Calm

Chapter 8: Sienna se puso el anillo frente a todos, sin saber que Dante ya conocía su verdadera identidad

A las ocho de la mañana del sábado, Sienna Vale entró al salón principal vestida de blanco y con una sonrisa que parecía imposible de destruir.

La fiesta seguía en pie.

Los arreglos florales estaban colocados, las mesas relucían y el personal se movía con precisión para recibir a los invitados más importantes de Manhattan.

Sin embargo, había una diferencia.

Dante Marcel no estaba junto a ella.

Tampoco había enviado a nadie a buscarla.

Y el anillo de compromiso, aquella joya que había llegado el martes dentro de un estuche de terciopelo negro, brillaba ahora en la mano de Sienna como si fuera una corona.

La mujer recorrió el salón con la seguridad de quien cree que ya ha ganado.

—¿Dónde está Dante? —preguntó a Carver.

El administrador parecía haber envejecido diez años durante la noche.

—El señor Marcel llegará en cuanto termine unos asuntos privados.

Sienna sonrió.

—Por supuesto.

Se volvió hacia una de las organizadoras.

—Asegúrate de que el fotógrafo esté listo cuando llegue. Quiero que las primeras imágenes sean de nosotros dos juntos.

La organizadora asintió y se alejó.

Sienna esperó a quedarse sola antes de sacar su teléfono.

Marcó un número.

—¿Dónde estás? —preguntó cuando contestaron.

—Cerca de la entrada norte —respondió Victor Hale—. ¿Tienes el anillo?

Sienna miró su mano.

—Lo tengo.

—¿Y el documento?

—También.

—Entonces no improvises. Espera a que llegue Dante y sigue el plan.

Sienna bajó la voz.

—Gabriel no responde. ¿Qué pasó?

Hubo una pausa.

—Gabriel ya no es un problema.

La mujer palideció.

—¿Qué significa eso?

—Significa que tienes que concentrarte en lo tuyo.

Sienna apretó el teléfono.

—Me prometiste que nadie saldría lastimado.

Victor soltó una risa breve.

—Te prometí que obtendrías lo que querías. No confundas las dos cosas.

La llamada terminó.

Sienna guardó el teléfono y miró hacia los ventanales.

Durante casi dos años había construido una relación con Dante Marcel basada en una mezcla calculada de afecto, ambición y paciencia. Había estudiado sus costumbres, aprendido a reconocer sus silencios y descubierto qué palabras conseguían que bajara la guardia.

Pero Dante nunca le había entregado el control completo de sus empresas.

Nunca había confiado en ella con sus cuentas principales.

Y nunca había aceptado cambiar los documentos de propiedad que protegían su fortuna.

La fiesta de compromiso debía resolver ese último problema.

Después del anuncio público, Sienna tendría acceso a una nueva estructura financiera que le permitiría reclamar una parte considerable de los activos compartidos.

Al menos, eso le había prometido Esteban Cruz.

Lo que no había previsto era la aparición de Mara Bennett.

La empleada doméstica había encontrado la nota, reconocido los movimientos bancarios y conectado los documentos antiguos con las operaciones actuales.

Y ahora Gabriel había desaparecido de su lado.

Sienna apretó la mano alrededor del anillo.

—Maldita mujer —murmuró.

No sabía que, en ese preciso instante, Mara estaba viendo una copia de los registros que demostraban que Sienna había recibido pagos de una empresa fantasma durante los últimos dieciocho meses.

Dante había trasladado a Elena a una habitación privada en otra propiedad, bajo la protección de un equipo independiente. Mara se había quedado con ella hasta que un médico confirmó que podía descansar sin peligro inmediato.

Después regresó al penthouse para reunirse con Dante y el abogado que había aceptado revisar el caso.

Sobre la mesa había varias carpetas.

Una contenía los registros de las transferencias.

Otra reunía los documentos de la antigua investigación de Adrián Solís.

La tercera estaba vacía.

—¿Por qué no tenemos todavía la grabación? —preguntó Mara.

Dante se apoyó contra el escritorio.

—Porque Gabriel no sabía dónde estaba. Solo conocía la existencia de una copia.

—¿Y Esteban?

—La quiere tanto como nosotros.

Mara revisó las fechas de las transferencias.

Había encontrado una secuencia que se repetía en los registros antiguos y nuevos: una cantidad importante se depositaba en una empresa, luego se dividía en cinco movimientos menores y finalmente llegaba a una cuenta privada.

Esa cuenta estaba a nombre de Sienna.

—Aquí —dijo, señalando la pantalla—. Ella recibió dinero directamente.

Dante se acercó.

—¿Cuánto?

