Calm

Chapter 6: La fotografía del hospital convirtió a la madre de Nathan en la principal sospechosa

Grace no volvió a tocar el teléfono después de ver la fotografía.

Se quedó sentada junto a la ventana, con las manos entrelazadas y la mirada perdida. La imagen de su madre en la cama del hospital le había devuelto recuerdos que llevaba años intentando ordenar.

Recordó las noches en que su madre le decía que no se preocupara por las facturas.

Recordó los tratamientos que aparecían pagados sin explicación.

Recordó una conversación interrumpida, pocos días antes de su muerte, cuando su madre le pidió que guardara todos los documentos relacionados con la fundación Cole.

Entonces había pensado que la enfermedad la hacía hablar de manera extraña.

Ahora se preguntaba si su madre había intentado advertirle algo.

Nathan se sentó frente a ella.

—No sabemos quién envió esa fotografía.

—Pero mi madre estaba en ese hospital —respondió Grace—. Y tu madre aparece junto a su habitación.

—Eso no demuestra que le haya hecho daño.

Grace levantó los ojos.

—¿Cuántas cosas más necesitas para aceptar que tu familia nos vigilaba?

Nathan no respondió inmediatamente.

La pregunta era justa.

Había pasado gran parte de su vida defendiendo a su familia porque necesitaba creer que el hombre que lo había criado era bueno y que su madre, aunque exigente, siempre había actuado por su bienestar.

Pero cada documento revelaba una nueva capa de engaños.

—No necesito más pruebas para creer que te amenazaron —dijo finalmente—. Necesito pruebas para descubrir qué ocurrió realmente con tu mamá y evitar que alguien utilice esas sospechas contra nosotras.

Grace bajó la cabeza.

—No quiero que Lily escuche todo esto.

Nathan miró a la niña, que jugaba en el suelo con una caja de bloques.

—Entonces la mantendremos lejos de los detalles. Pero no vamos a esconderle la verdad cuando llegue el momento.

Grace lo observó durante unos segundos.

—¿Y si descubres que tu madre hizo algo imperdonable?

Nathan apretó la mandíbula.

—Entonces tendrá que responder por ello.

Decirlo en voz alta le dolió más de lo que esperaba.

Pero no retiró sus palabras.

Patricia Salgado llegó a la mansión esa misma tarde con una primera revisión de los documentos.

Había conseguido identificar el código que aparecía en la transferencia a la clínica privada. Correspondía a un programa de asistencia médica administrado por una entidad vinculada a la fundación Cole.

Sin embargo, el registro no incluía el nombre de la persona que había recibido el tratamiento.

—Alguien solicitó que se protegiera la identidad de la paciente —explicó Patricia—. Eso no es necesariamente irregular. El problema es que el código también aparece en un registro financiero relacionado con una empresa inmobiliaria.

Nathan examinó la copia.

—¿Qué tiene que ver una clínica con una empresa inmobiliaria?

—En principio, nada. Pero ambas operaciones fueron autorizadas por la misma oficina.

—La oficina de mi madre.

Patricia asintió.

—Sí.

Grace se llevó una mano a la boca.

—¿Puedes averiguar quién solicitó los pagos médicos?

—Puedo intentarlo, pero necesitaré los registros originales. Y eso podría requerir una solicitud formal a la clínica o a la fundación.

Nathan tomó su teléfono.

—Tendrás acceso a los documentos de la empresa. Si necesitas autorización, me la pides directamente.

Patricia lo miró con seriedad.

—Debes entender algo. Si tu padre utilizó la fundación para realizar pagos que no correspondían a sus fines, podría haber consecuencias legales para la empresa y para las personas que aprobaron esas operaciones.

—No voy a encubrirlo.

—Entonces debes prepararte para que los accionistas intenten detenerte.

Nathan sabía que tenía razón.

Durante años, los miembros de la junta habían aceptado las decisiones de su padre sin cuestionarlas. Algunos habían construido sus propias fortunas gracias a él. Otros temían perder sus puestos si alguien revisaba los contratos antiguos.

Si los documentos demostraban que se habían utilizado recursos de la fundación para ocultar a Lily, el escándalo podía extenderse mucho más allá de su familia.

Y Victoria tenía todos los motivos para utilizar aquella amenaza en su contra.

—Haz la revisión —dijo Nathan—. No quiero que nadie altere los registros.

Patricia guardó los documentos.

—Hay una cosa más. El mensaje que recibió Grace pudo haber sido enviado por alguien que tiene acceso a archivos médicos privados. No lo respondan. Guarden una copia y entréguenla a las autoridades si continúa el hostigamiento.

Nathan asintió.

Cuando Patricia se marchó, él llamó al director de seguridad de la empresa.

