Chapter 10: La noche en que murió Roberto
La pregunta de la directora no dejó de perseguirme durante todo el camino.
*“Pregúntale a tu esposo dónde estuvo la noche que murió Roberto.””*
Daniel.
Otra vez Daniel.
Parecía que, cada vez que levantaba una piedra, encontraba su nombre debajo.
Julián conducía mientras yo miraba por la ventana.
Gabriel iba en el asiento trasero.
Ninguno hablaba.
Hasta que finalmente pregunté:
—¿Cuándo murió Roberto?
Gabriel respondió:
—Hace dos años.
—¿Y dónde?
—En su casa.
—¿Quién lo encontró?
—Daniel.
Volteé hacia él.
—¿Tú estabas ahí?
Gabriel asintió.
—Eso fue lo que dijo.
Julián me miró por el espejo.
—¿Y tú qué sabes?
—Sé que Roberto no murió de la manera que todos creen.
—¿Qué quieres decir?
—Que la noche que murió, alguien lo visitó.
—¿Quién?
Gabriel tardó unos segundos.
—Daniel.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Y qué pasó?
—No lo sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Porque después de esa noche Daniel dejó de contestarme.
—¿Tú seguías en contacto con él?
—Sí.
—¿Por qué?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque necesitaba saber si finalmente había decidido decirte la verdad.
Me quedé callada.
Al llegar a mi casa, Noah estaba con la vecina.
Lo abracé tan fuerte que él se rio.
—Mamá, me estás apretando.
—Perdón, mi amor.
—¿Por qué estás llorando?
Me limpié los ojos.
—Porque te extrañé.
Noah me miró.
—Yo también.
Julián esperó hasta que Noah entró a la sala.
Después me habló en voz baja.
—No le cuentes nada todavía.
—No lo haré.
—Y no te quedes sola.
Asentí.
Esa misma noche llamé a Daniel.
Contestó al segundo tono.
—Mariana.
—¿Dónde estabas la noche que murió tu papá?
Silencio.
No pregunté cómo estaba.
No pregunté dónde se encontraba.
No había espacio para conversaciones amables.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque me dejaron un mensaje.
—¿Quién?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—Entonces responde.
Daniel respiró profundamente.
—Estaba en mi casa.
—Mentira.
—Mariana...
—Tengo una fotografía.
No tenía ninguna.
Era un riesgo.
Pero funcionó.
—¿Qué fotografía?
—La que demuestra que estuviste con él esa noche.
Silencio.
—¿Quién te la dio?
—Eso tampoco importa.
—¿Fue Gabriel?
—Responde.
Daniel tardó varios segundos.
—Fui a verlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿A qué hora?
—Cerca de las once.
—¿Y cuánto tiempo estuviste ahí?
—Una hora.
—¿De qué hablaron?
—De ti.
—¿De mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel suspiró.
—Mi papá estaba enfermo. Había empezado a decir cosas extrañas.
—¿Qué cosas?
—Decía que había cometido errores.
—¿Qué errores?
—No quiso explicarme.
—¿Y tú le creíste?
—No sabía qué pensar.
—¿Discutieron?
Silencio.
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—¿Lo dejaste vivo?
Daniel dejó de respirar por un instante.
—Sí.
—¿Seguro?
—Mariana, sí.
—Entonces ¿por qué no me dijiste que habías estado ahí?
—Porque después murió.
—Precisamente por eso.
—La policía me interrogó.
—¿Y qué les dijiste?
—La verdad.
—¿Toda?
No respondió.
—Daniel.
—Casi toda.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué omitiste?
—Que mi papá te conocía desde mucho antes de que yo te conociera.
Me quedé inmóvil.
—Eso ya lo sé.
—No sabes todo.
—Entonces cuéntamelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si te lo cuento, vas a entender por qué él hizo todo esto.
—¿Todo qué?
Daniel colgó.
Lo llamé.
No contestó.
Volví a llamar.
Nada.
Entonces llegó un mensaje.
No de Daniel.
Del número desconocido.
*“No busques la respuesta en Daniel. Búscala en la casa de Roberto.””*
Debajo apareció una dirección.
