Chapter 2: El secreto que la familia Cole enterró durante cinco años
Nathan había enfrentado demandas millonarias, traiciones empresariales y amenazas de accionistas dispuestos a destruirlo por una parte de su fortuna.
Sin embargo, ninguna de esas experiencias lo preparó para escuchar que su propia madre había participado en la desaparición de la mujer que amaba.
—Repítelo —pidió.
Grace tenía a Lily abrazada contra el pecho. El saco de Nathan cubría sus hombros, pero sus manos seguían temblando.
—Tu madre sabía que estaba embarazada.
Nathan sintió que algo se quebraba dentro de él.
—Eso es imposible.
—No para mí.
—Mi madre me dijo que te habías ido voluntariamente.
Grace bajó la mirada.
—Yo nunca quise irme.
Victoria aprovechó el momento para acercarse a Nathan.
—Cariño, estás cansado. Esta mujer está herida, alterada y claramente intenta manipularte. No puedes creer todo lo que dice.
Nathan levantó una mano.
—Ni una palabra más.
Victoria se quedó inmóvil.
Él jamás le había hablado así.
Durante los tres años de relación, Nathan había sido atento, reservado y generoso. Nunca había levantado la voz frente a ella. Incluso cuando discutían, encontraba una forma de terminar las conversaciones sin humillarla.
Pero ahora la miraba como si no supiera quién era.
—Sal de la cocina —ordenó.
—¿Qué?
—He dicho que salgas.
Victoria apretó la mandíbula.
—Soy tu prometida.
—Y ella es la madre de mi hija. Una mujer que acabas de encontrar herida en el piso de mi casa.
—¡No sabes lo que ocurrió!
—Entonces será mejor que empieces a decir la verdad.
Victoria miró a Grace con un odio tan intenso que Lily volvió a esconder la cara contra su madre.
Nathan lo notó.
—No vuelvas a mirar a mi hija de esa manera.
La palabra hija pareció golpear a Victoria.
—¿Tu hija? —repitió, incrédula—. ¿Ya decidiste que es tuya porque una niña te llamó papá?
Nathan se acercó a ella.
—Acabo de escuchar a Grace decirme que lo es. La prueba de ADN llegará cuando sea necesario. Mientras tanto, no voy a permitir que vuelvas a acercarte a ninguna de las dos.
—No puedes echarme de tu propia casa por una empleada.
—Puedo hacerlo cuando alguien lastima a una niña.
Victoria abrió los labios, pero Nathan ya estaba marcando un número.
Pidió un médico, seguridad y que prepararan una habitación para Grace y Lily en el ala privada de la casa.
Después llamó al director de su equipo legal.
—Necesito que vengas ahora. No mañana. Ahora.
Colgó y miró a Grace.
—¿Puedes caminar?
Ella asintió, aunque el movimiento le provocó una mueca de dolor.
Nathan quiso cargarla, pero se detuvo al ver cómo se tensaba.
—No voy a tocarte sin tu permiso —dijo con suavidad—. Solo quiero ayudarte.
Aquellas palabras hicieron que Grace sintiera ganas de llorar.
Había pasado cinco años esperando escuchar algo parecido.
No porque creyera que Nathan pudiera resolverlo todo, sino porque durante demasiado tiempo había vivido convencida de que nadie volvería a preguntarle qué necesitaba.
—Puedo caminar —respondió.
Nathan tomó a Lily de la mano, despacio, dejando que ella decidiera si quería acercarse.
La niña observó sus dedos antes de entrelazarlos con los de él.
Fue un gesto pequeño.
Pero Nathan sintió que acababa de recibir algo más valioso que cualquier empresa de su familia.
Subieron al segundo piso mientras el personal de la casa fingía no mirar. Las empleadas intercambiaron gestos de asombro. El encargado de seguridad, un hombre llamado Ramiro, se quedó mirando la puerta de la cocina y después a Victoria.
—Señorita Ashford —dijo con cautela—, ¿desea que la acompañe a la salida?
Victoria lo fulminó con la mirada.
—No necesito que nadie me acompañe.
—Entonces le agradecería que esperara en la sala.
—¿Quién te crees que eres?
Ramiro no respondió.
Por primera vez en aquella casa, Victoria comprendió que la autoridad de Nathan no había desaparecido solo porque ella estuviera a punto de convertirse en su esposa.
Y eso la aterrorizó.
En la habitación de huéspedes, el médico examinó a Grace y confirmó que tenía una lesión importante en el hombro. Le recomendó reposo, medicación y estudios adicionales para descartar daños más graves.
Lily permaneció sentada junto a ella, sujetándole dos dedos.
Nathan observaba desde una silla cercana.
No podía dejar de mirar a la niña.
Tenía una pequeña hendidura en la barbilla, como él. Cuando el médico le preguntó si quería agua, Lily inclinó la cabeza exactamente como Nathan lo hacía cuando escuchaba una propuesta que no le convencía.
