Chapter 2: La humillación que terminó frente al hombre más peligroso de Manhattan
El viernes por la mañana, Sienna Vale decidió que Mara necesitaba aprender cuál era su lugar.
Lo hizo delante de doce empleados, dos estilistas y una diseñadora de eventos que había llegado desde París.
Mara estaba colocando copas de cristal sobre una mesa auxiliar cuando Sienna entró en el salón con un vestido de seda color marfil.
Llevaba el anillo de diamantes en la mano derecha.
—¿Quién acomodó estas copas?
Mara se volvió.
—Yo, señorita Vale.
Sienna levantó una de ellas y la sostuvo frente a la luz.
—Hay una huella.
Mara se acercó.
La copa estaba limpia, pero una pequeña marca delgada aparecía cerca del borde.
—Puedo cambiarla inmediatamente.
—¿Puedes? —Sienna sonrió sin alegría—. Qué generosa.
Los estilistas intercambiaron una mirada.
Mara tomó la copa.
—Lo siento. La reemplazaré.
—No, espera.
Sienna dejó la copa sobre la mesa con tanta fuerza que el cristal tintineó.
—Quiero que todos vean esto. Mañana voy a recibir a personas que tienen más dinero en una sola cuenta bancaria que lo que tú ganarías en diez vidas. ¿Y tú no puedes limpiar una copa?
—La copa está limpia, pero la cambiaré.
—¿Me estás contradiciendo?
Mara guardó silencio.
Sienna se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella.
—Mírame cuando te hablo.
Mara levantó los ojos.
—Sí, señorita Vale.
—¿Sabes cuál es tu problema? Que llevas demasiado tiempo aquí. Empiezas a creer que perteneces a esta familia.
—Nunca he creído eso.
La respuesta salió tranquila.
Demasiado tranquila para el gusto de Sienna.
—Entonces compórtate como lo que eres.
Sienna tomó una copa de la bandeja y la dejó caer al suelo.
El cristal se rompió en varios fragmentos.
Una de las estilistas se llevó una mano a la boca.
—¡Recógelo! —ordenó Sienna.
Mara miró los pedazos.
—Voy a traer una escoba.
—Con las manos.
El silencio cayó sobre el salón.
Mara sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.
No era miedo.
Era el recuerdo de todas las veces que había aceptado insultos porque necesitaba conservar un trabajo. De todas las ocasiones en que había bajado la mirada para no perder el sueldo que mantenía a su madre.
Se arrodilló lentamente, pero no extendió las manos hacia el cristal.
—No voy a recoger vidrios con las manos desnudas.
La sonrisa de Sienna desapareció.
—¿Qué dijiste?
—Que puedo limpiarlo. Pero necesito las herramientas adecuadas.
Sienna soltó una risa incrédula.
—¿Me estás diciendo que no?
—Le estoy diciendo que no voy a lastimarme por una copa que usted rompió deliberadamente.
Una de las estilistas apartó la mirada para ocultar su reacción.
Sienna se puso roja.
—¡Carver!
El administrador apareció en menos de un minuto.
—¿Qué sucede, señorita Vale?
—Esta mujer acaba de desafiarme.
Carver miró a Mara.
—Discúlpese inmediatamente.
—No he hecho nada malo.
—¡Discúlpese!
Mara se levantó.
Tenía las manos vacías y la espalda recta.
—Puedo terminar de limpiar el salón cuando me traigan una escoba y un recogedor.
Carver apretó la mandíbula.
—Está despedida.
La palabra cayó sobre ella como una puerta cerrándose.
Mara pensó en el alquiler, en las medicinas de Elena y en los meses que todavía le faltaban para pagar la deuda.
Pero no suplicó.
Se quitó los guantes y los dejó sobre la mesa.
—De acuerdo.
Aquello sorprendió a todos.
Sienna esperaba lágrimas, disculpas o una promesa desesperada de obediencia.
No esperaba que Mara aceptara marcharse sin agachar la cabeza.
—Y quiero que entregue su tarjeta de acceso ahora mismo —añadió Carver.
Mara sacó la tarjeta del bolsillo.
Antes de entregársela, miró a Sienna.
—Espero que su fiesta salga exactamente como la planeó.
La mujer entrecerró los ojos.
—¿Eso es una amenaza?
—No, señorita Vale. Es un deseo.
Le entregó la tarjeta.
Después caminó hacia la puerta.
Nadie la detuvo.
Nadie, excepto una voz masculina que llegó desde el pasillo.
—¿Adónde va?
Dante Marcel acababa de entrar.
Vestía un traje negro, camisa blanca y un reloj discreto que probablemente costaba más que el apartamento de Mara. Dos hombres de seguridad lo seguían a unos pasos de distancia.
Sus ojos recorrieron la escena.
