Calm

Chapter 4: El pasado que Mara intentó enterrar se convirtió en la amenaza más peligrosa para Dante Marcel

Mara dejó de respirar cuando vio la fotografía de su madre en la pantalla del teléfono.

Elena estaba saliendo de su casa en Yonkers, con su abrigo azul y la bolsa de tela que utilizaba para comprar verduras en el mercado. Parecía una mañana cualquiera. Caminaba despacio, sin saber que alguien la estaba fotografiando desde un automóvil estacionado al otro lado de la calle.

Debajo de la imagen, el mensaje seguía brillando.

«Entréganos el expediente original antes de medianoche, o Elena pagará por lo que hiciste hace seis años».

Mara sintió que las rodillas le temblaban.

—Necesito salir de aquí.

Dante Marcel extendió la mano.

—Deme el teléfono.

—Mi mamá está en peligro.

—Lo sé.

—¡No, no lo sabe! —Mara levantó la voz por primera vez—. Usted tiene hombres armados, cámaras, guardias y dinero suficiente para comprar la mitad de esta ciudad.

Yo solo tengo a mi mamá. Si algo le pasa...

Se le quebró la voz.

Dante no intentó interrumpirla.

Durante unos segundos, el hombre al que todos temían permaneció frente a ella sin su habitual expresión de control. Después tomó el teléfono, examinó el mensaje y se lo devolvió.

—Gabriel.

El jefe de seguridad apareció inmediatamente.

—Quiero dos hombres en la casa de Elena Bennett. Sin uniformes, sin vehículos que puedan llamar la atención. Nadie se acerca a ella sin que lo sepamos.

—Entendido.

—Y quiero identificar al autor de ese mensaje. No supongas que es el mismo hombre de las flores. Averígualo.

Gabriel salió del despacho.

Mara guardó el teléfono, pero sus manos seguían temblando.

—No puede simplemente mandar hombres a la casa de mi madre.

—Acabo de hacerlo.

—Ella no sabe nada de todo esto.

—Precisamente por eso necesita protección.

Mara lo miró con rabia.

—¿Y por qué debería confiar en usted?

Dante no se ofendió.

—No debería hacerlo todavía.

La respuesta la desconcertó.

Esperaba una amenaza, una orden o una de aquellas frases arrogantes que los hombres poderosos utilizaban para recordar a los demás quién tenía el control.

En cambio, Dante abrió la carpeta con las transferencias bancarias.

—Hace seis años, alguien robó dinero de una de mis empresas. En aquel momento, la operación parecía pequeña. Unas cuentas alteradas, documentos desaparecidos y un empleado acusado de fraude. Yo creí que el caso había terminado cuando ese hombre fue condenado.

Mara palideció.

—¿Cómo se llamaba?

—Adrián Solís.

Ella cerró los ojos.

Había escuchado ese nombre cientos de veces en su antigua oficina. Recordaba la fotografía de su expediente, la voz cansada de su abogado y la última carta que Adrián había enviado desde prisión.

Recordaba también que, tres días antes de su condena, había descubierto una inconsistencia en los registros bancarios.

Una inconsistencia que podía demostrar que el dinero no había pasado por sus manos.

—Yo trabajé en ese caso —confesó.

Dante se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Era asistente jurídica. Mi trabajo consistía en organizar documentos, preparar copias y revisar fechas. No era abogada, pero ayudaba al equipo que defendía a Adrián.

—¿Y qué ocurrió?

Mara se sentó lentamente.

Durante seis años había evitado hablar de aquello. Ni siquiera le había contado a su madre todos los detalles.

—Encontré dos versiones de un registro bancario. En una, el dinero había salido de una cuenta administrada por Adrián. En la otra, la transferencia se había realizado desde una cuenta distinta, controlada por una empresa vinculada a sus superiores.

Dante se inclinó hacia delante.

—¿Quiénes eran sus superiores?

—No lo sabía entonces. Solo reconocí los nombres de dos compañías que aparecían en documentos de su empresa.

—Continúe.

—Le entregué los documentos a mi supervisor. Me dijo que estaban incompletos y que no debía utilizarlos. Dos días después, los originales desaparecieron.

Mara apretó las manos sobre sus rodillas.

—Cuando insistí en que algo no cuadraba, me acusaron de haber mezclado los archivos. Mi supervisor me amenazó con denunciarme por alterar pruebas. Yo era joven, no tenía dinero y mi madre estaba enferma. Dejé el despacho.

—¿Y Adrián?

—Fue condenado.

La habitación quedó en silencio.

Dante miró los documentos frente a él.

—¿Cree que alguien utilizó su trabajo para incriminarlo?

—No lo creo. Estoy segura de que las pruebas fueron manipuladas. Lo que nunca pude demostrar fue quién lo hizo.

—¿Conserva alguna copia?

Mara levantó la mirada.

—Sí.

Dante dejó de moverse.

—¿Dónde?

—En una caja de seguridad que abrí cuando trabajaba en el despacho. Guardé las notas que había tomado durante la revisión. No son los originales, pero incluyen fechas, números de cuenta y los nombres de las empresas que aparecían en ambos registros.

—¿Por qué nunca entregó esa información?

Mara soltó una risa amarga.