Aquellos detalles le dolían.
Cada parecido era un recuerdo de todo lo que había perdido.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo a Grace cuando el médico salió.
Ella asintió.
—¿Por qué nunca me buscaste?
Grace soltó una risa amarga.
—¿De verdad crees que no lo intenté?
Nathan guardó silencio.
—Te llamé durante semanas. Fui a tu departamento, pero el portero me dijo que te habías mudado. Escribí a tu oficina.
Nadie contestó. Cuando finalmente conseguí hablar con uno de tus asistentes, me dijeron que habías pedido que no volvieran a comunicarse conmigo.
—Yo nunca pedí eso.
—Lo sé ahora.
—No. No lo sabes. Porque tú seguiste con tu vida.
La frase salió con más dolor del que Grace había querido mostrar.
Nathan bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Grace lo miró, sorprendida.
No había excusas.
No había un discurso sobre sus responsabilidades ni sobre el imperio que debía dirigir.
Solo una admisión sencilla.
—Debí buscarte más tiempo —continuó Nathan—. Debí desconfiar cuando mi padre me dijo que te habías marchado. Pero estaba convencido de que, si querías volver, lo harías.
—Yo estaba embarazada, Nathan. Tenía veinticuatro años, estaba asustada y no sabía en quién confiar. ¿Cómo iba a volver cuando tu familia me había dejado claro que podía destruirme?
Nathan apretó las manos.
—¿Qué te hicieron?
Grace miró a Lily, que comenzaba a quedarse dormida junto a ella.
—Primero me citaron en una oficina. Tu padre estaba ahí, junto con tu madre. Me dijeron que mi relación contigo era un capricho y que yo no tenía nada que ofrecerte.
Nathan sintió náuseas.
—Mi padre murió hace dos años. No puede defenderse, pero eso no significa que voy a justificarlo.
—Me ofrecieron dinero para desaparecer.
—¿Cuánto?
—No acepté.
Grace se acomodó con cuidado.
—Después me enseñaron fotografías de mi madre saliendo del hospital donde recibía tratamiento. Me dijeron que podían cancelar su seguro, demandarme por cualquier cosa y hacer que perdiera hasta el lugar donde vivía.
Nathan se puso de pie.
—¿Amenazaron a tu madre?
—Sí.
—¿Y mi mamá estaba presente?
Grace asintió.
—Fue ella quien me dijo que tú nunca elegirías a una mujer como yo por encima de tu familia. Me aseguró que, si intentaba contarte lo del embarazo, harían que me declararan incapaz de cuidar a mi hija.
Nathan sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Por qué no acudiste a la policía?
Grace lo miró con una tristeza que lo dejó sin respuesta.
—Porque me enseñaron documentos con mi firma que yo nunca había puesto. Tenían información privada sobre mi familia, conversaciones sacadas de contexto y nombres de personas que podían hacerme daño sin siquiera acercarse a mí.
Hizo una pausa.
—Y porque una semana después de aquella reunión, tu padre apareció en mi departamento con un abogado. Me mostró un documento que supuestamente demostraba que habías aceptado casarte con una mujer elegida por tu familia. Me dijo que tú sabías lo del embarazo y que no querías tener nada que ver conmigo.
Nathan sintió que la rabia le subía por el pecho.
—Yo no sabía nada.
—Ahora lo sé. Pero entonces no tenía forma de comprobarlo.
Grace bajó la voz.
—Me fui a Puebla con mi madre. Lily nació unos meses después. Cuando mi mamá murió, tuve que aprender a trabajar, pagar la renta y cuidar de mi hija sola.
No tenía dinero para contratar abogados. Cada vez que intentaba acercarme a tu mundo, alguien me recordaba que podía perderla.
Nathan se sentó lentamente.
—¿Quién te recordó eso?
Grace no contestó de inmediato.
—Al principio, tu madre. Después, un hombre que decía trabajar para tu padre. Nunca me dio su nombre.
Nathan recordó a los abogados que habían administrado los asuntos privados de su familia. Recordó las reuniones secretas que su padre mantenía los viernes, siempre con el mismo asistente.
Pero todavía no sabía quién había organizado todo.
—¿Por qué aceptaste trabajar aquí? —preguntó finalmente.
Grace miró hacia la ventana.
—Porque necesitaba dinero. Mi última patrona se mudó y me recomendó con la agencia que contrata al personal de esta casa. No sabía que tú vivías aquí de forma permanente. Me dijeron que viajabas mucho.
—¿Y cuando descubriste que era mi casa?
—Ya había firmado el contrato. Necesitaba el sueldo. Pensé que podría marcharme antes de que me reconocieras.
Nathan se frotó la cara.
—Y Victoria te encontró con Lily.
—Nos vio juntas hace una semana. Me preguntó si la niña tenía padre. Le dije que sí, pero que no vivía con nosotras.