Los fragmentos de cristal.
Las copas.
Carver, rígido junto a la mesa.
Sienna, con una expresión de indignación cuidadosamente ensayada.
Y Mara, de pie junto a la puerta, sin su tarjeta de acceso.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Dante.
Sienna cambió de inmediato.
La ira desapareció de su rostro y fue sustituida por una sonrisa suave.
—Nada importante, cariño. La empleada cometió un error y no quiso aceptar una corrección.
Dante miró el cristal.
—¿Qué error?
—Una copa sucia.
Él observó la copa que seguía intacta sobre la mesa.
Luego volvió a mirar a Sienna.
—¿Y por eso rompiste otra?
La mujer parpadeó.
—No seas ridículo. Fue un accidente.
Dante no respondió.
Se acercó a Mara.
—¿Es cierto?
Ella pudo haber mentido para evitar problemas.
Pudo haber dicho que todo había sido un malentendido.
Pero había algo en la mirada de aquel hombre que le recordó por qué la gente le tenía miedo: Dante no parecía necesitar una respuesta agradable. Parecía necesitar una respuesta verdadera.
—La copa tenía una pequeña marca —dijo—. Me ofrecí a cambiarla. La señorita Vale rompió otra y me ordenó recoger los vidrios con las manos desnudas.
Dante permaneció callado.
Carver intervino.
—Señor Marcel, la situación está controlada. La señorita Bennett ya no trabaja aquí.
—No recuerdo haberle preguntado a usted.
Carver cerró la boca.
Dante volvió a mirar a Mara.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esta residencia?
—Tres años y cuatro meses.
—¿Alguna queja formal contra usted?
—No que yo sepa.
Dante giró hacia Carver.
—Tráigame su expediente laboral.
—Por supuesto, señor.
—Ahora.
Carver salió casi corriendo.
Sienna cruzó los brazos.
—Dante, no puedes convertir cada pequeño problema doméstico en una investigación.
Él la miró con una frialdad que hizo desaparecer su sonrisa.
—No me digas cómo administrar mi casa.
—Solo intento ayudarte.
—Entonces deja de hablar.
El rostro de Sienna se endureció.
Mara observó a Dante con cautela.
Había escuchado su voz en el despacho, había visto a sus invitados marcharse de madrugada y sabía que la calma de aquel hombre no significaba bondad.
Pero tampoco había esperado que interviniera.
Dante se volvió hacia ella.
—¿Terminó su turno?
—No. Me faltaba preparar la habitación del ala oriental.
—Entonces vaya a terminarlo.
Mara frunció ligeramente el ceño.
—El señor Carver acaba de despedirme.
—El señor Carver no toma esa decisión.
Por primera vez desde que comenzó el incidente, Sienna pareció genuinamente desconcertada.
—Dante, por favor.
Él ni siquiera la miró.
—Señorita Bennett, si alguien vuelve a ordenarle que se arrodille para recoger cristales, quiero que me lo comunique directamente.
Mara sostuvo su mirada.
—¿Y si esa persona es su prometida?
La pregunta provocó un silencio tan profundo que hasta los guardias dejaron de moverse.
Sienna abrió la boca.
Dante, en cambio, sonrió apenas.
No era una sonrisa amable.
—Especialmente si es mi prometida.
Mara inclinó la cabeza y salió del salón.
Pero mientras caminaba hacia el ala oriental, comprendió que acababa de cometer un error.
Había llamado la atención de Dante Marcel.
Y en aquella casa, llamar la atención del hombre equivocado podía ser mucho más peligroso que perder un empleo.
Una hora después, Carver regresó con el expediente de Mara.
Dante estaba en su despacho, revisando documentos relacionados con las empresas que controlaba.
—¿Algún problema con sus antecedentes? —preguntó sin levantar la vista.
—Ninguno, señor. Sus evaluaciones son excelentes. No ha recibido advertencias formales en tres años.
—¿Y por qué la despidió?
Carver tragó saliva.
—La señorita Vale estaba molesta.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Consideré que era lo más conveniente para mantener la armonía de la residencia.
Dante cerró la carpeta.
—La próxima vez que confunda armonía con obediencia ciega, usted será quien tenga que buscar empleo.
Carver palideció.
—Sí, señor.
—Puede retirarse.
Cuando el administrador salió, Dante volvió a abrir el expediente.
Mara Bennett.
Treinta y cuatro años.
Domicilio en el Bronx.
Madre residente en Yonkers.
Experiencia previa en un despacho jurídico.
Se detuvo en esa última línea.
—¿Una asistente jurídica? —murmuró.
No era imposible, pero sí inesperado.
Una empleada que conocía procedimientos legales, observaba las cámaras y había detectado una anomalía en una entrega de flores no era necesariamente una amenaza.
Podía ser simplemente una mujer inteligente.
