Calm

Chapter 5: La prometida de Dante escondía una traición mucho más grande que el dinero

Dante ordenó cerrar las puertas del penthouse a las diez de la noche, pero la verdadera prisión no eran los cerrojos.

Era la incertidumbre.

Mara caminaba de un lado a otro en el despacho, con la fotografía de su madre apretada entre los dedos. Cada minuto sin noticias de Elena se sentía como una hora.

Dante permanecía junto al escritorio, escuchando los informes de Gabriel.

—El automóvil fue registrado con placas falsas —explicó el jefe de seguridad—. Las cámaras de la avenida muestran que tomó la autopista hacia el norte. Después perdimos el rastro.

—¿Y el teléfono de Elena?

—Está apagado.

Mara cerró los ojos.

—Mi mamá no haría esto por voluntad propia. Ni siquiera conoce a ese hombre.

Dante se volvió hacia ella.

—¿Su madre sabía que usted trabajó en el caso de Adrián Solís?

—Sabía que tuve problemas en el despacho. Nunca le conté los detalles porque pensé que así estaría más segura.

—¿Tiene algún familiar que pudiera estar relacionado con aquella empresa?

—No.

Mara hizo una pausa.

—Aunque había una persona que visitaba a mi supervisor con frecuencia. Un hombre llamado Esteban Cruz. Nunca supe qué puesto tenía, pero todos se ponían nerviosos cuando aparecía.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Esteban Cruz?

Dante lo miró.

—¿Lo conoces?

—Sí. Fue director financiero de una de sus empresas hace ocho años. Lo despedimos por irregularidades contables.

—¿Por qué no apareció en los primeros informes?

—Porque desapareció de los registros corporativos después de su despido. Se mudó al extranjero, según la información que teníamos.

Dante apretó la mandíbula.

—Búscalo.

Gabriel sacó su teléfono.

Mara se acercó al escritorio.

—Si Esteban estaba relacionado con mi supervisor, puede que él haya organizado la manipulación del expediente.

—O puede que alguien esté utilizando su nombre para confundirnos —dijo Dante—. No vamos a dar nada por hecho.

Ella asintió.

Era la primera vez que alguien con tanto poder le recordaba que una sospecha no era lo mismo que una prueba.

Y eso, paradójicamente, hizo que confiara un poco más en él.

Solo un poco.

A las diez y veinte, Sienna entró al despacho sin tocar.

Llevaba una bata de seda color champaña y el cabello recogido en un moño perfecto. Parecía irritada por la presencia de Mara.

—Dante, tenemos que hablar de mañana.

Él cerró la carpeta.

—Habla.

Sienna miró a la empleada.

—A solas.

—Mara se queda.

La sonrisa de Sienna desapareció.

—¿Desde cuándo una empleada doméstica participa en nuestras conversaciones privadas?

—Desde que alguien secuestró a su madre para conseguir documentos relacionados con mis empresas.

Durante una fracción de segundo, algo cambió en los ojos de Sienna.

Fue tan breve que una persona distraída no lo habría notado.

Mara sí.

La mujer conocía aquella expresión. Era el gesto de alguien que acaba de escuchar una noticia que no le sorprende, pero que esperaba no tener que enfrentar tan pronto.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó Sienna.

—Todavía no estoy insinuando nada.

Dante abrió un cajón y sacó la fotografía de Elena.

La colocó sobre el escritorio.

—¿Reconoces este automóvil?

Sienna miró la imagen.

—No.

—¿Reconoces al hombre que aparece en el asiento delantero?

—No veo su rostro.

—Victor Hale estuvo en tu reunión del jueves.

Sienna se quedó quieta.

Después soltó una risa nerviosa.

—¿Me estás vigilando?

—Te estoy haciendo preguntas.

—¡Esto es absurdo! Victor es un asesor de seguridad. Me lo recomendaron para revisar los protocolos de la fiesta.

—¿Quién te lo recomendó?

—Un conocido.

—Nombre.

Sienna cruzó los brazos.

—No tengo por qué justificar cada conversación que mantengo.

Dante se levantó.

—Mientras estés organizando una fiesta en mi casa y utilizando mis sistemas de seguridad, sí.

Ella lo miró con una mezcla de rabia e incredulidad.

—¿De verdad vas a permitir que una empleada te ponga en mi contra?

Mara sintió el impulso de responder, pero Dante habló primero.

—Nadie tiene que ponerme en tu contra, Sienna. Si has hecho algo, tú sola te estás encargando.

La mujer se quedó pálida.

Luego miró a Mara.

—Esto es culpa tuya.

—No he hecho nada —respondió Mara.

—¡Siempre estás donde no debes estar! Primero te metes en mis conversaciones, luego consigues que Dante te defienda y ahora apareces con historias sobre secuestros y documentos desaparecidos.

—No fui yo quien mandó a fotografiar a mi madre.

Sienna se acercó.

—Ten cuidado con lo que dices.