La conocía.
Había estado ahí cientos de veces.
La casa donde mi suegro había vivido durante décadas.
La casa que Daniel había vendido después de su muerte.
Me quedé mirando el mensaje.
Julián leyó por encima de mi hombro.
—No vamos a ir solos.
—Necesito saber qué hay ahí.
—Podemos solicitar acceso legal.
—Puede tardar.
—Y puede ser peligroso ir sin autorización.
Tenía razón.
Pero antes de que pudiera responder, recibimos una llamada.
Era la persona que había comprado la casa.
Una mujer llamada Patricia.
—¿Señora Mariana?
—Sí.
—Encontré algo suyo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué cosa?
—Una caja.
—¿Dónde?
—En un compartimento detrás de un mueble.
—¿Qué tiene?
—Documentos.
—¿Puede describirlos?
—Hay fotografías. Cartas. Y algo que me preocupa.
—¿Qué?
Patricia bajó la voz.
—Una grabación.
Julián se inclinó.
—¿De qué tipo?
—Una grabación de voz.
Sentí un escalofrío.
—¿De quién?
—No estoy segura.
—¿Puede mandármela?
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien entró ayer a la casa.
Me quedé helada.
—¿Entraron a robar?
—No se llevaron nada.
—Entonces ¿qué hicieron?
Patricia tragó saliva.
—Buscaron la caja.
Julián y yo nos miramos.
—¿La encontraron?
—No.
—¿La tiene usted?
—Sí.
—No la abra.
—Ya la abrí.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué escuchó?
Patricia guardó silencio.
—Señora, dígame.
—Escuché a Roberto.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Qué decía?
Patricia respiró profundamente.
—Decía que había cometido un error con Noah.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Qué más?
—Decía que Daniel no sabía toda la verdad.
Julián tomó el teléfono.
—¿Hay alguna fecha en la grabación?
—Sí.
—¿Cuál?
Patricia respondió:
—Dos semanas antes de que Noah naciera.
Cerré los ojos.
La misma fecha.
La misma época.
La misma mentira.
Entonces Patricia agregó:
—Pero hay algo más.
—¿Qué?
—Al final de la grabación, Roberto menciona un nombre.
—¿Cuál?
Hubo una pausa.
—Mariana.
Sentí que se me detenía el corazón.
—¿Qué dice?
Patricia comenzó a llorar.
—Dice: “Si Mariana descubre que Noah es hijo de Gabriel, Evelyn va a perderlo todo.””
Me quedé paralizada.
Julián apretó la mandíbula.
—Necesitamos esa grabación.
—Se las daré.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—No —dije.
Patricia se quedó callada.
—Hoy.
—Señora, es tarde.
—Por favor.
Patricia aceptó.
Una hora después, nos encontramos en un estacionamiento.
Patricia llevaba una caja de cartón.
Me la entregó.
—No quiero problemas.
—No los tendrá.
La abrí.
Había documentos.
Fotografías.
Una memoria USB.
Y un sobre.
En el sobre había una frase escrita por Roberto:
*“Para Mariana, si algún día deja de creerle a Daniel.””*
Me temblaron las manos.
Abrí el sobre.
Dentro había una hoja.
Solo una.
*“El hombre que Daniel cree que es su padre no lo es.””*
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Julián tomó la hoja.
—No lo sé.
Entonces escuchamos un automóvil acelerar detrás de nosotros.
Patricia se asustó.
—¿Quién es?
Julián miró hacia la calle.
—No lo sé.
El automóvil pasó rápidamente.
No pude ver al conductor.
Pero cuando desapareció, algo cayó de una de las ventanas.
Un pequeño sobre blanco.
Julián lo recogió.
Había una frase escrita:
*“Roberto no era el único secreto de esa familia.””*
Abrí el sobre.
Dentro había una copia de un acta antigua.
Y un nombre.
*Eduardo Herrera.*
Debajo:
*“No es el hermano de Roberto.””*
Miré a Julián.
—Entonces ¿quién es?
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Él levantó lentamente la vista.
—Creo que eso es lo que tu suegro intentaba ocultar.