Le pidió que preservara los registros de acceso a la oficina privada de Eleanor y que revisara las comunicaciones relacionadas con la fundación, siempre dentro de los procedimientos legales correspondientes.

No quería que desaparecieran más pruebas.

Tampoco quería que alguien pudiera acusarlo de utilizar los recursos de la compañía para espiar a su propia madre.

Pero antes de terminar la llamada, el director de seguridad le dio una noticia inesperada.

—Señor Cole, hay un problema con los accesos al archivo digital.

—¿Qué problema?

—Alguien intentó descargar los documentos relacionados con el fideicomiso esta mañana.

Nathan se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—La solicitud se hizo con las credenciales de Daniel Mercer.

—¿Y se completó la descarga?

—No. El sistema bloqueó el acceso porque usted había solicitado una revisión de seguridad.

Nathan sintió que la mandíbula se le endurecía.

Daniel no había desaparecido por casualidad.

Sabía que Nathan estaba investigando y había intentado adelantarse.

—Conserva todos los registros —ordenó—. No lo contactes. Si vuelve a intentarlo, informa a mi abogado externo.

Colgó.

Por primera vez desde que Lily lo había llamado papá, Nathan sintió que podía identificar a uno de sus enemigos.

Pero seguía sin saber quién estaba detrás de los mensajes.

Esa noche, Lily se negó a dormir sola.

No lloró ni hizo un berrinche. Simplemente se sentó en el centro de la cama, abrazada a su muñeca, y preguntó si alguien podía entrar en la habitación mientras dormía.

Grace sintió que se le rompía el corazón.

—No, mi amor. Nadie va a entrar para hacerte daño.

Lily miró la puerta.

—¿Ni la señora del palo?

Grace se quedó sin palabras.

Nathan, que acababa de entrar con un vaso de leche tibia, se arrodilló frente a ella.

—La señora ya no vive aquí.

—¿Y si regresa?

—La seguridad no la dejará acercarse a ti.

Lily lo estudió con seriedad.

—¿Tú vas a cuidarnos?

Nathan sintió un nudo en la garganta.

—Sí, pequeña. Voy a hacer todo lo que pueda para cuidarlas.

Lily pareció satisfecha.

Se acomodó bajo las cobijas y extendió una mano hacia él.

—Entonces quédate un ratito.

Nathan se sentó a su lado.

Grace observó la escena desde la otra punta de la habitación. Había soñado con aquel momento durante años, pero nunca había imaginado que la felicidad pudiera llegar acompañada de tantas amenazas.

Cuando Lily se quedó dormida, Nathan salió al pasillo junto a Grace.

—Mañana llevaré a Lily a una evaluación médica para la prueba de ADN —dijo—. No quiero que vuelva a pasar algo como lo de hoy con la cita.

Grace asintió.

—Está bien.

—También quiero contratar un abogado independiente para ti. Alguien que no tenga ninguna relación con mi familia.

Ella lo miró con cautela.

—No quiero deberte nada.

—No me debes nada. El abogado será tuyo. Tú decidirás qué hacer con cualquier reclamación que presentes.

Grace se quedó callada.

Era la primera vez que alguien le ofrecía ayuda sin exigirle que renunciara a sus derechos.

—Gracias —susurró.

Nathan bajó la mirada.

—Ojalá hubiera llegado antes.

—No podemos cambiar lo que pasó.

—No. Pero podemos decidir qué hacemos ahora.

Grace lo observó.

Por primera vez en muchos años, sintió que tal vez podría confiar en él.

No completamente.

No todavía.

Pero había una diferencia entre el hombre que recordaba y el hombre que estaba frente a ella.

Aquel Nathan no intentaba convencerla de que olvidara el pasado.

Estaba dispuesto a enfrentarlo.

A la mañana siguiente, Nathan recibió una llamada de su madre.

No contestó de inmediato.

Dejó que el teléfono sonara hasta que la pantalla se apagó. Un minuto después, Eleanor envió un mensaje.

«Necesitamos hablar antes de que cometas un error que no puedas reparar».

Nathan respondió:

«Solo hablaré contigo en presencia de mis abogados».

La respuesta llegó casi instantáneamente.

«Entonces tendré que mostrarte algo que preferiría mantener en privado».

Adjuntó una fotografía.

Nathan abrió la imagen.

Era una copia de una declaración firmada por Grace, fechada pocos días después de su desaparición.

En ella, Grace afirmaba que no quería mantener ningún contacto con Nathan y que renunciaba a cualquier reclamación económica relacionada con él.

Pero había algo extraño.

La firma se parecía a la de Grace, aunque las letras estaban trazadas con una precisión poco natural.

Nathan amplió la imagen.

En la última página aparecía el nombre de un notario y un sello oficial.

Grace entró en el despacho justo cuando él terminaba de revisar el documento.