Mara no retrocedió.

—Tengo una fotografía de mi madre en el automóvil de un hombre que exige documentos. Usted invitó a ese hombre a la fiesta. Si tiene una explicación, este sería un buen momento para darla.

La mano de Sienna se levantó con rapidez.

Dante la sujetó por la muñeca antes de que pudiera golpear a Mara.

—Ni se te ocurra.

El silencio que siguió fue absoluto.

Sienna miró la mano de Dante alrededor de su muñeca.

—Suéltame.

Él lo hizo inmediatamente.

Ella retrocedió, humillada.

—No sabes con quién te estás metiendo —le dijo a Mara.

—Entonces explíquenoslo —respondió Dante.

Sienna tomó aire.

Por primera vez, parecía incapaz de decidir qué máscara ponerse.

—Victor me dijo que había un problema con las cuentas de una de tus empresas. Que alguien estaba utilizando documentos antiguos para chantajearte. Yo solo intentaba protegerte.

—¿De quién?

—De personas que quieren destruirte.

Dante inclinó la cabeza.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no quería arruinar nuestra fiesta.

La respuesta fue tan absurda que incluso Sienna pareció darse cuenta.

Dante se acercó a la puerta.

—Gabriel te acompañará a tu habitación. No saldrás hasta que terminemos de revisar las grabaciones.

Sienna abrió los ojos.

—¡No puedes encerrarme!

—No estoy encerrándote. Estoy impidiendo que interfieras con una investigación.

—¡Soy tu prometida!

—Eso no te convierte en la dueña de esta casa.

Sienna salió furiosa, acompañada por Gabriel.

Cuando la puerta se cerró, Mara dejó escapar el aire que llevaba reteniendo.

—Ella sabe algo.

—Sí.

—¿Y piensa seguir con la fiesta?

Dante la miró.

—Precisamente.

Mara frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque Victor Hale cree que mañana tendrá acceso a mis documentos, a mis invitados y a mis sistemas de seguridad. Quiero que siga creyéndolo.

—¿Y mi madre?

La expresión de Dante se endureció.

—No voy a permitir que la utilicen para obligarla a entregar el expediente. Pero necesitamos saber dónde la tienen antes de actuar.

Mara sintió que las lágrimas volvían a amenazarla.

—No puedo esperar hasta mañana.

Dante miró a Gabriel, que acababa de regresar.

—¿Encontraste algo?

—Sí. El automóvil cambió de ruta dos veces, pero una cámara de peaje captó el vehículo cerca de un almacén abandonado en Long Island City. Es una propiedad registrada a nombre de una empresa vinculada con Esteban Cruz.

Mara tomó su bolso.

—Vamos.

Dante levantó una mano.

—Primero necesitamos saber si Elena sigue allí.

—No voy a quedarme sentada mientras mi mamá está en manos de esos hombres.

—Y yo no voy a permitir que entre a ciegas en un edificio donde podrían estar esperando precisamente eso.

Mara lo miró con desesperación.

Dante se acercó a ella.

—Escúcheme. Usted conoce los documentos, los nombres y las fechas. Yo conozco a los hombres que utilizan el miedo para conseguir lo que quieren.

Si combinamos lo que sabemos, tenemos una oportunidad. Si actuamos por separado, les facilitaremos el trabajo.

Mara quiso discutir.

Pero la lógica de sus palabras era imposible de ignorar.

—¿Qué propone?

—Vamos a hacerles creer que tiene el expediente original.

—Pero no lo tengo aquí.

—Eso es lo que vamos a utilizar a nuestro favor.

A las once y diez, Mara estaba sentada frente a una computadora en el despacho de Dante.

Había recuperado de memoria los datos principales del expediente de Adrián Solís. Durante años había intentado olvidar aquellos números, pero ahora cada cifra regresaba con una claridad inquietante.

Abrió una hoja de cálculo y comenzó a organizar los movimientos.

Primero, las transferencias.

Después, las fechas.

Luego, los nombres de las empresas.

Dante observaba desde el otro lado del escritorio mientras un especialista en auditoría financiera revisaba los registros corporativos.

—Aquí —dijo Mara de pronto.

Señaló una línea.

—Esta cuenta recibió una transferencia el mismo día en que desaparecieron los documentos originales del despacho jurídico.

El especialista se inclinó sobre la pantalla.

—La empresa dejó de operar oficialmente hace cinco años.

—Pero la cuenta siguió recibiendo dinero —dijo Mara—. Mire las fechas.

El hombre revisó los movimientos.

Su expresión cambió.

—Tiene razón. Los depósitos continuaron bajo una filial.

Dante se acercó.

—¿Quién autorizó las transferencias?

El especialista abrió otro archivo.

—La firma digital pertenece a una cuenta administrativa de la empresa.

—¿De quién?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Esteban Cruz.

Mara sintió un escalofrío.

—Entonces él organizó el fraude.

