Chapter 9: La noche que todos decidieron olvidar
Gabriel se quedó de pie frente a mí.
No parecía el hombre que acababa de descubrir.
Parecía alguien que había cargado con una culpa durante demasiado tiempo.
—¿Estuviste ahí la noche que murió mi mamá?
—Sí.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Por qué?
—Porque ella me llamó.
—¿Mi mamá te llamó?
—Sí.
—¿Qué quería?
Gabriel miró a Julián.
—Necesito contarles todo.
Nos sentamos.
La habitación quedó en silencio.
—Tu mamá descubrió algo sobre Roberto —comenzó Gabriel—. Algo que podía destruirlo.
—¿Qué?
—Descubrió que estaba manipulando documentos relacionados con tu familia.
—¿Qué documentos?
—Propiedades. Herencias. Contratos.
Julián intervino.
—Eso puede verificarse.
Gabriel asintió.
—Pero había algo más importante.
Me miró.
—Tu mamá descubrió que Roberto había usado su nombre para ocultar movimientos de dinero.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿Y por qué no lo denunció?
—Porque Roberto la amenazó.
—¿Con qué?
—Con hacerle daño a alguien que ella amaba.
—¿A mí?
Gabriel negó.
—A ti y a mí.
Me quedé quieta.
—¿Qué tiene que ver Daniel?
—Daniel no era el objetivo.
—Entonces ¿quién?
Gabriel respondió:
—Evelyn.
Fruncí el ceño.
—¿Evelyn?
—Tu mamá descubrió que Evelyn estaba involucrada en algunos de los movimientos de dinero.
Julián tomó notas.
—¿Qué tipo de movimientos?
—Pagos a nombre de terceros.
—¿Para qué?
—Para cubrir gastos relacionados con Mateo.
Me quedé mirando a Gabriel.
—¿Entonces Roberto estaba ayudando a Evelyn?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que Mateo era mi hijo.
—¿Y qué tenía que ver eso con mi mamá?
Gabriel respiró profundamente.
—Tu mamá era la única persona que podía demostrar que Roberto había comprado mi silencio.
Sentí un escalofrío.
—¿Compró tu silencio?
—No acepté su dinero.
—Pero desapareciste.
—Porque me obligó.
—¿Y mi mamá?
—Ella quería ayudarte.
—¿Cómo?
—Quería encontrarme antes de que naciera Noah.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Ella sabía que yo estaba embarazada?
—Sí.
—¿Y sabía que Noah era mío?
—Sí.
Todo parecía una pesadilla.
—Entonces ¿por qué nunca me lo dijo?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque murió antes de poder hacerlo.
La habitación quedó en silencio.
—¿Qué pasó esa noche?
Gabriel tardó en responder.
—Tu mamá me pidió que fuera a verla.
—¿Dónde?
—A una cafetería.
—¿Y luego?
—Llegué cerca de las diez.
—¿Estaba sola?
Gabriel negó.
—No.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Quién estaba con ella?
—Roberto.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi suegro estaba con mi mamá la noche que murió?
—Sí.
—¿Qué discutían?
—No lo sé todo.
—Dime lo que sabes.
Gabriel respiró profundamente.
—Tu mamá tenía documentos.
—¿Qué documentos?
—Los originales de una prueba genética.
Me quedé inmóvil.
—¿De quién?
—De Noah.
Julián levantó la mirada.
—¿La primera prueba?
—Sí.
—¿Qué decía?
Gabriel me miró.
—Que Daniel no era el padre.
Eso ya lo sabía.
—¿Y quién era?
Gabriel respondió:
—Yo.
Sentí que las lágrimas salían.
—Entonces mi mamá tenía la prueba.
—Sí.
—¿Qué pasó con ella?
Gabriel cerró los ojos.
—Roberto se la quitó.
—¿Y después?
—Tu mamá salió de la cafetería.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Y tú?
—Me fui por otra salida.
—¿Por qué?
—Porque Roberto me amenazó otra vez.
—¿Y mi mamá?
Gabriel tragó saliva.
—Horas después recibí una llamada.
—¿Quién?
—Una persona del hospital.
—¿Para decirte qué?
—Que tu mamá había tenido un accidente.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
—¿Qué clase de accidente?
—Un choque.
—¿Y tú fuiste al hospital?
—Sí.
—¿La viste?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Estaba consciente?
—No.
—¿Y qué pasó?
—Murió esa madrugada.
Cerré los ojos.
Durante años había vivido con una versión sencilla de aquella noche.
Mi mamá había salido tarde.
Había tenido un accidente.
Eso era todo.
Nunca imaginé que había documentos.
Nunca imaginé que Roberto estaba involucrado.