—Porque recibí una amenaza dos días después de dejar el empleo. Alguien llamó a mi apartamento y me dijo que, si seguía haciendo preguntas, mi madre perdería la cobertura médica que necesitaba. No tenía pruebas suficientes para enfrentar a nadie. Así que me callé.

Dante permaneció en silencio.

De pronto, los últimos tres años de Mara en el penthouse adquirieron otro significado.

No había llegado allí por casualidad.

Había elegido un empleo donde pudiera pasar desapercibida, donde nadie preguntara por su pasado y donde tuviera suficiente dinero para mantener a su madre.

Pero también había entrado en la residencia de uno de los hombres relacionados con el caso que había destruido su vida.

—¿Sabía que yo estaba vinculado con Adrián Solís? —preguntó Dante.

—No al principio. Su nombre no aparecía en los documentos que vi. Cuando descubrí que algunas de sus compañías estaban relacionadas con las transferencias, ya llevaba meses trabajando aquí.

—¿Y nunca investigó?

Mara lo miró fijamente.

—¿Quiere saber por qué nunca investigué al hombre que me daba un sueldo y me permitía pagar las medicinas de mi madre? Porque estaba asustada. Porque estaba cansada. Porque, después de perder mi carrera, no quería perder también a mi familia.

Dante bajó la mirada.

Por primera vez, pareció comprender que la invisibilidad de Mara no era una debilidad.

Era una forma de sobrevivir.

—Necesito que me lleve a esa caja de seguridad.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Gabriel, que acababa de regresar, se detuvo en la puerta.

Dante levantó una ceja.

—¿No?

—No voy a entregarle documentos sin saber qué hará con ellos. Usted mismo acaba de decirme que Adrián fue condenado por robarle dinero a una de sus empresas. Si la información demuestra que lo incriminaron, quiero que me prometa que ayudará a limpiar su nombre.

Dante la estudió durante varios segundos.

—No puedo prometerle un resultado antes de conocer las pruebas.

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Mara se levantó.

Gabriel dio un paso hacia ella, pero Dante lo detuvo con un gesto.

—Espere.

Mara se volvió.

Dante se quitó el reloj y lo dejó sobre el escritorio.

—Le prometo que, si las pruebas demuestran que Adrián fue incriminado, utilizaré todos los recursos legales a mi alcance para corregirlo. Y le prometo que no permitiré que nadie utilice a su madre para obligarla a guardar silencio.

—¿Y si las pruebas lo implican a usted?

La pregunta cayó como una piedra.

Gabriel endureció el rostro.

Dante, sin embargo, no apartó la mirada.

—Entonces también tendrá que descubrirse la verdad sobre mí.

Mara buscó una mentira en sus ojos.

No encontró ninguna que pudiera reconocer.

Pero tampoco encontró una razón suficiente para confiar.

—La caja está en un banco de Queens —dijo finalmente—. Iremos esta noche. Solo nosotros y alguien de mi elección.

—¿Quién?

—Una abogada que conozco. Si vamos a utilizar esos documentos, quiero a alguien independiente que pueda verificar lo que encontremos.

Dante asintió.

—De acuerdo.

Mara estaba a punto de salir cuando Gabriel recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos y palideció.

—Señor Marcel, hay un problema en la casa de la señorita Bennett.

Mara se volvió de golpe.

—¿Qué pasó con mi mamá?

Gabriel no respondió inmediatamente.

Dante se puso de pie.

—Dígalo.

—Nuestros hombres llegaron hace veinte minutos. La casa estaba cerrada y no había señales de entrada forzada. La vecina dice que vio a Elena salir con un hombre que conducía un sedán negro.

Mara sintió que el mundo se inclinaba.

—¿La secuestraron?

—No lo sabemos todavía —respondió Gabriel—. Pero encontramos esto en el buzón.

Sacó un sobre y lo colocó sobre el escritorio.

En su interior había una fotografía de Elena sentada en el asiento trasero de un automóvil.

Parecía asustada, pero estaba viva.

Al reverso había una nueva nota.

«Medianoche. El expediente original por Elena Bennett. Si aparece la policía, el trato se cancela».

Mara apretó la fotografía hasta arrugar una esquina.

—Voy a ir.

—No —dijo Dante.

—¡Es mi madre!

—Y por eso no va a entrar sola en una trampa.

—¡No necesito su permiso!

Dante se acercó.

—No le estoy pidiendo que confíe en mí. Le estoy diciendo que, si corre hacia ellos sin saber quién la espera, podría perder la única oportunidad de rescatarla.

Mara lo miró con lágrimas de rabia.

—Si mi madre muere, nunca se lo voy a perdonar.

Dante sostuvo su mirada.

—Entonces asegúrese de que no tengamos que llegar a eso.

En ese instante, el teléfono de Gabriel vibró de nuevo.

El jefe de seguridad revisó la pantalla y levantó la vista lentamente.

—Señor Marcel... acaba de llegar la lista de invitados confirmados para mañana.

—¿Y?

Gabriel tragó saliva.

—Victor Hale aparece en ella. Su invitación fue autorizada desde la cuenta personal de Sienna Vale.

Dante miró el reloj.

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Faltaban menos de doce horas para la fiesta.

Y el hombre que había amenazado a Mara acababa de asegurarse un lugar junto a la futura esposa del jefe de Manhattan.

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