Al ver la pantalla, se quedó pálida.

—Yo nunca firmé eso.

Nathan levantó la mirada.

—¿Estás segura?

—Completamente. Nunca renuncié a nada. Ni siquiera sabía que existía ese documento.

Nathan guardó la imagen.

—¿Reconoces al notario?

Grace leyó el nombre.

Su expresión cambió.

—Sí.

—¿Quién es?

—Un hombre que trabajaba en el edificio donde vivía mi mamá. Él fue quien me entregó una carta después de que ella murió.

Nathan se puso de pie.

—¿Qué carta?

Grace respiró profundamente.

—Mi mamá había dejado instrucciones para que me la entregara si alguien de la familia Cole volvía a buscarme.

—¿Y qué decía?

Grace cerró los ojos.

—Que no confiara en nadie que me ofreciera dinero para olvidar el pasado. Que guardara todos mis documentos y que, si algún día conocía a mi hija, le dijera que su abuela había intentado protegerla.

Nathan sintió un escalofrío.

—¿Todavía tienes esa carta?

Grace asintió.

—Está en mi bolsa, junto con los documentos que traje de Puebla.

La buscaron de inmediato.

La carta estaba doblada dentro de un pequeño cuaderno. El papel se había vuelto amarillento, pero la tinta seguía siendo legible.

Grace la abrió con manos temblorosas.

Su madre había escrito que, durante los últimos meses de su vida, había recibido visitas de un hombre que afirmaba representar a la familia Cole. El hombre le había pedido que firmara documentos relacionados con la custodia de Lily y con el tratamiento médico que estaba recibiendo.

La madre de Grace se había negado.

En la última parte de la carta aparecía una frase subrayada dos veces:

«Si alguna vez te dicen que firmaste para renunciar a tu hija, no les creas. La única firma que entregué fue la mía, para demostrar que nunca acepté dinero a cambio de nuestro silencio».

Grace se cubrió la boca.

Nathan sintió una mezcla de dolor y alivio.

La carta no demostraba todavía quién había falsificado los documentos, pero sí confirmaba que la madre de Grace había rechazado cualquier acuerdo para silenciarlas.

—Vamos a entregar esto a tu abogado —dijo Nathan—. Y vamos a solicitar una revisión oficial del documento que mi madre te envió.

Grace asintió.

Pero antes de que pudiera guardar la carta, se escuchó un golpe en la puerta.

Ramiro entró con el rostro tenso.

—Señor Cole, acaba de llegar una notificación judicial.

Nathan recibió el sobre.

Dentro había una solicitud urgente para que Lily quedara bajo custodia provisional de un representante independiente mientras se investigaban las circunstancias de su nacimiento y la supuesta inestabilidad de su madre.

El documento incluía las mismas acusaciones que Eleanor había presentado el día anterior.

Pero esta vez había algo más.

La solicitud afirmaba que Nathan podía representar un riesgo para la menor debido a un posible conflicto de intereses relacionado con la fortuna familiar.

Al pie del documento aparecía el nombre de la persona que había solicitado la medida.

Victoria Ashford.

Nathan levantó la vista, furioso.

—¿Cómo consiguió que presentaran esto tan rápido?

Ramiro negó con la cabeza.

—No lo sé, señor. Pero hay otra cosa.

Le entregó una segunda hoja.

Era una copia de un correo electrónico enviado desde una cuenta vinculada al despacho de Daniel Mercer. El mensaje sugería que existían pruebas suficientes para cuestionar la capacidad de Grace para cuidar de Lily.

Nathan leyó el texto una vez.

Después otra.

Y comprendió que la batalla ya no se libraría únicamente dentro de su familia.

Alguien había decidido convertir el secreto en un caso legal, utilizando documentos posiblemente falsificados para separar a Lily de su madre.

Grace se aferró a su brazo.

—Nathan, no van a quitármela, ¿verdad?

Él la miró.

Quería prometerle que nadie podría hacerlo.

Pero no iba a mentirle.

—Voy a luchar para impedirlo. Y esta vez no voy a permitir que decidan nuestro futuro a nuestras espaldas.

Tomó su teléfono y llamó a su nuevo abogado.

Mientras esperaba la respuesta, recibió un último mensaje de un número desconocido.

«Victoria no está actuando sola. Si quieres salvar a Lily, averigua quién pagó al notario que falsificó la firma de Grace. Esa persona sigue dentro de tu casa».

Nathan levantó la mirada hacia el pasillo.

En algún lugar de aquella mansión había alguien que conocía todos sus movimientos.

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Alguien que podía entrar, salir y manipular documentos sin despertar sospechas.

Y mientras Nathan intentaba proteger a su hija de una batalla judicial, el verdadero responsable de la conspiración seguía escondido a plena vista.

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