—No puedo calcular el total sin los registros completos, pero hay depósitos regulares durante dieciocho meses. Algunos coinciden con las fechas en que se modificaron tus contratos.

Dante observó las cifras.

No parecía sorprendido.

Parecía herido.

—¿Pensabas casarte conmigo mientras hacías esto? —murmuró.

Mara dejó de revisar los documentos.

—No puede seguir pensando en ella como la mujer que creyó conocer.

Dante levantó la mirada.

—No estoy pensando en eso.

—Entonces, ¿en qué piensa?

Él tardó en responder.

—En cuántas personas pudieron haber sido perjudicadas mientras yo creía que todo estaba bajo control.

Mara comprendió que esa era la pregunta que lo perseguía.

No solo había perdido la confianza en Sienna. También estaba obligado a enfrentar la posibilidad de que su poder hubiera dependido de una red de mentiras que él no había querido ver.

—Puede corregirlo —dijo ella.

Dante la miró.

—¿Así de sencillo?

—No. Pero puede empezar por dejar de proteger a las personas que hicieron esto.

El hombre asintió lentamente.

Después abrió un cajón y sacó un pequeño estuche de terciopelo.

Mara lo reconoció inmediatamente.

Era el mismo estuche en el que había llegado el anillo el martes.

Dante lo colocó sobre la mesa.

—Hay algo que necesito preguntarle.

Mara miró la caja.

—¿Qué?

—Cuando todo esto termine, ¿estaría dispuesta a ayudarme a reconstruir las operaciones de la empresa? No como empleada doméstica. Como consultora independiente, con un contrato revisado por su abogada y acceso a los registros necesarios.

Mara lo observó con desconfianza.

—¿Por qué yo?

—Porque usted vio inconsistencias que mis especialistas pasaron por alto. Porque no tiene motivos para proteger a mis socios. Y porque, cuando todos intentaron obligarla a guardar silencio, usted siguió buscando la verdad.

Mara sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

No era una promesa de riqueza ni una oferta de poder.

Era la primera vez que alguien reconocía su capacidad sin tratarla como una amenaza.

—Lo pensaré —respondió.

Dante asintió.

No insistió.

Entonces un guardia llamó a la puerta.

—Señor Marcel, la señorita Vale acaba de llegar al salón principal. Victor Hale está con ella.

Dante cerró el estuche.

—Bien. Que empiece la fiesta.

A las diez de la mañana, el salón principal estaba lleno.

Los invitados conversaban junto a las mesas, sostenían copas y sonreían para las fotografías. Algunos eran empresarios legítimos. Otros habían hecho negocios con Dante durante años. Todos habían acudido esperando presenciar el anuncio de una alianza que consolidaría el poder financiero de la familia Marcel.

Sienna apareció en la escalera con un vestido blanco de corte elegante.

El anillo brillaba en su mano.

Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.

Ella sonrió, saludó a los invitados y caminó hacia el centro del salón.

Entonces vio a Dante.

Estaba junto a una columna, vestido de negro, con Mara a unos pasos de distancia.

La sonrisa de Sienna vaciló.

—Cariño —dijo, acercándose a él—. Pensé que no llegarías a tiempo.

Dante miró el anillo.

—Veo que has decidido ponértelo.

Sienna levantó la mano para mostrarlo.

—Por supuesto. Es precioso.

—Lo es.

La respuesta pareció tranquilizarla.

—¿Podemos hablar en privado antes del anuncio?

—No hace falta.

Sienna parpadeó.

—¿Qué?

Dante se volvió hacia los invitados.

—Quiero agradecerles que hayan venido. Sé que muchos hicieron un esfuerzo para estar aquí, y por eso merecen conocer la verdad antes de que se anuncie cualquier compromiso.

Un murmullo recorrió el salón.

Sienna lo tomó del brazo.

—Dante, no es el momento.

Él se apartó.

—Precisamente por eso es el momento.

Mara observó cómo la mujer intentaba recuperar el control.

—No entiendo qué está pasando —dijo Sienna con una sonrisa tensa.

Dante hizo una señal a un empleado.

Una pantalla se encendió detrás del escenario.

Aparecieron las primeras transferencias bancarias.

Los invitados dejaron de hablar.

Sienna miró la pantalla y perdió el color del rostro.

—¿Qué es esto?

—Registros financieros de empresas vinculadas con mis negocios —respondió Dante—. Durante los últimos dieciocho meses, una serie de transferencias ha desviado dinero hacia cuentas privadas.

La pantalla cambió.

Apareció el nombre de una de las empresas fantasma.

Después, una lista de depósitos.

Y finalmente, el nombre de Sienna Vale.

Alguien dejó caer una copa.

El cristal se rompió contra el suelo.

