Chapter 3: La prometida escondía un pacto firmado con sangre y millones
Nathan bajó las escaleras con la fotografía en una mano y el teléfono en la otra.
No había dormido en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Lily en el piso de la cocina, protegiendo a su madre con sus pequeños brazos. Después escuchaba aquella palabra que había cambiado su vida.
Papá.
Ahora sabía que alguien había intentado borrar a su hija antes de que él pudiera conocerla.
Y la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa podía tener la respuesta.
Victoria esperaba en la sala principal, sentada en un sofá de terciopelo. Había cambiado su vestido por un conjunto elegante y se había retocado el maquillaje. Si alguien la hubiera visto desde la entrada, habría pensado que nada extraordinario había ocurrido.
Pero sus manos delataban su nerviosismo.
En cuanto Nathan apareció, ella se levantó.
—Por fin. Necesitamos hablar.
Él colocó la fotografía sobre la mesa.
Victoria la miró.
Durante una fracción de segundo, perdió el control de su expresión.
Fue suficiente.
—¿Reconoces esta imagen? —preguntó Nathan.
Ella cruzó los brazos.
—No.
—No te he preguntado si conoces a Grace. Te he preguntado si reconoces la fotografía.
—No tengo idea de dónde la sacaste.
Nathan acercó el teléfono.
—Entonces explícame por qué apareces al fondo de esta otra imagen, tomada el mismo día.
Le mostró una fotografía ampliada. En ella, Victoria estaba entrando en la clínica donde Grace había recibido atención durante el embarazo.
Victoria palideció.
—¿Me estás siguiendo?
—La fotografía tiene cinco años.
—Pudiste conseguirla de cualquier manera.
—Daniel está investigando los pagos que tu familia recibió de una empresa vinculada al fideicomiso Cole. Cinco millones de pesos, tres días antes de que Grace desapareciera.
Victoria guardó silencio.
Nathan sintió que el silencio era una respuesta más contundente que cualquier confesión.
—¿Qué hizo tu familia con ese dinero?
Ella soltó una risa forzada.
—¿Ahora vas a acusarme de robarle a tu familia porque una empleada apareció con una niña?
—La niña es mi hija.
—¡Eso todavía no está demostrado!
—Y aun así la protegiste tan poco que terminaste golpeando a su madre con un palo de hockey.
Victoria se estremeció.
—Yo no quería lastimarla.
—Entonces dime qué ocurrió.
Ella se acercó a él, intentando tomarle la mano.
—Nathan, por favor. Llevamos años construyendo nuestra relación. Nuestros padres hicieron planes para nosotros mucho antes de que nos conociéramos. Tú sabes que este matrimonio no es solamente una boda.
Él retiró la mano.
—¿Qué significa eso?
Victoria respiró profundamente.
—Tu padre y el mío tenían un acuerdo.
Nathan no se movió.
—¿Qué acuerdo?
—Las familias Cole y Ashford iban a unir sus intereses empresariales. Tu padre quería asegurar la continuidad de la compañía y el mío necesitaba protección para sus inversiones. El matrimonio era parte de ese plan.
—¿Mi matrimonio era una transacción?
—¡No! —Victoria respondió demasiado rápido—. Al principio, quizá. Pero yo te amo.
Nathan la observó durante varios segundos.
—¿Me amas lo suficiente como para atacar a una niña de cuatro años?
Victoria bajó la mirada.
—Ella apareció de repente. No entiendes lo que significa para mí.
—Explícamelo.
La mujer apretó los labios.
—Durante años me dijeron que tú no tenías ninguna relación pendiente con otra mujer. Que Grace se había marchado y que no volvería. Tu padre me aseguró que todo estaba resuelto.
—¿Mi padre te habló de Grace?
Victoria no contestó.
Nathan se acercó a la mesa.
—¿Sabías que estaba embarazada?
Ella miró hacia las ventanas.
—Sí.
La palabra cayó entre ambos como una piedra.
Nathan sintió que le zumbaban los oídos.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que empezáramos a salir formalmente.
—¿Y decidiste ocultármelo?
