Chapter 5: La amenaza contra mis hijas
Cuando la directora de la escuela me llamó, entendí que mi madre estaba dispuesta a cruzar una línea que jamás había imaginado.
—Señor Walker, necesito hablar con usted cuanto antes.
—¿Pasó algo con Emma o Riley?
—No con ellas directamente.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces ¿qué pasó?
La directora hizo una pausa.
—Su madre vino nuevamente.
Apreté la mandíbula.
—¿Elaine?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Afirmó que existe una disputa familiar por la propiedad donde viven ustedes.
Miré a Paige.
—¿Y eso qué tiene que ver con la escuela?
—Dijo que podría haber cambios importantes en la situación económica de su familia.
—¿Perdón?
—También mencionó que quizá sus hijas no continuarían inscritas aquí.
Sentí que me ardía la cara.
—Eso es mentira.
—Eso le dije.
La directora habló con firmeza.
—Pero necesito saber si existe algún problema real que pueda afectar la matrícula.
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Entonces voy a dejar constancia de que la información proporcionada por su madre no corresponde con lo que usted nos ha comunicado.
Respiré.
—Gracias.
Colgué.
Paige me miró.
—Ya no se trata de dinero.
—No.
—Se trata de castigarte.
Asentí.
—Y de asustar a las niñas.
Esa misma tarde fui por Emma y Riley.
Las encontré esperando frente a la escuela.
Riley corrió hacia mí.
—¡Papá!
La abracé.
Emma se acercó más despacio.
—¿Es cierto que nos vamos a cambiar de escuela?
Me agaché.
—No.
—Grandma dijo que quizá.
—Grandma no decide eso.
Emma me miró.
—¿Estás peleando con ella?
Respiré.
—Estoy intentando arreglar un problema entre adultos.
—¿Por dinero?
La pregunta me dolió.
—Por cosas que tu abuelo dejó.
Emma bajó la mirada.
—¿Grandma se quedó con ellas?
No quise mentir.
—Hay algunas cosas que tenemos que aclarar.
Riley tomó mi mano.
—¿Entonces todavía somos familia?
Me quedé inmóvil.
La abracé.
—Siempre.
Paige llegó unos minutos después.
Fuimos a casa.
Esa noche, después de que las niñas se durmieron, Melissa me llamó.
—Connor.
—¿Qué pasó?
—Hablé con Daniel.
—¿Y?
—No le gustó que preguntara.
—¿Qué dijo?
—Que los veinte mil fueron un préstamo de mi mamá.
—¿Y los cincuenta mil?
Silencio.
—Melissa.
—Dijo que no sabe nada.
—¿Le creíste?
—No.
Me recargué en la silla.
—¿Por qué?
—Porque cuando mencioné la transferencia, cambió de tema.
—¿Qué más?
—Le pregunté si había visto la caja azul.
Silencio.
—¿Y?
—Se puso nervioso.
Mi corazón dio un salto.
—¿Daniel sabe dónde está?
—Creo que sí.
—¿Dónde?
—Me dijo que la última vez que la vio estaba en la oficina de mamá.
—Entonces tenemos que encontrarla.
—Connor, hay otra cosa.
—Dime.
—Daniel me preguntó si tú ya habías visto la firma.
—¿Qué firma?
—La de la transferencia.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué le respondiste?
—Que sí.
—¿Y qué dijo?
—Se quedó callado.
—¿Melissa?
—Sí.
—¿Qué?
—Después me preguntó si el abogado ya había hablado de una auditoría.
No dije nada.
Ella tampoco.
—¿Entiendes lo que significa? —preguntó.
—Que está preocupado.
—Exacto.
Al día siguiente, mi abogado consiguió información adicional.
La cuenta de inversión había sido abierta poco después de la muerte de mi padre.
El beneficiario final no era Daniel.
Era una compañía controlada por él.
Pero había un detalle todavía más extraño.
La cuenta había sido cerrada apenas tres semanas antes.
—¿Dónde fue el dinero? —pregunté.
El abogado me mostró un documento.
—Una cuenta en otro banco.
—¿A nombre de quién?
—Su madre.
Sentí que me hervía la sangre.
—Entonces ella movió el dinero.
—No podemos afirmarlo todavía.
—Pero la cuenta está a su nombre.
—Sí.
—¿Cuánto queda?
El abogado negó con la cabeza.
—Casi nada.
—¿Qué?
—La mayor parte fue retirada.
—¿Cuándo?
—Hace dos días.
Me quedé mirando el papel.
Dos días.
El mismo día que había ido a verla.
Mi madre sabía que yo estaba investigando.
Y había movido el dinero.
—¿Podemos detenerla?
—Si demostramos que esos fondos pertenecían al fideicomiso, sí podemos solicitar medidas legales.
—Entonces hagámoslo.
