Chapter 6: La niña desapareció mientras Brooke fingía estar arrepentida
Corrí hacia el automóvil antes de terminar de leer el mensaje.
Andrés me siguió, llamando al hospital para exigir que activaran sus protocolos de seguridad y que nadie abandonara el edificio sin ser identificado.
Los agentes que nos acompañaban hicieron lo mismo.
Durante el trayecto no dejé de mirar el celular.
Había una segunda notificación.
La trabajadora social había confirmado que Ava no estaba en el área infantil. Una enfermera recordaba haber visto a una mujer con ropa blanca hablando con la niña cerca de un pasillo lateral.
La descripción coincidía con la que Ava había dado.
—Dime que ya avisaron a la policía —le dije a Andrés.
—Sí. El hospital está revisando las cámaras y los accesos. No salgas corriendo a buscar a nadie sin apoyo.
Apreté los dientes.
—Esa niña confió en mí.
—Entonces tienes que mantener la cabeza fría para poder ayudarla.
La última frase me obligó a guardar silencio.
No podía permitir que el miedo me empujara a cometer un error que empeorara las cosas.
Cuando llegamos al hospital, varios empleados estaban reunidos frente al mostrador de recepción. Dos agentes hablaban con el personal de seguridad y una enfermera atendía a Grace, que se encontraba fuera de la habitación, pálida y temblorosa.
Al verme, se acercó de inmediato.
—¿Dónde está mi hija?
No supe qué decir.
Grace me agarró del brazo.
—¡Daniel, te pregunté dónde está Ava!
—La están buscando. La policía ya está aquí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te dije que no dejaras que Brooke se acercara a ella.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
—No la dejé sola deliberadamente. La trabajadora social estaba con ella y el personal del hospital—
—¡Es mi hija!
Grace intentó avanzar por el pasillo, pero las piernas le fallaron. La enfermera la sostuvo antes de que cayera.
—Tienes que sentarte —le ordenó—. Tu estado no nos permite que corras por todo el hospital.
—¡No puedo sentarme mientras mi hija está con esa mujer!
La abracé con cuidado.
—Voy a traerla de vuelta.
Grace me golpeó el pecho con los puños, sin fuerza, consumida por el miedo.
—¡No me prometas nada que no sabes si puedes cumplir!
No la culpé.
La dejé llorar y esperé hasta que la enfermera consiguió que se sentara.
Un agente se acercó con una fotografía impresa.
—Señor Mercer, necesitamos que identifique a esta persona.
La imagen mostraba a una mujer con abrigo claro y el cabello recogido, caminando por uno de los pasillos.
No se le veía el rostro completo.
Pero reconocí el bolso.
Era el que Brooke había llevado a nuestra última cena familiar.
—Creo que es Brooke —respondí—. Necesitamos verificarlo con las cámaras de las entradas.
El agente asintió.
—¿Tiene algún motivo para pensar que ella se llevó a la niña?
Miré a Grace antes de contestar.
—La menor la identificó anteriormente como la mujer que la había amenazado. Además, recibimos mensajes vinculados con amenazas contra ambas. No puedo asegurar qué ocurrió hoy, pero creo que deben investigar esa posibilidad.
El agente anotó mi declaración.
Después se acercó a otro policía y le transmitió la información.
Andrés permaneció junto a mí.
—Voy a conseguir el archivo de audio y las fotografías de Teresa para entregarlos a los investigadores —dijo—. No podemos asumir que Brooke esté sola. Tenemos que entender quién más participa.
Asentí.
La grabación de la caja azul seguía reproduciéndose en mi cabeza.
Grace no va a regresar.
Si alguna vez vuelve, tú te ocuparás de que no llegue a verlo.
Entonces había creído que se referían a impedir que Grace entrara en mi vida.
Ahora comprendía que también podían estar hablando de Ava.
Una empleada del hospital se acercó apresuradamente.
—Señor Mercer, encontramos algo.
Nos condujo hasta una pequeña sala de monitoreo donde un técnico había localizado una grabación de una de las entradas de servicio.
El video mostraba a una mujer entrando con una tarjeta temporal. Llevaba un abrigo claro y caminaba con la seguridad de alguien que conocía el edificio.
Minutos después, aparecía Ava a su lado.
La niña no corría ni gritaba. Caminaba sujetando la mano de la mujer, aparentemente confundida.