—Tu padre me pidió que no interfiriera.
Nathan soltó una carcajada incrédula.
—¿No interfirieras? ¿Eso es lo que llamas esconderme que tengo una hija?
—¡Yo no sabía dónde estaba Grace!
—Pero sabías que estaba embarazada.
Victoria se pasó las manos por el cabello.
—¡Era joven! Mi padre me dijo que si ese embarazo salía a la luz, el acuerdo entre las familias se vendría abajo. Que la compañía de tu padre estaba en un momento delicado y que un escándalo podía destruir años de trabajo.
—Así que decidiste proteger una empresa en lugar de proteger a una mujer embarazada.
—¡Yo no la obligué a marcharse!
Nathan le mostró la fotografía de la clínica.
—Entonces explícame por qué estabas ahí.
Victoria miró la imagen y comenzó a llorar.
Pero Nathan ya no sabía si aquellas lágrimas eran de arrepentimiento o de miedo.
—Mi padre me pidió que hablara con ella —confesó—. Quería convencerla de que aceptara el dinero y se fuera. Me dijo que tú nunca podrías darle una vida estable y que, si tenía a la niña, terminaría arruinándote.
—¿Y qué le dijiste?
—Que lo mejor era que desapareciera.
Nathan sintió una furia tan intensa que tuvo que apoyar las manos sobre la mesa.
—¿La amenazaste?
—No.
—¡Mírame y responde!
Victoria levantó la cara.
—Le dije que tu familia tenía recursos para quitarle la custodia si intentaba involucrarte. Pero no pensé que fuera a desaparecer de verdad. Creí que se marcharía a otra ciudad y que todo terminaría.
—¿Y nunca se te ocurrió decirme la verdad?
—¡Tu padre me aseguró que tú lo sabías!
Nathan retrocedió.
Por primera vez, Victoria parecía comprender que no existía una explicación capaz de salvarla.
Él sacó su teléfono.
—Voy a cancelar la boda.
Victoria se lanzó hacia él.
—¡No puedes hacerlo!
—Acabo de hacerlo.
—¡Nathan, escúchame! Si cancelas esa boda, mi padre retirará sus inversiones. Los bancos revisarán tus créditos y los accionistas empezarán a cuestionar tu liderazgo. La empresa puede perder miles de millones.
Nathan la miró con absoluto desprecio.
—Entonces que pierda cada peso.
Victoria abrió los ojos.
—No puedes estar hablando en serio.
—Mi hija ha pasado cuatro años sin mí. Su madre ha vivido aterrorizada. Tú acabas de demostrar que eres capaz de lastimarlas para proteger tu posición. No voy a casarme contigo.
Ella comenzó a llorar con desesperación.
—¡Todo lo hice por nosotros!
—No. Lo hiciste por ti.
Nathan se dirigió a la puerta.
—Tienes una hora para recoger tus pertenencias. Ramiro te acompañará.
—¡Si me echas de esta casa, mi padre te va a destruir!
Nathan se detuvo.
—Dile a tu padre que se prepare. Voy a revisar cada contrato que nuestras familias firmaron durante los últimos diez años.
Y salió de la sala.
A media mañana, Grace estaba sentada junto a la ventana de su habitación, mirando cómo el viento movía las ramas de los árboles.
Lily dibujaba en una libreta que una de las empleadas le había llevado.
Había dibujado una casa, una mujer con cabello largo y un hombre muy alto. Los tres estaban tomados de la mano.
Encima del hombre había escrito una palabra con letras torcidas.
PAPÁ.
Grace sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Te gusta tu dibujo, mi amor?
Lily asintió.
—Quiero que papá lo vea.
—Se lo enseñaremos cuando baje.
—¿Se va a quedar con nosotras?
Grace dejó de sonreír.
No quería mentirle a su hija. Pero tampoco quería apagar aquella felicidad que Lily apenas comenzaba a descubrir.
—No lo sé, mi vida.
Lily bajó la mirada.
—¿Hice algo malo?
Grace se levantó a pesar del dolor y se sentó junto a ella.