El abogado asintió.
—Pero necesito una prueba adicional.
—¿Cuál?
—La carta original de su padre.
Miré a Melissa.
—La caja azul.
Esa noche regresé a la casa de mi madre.
No iba a entrar por la fuerza.
Iba a pedirle que entregara los documentos.
Toqué.
Elaine abrió.
Al verme, no pareció sorprendida.
—Sabía que volverías.
—Quiero la caja azul.
Su expresión cambió.
Solo un poco.
Pero la vi.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
—Connor...
—Quiero los documentos de papá.
—No tienes derecho a entrar aquí.
—Entonces entrégamelos tú.
Ella cerró la puerta parcialmente.
—No hay nada.
—Mamá.
—¡Ya te dije que no hay nada!
La miré fijamente.
—Entonces no tendrás problema en mostrarme el cuarto.
Silencio.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no confío en ti.
—Yo tampoco confío en ti.
Su rostro se endureció.
—Te estás convirtiendo en tu padre.
—Ojalá.
Aquella frase pareció golpearla.
—Tu padre destruyó esta familia con su obsesión por controlar todo.
—No.
Negué con la cabeza.
—Tú destruiste esta familia cuando decidiste que Melissa merecía todo y yo merecía silencio.
Elaine levantó la voz.
—¡Yo mantuve a esta familia unida!
—No.
—¡Todo lo hice por ustedes!
—Entonces ¿por qué escondiste la carta?
Ella se quedó quieta.
—Porque sabía lo que iba a decir.
—¿Qué decía?
No respondió.
—Dímelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no estás listo.
Me acerqué.
—Ya estoy listo.
Elaine me miró.
—Tu padre quería dejarte más de lo que crees.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Cuánto?
Ella negó con la cabeza.
—No importa.
—Para mí sí.
—No se trata del dinero.
—Entonces dime de qué se trata.
Elaine comenzó a llorar.
—Tu padre descubrió algo.
—¿Qué?
—Algo sobre Melissa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué descubrió?
—Que ella había...
Se detuvo.
—¿Había qué?
La puerta de la entrada se abrió.
Era Daniel.
Su rostro cambió al verme.
—¿Qué haces aquí?
Lo miré.
—Buscando respuestas.
Daniel se quedó junto a Elaine.
—No tienes nada que buscar aquí.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Es mi suegra.
—Claro.
Mi madre intervino.
—Connor, vete.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Ya escuchaste.
No retrocedí.
—Quiero la caja azul.
Daniel palideció.
No fue una reacción voluntaria.
Fue instantánea.
Y en ese momento supe que estaba cerca.
—¿Qué caja? —preguntó.
—La que ustedes dos conocen.
Daniel miró a Elaine.
Ella cerró los ojos.
—Vete, Connor.
—No.
Daniel apretó los dientes.
—No hagas esto más difícil.
—¿Qué es “esto”?
Silencio.
—¿Qué hay en la caja?
Nadie respondió.
Entonces escuché un sonido detrás de nosotros.
Melissa.
Había llegado.
Miró a Daniel.
—¿Dónde está?
Daniel se quedó pálido.
—¿De qué hablas?
—La caja.
Melissa avanzó.
—Sé que existe.
Elaine la miró con furia.
—Te dije que no hablaras.
Melissa respiró profundamente.
—Ya no puedes seguir amenazándome.
—¡Yo no te he amenazado!
—Sí.
Melissa levantó la voz.
—Durante cuatro años.
Daniel miró hacia la puerta.
—Esto es una locura.
Melissa lo señaló.
—Tú sabes dónde está.
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—Mírame y dilo.
Él la miró.
No pudo.
Melissa comenzó a llorar.
—Dime que no sabes dónde está.
Daniel bajó la mirada.
Y eso fue suficiente.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Daniel...
Él cerró los ojos.
—Está en la oficina.
Mi corazón se detuvo.
—¿Dónde exactamente?
Daniel no respondió.
Melissa dio un paso.
—¿En el cajón de abajo?
Daniel asintió lentamente.
La caja estaba ahí.
A menos de diez metros de nosotros.
Mi madre comenzó a caminar hacia la oficina.
—Nadie va a tocarla.
La seguí con la mirada.
—¿Por qué?
Ella se detuvo.
—Porque si abres esa caja, Connor, vas a descubrir cosas que no podrás olvidar.
Me quedé quieto.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Pero antes de que pudiera avanzar, Daniel recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Quién es? —preguntó Melissa.
Daniel no respondió.
Guardó el teléfono.
Entonces mi madre dijo algo que nos dejó a todos helados.
—Ya saben.
La miré.
—¿Quiénes?
Elaine apretó los labios.
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—Las personas que tu padre estaba tratando de detener.
Y en ese momento, las luces de la casa se apagaron.