Chapter 4: El nombre en la transferencia
El nombre que aparecía en el documento era el último que esperaba ver.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono sin poder reaccionar.
—¿Quién es? —preguntó Melissa.
No contesté.
Paige se había quedado en silencio al otro lado de la línea.
—Connor, ¿qué pasa?
Leí nuevamente el mensaje del abogado.
*“El nombre del destinatario lo va a sorprender.””*
Guardé el teléfono.
—Tengo que irme.
Melissa dio un paso hacia mí.
—¿A dónde?
—Con el abogado.
Elaine se levantó.
—No necesitas hacer eso.
La miré.
—Sí necesito.
—Connor, esto se está saliendo de control.
—No.
Tomé mi chamarra.
—Lo que se está saliendo de control es todo lo que ustedes escondieron.
Melissa bajó la mirada.
—Voy contigo.
Me detuve.
—¿Qué?
—Voy contigo.
Elaine palideció.
—Melissa, tú te vas a quedar aquí.
Mi hermana negó con la cabeza.
—Ya no.
Fue la primera vez que la vi desafiar a nuestra madre sin miedo.
—He pasado cuatro años haciendo lo que me pedías —continuó—. Ya no puedo seguir.
Elaine apretó la mandíbula.
—Después de todo lo que hice por ti...
—Precisamente por eso.
Melissa tomó su bolsa.
—No quiero que mis hijas crezcan pensando que está bien recibir algo que pertenece a otra persona.
Aquella frase me sorprendió.
Quizá mi hermana no era la mujer que yo había imaginado.
Quizá había sido cobarde.
Pero no necesariamente cruel.
Salimos juntos.
Durante el camino, ninguno habló.
Al llegar al despacho, el abogado nos recibió inmediatamente.
Sobre su escritorio había una carpeta gruesa.
—Señor Walker.
—¿Quién recibió el dinero?
El abogado miró a Melissa.
—¿Ella es su hermana?
—Sí.
—Entonces creo que debería quedarse.
Melissa se sentó.
El abogado abrió la carpeta.
—Revisamos la documentación disponible de la cuenta de su padre. La transferencia que faltaba corresponde a cincuenta mil dólares.
—¿Cincuenta mil?
—Exactamente.
Señaló una hoja.
—El dinero salió de una cuenta de su padre seis semanas antes de su fallecimiento.
Me incliné hacia adelante.
—¿A dónde fue?
El abogado deslizó el documento hacia mí.
Vi el nombre.
Se me helaron las manos.
—No...
Paige, que había llegado unos minutos después, se acercó.
—¿Qué pasa?
Le mostré la hoja.
Ella la leyó.
Su rostro cambió.
El destinatario era una cuenta que pertenecía a *Connor Walker*.
Mi propia cuenta.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Eso no puede ser.
El abogado asintió.
—Eso pensé.
—Yo nunca recibí cincuenta mil dólares.
—La cuenta está a su nombre, pero...
Hizo una pausa.
—La transferencia fue realizada mediante una autorización electrónica.
—¿Quién tenía acceso?
—Eso es precisamente lo que estamos investigando.
Miré a Melissa.
—¿Tú sabías de esto?
Ella negó inmediatamente.
—No.
El abogado continuó.
—Hay algo más.
Sacó otro documento.
—El dinero entró en su cuenta un martes y salió dos días después.
—¿A dónde?
Me mostró la siguiente hoja.
La cantidad había sido enviada a una cuenta de inversión.
—¿Quién la abrió?
—No usted.
—Entonces ¿quién?
El abogado señaló una dirección.
Era la dirección de la antigua casa de mis padres.
Sentí un escalofrío.
—Mi mamá.
—Eso parece.
Me quedé callado.
La explicación empezaba a tomar forma.
Alguien había movido dinero utilizando mi nombre.
Pero necesitábamos pruebas.
—¿Podemos demostrar quién hizo la transferencia?
—No todavía.
—Entonces averígüelo.
El abogado asintió.
Melissa permaneció mirando los papeles.
—Connor...
—¿Qué?
—Hay algo que debes saber.
Su voz era apenas un susurro.
—Antes de que papá muriera, me pidió que te cuidara.
La miré.
—¿Qué?
—Me dijo que tú siempre habías sido demasiado confiado.
Solté una risa amarga.
—No parece que lo hayas hecho muy bien.
Ella bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque mamá me dijo que papá estaba confundido.
—Y le creíste.
—Sí.
Melissa comenzó a llorar.
—Después de su muerte, mamá me dijo que si hablaba, perdería la casa y mis hijas tendrían que irse de la escuela.
Me quedé mirándola.
—¿Te amenazó?
—No directamente.
—¿Entonces?