—No. Escúchame bien. Tú nunca has hecho nada malo. Nada de esto es tu culpa.
—Entonces, ¿por qué la señora estaba enojada conmigo?
Grace la abrazó.
—Porque hay adultos que olvidan cómo hacer lo correcto cuando tienen miedo de perder algo.
—¿Como mi papá?
Grace se quedó inmóvil.
—No, mi amor. Tu papá no sabía que existías.
—Pero ahora sí.
Grace besó su frente.
—Sí. Ahora sí.
Lily volvió a mirar el dibujo.
—Entonces puede aprender.
Grace cerró los ojos.
Aquellas cuatro palabras le dolieron más que cualquier reproche.
Porque su hija todavía creía que las personas podían aprender a amarla.
Y Grace temía que el mundo volviera a demostrarle lo contrario.
En ese momento, llamaron a la puerta.
Nathan entró sin saco, con la corbata floja y el rostro agotado.
Lily se levantó de inmediato.
—¡Papá!
Él se agachó y la recibió entre sus brazos.
Esta vez, no se quedó paralizado.
La abrazó con cuidado, como si quisiera recuperar en unos segundos los años que le habían robado.
—Hola, pequeña.
Lily le entregó el dibujo.
—Te hice una familia.
Nathan miró el papel.
Sus labios temblaron.
—Es el dibujo más bonito que me han regalado.
—¿Te gusta estar con nosotras?
Él miró a Grace antes de contestar.
—Sí. Muchísimo.
Lily sonrió y volvió a sentarse con sus lápices.
Nathan se acercó a Grace.
—Cancelé la boda.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Qué?
—Victoria se va de la casa. Ya no tendrá acceso a ustedes.
Grace bajó la voz.
—¿Y las empresas?
—No me importan tanto como creía.
—Nathan, no hagas promesas que después no puedas cumplir.
Él se sentó frente a ella.
—No te estoy prometiendo que mañana todo será perfecto. Te estoy diciendo que voy a investigar lo que ocurrió y que no permitiré que vuelvan a amenazarte.
Grace lo observó durante un largo momento.
—Tu padre tenía mucho poder.
—Lo sé.
—Tu madre también.
Nathan guardó silencio.
Grace apretó las manos.
—Hay algo más que nunca te conté.
Él sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—La noche antes de irme de la ciudad, alguien entró en mi departamento.
Nathan se inclinó hacia ella.
—¿Quién?
—No lo vi. Cuando regresé del trabajo, encontré los cajones abiertos y todas mis cosas tiradas en el piso. Mi carpeta médica había desaparecido.
—¿Qué contenía?
—Los estudios del embarazo y una carta que había escrito para ti.
Grace tragó saliva.
—La carta explicaba que iba a tener una niña y que quería que estuvieras presente. También incluía el nombre de la clínica donde me atendía.
Nathan apretó la mandíbula.
—¿Estás segura de que se llevaron esa carpeta?
—Completamente. Y al día siguiente, tu madre me llamó para decirme que sabía exactamente dónde estaba mi mamá.
Nathan sintió un frío profundo en el estómago.
—¿Qué te dijo?
—Que si volvía a buscarte, mi madre perdería la atención médica que necesitaba. Que no importaba a dónde huyera, tu familia siempre podría encontrarme.
Grace bajó la voz.
—Por eso me fui. No porque dejara de amarte. Me fui porque tenía miedo de que le hicieran daño a mi madre y porque no sabía cómo proteger a mi hija.
Nathan quiso responder, pero no encontró palabras.
Había pasado años pensando que Grace lo había abandonado.
Mientras tanto, ella había vivido creyendo que acercarse a él podía costarle la vida que intentaba construir para su hija.
—Lo siento —dijo finalmente.
Grace lo miró.
—Tú no hiciste esas amenazas.
—Pero viví cinco años sin preguntarme lo suficiente por qué te habías ido.
Ella no respondió.
Nathan se levantó y caminó hacia la ventana.
—Voy a descubrir quién organizó todo esto.
—No es tan sencillo.
—Lo sé.