O podía haber una razón por la que alguien estuviera intentando mantenerla lejos de él.
Dante tomó el teléfono.
—Necesito que revises las cámaras del vestíbulo occidental del jueves —ordenó a su jefe de seguridad—. Busca al hombre que entregó las orquídeas.
Escuchó la respuesta.
—No. No quiero un informe mañana. Lo quiero ahora.
Colgó y se levantó.
Desde el ventanal de su despacho podía ver las luces de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte.
El sábado sería la fiesta de compromiso.
Una ocasión que, en teoría, debía consolidar su alianza con la familia Vale y tranquilizar a sus socios.
Pero los últimos movimientos financieros le habían dejado claro que alguien estaba utilizando aquella alianza para ocultar una operación de enormes proporciones.
Y ahora una empleada doméstica había aparecido en medio del problema.
Dante no creía en las coincidencias.
Aquella tarde, Mara terminó de preparar la habitación oriental y llevó las toallas al armario de servicio.
Cuando regresó por su bolso, encontró a Petra, la asistente de Sienna, esperándola junto a la puerta.
—La señorita Vale quiere hablar contigo.
—Pensé que ya había terminado mi turno.
—No te está preguntando si tienes tiempo.
Mara respiró despacio.
—Entonces dile que iré cuando termine de guardar esto.
Petra la miró como si acabara de insultarla.
—No sé de dónde sacaste esa actitud, pero te conviene recordar quién manda aquí.
—Lo recuerdo perfectamente.
Mara cerró el armario y caminó hacia el salón privado.
Sienna estaba sentada frente a un espejo, mientras una maquillista preparaba los productos que usaría para la fiesta.
Sobre la mesa había varias cajas de joyería.
—Cierra la puerta —ordenó.
Mara obedeció.
Sienna se volvió hacia ella.
—Quiero que mañana estés lejos de los invitados.
—Mi trabajo es atender las habitaciones y supervisar el servicio de los espacios asignados.
—Tu trabajo será permanecer en la cocina. No quiero que aparezcas en las fotografías ni que los invitados tengan que verte caminando por los pasillos.
Mara asintió.
—Entendido.
Sienna pareció decepcionada por la ausencia de una reacción.
—Y otra cosa. No vuelvas a hablarle a Dante como si fueras alguien importante.
—Solo respondí a sus preguntas.
—Él es demasiado generoso con la gente que le sirve. No confundas eso con interés.
Mara guardó silencio.
Sienna se levantó y se acercó hasta quedar frente a ella.
—Escúchame bien. Mañana me convertiré en su esposa. Voy a compartir su apellido, su fortuna y su poder. Tú seguirás siendo la mujer que limpia los baños.
—Nunca he intentado ser otra cosa.
—Entonces demuéstralo.
Sienna tomó una de las cajas de joyería y la abrió.
Dentro había un collar de diamantes.
—Quiero que limpies todos los espejos de mi habitación antes de irte. Y ni se te ocurra tocar mis joyas.
Mara miró la caja.
El collar descansaba sobre un pequeño soporte de terciopelo.
Al lado había una pulsera de esmeraldas.
Y, sobre una bandeja separada, el anillo de compromiso.
La piedra central brillaba bajo la luz blanca.
Sienna siguió su mirada y sonrió con desprecio.
—¿Te gusta?
—Es muy bonito.
—Cuesta más de lo que ganarías en toda tu vida.
Mara levantó los ojos.
—Entonces debe de ser muy importante asegurarse de que no se pierda.
La sonrisa de Sienna se congeló.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Solo que debería guardarlo en un lugar seguro antes de la fiesta.
Durante un instante, Sienna pareció estar a punto de gritar.
Después cerró la caja.
—Fuera.
Mara salió sin añadir una palabra.
No vio cómo Sienna tomaba su teléfono apenas se cerró la puerta.
—Tenemos un problema —susurró.
Escuchó la respuesta y apretó los labios.
—No, no es por el anillo. Es por la empleada.
Hubo una pausa.
—Creo que sabe algo.
La persona al otro lado de la línea respondió con unas palabras que hicieron que Sienna palideciera.
—¿Estás seguro?
Silencio.
—Está bien. Haré lo que dijiste.
Colgó y miró hacia la puerta.
En el pasillo, Mara caminaba hacia la salida de servicio.
No sabía que alguien acababa de dar una orden para que no llegara al final de la noche del sábado.
Tampoco sabía que Dante acababa de descubrir una grabación en la que Sienna aparecía reuniéndose con el mismo hombre que había fotografiado el vestíbulo.
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Y en aquella grabación, la prometida del jefe de Manhattan pronunciaba una frase que cambiaría el destino de todos.
«Cuando le ponga el anillo, ya será demasiado tarde para detenerme».
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