Grace tragó saliva.
—Ayer encontró una fotografía que Lily llevaba en el bolsillo. Era una foto tuya que había recortado de una revista. Victoria reconoció tu rostro.
Nathan miró a Lily.
La niña seguía aferrada a su mano.
—¿Por eso te atacó?
—Me exigió que le dijera quién era el padre. Cuando se lo confirmé, empezó a decir que Lily no podía existir, que arruinaría la boda y que tú nunca aceptarías una hija nacida fuera de tu matrimonio.
Nathan se levantó.
—Esa mujer no volverá a acercarse a ustedes.
Grace lo observó con cautela.
—No puedes prometerme que todo será sencillo.
—No te prometo que será sencillo. Te prometo que no voy a abandonarlas.
Ella apartó la mirada.
—No me pidas que confíe en ti tan rápido.
Nathan sintió el peso de esas palabras.
—No lo haré.
En ese momento, Lily abrió los ojos.
—¿Te vas, papá?
Nathan se arrodilló junto a la cama.
—No, pequeña. Estoy aquí.
—¿Vas a venir mañana?
Él tragó saliva.
—Sí. Y también pasado mañana. Y todos los días que me dejes estar contigo.
Lily pareció meditarlo.
Después se acercó y le dio un beso tímido en la mejilla.
Nathan cerró los ojos.
Había firmado contratos que valían más que toda una ciudad. Había negociado adquisiciones que cambiaban el destino de miles de empleados.
Pero nunca había sentido una responsabilidad tan grande como aquella pequeña mano descansando sobre su hombro.
Una hora después, el abogado de Nathan llegó a la casa.
Daniel Mercer llevaba quince años trabajando con la familia Cole. Era un hombre meticuloso, de cabello canoso y mirada serena, que rara vez mostraba sorpresa.
Sin embargo, cuando Nathan le explicó lo sucedido, Daniel dejó de tomar notas.
—¿Dijo que tu madre la amenazó? —preguntó.
—Y mi padre. Quiero todos los documentos relacionados con Grace, con la herencia y con el acuerdo matrimonial que mi familia negoció con los Ashford.
Daniel se acomodó los lentes.
—Hay algo que debes entender antes de abrir esa investigación.
—Te escucho.
—Tu padre dejó instrucciones específicas sobre ciertos documentos. Algunos están protegidos por acuerdos de confidencialidad y otros se encuentran bajo custodia del fideicomiso familiar.
—Soy el principal beneficiario del fideicomiso.
—Lo sé. Pero no todos los documentos te pertenecen de manera directa.
Nathan lo miró fijamente.
—¿Estás diciendo que alguien usó el dinero de mi familia para silenciar a Grace?
Daniel tardó demasiado en contestar.
—Estoy diciendo que hay registros de pagos extraordinarios realizados hace cinco años. Fueron autorizados por tu padre y aprobados por otra persona.
—¿Quién?
El abogado abrió su portafolio, pero no sacó ningún papel.
—Necesito verificar algo antes de darte un nombre.
Nathan se puso de pie.
—Daniel, mi hija ha pasado cuatro años sin su padre. La mujer que intentó lastimarla está abajo, en mi sala, y mi madre parece estar involucrada en una conspiración. No me pidas paciencia.
—No te estoy pidiendo paciencia. Te estoy advirtiendo que alguien dentro de tu familia puede estar intentando destruir las pruebas.
Daniel bajó la voz.
—Esta mañana recibí una llamada de un hombre que trabajó para tu padre. Me dijo que alguien había solicitado acceso al archivo privado de la familia.
—¿Qué archivo?
—El que contiene los acuerdos anteriores a tu compromiso con Victoria.
Nathan sintió un escalofrío.
—¿Y qué encontraron?
Daniel abrió finalmente su portafolio y sacó una hoja impresa.
Era una copia de una transferencia bancaria por una cantidad que superaba los cinco millones de pesos.
El destinatario no era Grace.
Era una empresa de consultoría vinculada a la familia Ashford.
Nathan leyó el documento dos veces.
—¿Qué compraron con este dinero?
Daniel lo miró a los ojos.
—No lo sé todavía. Pero la transferencia se realizó tres días antes de que Grace desapareciera.
Nathan apretó el papel.
Entonces su teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
No contenía saludo ni explicación.
Solo una fotografía.
En ella aparecía Grace, embarazada, saliendo de una clínica cinco años atrás.
Junto a ella estaba la madre de Nathan.
Debajo de la imagen había una frase:
*«Si quieres saber quién decidió que tu hija nunca debía nacer, pregúntale a la mujer que está abajo fingiendo ser tu prometida».*
Nathan levantó la vista hacia la puerta.
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Victoria seguía en la sala.
Y, por primera vez, comprendió que el ataque contra Grace podía haber sido apenas el principio.
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