Chapter 7: El hombre que protegió a Dante durante veinte años apuntó su arma contra él por culpa de un secreto enterrado
—Baja el arma, Gabriel.
Dante Marcel pronunció aquellas cuatro palabras con una tranquilidad que habría engañado a cualquiera que no lo conociera.
Pero Mara ya había aprendido a reconocer el peligro detrás de su voz.
Gabriel Rivas no bajó la pistola.
La sostenía con ambas manos, apuntando al pecho de Dante, mientras la puerta del despacho permanecía cerrada a sus espaldas. Durante casi veinte años había sido su hombre de confianza. Había organizado sus viajes, protegido sus propiedades y estado a su lado en momentos en que otros hombres habrían preferido huir.
Ahora lo miraba como si Dante fuera un obstáculo que necesitaba eliminar.
—No quiero lastimarte —dijo Gabriel.
Dante observó el arma.
—Curiosa manera de demostrarlo.
—No entiendes lo que está pasando.
—Entonces explícame por qué mi jefe de seguridad me apunta con una pistola en mi propia casa.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Porque no pienso permitir que destruyas todo por una mujer que acabas de conocer.
Mara sintió que la frase le golpeaba el pecho.
No por ella misma, sino porque comprendió que Gabriel ya había tomado una decisión. No estaba allí para discutir ni para negociar. Quería recuperar los documentos y eliminar cualquier posibilidad de que la investigación continuara.
Dante dio un paso hacia él.
—No vuelvas a hablar de Mara como si fuera el problema.
—¡Ella es el problema! —estalló Gabriel—. Todo estaba bajo control hasta que apareció con sus historias de hace seis años.
Esteban tenía sus cuentas, Sienna tenía sus instrucciones y tú tenías tu dinero. Nadie necesitaba remover el pasado.
Dante se quedó inmóvil.
—¿Sienna recibía instrucciones tuyas?
Gabriel comprendió demasiado tarde que había revelado más de lo que pretendía.
Su rostro se endureció.
—No importa.
—Importa mucho.
—¡Ya basta!
El grito resonó en el despacho.
Mara miró hacia la cámara instalada sobre la biblioteca. La luz roja estaba apagada.
Gabriel había desactivado el sistema.
También había cerrado la puerta con llave.
Pero había cometido un error.
La pistola temblaba ligeramente en su mano derecha. No porque estuviera asustado de Dante, sino porque estaba intentando controlar una situación que había dejado de obedecer sus órdenes.
Mara conocía aquella clase de personas.
Los hombres que necesitaban tener siempre el control terminaban cometiendo errores cuando alguien se negaba a actuar según sus expectativas.
—Gabriel —dijo ella, procurando mantener la voz firme—, si todo estaba bajo control, ¿por qué secuestraron a mi madre?
Él giró la cabeza hacia ella.
—No fue idea mía.
—Pero sabía que iba a ocurrir.
Gabriel no respondió.
Mara dio un paso hacia el escritorio.
—¿Sabía también lo de mi padre?
El rostro del hombre cambió.
Fue una reacción mínima, apenas un movimiento alrededor de los ojos.
Pero Mara la vio.
—¿Qué sabe de mi padre? —preguntó.
Gabriel volvió a apuntar directamente a Dante.
—Cállate.
—¿Trabajó con Esteban Cruz para ocultar lo que le ocurrió?
—¡He dicho que te calles!
Dante aprovechó la distracción para acercarse a la mesa lateral.
Gabriel reaccionó inmediatamente.
—¡No te muevas!
Dante se detuvo.
Durante varios segundos, los tres permanecieron inmóviles.
Después Gabriel respiró profundamente y habló con una voz más baja.
—No quería que terminara así, Dante. Te lo juro. Mi intención era conseguir los documentos y salir de aquí antes de que alguien hiciera preguntas.
—¿Salir adónde?
—Lejos.
—¿Con el dinero que robaste de mis empresas?
Gabriel apretó los labios.
Dante lo observó con una decepción más dolorosa que la ira.
—Te confié mis cuentas. Te confié mis propiedades. Te confié la seguridad de mi familia.
—Y yo mantuve todo funcionando durante veinte años.
—¿Mientras me robabas?
—¡Mientras impedía que tus enemigos te destruyeran!
Gabriel bajó la pistola unos centímetros, aunque no lo suficiente para dejar de representar una amenaza.
—Cuando empecé a trabajar contigo, tus socios ya estaban desviando dinero. Esteban había creado empresas fantasma y utilizaba tus firmas para ocultar las transferencias. Yo descubrí una parte de la operación y traté de detenerla.
Dante lo miró con incredulidad.
—¿Y decidiste robar también?
—Decidí protegerme.
—No. Decidiste aprovecharte.
Gabriel tragó saliva.
—No sabes lo que ocurrió hace seis años.
—Entonces habla.
El hombre miró a Mara.
—Su padre encontró los registros que demostraban que Esteban estaba utilizando las empresas de Dante para lavar dinero mediante operaciones comerciales falsas. Quería denunciarlo. Pero Esteban tenía contactos, dinero y gente dispuesta a hacer cualquier cosa por él.
Mara sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué le hicieron a mi padre?
Gabriel cerró los ojos durante un instante.
—Yo no organicé el accidente.
—No te pregunté quién lo organizó.
La voz de Mara salió tan fría que incluso Dante la miró.
—Te pregunté qué le hicieron.
Gabriel bajó la mirada.
—Esteban descubrió que tu padre había copiado documentos. Envió a dos hombres para recuperarlos. Hubo una persecución en la carretera. Tu padre perdió el control del automóvil.
Mara sintió que el despacho comenzaba a girar.
