Calm

Chapter 2: El hombre idéntico a Callum que apareció cuando nadie debía verlo

Elodie estaba a punto de llamar a la policía cuando el hombre idéntico a su esposo apareció en lo alto de las escaleras.

Por un instante, creyó que el miedo le estaba jugando una mala pasada.

Callum debía estar en el centro de la ciudad, en una reunión que, según le había dicho aquella mañana, terminaría después de las seis. Sin embargo, el hombre que acababa de entrar vestía un traje gris, llevaba el mismo reloj de acero y tenía la misma cicatriz diminuta junto a la ceja izquierda.

Hasta caminaba igual.

Elodie abrió la boca.

—Callum...

El desconocido se detuvo al verla.

Sus ojos fueron directamente a la puerta cerrada.

Luego miró a Sloane.

—¿Qué hiciste?

Sloane palideció.

Fue apenas un segundo, pero Elodie lo notó.

La mujer que minutos antes había sostenido la llave con una seguridad insolente ahora parecía incapaz de respirar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Sloane.

El hombre ignoró la pregunta.

—Te pregunté qué hiciste.

—No tienes derecho a entrar en esta casa y hablarme así.

—Y tú no tienes derecho a encerrar a una niña.

Elodie sintió que las piernas le temblaban.

El parecido era tan perfecto que resultaba aterrador.

—¿Quién eres? —preguntó.

El desconocido volvió la mirada hacia ella.

Durante un momento, pareció debatirse entre decir la verdad y guardar silencio.

—Me llamo Callum Mercer.

Elodie retrocedió un paso.

—No. Mi esposo está trabajando.

—Lo sé.

—Entonces, ¿quién demonios eres?

El hombre bajó la mirada.

—Alguien que debió haber venido mucho antes.

Desde la habitación, Maisie gritó:

—¡Mamá! ¡Quiero salir!

Elodie reaccionó de inmediato.

—¡La llave, Sloane! ¡Dámela!

Sloane se aferró al llavero.

—No entiendes lo que está pasando.

—¡Mi hija está encerrada!

—Está bien. No le he hecho nada.

—¡Entonces abre!

El desconocido avanzó hacia Sloane.

No levantó la voz. No necesitó hacerlo.

—Dame la llave.

Sloane lo miró con rabia.

—No voy a obedecerte.

—Entonces tendré que llamar a la policía y explicarles por qué una niña de cuatro años está encerrada en una habitación mientras tú negocias con su madre.

El rostro de Sloane se endureció.

—Tú no sabes nada de esta familia.

—Sé más de lo que imaginas.

La frase dejó un silencio incómodo en el pasillo.

Finalmente, Sloane arrojó las llaves al suelo.

El desconocido las recogió, eligió una y abrió la puerta.

Maisie salió corriendo directamente hacia Elodie.

—¡Mamá!

Elodie cayó de rodillas y abrazó a su hija con tanta fuerza que la pequeña comenzó a quejarse.

—Perdóname, mi amor. Perdóname por dejarte sola.

—Yo no hice nada malo —sollozó Maisie—. Yo quería esperarte.

—Lo sé, corazón. Lo sé.

Elodie le besó el cabello, las mejillas y las manos, comprobando desesperadamente que estuviera bien.

Cuando finalmente levantó la cabeza, el desconocido seguía junto a la puerta.

Maisie lo miraba fijamente.

Después se apartó un poco de su madre.

—¿Papá?

El hombre cerró los ojos.

Aquella sola palabra pareció hacerle más daño que cualquier acusación.

—Hola, pequeña.

Maisie se acercó con cautela.

—¿Por qué tienes la misma cara que mi papá?

Él se agachó hasta quedar a su altura.

—Porque esa es una pregunta que debí haberte podido contestar hace mucho tiempo.

Elodie se levantó de golpe.

—No vuelvas a hablarle así a mi hija.

El desconocido se incorporó.

—Tienes razón.

Su respuesta la desconcertó.

No intentó defenderse. No se ofendió. Simplemente aceptó el reproche.

Sloane soltó una risa nerviosa.

—Esto es ridículo. Elodie, no sé qué clase de juego está intentando hacer este hombre, pero no puedes creerle.

—Cállate —dijo Elodie.

Sloane abrió la boca.

—¿Perdón?

—He dicho que te calles. Mi hija acaba de pasar por algo que jamás debió suceder. No voy a perder ni un segundo escuchando tus excusas.

El desconocido sacó su teléfono.

—Voy a pedir que venga alguien de confianza para acompañar a Maisie mientras ustedes hablan.

—¿Alguien de confianza? —repitió Elodie—. ¿Tú crees que puedes entrar en mi casa, presentarte con la cara de mi esposo y empezar a dar órdenes?

—No espero que confíes en mí.

—Excelente, porque no lo hago.

Él asintió lentamente.

—Pero necesito que me escuches antes de que llegue el otro Callum.

