían vuelto demasiado frecuentes.

Y sus preguntas sobre el matrimonio de Elodie y Callum, demasiado personales.

—¿Estás segura de que no te molesta quedarte con ella? —preguntó Elodie.

Sloane abrió los ojos con fingida sorpresa.

—Por supuesto que no. Me encantan los niños.

Aquella respuesta no eliminó las dudas de Elodie, pero su teléfono volvió a vibrar.

Era una llamada que llevaba horas esperando.

—Está bien. Maisie, quédate aquí con Sloane. Regreso enseguida.

La niña asintió sin levantar la cabeza.

—Sí, mamá.

Elodie besó su frente y salió al jardín para contestar.

Sloane esperó hasta escuchar cómo se cerraba la puerta.

Después se sentó junto a Maisie.

Durante los primeros minutos, todo pareció normal.

Le preguntó por sus juguetes favoritos, por sus amiguitas del preescolar y por el cuento que su papá le leía antes de dormir.

Maisie contestó con la espontaneidad de cualquier niña de cuatro años, aunque de vez en cuando miraba hacia el pasillo.

—¿Te gusta vivir en esta casa tan grande? —preguntó Sloane.

—Sí.

—¿Y te gustaría tener otra persona viviendo aquí contigo?

Maisie dejó de colorear.

—¿Como quién?

Sloane sonrió.

—No sé. Alguien que te quiera mucho.

—Mi mamá me quiere mucho.

—Claro que sí, cariño. Pero hay espacio para más personas, ¿no crees?

Maisie pareció pensar en ello.

—Mi papá también me quiere mucho.

—Eso lo sé.

Sloane pronunció aquellas palabras con una tranquilidad que no sentía.

En realidad, llevaba meses intentando encontrar una grieta en el matrimonio de Callum y Elodie.

Había comenzado con pequeños favores. Después llegaron los mensajes a altas horas de la noche, las conversaciones privadas y las invitaciones a tomar café cuando Elodie no estaba cerca.

Callum había sido educado con ella.

Eso era todo.

Pero Sloane había convertido aquella cortesía en una promesa imaginaria.

Estaba convencida de que Elodie no merecía al hombre que tenía. Según ella, Elodie había tenido demasiada suerte: una casa hermosa, una familia acomodada y un esposo que la miraba como si ninguna otra mujer existiera.

Lo que más le dolía no era que Callum la rechazara.

Era que ni siquiera pareciera considerar la posibilidad de elegir a otra persona.

Entonces Sloane miró el dibujo de Maisie.

Tres figuras tomadas de la mano.

Una mujer con cabello largo, un hombre alto y una niña pequeña entre ambos.

Encima, con letras torcidas que su maestra le había ayudado a practicar, Maisie había escrito: MAMÁ, PAPÁ Y YO.

Sloane se quedó mirando la hoja.

—¿Dónde estoy yo? —preguntó con una risita.

Maisie frunció el ceño.

—Tú no vives con nosotros.

La sonrisa de Sloane permaneció en sus labios, pero sus ojos cambiaron.

—Tal vez algún día viva aquí.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que Sloane parpadeó.

—¿No?

Maisie negó con la cabeza.

—Mi papá duerme con mi mamá.

Durante un segundo, el silencio pareció llenar toda la habitación.

Sloane apretó los dedos contra el borde de la mesa.

La niña no había dicho nada malo. No había querido herirla. Simplemente estaba describiendo el mundo tal como lo conocía: su papá dormía junto a su mamá, la besaba antes de salir a trabajar y la abrazaba cuando regresaba a casa.

Para Maisie, aquello era tan natural como que el sol saliera cada mañana.

Para Sloane, fue una humillación.

—¿Y qué más dice tu papá de tu mamá? —preguntó, procurando mantener la voz suave.

Maisie volvió a tomar un crayón rosa.

—Dice que mi mamá es la señora más bonita del mundo.

Sloane dejó de sonreír.

Sintió que algo se le cerraba en el pecho.

Había pasado semanas eligiendo vestidos, buscando excusas para ver a Callum y ensayando conversaciones que lo hicieran sentirse comprendido. Había estudiado sus horarios, sus gustos y hasta el tipo de café que pedía.