—Tu padre dejó muchos amigos. Algunos le debían favores. Otros le tenían miedo.
Nathan se volvió.
—¿Recuerdas el nombre de alguno de los hombres que te visitaron?
Grace cerró los ojos, intentando recuperar una imagen que llevaba años tratando de olvidar.
Entonces su rostro cambió.
—Sí.
—¿Quién?
—El abogado que acompañó a tu padre a mi departamento. Lo había visto antes en las fotografías de las revistas empresariales.
Nathan sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Cómo se llama?
Grace lo miró directamente.
—Daniel Mercer.
Nathan se quedó helado.
El mismo hombre que acababa de entregarle los primeros documentos sobre los pagos sospechosos.
El mismo abogado que había trabajado para su familia durante quince años.
—¿Estás segura? —preguntó.
Grace asintió.
—Nunca olvidé su rostro. Él fue quien puso los documentos sobre mi mesa y me dijo que podía perder a mi hija antes de conocerla.
Nathan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Daniel había llegado esa mañana ofreciendo ayudarlo a descubrir la verdad.
Y, si Grace no se equivocaba, había sido uno de los hombres que contribuyeron a ocultarla.
En ese instante, su teléfono comenzó a sonar.
Era Daniel.
Nathan contestó sin apartar la mirada de Grace.
—¿Qué encontraste?
La voz del abogado sonó tensa.
—Necesito verte inmediatamente. Hay un problema con el fideicomiso y con la cancelación de tu boda.
—Habla.
—No por teléfono.
Nathan apretó el aparato.
—Daniel, ¿estuviste en el departamento de Grace hace cinco años?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto.
Un silencio largo.
Demasiado largo para ser casual.
Finalmente, Daniel respondió:
—¿Quién te habló de eso?
Nathan sintió que la rabia le subía por la garganta.
—Te hice una pregunta.
—Nathan, escucha. Hay documentos que no has visto y personas que harán cualquier cosa para impedir que los encuentres. No tomes ninguna decisión hasta que nos reunamos.
—¿Fuiste tú?
Daniel respiró profundamente.
—Tu padre me pidió que protegiera a la familia.
—¿Amenazaste a Grace?
—No entiendes lo que estaba en juego.
Nathan cerró los ojos un instante.
—Acabas de responderme.
Colgó.
Grace tenía el rostro pálido.
Lily seguía dibujando, ajena a la tormenta que amenazaba con destruir el mundo de su padre.
Nathan se acercó a la puerta y llamó a Ramiro.
—Quiero que nadie entre en esta habitación sin mi autorización. Ni empleados, ni abogados, ni miembros de mi familia.
—Sí, señor.
—Y necesito que revises las cámaras de seguridad de la entrada principal. Averigua si Daniel sigue en la propiedad.
Ramiro asintió y se marchó.
Nathan regresó junto a Grace.
—Esto no termina aquí.
Ella lo miró con miedo.
—Nathan, si tu padre y tu madre fueron capaces de hacer todo esto, ¿qué crees que harán cuando sepan que Lily está contigo?
Él tomó la pequeña mano de su hija.
—No lo sé. Pero esta vez no van a decidir por nosotros.
Entonces Ramiro volvió a llamar a la puerta.
Su expresión era grave.
—Señor Cole, Daniel Mercer se fue hace veinte minutos.
Nathan frunció el ceño.
—¿A dónde?
—No lo sabemos. Pero dejó esto en la recepción.
Ramiro le entregó un sobre cerrado.
En el frente había una sola frase escrita a mano:
*«Ábrelo únicamente cuando estés preparado para conocer la verdadera razón por la que tu padre quería que te casaras con Victoria Ashford».*
Nathan reconoció inmediatamente la letra.
Era la de su padre.
El hombre que llevaba dos años muerto acababa de dejarle un mensaje desde el pasado.
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Y algo le decía que, al abrir aquel sobre, no solo descubriría por qué le habían robado a su hija.
También descubriría que el matrimonio que acababa de cancelar era la pieza central de una conspiración mucho más grande de lo que jamás había imaginado.
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