—Todavía no podemos demostrar que dirigiera toda la operación —dijo el especialista—, pero su firma aparece en varios movimientos.

Dante miró a Mara.

—¿Puede identificar los documentos originales si los encontramos?

—Sí. Recuerdo las diferencias entre las dos versiones.

—¿Y puede explicar cómo se alteraron?

—Si tengo los archivos completos.

Dante asintió.

—Entonces necesitamos ese expediente.

Mara pensó en la caja de seguridad.

—Los documentos están en Queens. Pero no podemos ir directamente. Si alguien vigila mis movimientos, podría seguirnos.

Dante tomó su abrigo.

—Gabriel organizará una ruta alternativa.

—¿Y si es una trampa?

—Probablemente lo sea.

Mara lo miró, incrédula.

—¿Y aun así piensa ir?

—Su madre está allí.

Por primera vez, ella vio algo distinto en los ojos de Dante.

No era compasión.

Era una decisión.

El mismo hombre que podía hablar de cientos de millones de dólares sin alterar la voz estaba dispuesto a abandonar una fiesta diseñada para proteger sus intereses por una mujer que apenas conocía.

Mara no sabía qué hacer con aquella información.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó.

Dante se puso el abrigo.

—Porque alguien utilizó mi nombre para destruir la vida de un hombre inocente. Porque alguien está robando dinero de mis empresas. Y porque una mujer que trabaja en mi casa está siendo castigada por intentar decir la verdad.

Hizo una pausa.

—No necesito que me admire, Mara. Necesito que sobreviva a esta noche.

A las once y cuarenta y cinco, el vehículo de Dante salió por una entrada secundaria.

Mara viajaba en el asiento trasero, acompañada por Dante y Gabriel. Llevaba el teléfono apagado y una copia de los datos que había reconstruido.

La ciudad pasaba frente a las ventanas en destellos de luces y sombras.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. Si Victor quiere el expediente, ¿por qué no intenta robarlo directamente?

—Porque no sabe qué contiene exactamente.

—¿Y por qué me amenaza a mí?

Dante miró hacia la ventana.

—Porque cree que usted es la única persona que puede conectar el fraude original con las transferencias actuales.

—¿Y si tiene razón?

—Entonces es más importante que nunca que lleguemos primero.

Gabriel interrumpió.

—Estamos a cinco minutos del almacén.

El vehículo redujo la velocidad.

Mara miró el edificio cuando apareció frente a ellos. Era una construcción industrial rodeada por una cerca metálica. La mitad de las ventanas estaban cubiertas con madera, y una sola lámpara iluminaba la entrada lateral.

Había dos automóviles estacionados afuera.

Uno era el mismo sedán negro de la fotografía.

Mara sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Mi mamá podría estar ahí.

Dante hizo una señal a Gabriel.

—Revisa las cámaras exteriores.

El jefe de seguridad examinó una tableta.

—No detecto movimiento en la entrada principal.

—Eso no significa que esté vacío —dijo Mara.

Dante la miró.

—¿Por qué?

—Porque si alguien quiere que entremos, lo último que hará será dejar guardias visibles.

Dante permaneció en silencio.

Después volvió hacia Gabriel.

—Busca una segunda entrada.

El jefe de seguridad asintió y salió del vehículo.

Mara observó el edificio.

Entonces vio algo que le heló la sangre.

En una ventana del segundo piso, detrás de una cortina rota, apareció una silueta.

Una mano se levantó brevemente.

Y en la muñeca brilló una pulsera azul.

La misma que Elena llevaba todos los días.

—¡Es ella!

Mara abrió la puerta, pero Dante la sujetó del brazo.

—Espere.

—¡La vi!

—Y alguien quería que la viera.

Ella intentó soltarse.

—¡No voy a dejarla ahí!

Dante no la inmovilizó. Simplemente señaló el segundo piso.

—Mire otra vez.

La silueta había desaparecido.

La ventana estaba vacía.

Mara sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

—¿Y si le hacen daño mientras esperamos?

Dante le habló con una seriedad absoluta.

—Entonces no perderemos tiempo. Pero tampoco les regalaremos la oportunidad de atraparla a usted.

Gabriel regresó corriendo.

—Hay una entrada de servicio al lado norte. La cerradura fue forzada recientemente.

Dante abrió la puerta del vehículo.

—Vamos.

Mara bajó detrás de él.

Mientras avanzaban junto a la cerca, su teléfono vibró en el bolsillo.

Lo encendió apenas un segundo.

Había llegado un mensaje nuevo desde un número desconocido.

«No busques a Elena. Ya está donde debe estar».

Debajo aparecía una fotografía reciente.

Su madre estaba sentada en una silla, con las manos sujetas frente a ella.

A su lado había un hombre cuyo rostro Mara reconoció de inmediato.

Esteban Cruz.

El antiguo director financiero de Dante sonreía hacia la cámara.

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Y sostenía entre los dedos una carpeta amarilla.

En la portada se leía el nombre completo de Mara Bennett.

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