Chapter 2: David descubrió que el robo era peor de lo que imaginaba
David no gritó.
No lanzó las llaves contra la pared ni comenzó a insultar a su esposa. Simplemente miró a Patricia con una expresión tan fría que ella dejó de acomodarse el cabello.
—¿Tomaste veinticinco mil dólares del fondo de mi hijo? —preguntó.
Patricia levantó las manos.
—No lo digas como si hubiera cometido un crimen, David. Necesitábamos el dinero para algo importante.
—¿Importante para quién?
Vanessa se apresuró a intervenir.
—Papá, es un viaje que mis amigas y yo organizamos desde hace mucho tiempo. Ya pagamos varias cosas y no podemos perder las reservaciones.
David giró la cabeza hacia ella.
—No te pregunté por las reservaciones.
Vanessa cerró la boca.
Él volvió a mirar a Patricia.
—Te hice una pregunta. ¿Tomaste el dinero?
—Sí, pero puedo explicarlo.
—Entonces explica por qué creíste que tenías derecho a tocar una cuenta destinada a la educación de Marcus.
Patricia miró a su hijastro con evidente molestia.
—Porque es dinero de la familia. Además, Marcus todavía tiene tiempo para conseguir más. No entiendo por qué todos están actuando como si hubiera arruinado su vida.
David respiró profundamente.
—¿Tú sabes cuánto tiempo lleva trabajando ese muchacho para completar sus ahorros?
—David, por favor…
—Trabajó los fines de semana mientras sus amigos descansaban. Hizo reparaciones de computadoras para reunir dinero. Cada vez que recibía algo, guardaba una parte. Y tú acabas de quitarle veinticinco mil dólares porque tu hija quiere conocer playas y hoteles caros.
Patricia apretó la mandíbula.
—No iba a dejar que Vanessa se sintiera menos que sus amigas.
—¿Y pensaste que estaba bien hacer que Marcus se sintiera menos que un hijo?
Aquella pregunta la tomó desprevenida.
Por un momento, incluso Vanessa pareció incómoda.
Pero Patricia no tardó en recuperar su arrogancia.
—No exageres. Tú puedes reponer el dinero. Ganas muy bien y sabes que nunca les ha faltado nada a los muchachos.
David negó lentamente con la cabeza.
—Mi salario no convierte los ahorros de Marcus en tu cuenta personal.
Se acercó a su hijo.
—¿Cuándo descubriste que faltaba?
—Hace unos minutos. Fui a revisar la cuenta porque mañana tengo que entregar los documentos para terminar mi inscripción. El banco me notificó que había un retiro grande. Pensé que era un error.
David extendió la mano.
—Enséñame.
Marcus le entregó los comprobantes que había encontrado en su carpeta.
David revisó las fechas, las cantidades y los movimientos.
Su expresión se endureció cada vez más.
Había una transferencia de quince mil dólares a una cuenta que no reconocía y otros movimientos que, sumados, completaban los veinticinco mil.
—¿A qué cuenta enviaste el dinero? —preguntó a Patricia.
Ella miró los papeles.
—A una cuenta que uso para pagar los gastos de la casa.
—¿Una cuenta conjunta?
—No exactamente.
David levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
Patricia se cruzó de brazos.
—Es mi cuenta personal. La utilizo para organizar los pagos.
—¿Y el dinero del fondo de Marcus terminó ahí?
—Sí.
—¿Y después?
Patricia guardó silencio.
David dejó los papeles sobre la mesa.
—Te estoy preguntando qué hiciste después.
Vanessa dio un paso hacia su madre.
—Mamá, dile.
Patricia le lanzó una mirada de advertencia.
Aquello no pasó inadvertido para David.
—Vanessa, ¿tú sabes algo que yo deba saber?
—Yo solamente sé que mamá pagó el viaje.
—¿Con qué dinero?
La joven vaciló.
—Con el dinero que tenía.
—¿De dónde salió?
—Papá, ya te dije…
—¡Contéstame!
Vanessa se sobresaltó.
—¡Mamá me dijo que tú habías aprobado el gasto!
David se quedó mirando a su esposa.
Patricia palideció.
—Vanessa, no tenías que decir eso.
—¿Qué querías que dijera? —protestó la joven—. ¡Me dijiste que papá estaba de acuerdo!
David sintió que algo dentro de él se rompía.
No solo habían tomado el dinero de Marcus. También habían usado su nombre para justificarlo.
—¿Le dijiste a tu hija que yo había autorizado el retiro?
Patricia intentó acercarse a él.
—Cariño, estaba tratando de evitar una discusión. Sabía que, si te lo pedía, comenzarías a hacer preguntas y terminaríamos peleando.
—Claro que habría hecho preguntas. ¡Era dinero de mi hijo!
—Pero tú siempre le das prioridad a Marcus.
David la miró incrédulo.
—¿Esa es tu explicación? ¿Que protejo a mi hijo?
—Desde que nos casamos, todo gira alrededor de él. Su universidad, sus gastos, sus planes. Vanessa también necesita sentir que su padre se preocupa por ella.
David bajó la mirada un instante.
Vanessa era su hijastra desde que se había casado con Patricia seis años atrás. Siempre había procurado tratarla con cariño, ayudarla con sus estudios y hacerla sentir parte de la familia.