—Me hizo entender lo que podía pasar.
El abogado intervino.
—Eso puede ser relevante.
Melissa asintió.
—Sé que está mal.
—¿Cuánto dinero recibiste realmente? —pregunté.
Ella cerró los ojos.
—Ciento veinte mil.
—¿Todo sigue contigo?
—No.
—¿Cuánto queda?
—Nada.
Sentí que algo dentro de mí volvía a endurecerse.
—¿En qué lo gastaste?
—En la casa. Las colegiaturas. Una operación de Daniel. Deudas.
—¿Y la empresa de Daniel?
Melissa miró al suelo.
—Mamá dijo que era temporal.
—¿Te dijo que había usado dinero de papá?
—Me dijo que era dinero para mí.
El abogado anotó algo.
—¿Daniel sabía de dónde venía?
Melissa dudó.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Mamá habló con él.
Me levanté.
—Tengo que hablar con Daniel.
El abogado negó con la cabeza.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque si él sabe que estamos investigando, podría intentar justificar o mover cualquier activo relacionado.
Volví a sentarme.
El abogado abrió otra carpeta.
—Hay algo que puede ayudarnos.
Sacó una copia de la carta de mi padre.
—La fotografía que tiene su hermana no muestra todo el documento.
Melissa sacó su teléfono.
—Solo pude fotografiar esa parte.
—Su madre todavía tiene el original.
Yo asentí.
—Lo sé.
El abogado señaló una frase visible en la fotografía.
—Aquí su padre menciona una caja.
Fruncí el ceño.
—¿Una caja?
—Sí.
Leí.
*“Los documentos originales están en la caja azul que Connor conoce.””*
Me quedé inmóvil.
—Sé cuál es.
Melissa levantó la mirada.
—¿Dónde?
—En la casa de mamá.
Cuando era niño, mi padre tenía una caja metálica azul donde guardaba fotografías, documentos y cartas.
Después de su muerte, mi madre había dicho que la había tirado porque estaba oxidada.
—¿Todavía existe?
—No lo sé.
El abogado se puso de pie.
—No entren a la propiedad sin autorización.
—Es la casa de mi infancia.
—Y actualmente está bajo control de su madre.
Asentí.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Emma.
*“Papá, Grandma vino a la escuela.””*
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Le pedí a Emma que me llamara.
Su voz apareció unos segundos después.
—Papá...
—¿Qué pasó, hija?
—Grandma habló con mi maestra.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué dijo?
Emma guardó silencio.
—Dijo que quizá nos vamos a mudar.
Me levanté.
—¿Qué?
—Y dijo que tú estabas enojado con ella por dinero.
Paige se puso de pie.
—¿Elaine hizo eso?
Emma continuó:
—También dijo que tú estás pasando por un momento difícil.
Apreté el teléfono.
Mi madre no solo estaba escondiendo dinero.
Estaba intentando controlar la historia.
—Emma, escucha a papá. Tú no hiciste nada malo.
—¿Estamos en problemas?
—No, mi amor.
—¿Entonces por qué Grandma dijo esas cosas?
Miré a Paige.
—Porque a veces los adultos dicen cosas que no deberían decir.
—¿Vas a dejar que nos quite la casa?
La pregunta me dejó sin aire.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Después de despedirme, guardé el teléfono.
El abogado me observaba.
—Si su madre está hablando con la escuela, esto puede convertirse en algo más complicado.
—No voy a permitir que meta a mis hijas en esto.
Melissa se levantó.
—Yo tampoco.
La miré.
—¿Qué vas a hacer?
Ella respiró profundamente.
—Voy a hablar con Daniel.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para saber si él sabe quién hizo esa transferencia.
El abogado intervino.
—Hágalo con cuidado.
Melissa asintió.
Antes de salir, se detuvo.
—Connor.
—¿Sí?
—Creo que sé dónde está la caja azul.
La miré.
—¿Dónde?
—En el cuarto de mamá.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Cómo lo sabes?
Melissa bajó la voz.
—Porque hace dos meses vi a mamá sacar algo de ahí.
—¿Qué cosa?
—Una caja metálica azul.
No dijimos nada más.
Cuatro años después de la muerte de mi padre, finalmente había una pista concreta.
Y si la caja seguía en esa casa, quizá dentro estaba la única evidencia capaz de demostrar quién había estado mintiendo desde el principio.
Pero mientras nosotros buscábamos respuestas, Elaine ya estaba haciendo su siguiente movimiento.
Porque esa misma tarde llamó a la escuela de mis hijas otra vez.
May you like
Y esta vez no fue para hablar de mí.
Fue para decirles que quizá Emma y Riley tendrían que dejar de estudiar ahí.