—¡Esto es falso! —exclamó Sienna.

Dante la miró.

—Entonces podrás demostrarlo.

—¡Me estás humillando delante de todos!

—No. Estoy evitando que todos sean engañados.

Victor Hale avanzó desde el fondo del salón.

—Señor Marcel, esto es un asunto privado. No tiene derecho a presentar información financiera sin verificar.

Dante se volvió hacia él.

—Qué curioso que usted lo diga. Su nombre aparece en los registros de acceso de la residencia y en las transferencias vinculadas con las empresas fantasma.

Victor sonrió con desprecio.

—No puede demostrar nada.

Mara dio un paso adelante.

—Podemos demostrar que la misma estructura de cuentas se utilizó hace seis años para incriminar a Adrián Solís.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Sienna miró a Mara con odio.

—¡Tú! Todo esto es por tu culpa.

Mara sostuvo su mirada.

—No. Esto comenzó mucho antes de que yo trabajara aquí.

Dante hizo otra señal.

La pantalla mostró una fotografía de Esteban Cruz.

—Este hombre organizó parte de las transferencias —dijo—. También está relacionado con la manipulación de pruebas en una investigación penal anterior.

Un abogado presente entre los invitados se puso de pie.

—¿Está acusando formalmente a la señorita Vale de fraude?

Dante no apartó la mirada de Sienna.

—Estoy diciendo que existen pruebas que deben ser investigadas por las autoridades competentes. Y que no habrá ningún compromiso matrimonial mientras esas pruebas no sean aclaradas.

Sienna abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Por primera vez, no tenía una respuesta preparada.

Entonces Victor hizo algo inesperado.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su saco y lo levantó.

—Si vamos a hablar de pruebas, quizá también debamos hablar de las suyas, señor Marcel.

Dante se quedó inmóvil.

Victor abrió el sobre y sacó una hoja firmada.

—Este documento demuestra que usted autorizó una transferencia de ciento veinte millones de dólares a una de las empresas investigadas. Su firma aparece al final.

El salón quedó en silencio.

Mara miró la hoja.

Reconoció el formato, el sello y la estructura del contrato.

Pero había algo extraño.

La firma de Dante parecía auténtica.

Y si el documento era real, la investigación podía tomar un rumbo completamente distinto.

Victor sonrió.

—Ahora, señor Marcel, quizá debería explicarles a sus invitados por qué su nombre aparece en el centro de este fraude.

Dante tomó el documento.

Lo leyó.

Y por primera vez aquella mañana, su rostro mostró una sorpresa que no parecía fingida.

Mara se acercó para examinarlo.

Bastó una mirada para que reconociera el detalle que todos los demás habían pasado por alto.

La fecha de autorización era anterior a la constitución legal de la empresa receptora.

El documento no podía ser auténtico.

—La firma fue copiada —dijo Mara.

Victor giró hacia ella.

—¿Y tú qué sabes de documentos financieros?

—Lo suficiente para reconocer una falsificación.

Mara señaló la fecha.

—Esta empresa no existía legalmente cuando supuestamente se autorizó la transferencia. Alguien utilizó una firma auténtica en un documento alterado.

Los invitados comenzaron a hablar entre sí.

Victor dobló la hoja.

—Eso es una interpretación.

—No. Es una inconsistencia verificable.

Dante miró a Mara.

Ella sostuvo su mirada y asintió.

Él se volvió hacia Victor.

—Acabas de cometer un error.

Victor retrocedió.

—¿Cuál?

—Me has entregado una prueba que puedo utilizar para demostrar que manipulaste mis registros.

Los guardias comenzaron a acercarse.

Sienna miró a Victor con desesperación.

—Dijiste que esto estaba resuelto.

Victor no respondió.

En cambio, se dirigió hacia una salida lateral.

Pero antes de que llegara a la puerta, las luces del salón se apagaron.

Se escuchó un grito.

Unos segundos después, las luces de emergencia se encendieron.

Victor había desaparecido.

Y el estuche de terciopelo que contenía el anillo ya no estaba sobre la mesa.

Mara miró a Dante.

—¿Qué acaba de pasar?

Él observó la puerta por la que había escapado Victor.

—Que alguien acaba de robar la única pieza que todavía podía mantener a Sienna bajo control.

La mujer negó con la cabeza, llorando.

—Yo no sabía que iba a hacer eso.

Dante se volvió hacia ella.

—Entonces será mejor que empieces a decirnos todo lo que sabes.

Sienna miró a Mara.

Después miró el lugar vacío donde había estado el anillo.

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Y finalmente pronunció una frase que hizo que Dante se quedara completamente inmóvil.

—El anillo no era un regalo, Dante. Era una llave.

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