Nunca había querido que se sintiera excluida.
Pero tampoco había aceptado que sus necesidades estuvieran por encima de los derechos de Marcus.
—Vanessa tiene derecho a pedir ayuda —dijo—. Y yo tengo derecho a decidir si puedo dársela. Lo que no tiene derecho a hacer ninguno de ustedes es robarle a Marcus.
Patricia dio un paso atrás.
—No uses esa palabra.
—¿Cuál? ¿Robar?
—¡Soy tu esposa!
—Y él es mi hijo.
El silencio volvió a llenar la sala.
Marcus permanecía junto a la escalera, observando a su padre. No recordaba la última vez que lo había visto tan serio.
David sacó su teléfono.
—¿Qué haces? —preguntó Patricia.
—Voy a revisar las reservaciones.
—David, no te atrevas.
Él la miró directamente.
—¿No me atreva a qué? ¿A impedir que se siga gastando el dinero de mi hijo?
Patricia trató de arrebatarle el teléfono, pero David apartó la mano.
Abrió los mensajes que ella había dejado visibles sobre la mesa y encontró el correo de confirmación del viaje.
Los boletos estaban comprados.
Había habitaciones reservadas en un hotel de lujo, excursiones privadas y una serie de actividades que costaban más que las vacaciones anuales de muchas familias.
David leyó la cantidad total.
Veinticinco mil dólares.
No era una cifra aproximada ni una interpretación de Marcus.
Era el costo exacto del viaje.
—¿Todo esto? —preguntó David—. ¿Gastaste todo eso sin consultarme?
Patricia levantó la barbilla.
—Mi hija se merece unas vacaciones bonitas.
—Entonces debiste pagarlas con tu propio dinero.
—No tenía suficiente.
—Eso no te daba permiso para quitarle el dinero a Marcus.
David comenzó a llamar a la agencia de viajes.
Patricia se acercó de inmediato.
—Espera. Podemos hablarlo.
—Ya hablamos.
—Si cancelas ahora, perderemos parte del dinero.
—Prefiero enfrentar una penalización que permitir que sigan gastando un solo dólar más.
Vanessa se puso pálida.
—¡Papá, no puedes hacerme esto! ¡Mis amigas ya saben que voy!
David sostuvo el teléfono contra la oreja mientras esperaba que contestaran.
—Si quieres viajar, ahorra y págalo tú misma. No vas a financiar tus vacaciones con el futuro de tu hermano.
Patricia se interpuso entre él y la puerta.
—Si cancelas ese viaje, no te lo voy a perdonar.
David la miró sin pestañear.
—Y yo no sé cómo esperas que te perdone por haber traicionado la confianza de mi hijo.
Finalmente, un representante contestó.
David confirmó los datos de la reservación y pidió que detuvieran cualquier cargo pendiente.
Después solicitó que le enviaran por escrito las condiciones de cancelación y el desglose de los pagos.
Patricia se dejó caer en el sofá.
Vanessa comenzó a llorar de rabia.
Pero David no había terminado.
Abrió la aplicación del banco y revisó la cuenta universitaria desde su propio teléfono.
Quería saber si había alguna posibilidad de recuperar el dinero antes de que Marcus tuviera que pagar su inscripción.
Entonces vio algo que lo hizo detenerse.
El retiro principal no había sido la única operación.
Había una transferencia anterior, realizada tres semanas antes, por cinco mil dólares.
David acercó la pantalla a sus ojos.
—Marcus, ¿tú autorizaste esta transferencia?
Su hijo negó con la cabeza.
—No. Nunca he retirado dinero de esa cuenta.
David revisó la fecha.
Tres semanas antes, Marcus había estado en un campamento de orientación universitaria, lejos de casa.
Luego abrió el detalle de la operación.
El dinero también había terminado en la cuenta personal de Patricia.
—¿Y estos cinco mil dólares? —preguntó David, girando lentamente hacia su esposa.
Patricia se quedó inmóvil.
—Eso fue diferente.
David sintió que la rabia le subía por el pecho.
—¿Diferente cómo?
Ella no contestó.
Y entonces Marcus recordó algo que no había mencionado.
—Papá, hace un mes te escuché hablar con mamá sobre el fondo. Ella dijo que necesitaba revisar unos documentos porque había un problema con los intereses.
David levantó la cabeza.
—¿Qué documentos?
—No lo sé. Estaba hablando por teléfono. Pero dijo que tú ya le habías dado permiso para administrar la cuenta.
David miró a Patricia.
Su esposa había afirmado que tomó el dinero para pagar un viaje.
Ahora existía una transferencia anterior, realizada semanas antes, y una historia sobre documentos que él jamás había autorizado.
David comprendió que el problema podía ser mucho más grave de lo que imaginaba.
—Patricia —dijo despacio—, ¿desde cuándo estás sacando dinero de esa cuenta?
Ella abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de David vibró.
Era una notificación del banco.
Habían detectado un intento de transferencia adicional que todavía no se había completado.
David leyó la cantidad.
Diez mil dólares.
El destinatario era otra cuenta personal de Patricia.
Levantó los ojos.
—¿También ibas a llevarte otros diez mil?
Patricia no dijo una sola palabra.
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Y por primera vez, Vanessa dejó de llorar.
Porque acababan de descubrir que las vacaciones no eran toda la historia.
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