Chapter 11: El hombre que todos llamaban hermano
Regresamos a la oficina de Julián antes del amanecer.
No quería dormir.
No después de encontrar aquel documento.
*“Eduardo no es el hermano de Roberto.””*
Si era cierto, significaba que durante años mi familia política había vivido sobre una mentira.
Julián colocó el acta sobre la mesa.
—Hay que verificar su autenticidad.
—Hazlo.
—Puede tardar.
—Hazlo.
Gabriel permanecía sentado en una esquina.
No decía nada.
Finalmente pregunté:
—¿Tú sabías esto?
Él negó.
—No.
—¿Nunca sospechaste?
—Roberto y Eduardo eran muy cercanos. Todos creíamos que eran hermanos.
—¿Incluso tú?
—Sí.
Julián revisó el documento.
—Aquí aparece una diferencia.
—¿Cuál?
—Roberto aparece como hijo de Antonio Herrera y Elena Vargas.
—¿Y Eduardo?
—También.
—Entonces sí son hermanos.
—Biológicamente, eso parece.
—Entonces ¿qué significa la nota?
Julián señaló una línea.
—Mira la fecha de nacimiento de Eduardo.
La leí.
Me quedé quieta.
—Es imposible.
—¿Qué?
—Mi suegro Roberto nació en 1962.
—Sí.
—Eduardo aparece nacido en 1967.
—Correcto.
—Eso no tiene nada raro.
—Mira la fecha de registro.
Era ocho años después.
—¿Por qué registraron su nacimiento tan tarde?
Nadie respondió.
Julián hizo una llamada.
Esperamos.
Finalmente recibió información.
—La madre de Eduardo no fue Elena Vargas.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Entonces quién?
—Una mujer llamada Rosa Molina.
Sentí que el aire desaparecía.
Molina.
El mismo apellido de Gabriel.
—¿Rosa era familiar de Gabriel?
Gabriel levantó la cabeza.
—Era mi abuela.
Todos quedamos en silencio.
—¿Tu abuela?
—Sí.
—Entonces Eduardo...
Gabriel se puso de pie.
—No puede ser.
Julián terminó la llamada.
—Eduardo sería medio hermano de Roberto por parte de padre, pero no por parte de madre.
Gabriel negó.
—Mi abuela jamás habló de eso.
—Quizá porque no quería.
Lo miré.
—¿Qué tiene que ver con Noah?
Gabriel se pasó una mano por el cabello.
—No lo sé.
Entonces escuchamos un golpe en la puerta.
Era Daniel.
Entró sin esperar invitación.
—Tenemos que hablar.
Me levanté.
—No contigo.
—Mariana, por favor.
—No.
—Mi mamá desapareció.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—No sé dónde está.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
Julián intervino:
—¿Por qué crees que está desaparecida?
—Porque dejó su teléfono y su automóvil.
—¿Y cuándo la viste por última vez?
Daniel dudó.
—Ayer.
—¿Dónde?
—En la casa.
—¿A qué hora?
—Cerca de las ocho.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Sobre qué?
Daniel miró hacia mí.
—Sobre ti.
—Siempre es sobre mí.
—Mi mamá sabe que estás investigando.
—¿Y qué más?
—Dijo que si tú encontrabas ciertos documentos, todo se iba a destruir.
Julián preguntó:
—¿Qué documentos?
Daniel miró la mesa.
Vio la caja.
Palideció.
—¿Dónde encontraron eso?
—No importa.
—Mariana, tienes que destruirlos.
Me reí.
—¿Perdón?
—No sabes lo que contienen.
—Precisamente por eso no los voy a destruir.
Daniel se acercó.
—Esos documentos pueden involucrar a personas que todavía están vivas.
—¿Y?
—Pueden lastimarte.
—Ya me lastimaron.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Daniel cerró los ojos.
—Mi papá tenía una vida que yo desconocía.
—¿Qué descubriste?
—Que había usado identidades falsas.
Julián se puso serio.
—¿Para qué?
—Para ocultar propiedades.
—¿Y personas?
Daniel asintió.
—También.
—¿Quién?
Daniel miró a Gabriel.
—La familia Molina.
Gabriel se levantó.
—¿Qué sabes?
—Mi papá tenía negocios con tu familia.