Durante años había imaginado a su padre conduciendo bajo la lluvia, quizá distraído, quizá cansado.
Nunca había pensado que alguien lo hubiera perseguido para silenciarlo.
—¿Y tú lo sabías?
Gabriel no respondió.
—¡¿Tú lo sabías?!
—Supe lo que había ocurrido después.
—¿Y guardaste silencio?
—Si hubiera hablado, Esteban habría destruido a Dante. Tenía copias de las transferencias y podía demostrar que algunas operaciones habían pasado por cuentas que nosotros controlábamos.
Dante dio un paso hacia él.
—¿Qué cuentas?
Gabriel lo miró con desesperación.
—Las tuyas.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Dante comprendió entonces la magnitud de la traición.
Gabriel no solo había permitido que Esteban robara dinero de sus empresas. También había ocultado pruebas que podían implicarlo en operaciones ilegales, aunque no necesariamente demostraran que él conocía el fraude.
Y durante años había utilizado ese peligro como justificación para seguir encubriéndolo.
—¿Cuánto dinero? —preguntó Dante.
Gabriel tardó en responder.
—Más de lo que imaginas.
—Dame una cifra.
—Cerca de trescientos millones de dólares, contando las operaciones antiguas.
Dante permaneció inmóvil.
Mara lo observó.
Por primera vez, vio que el hombre más poderoso de la habitación también podía estar atrapado en una historia que no comprendía por completo.
—¿Dónde están los registros originales? —preguntó Dante.
Gabriel volvió a levantar el arma.
—En una caja de seguridad a nombre de Esteban. También hay una grabación de tu padre, Mara.
Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Mi padre dejó una grabación?
—Sí. Antes de morir, entregó una copia a alguien que trabajaba con él. Esteban pasó años intentando encontrarla.
—¿Y dónde está?
Gabriel sonrió con tristeza.
—Eso es lo que ustedes no entienden. La grabación no demuestra únicamente que Esteban organizó el fraude. También demuestra que alguien dentro de la empresa de Dante conocía la operación desde el principio.
Dante lo miró fijamente.
—¿Quién?
Gabriel no respondió.
En cambio, sacó un pequeño dispositivo del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio.
—Aquí están los accesos a las cuentas. Las contraseñas, los movimientos y las transferencias que puedo demostrar. Quiero que me dejen salir de la ciudad y no volver a buscarme.
Dante soltó una risa seca.
—¿Crees que puedes apuntarme con una pistola, confesar que robaste cientos de millones y después negociar tu salida?
—No tengo nada que perder.
—Eso es lo que más me preocupa.
Gabriel levantó nuevamente el arma.
Mara vio cómo su dedo se tensaba.
Todo ocurrió en unos segundos.
Dante empujó una silla contra el escritorio. Gabriel giró instintivamente la mirada hacia el movimiento. Mara aprovechó ese instante para alcanzar el teléfono que estaba sobre la mesa lateral y presionar el botón de emergencia instalado en la carcasa.
Una alarma silenciosa envió una señal al equipo de seguridad.
Gabriel se volvió hacia ella.
—¡Dame ese teléfono!
Mara retrocedió.
Dante se lanzó hacia un lado justo cuando Gabriel intentó recuperar el control de la situación. El arma cayó al suelo durante el forcejeo y se deslizó debajo del escritorio.
La puerta se abrió de golpe.
Dos guardias entraron y apartaron a Gabriel antes de que pudiera recuperar la pistola.
El antiguo jefe de seguridad no opuso resistencia.
Solo miró a Dante mientras le sujetaban las manos.
—No entiendes lo que has hecho —dijo—. Esteban no va a detenerse. Si no le entregas a Mara, irá por todos los que conoce.
Dante se acercó.
—Entonces tendrá que aprender que ya no puede utilizar el miedo para controlar esta casa.
Gabriel fue conducido fuera del despacho.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Mara se apoyó en el escritorio.
Le temblaban las piernas.
Dante recogió el dispositivo que Gabriel había dejado sobre la mesa.
—¿Está bien?
Mara soltó una risa incrédula.
—Mi padre fue asesinado, mi madre acaba de ser secuestrada y su hombre de confianza intentó apuntarnos con un arma. ¿Cómo cree que estoy?
Dante aceptó el reproche sin defenderse.
—Tiene razón.
Mara se cubrió el rostro con las manos.
Por primera vez desde que había comenzado todo, lloró sin intentar esconderlo.
Dante no la tocó.
Se quedó cerca, en silencio, hasta que ella pudo volver a respirar con normalidad.
Entonces Mara levantó la cabeza.
—Quiero la grabación.
—La encontraremos.
—Y quiero que se haga justicia para mi padre y para Adrián.
—Si las pruebas confirman lo que hemos descubierto, tendrá mi apoyo.
Mara lo miró con dureza.
—No necesito su apoyo, señor Marcel. Necesito que no interfiera.
Dante asintió lentamente.
—De acuerdo.
Ella se secó las lágrimas.
—Y otra cosa. Si descubre que usted también estuvo involucrado, no voy a protegerlo.
Dante sostuvo su mirada.
—No se lo pediría.
En ese momento, el teléfono de Mara vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Contenía una sola fotografía.
Sienna Vale aparecía sentada en un automóvil, junto a Victor Hale. Ambos miraban directamente a la cámara.
Debajo, una frase.
*«Gabriel era solo el guardián de la puerta. La verdadera dueña de la casa acaba de salir hacia la fiesta».*
Mara levantó lentamente la mirada.
Dante leyó el mensaje y su expresión se volvió de piedra.
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Sienna había desaparecido de su habitación.
Y con ella, el anillo de compromiso.
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