Y una niña de cuatro años acababa de recordarle que todo aquel esfuerzo no había cambiado absolutamente nada.

Callum amaba a Elodie.

No solo seguía casado con ella.

La admiraba.

La niña continuó coloreando, ajena a la tormenta que acababa de despertar.

Sloane se levantó lentamente y se alisó el vestido rojo.

Si no podía conseguir que Callum la mirara como deseaba, quizá podía encontrar otra manera de entrar en aquella familia.

—Maisie, corazón —dijo, inclinándose hacia ella—, creo que tu mamá te dejó una sorpresa en tu habitación.

La niña levantó la cabeza.

—¿Una sorpresa?

—Sí. Algo muy bonito.

Maisie miró hacia la puerta.

—Mamá dijo que tenía que esperarla aquí.

—Tu mamá me pidió que te llevara.

—¿De verdad?

Sloane sostuvo su mirada sin pestañear.

—Claro que sí. Solo será un minuto.

Maisie dudó.

Sus pequeños dedos apretaron el crayón rosa.

Elodie siempre le había enseñado que no debía ir a ninguna parte sin avisarle. Pero Sloane era una adulta conocida, una mujer que había visitado la casa muchas veces y que, hasta ese momento, nunca le había dado motivos para tenerle miedo.

Finalmente, Maisie bajó de la silla.

—¿La sorpresa es un juguete?

—Puede ser.

Sloane le tomó la mano.

Mientras subían las escaleras, la niña volvió la cabeza hacia el comedor.

—¿Mi mamá va a venir?

—Enseguida, cariño.

Pero Sloane no la llevó a buscar ningún juguete.

La condujo hasta una habitación del segundo piso, abrió la puerta y esperó a que Maisie entrara.

Después cerró.

Y giró la llave.

Cuando Elodie regresó del jardín, encontró los crayones esparcidos por la mesa y la silla de su hija ligeramente apartada.

—¿Maisie?

No hubo respuesta.

Elodie miró hacia la cocina.

—¿Sloane?

Silencio.

Una sensación helada le recorrió la espalda.

Subió las escaleras llamando a su hija, cada vez con más urgencia.

Al llegar al pasillo, escuchó un golpecito detrás de una puerta cerrada.

Después oyó la voz de Maisie.

—¿Sloane? Ya quiero salir.

Elodie corrió hacia la habitación.

La manija no se movió.

Estaba cerrada con llave.

—¡Maisie! ¡Mi amor, soy mamá!

Del otro lado, la niña comenzó a llorar.

—¡Mamá! ¡No puedo abrir!

Elodie golpeó la puerta con ambas manos.

—¡Sloane! ¡Abre ahora mismo!

Entonces escuchó pasos detrás de ella.

Sloane apareció al final del pasillo, sosteniendo un pequeño llavero entre los dedos.

Su expresión ya no tenía nada de dulce.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Elodie.

Sloane inclinó la cabeza.

—Intentando ayudar.

—¡Abre esa puerta!

—No me hables como si fuera una empleada tuya.

Elodie se quedó mirándola, incapaz de comprender aquella respuesta.

Dentro de la habitación, Maisie sollozaba y llamaba a su madre.

Elodie extendió la mano.

—Dame la llave.

Sloane cerró los dedos alrededor del llavero.

—Antes tenemos que hablar de Callum.

Elodie sintió que la sangre se le helaba.

—Esto no tiene nada que ver con mi esposo.

—Todo tiene que ver con él.

Y entonces Sloane pronunció una frase que Elodie jamás olvidaría.

—Porque tú crees que eres la única mujer que puede hacerlo feliz.

Elodie miró la puerta cerrada, escuchó a su hija llorar y comprendió que la mujer frente a ella había dejado de fingir.

Pero ninguna de las dos sabía que, en ese mismo instante, un hombre acababa de llegar a la residencia Mercer.

Un hombre que tenía el rostro de Callum.

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Y que, al escuchar la voz de Maisie detrás de aquella puerta, murmuró:

—No puede estar pasando otra vez.

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