—¿Qué negocios?
—No lo sé exactamente.
—¡Daniel!
—Solo sé que mi papá había usado a Gabriel como una pieza en algo más grande.
Gabriel dio un paso hacia él.
—¿Qué hizo?
Daniel retrocedió.
—No me amenaces.
—No te estoy amenazando.
—Solo te estoy diciendo lo que sé.
—Entonces habla.
Daniel tragó saliva.
—Tu abuela, Rosa, tuvo una relación con mi abuelo.
Gabriel quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Mi abuela era casada.
—Lo sé.
—¿Y Eduardo?
Daniel asintió.
—Eduardo nació de esa relación.
El silencio fue absoluto.
—Entonces sí son hermanos —dije.
Daniel negó.
—No como todos creíamos.
Julián tomó la hoja.
—¿Qué quieres decir?
—Roberto y Eduardo compartían padre.
—Eso ya lo sabemos.
—Pero Eduardo no fue criado como hermano.
—¿Por qué?
Daniel me miró.
—Porque Roberto no quería que nadie supiera que su padre había tenido otro hijo.
—Eso no explica nada.
—Sí explica algo.
Daniel señaló el acta.
—Eduardo no heredó nada.
—¿Y?
—Porque Roberto hizo que pareciera que Eduardo era un hijo ilegítimo sin derechos.
Gabriel cerró los puños.
—¿Por eso mi familia perdió la propiedad?
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver Noah?
Daniel respiró profundamente.
—Porque la propiedad que Roberto ocultó durante décadas estaba a nombre de una mujer.
—¿Quién?
—Tu mamá.
Sentí que la sangre se me iba del rostro.
—¿Mi mamá?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Roberto la usó como titular.
—¿De qué?
—De un fideicomiso.
Julián se levantó.
—¿Qué contenía?
Daniel lo miró.
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Millones.
Mi corazón se aceleró.
—¿Y por qué mi mamá?
—Porque Roberto confiaba en que ella nunca descubriría la verdad.
—Pero la descubrió.
—Sí.
—Y por eso murió.
Daniel no respondió.
—¿Roberto ordenó que la mataran?
—No sé.
—¡Daniel!
—¡No lo sé!
Su voz se quebró.
—Pero sé que después de su muerte mi papá comenzó a mover dinero.
Julián preguntó:
—¿A dónde?
—A una cuenta que estaba relacionada con Evelyn.
Miré a Daniel.
—Los trescientos mil pesos.
—Sí.
—¿Y Mateo?
Daniel cerró los ojos.
—También.
—¿Qué tiene que ver Mateo?
—Roberto pagaba su tratamiento.
Gabriel dio un paso adelante.
—¿Por qué?
Daniel lo miró.
—Porque Mateo era importante para él.
—¿Por qué?
Daniel guardó silencio.
—¡Dime!
—Porque Mateo no era solo tu hijo.
Gabriel se quedó inmóvil.
Daniel continuó:
—Mateo era la única prueba viva de algo que Roberto había hecho.
—¿Qué?
Daniel miró hacia mí.
—Algo relacionado con tu mamá.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Evelyn.
*“Daniel te está mintiendo.””*
Otro mensaje llegó inmediatamente.
*“Pero esta vez no para protegerme.””*
Y uno más.
*“Para protegerse él.””*
Levanté la mirada hacia Daniel.
—¿Dónde está Evelyn?
—No lo sé.
—Entonces pregúntate por qué ella acaba de escribirme.
Daniel palideció.
—¿Qué dijo?
Le mostré el teléfono.
Daniel leyó.
Su expresión cambió por completo.
—No.
—¿Qué?
—Eso significa que ya la encontraron.
—¿Quién?
Daniel respondió con una voz apenas audible:
—La persona que ha estado enviándote los mensajes.
El teléfono volvió a vibrar.
Una última fotografía.
Evelyn estaba sentada en una habitación desconocida.
Parecía asustada.
Y detrás de ella había una pared con fotografías.
De Noah.
De Mateo.
De mi mamá.
De Gabriel.
Y de mí.
En el centro había una fotografía de Roberto.
May you like
Sobre su rostro alguien había escrito:
*“Él sabía quién sería la próxima víctima.””*