Nunca imaginé que Gabriel estaba allí.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque al día siguiente Roberto me encontró.
—¿Y qué hizo?
—Me mostró fotografías de tu casa.
Mi respiración se detuvo.
—¿De mí?
—Sí.
—¿Qué fotografías?
—Tú embarazada. Tú entrando al hospital. Tú con Daniel.
Sentí miedo.
—¿Me estaba vigilando?
—Sí.
Julián cerró la carpeta.
—Esto puede ser muy importante.
Gabriel continuó:
—Roberto me dijo que si regresaba, tú y el bebé pagarían las consecuencias.
—¿Por qué le creíste?
—Porque ya había demostrado que podía hacerlo.
—¿Cómo?
Gabriel sacó una fotografía.
Era antigua.
Mostraba la casa de mi mamá.
Una ventana estaba rota.
—La noche antes del accidente, alguien entró a su casa.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y qué buscaban?
—Los documentos.
Me quedé mirando la imagen.
—¿Los encontraron?
—No.
—¿Entonces dónde están?
Gabriel me miró.
—Tu mamá los escondió.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Julián se levantó.
—Tenemos que revisar todo lo que ella dejó.
—Ya no tengo casi nada.
—¿Quién guardó sus cosas?
Pensé.
—Mi mamá tenía una hermana.
—¿Dónde vive?
—En Puebla.
Gabriel intervino:
—No vayan solos.
—¿Por qué?
—Porque si Roberto dejó instrucciones, alguien más puede estar buscándolos.
Lo miré.
—Roberto murió.
—Sí.
—Entonces el peligro terminó.
Gabriel negó lentamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Roberto no trabajaba solo.
Julián frunció el ceño.
—¿Quién más?
Gabriel se quedó callado.
—Dilo.
—Arturo Salgado.
El nombre del antiguo abogado volvió a aparecer.
—El hombre que manejó el primer examen.
—Sí.
—Pero dijiste que el laboratorio cerró.
—Cerró oficialmente.
—¿Y extraoficialmente?
—Siguió trabajando.
Julián revisó su teléfono.
—Eso explica algunas cosas.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
*“Deja de buscar los documentos de tu mamá.””*
Otro.
*“Ya perdiste a tu esposo. No pierdas también a tu hijo.””*
Sentí miedo.
Gabriel se levantó.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A un lugar donde nadie pueda encontrarnos fácilmente.
Julián negó.
—No. Si alguien está intentando intimidarla, debemos documentarlo y acudir a las autoridades.
Asentí.
—Tiene razón.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez había una fotografía.
Era Noah.
Estaba en la escuela.
La imagen había sido tomada ese mismo día.
Mi sangre se congeló.
—¡Dios mío!
Julián tomó el teléfono.
—¿Cuándo la tomaron?
—Hoy.
Gabriel se acercó.
—¿Quién tiene acceso a la escuela?
—Sus maestros. Personal administrativo. Padres.
—¿Y Evelyn?
—No debería.
Julián marcó un número.
—Voy a solicitar protección inmediata y revisar las cámaras.
Yo guardé el teléfono.
Entonces recibí una llamada.
Era la directora de la escuela de Noah.
Contesté.
—¿Sí?
La voz de la mujer temblaba.
—Señora Mariana, necesito que venga inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Su hijo está bien.
Solté el aire.
—¿Entonces?
—Encontramos a una mujer intentando recogerlo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
La directora tardó unos segundos.
—Dijo ser su abuela.
—¿Evelyn?
—No.
—¿Entonces quién?
La directora respondió:
—Dijo llamarse Teresa Molina.
Miré a Gabriel.
Él se puso completamente pálido.
—Eso es imposible —susurró.
—¿Por qué? —pregunté.
Gabriel me miró.
—Porque Teresa murió hace cuatro años.
El teléfono casi se me cayó de la mano.
La directora seguía hablando.
—Señora, hay algo más.
—¿Qué?
—La mujer traía documentos de identidad.
—¿A nombre de quién?
La directora respiró profundamente.
—A nombre de su mamá.
Sentí que el corazón dejaba de latir.
—Eso no puede ser.
—Eso pensé yo.
—¿Dónde está ella?
—Ya se fue.
—¿Con quién?
—Con un hombre.
—¿Cómo era?
La directora respondió:
—No pude verle bien el rostro.
Hizo una pausa.
—Pero antes de irse dejó un sobre para usted.
—¿Qué dice?
—Solo tiene una frase.
—¿Cuál?
May you like
La directora leyó:
—“Si quieres saber quién cambió la prueba de ADN, pregúntale a tu esposo dónde estuvo la noche que murió Roberto.””