Elodie sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿El otro?

Sloane se volvió hacia el desconocido.

—¡Cierra la boca!

El grito salió tan desesperado que Maisie se escondió detrás de su madre.

El hombre miró a Sloane con una expresión fría.

—Ya no puedes controlar esto.

—No sabes lo que estás haciendo —susurró ella.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo.

Elodie tomó a Maisie en brazos.

—Quiero una explicación. Ahora.

El desconocido se pasó una mano por el rostro.

—Hace muchos años, antes de que tú conocieras a Callum, hubo un asunto familiar que todos decidieron enterrar.

—¿Qué asunto?

—Mi nacimiento.

Elodie parpadeó.

—No entiendo.

—Callum y yo somos gemelos.

Las palabras cayeron entre ellos como un vaso que se rompe.

Elodie lo miró de arriba abajo, buscando alguna diferencia, algún detalle que le demostrara que aquello era imposible.

No encontró ninguno.

—Eso no puede ser.

—Lo sé.

—Mi esposo nunca me ha hablado de un hermano.

—Porque le dijeron que yo había muerto.

Elodie sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Quién te dijo eso?

El hombre miró a Sloane.

Ella estaba inmóvil.

Demasiado inmóvil.

—La misma persona que se aseguró de que yo no pudiera acercarme a esta familia —respondió él.

Sloane soltó una carcajada forzada.

—¡Por favor! ¿Ahora resulta que eres un gemelo perdido? ¿Eso es lo mejor que se te ocurrió?

El desconocido no se inmutó.

—Puedes burlarte todo lo que quieras. Tengo documentos.

—Los documentos se falsifican.

—También hay fotografías.

La sonrisa de Sloane desapareció.

Elodie observó ese cambio.

—¿Lo conoces? —preguntó.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

El desconocido sacó del bolsillo interior de su saco una fotografía doblada.

Se la entregó a Elodie.

En ella aparecían dos bebés acostados en una misma cuna. Uno tenía una pequeña marca oscura cerca de la oreja izquierda. El otro llevaba una pulsera blanca alrededor de la muñeca.

Detrás de ellos había una mujer joven.

Elodie reconoció inmediatamente aquellos ojos.

Eran los ojos de la madre de Callum, fallecida varios años atrás.

En la parte inferior de la fotografía, alguien había escrito una fecha y dos nombres.

Callum.

Y Adrian.

Elodie levantó la mirada.

—¿Adrian?

—Ese es mi nombre.

—¿Por qué te llamas Callum Mercer?

Adrian respiró hondo.

—Porque nací con ese nombre. Me lo cambiaron cuando me llevaron lejos.

Elodie volvió a mirar la fotografía.

No tenía sentido.

Pero el papel parecía antiguo, los bordes estaban desgastados y la letra de la mujer se parecía a la que había visto cientos de veces en las tarjetas navideñas que guardaba su suegra.

—Necesito pruebas —dijo finalmente.

—Las tendrás.

—Y necesito que te alejes de mi hija hasta que sepa quién eres.

Adrian aceptó sin discutir.

—De acuerdo.

Aquella respuesta, más que cualquier otra cosa, hizo que Elodie se detuviera.

Un impostor habría insistido.

Un hombre peligroso habría intentado imponerse.

Adrian, en cambio, retrocedió para darle espacio.

Entonces sonó el timbre de la entrada.

Sloane se quedó sin color.

Elodie lo notó.

—¿Quién es? —preguntó.

Nadie contestó.

El timbre volvió a sonar.

Adrian miró el reloj.

—Llegó antes de lo que esperaba.

—¿Quién? —repitió Elodie.

La puerta principal se abrió.

Y una voz idéntica a la del hombre que estaba frente a ella resonó desde la planta baja.

—¡Elodie! ¿Dónde están todas?

Maisie levantó la cabeza.

—¡Papá!

La niña intentó correr hacia las escaleras, pero su madre la sostuvo con delicadeza.

El verdadero Callum apareció en el pasillo.

Llevaba el mismo traje gris, el mismo reloj y la misma expresión preocupada con la que siempre regresaba a casa cuando algo alteraba la rutina familiar.

Entonces vio a Adrian.

Se quedó completamente inmóvil.

Ninguno habló durante varios segundos.

Elodie miró a su esposo, después al desconocido y finalmente a Sloane.

La mujer de rojo estaba retrocediendo lentamente hacia la escalera.

Callum fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué haces aquí?

Adrian lo miró con una mezcla de dolor y rabia contenida.

—Vine a buscar lo que me quitaron.

Callum palideció.

No preguntó quién era.

No preguntó por qué tenían la misma cara.

Solo pronunció dos palabras que hicieron que Elodie sintiera un escalofrío.

—Tú estás muerto.

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Y en ese instante, Elodie comprendió que su esposo no estaba sorprendido por la existencia de aquel hombre.

Estaba aterrorizado porque sabía perfectamente quién era.

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