—¿Está segura de que esta es la persona que se llevó a la menor? —preguntó el técnico.
La imagen no permitía distinguir el rostro, pero la tarjeta de acceso era visible.
El técnico amplió el registro.
El permiso había sido emitido a nombre de una empresa subcontratada por la compañía que mi propia familia había utilizado en varios eventos.
La misma empresa de la fotografía encontrada en la caja azul.
Sentí náuseas.
—¿Puede decirnos quién autorizó esa tarjeta? —pregunté.
El técnico negó.
—El sistema muestra una autorización externa. Necesitamos solicitar el registro completo al proveedor.
Los agentes copiaron los datos y registraron la información.
No era suficiente para localizar a Ava, pero ya tenían una ruta que investigar.
Grace permanecía junto a la puerta, mirando la pantalla.
Cuando vio a su hija alejarse con aquella mujer, soltó un gemido.
—Es ella.
La enfermera trató de acompañarla, pero Grace se apoyó en la pared.
—La reconoces con seguridad —preguntó el agente.
—Sí. Es la mujer que estuvo afuera de mi casa. La que me vigilaba. La misma que vi en el edificio la noche en que desaparecí.
Se volvió hacia mí.
—Daniel, tienes que encontrarla.
No podía prometer que lo conseguiría de inmediato. Pero tampoco iba a apartarme.
—Vamos a hacer todo lo posible.
El agente pidió que describiera cada encuentro. Después explicó que las autoridades trabajarían con el hospital para reconstruir la ruta de salida y verificar si había habido otros accesos.
Andrés me tomó aparte.
—Hay otra cosa que tienes que saber.
—Ahora no, Andrés.
—Es importante.
Me mostró un mensaje que acababa de recibir de un contacto relacionado con la empresa de seguridad.
El jefe de operaciones había intentado abandonar la ciudad esa misma mañana.
No había confirmado su destino, pero el contacto había reconocido el vehículo de la fotografía entre los automóviles registrados en una terminal.
Los agentes recibieron la información y comenzaron a coordinar las comprobaciones necesarias.
—Si ese hombre participó en el traslado de Grace, puede saber dónde está Ava —dijo Andrés.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
—Las autoridades ya están trabajando en eso. No vamos a adelantarnos ni a poner a Grace en mayor peligro.
Volví junto a ella.
Estaba sentada en una silla, con las manos entrelazadas y los labios moviéndose en silencio. Parecía estar rezando.
Me senté a su lado.
—Grace…
—No me digas que todo va a estar bien.
Me quedé callado.
Ella levantó los ojos.
—¿Sabes qué es lo peor? Que Ava empezó a confiar en ti. Después de todo lo que vivimos, por primera vez creyó que alguien podía protegerla sin pedirle nada a cambio.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—No voy a abandonarla.
—Ya sé que no querías que esto pasara. Pero eso no cambia lo que está ocurriendo.
Tenía razón.
No podía pedirle que me perdonara por un error que todavía no entendía.
—Cuando la encontremos, no voy a exigir que confíes en mí —le dije—. Voy a demostrarte que puedes hacerlo.
Grace bajó la mirada.
—Primero trae a mi hija de regreso.
En ese momento, el celular de uno de los agentes comenzó a sonar.
Escuchó durante varios segundos y después se acercó a nosotros.
—Tenemos una posible pista.
Grace se levantó de golpe.
—¿Dónde está Ava?
—Una cámara de tránsito captó un vehículo que coincide con la descripción proporcionada por el personal de seguridad. Estamos verificando la matrícula y el recorrido.
—¿Quién conducía?
El agente miró sus notas.
—Todavía no podemos confirmarlo.
El teléfono de Grace vibró.
Era un número desconocido.
Ella se quedó paralizada al ver la pantalla.
—Es ella —susurró.
El agente le indicó que no contestara sin apoyo. Sin embargo, el teléfono dejó de sonar y apareció un mensaje.
Si quieres volver a ver a tu hija, dile a Daniel que deje de investigar el embarazo de Brooke.
Grace comenzó a temblar.
Le mostré la pantalla a los agentes para que registraran la amenaza.
Andrés se acercó.
—Esto confirma que están utilizando a Ava para intentar detener la investigación.
Respiré profundamente.
—No voy a detenerla.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció un video.
La duración era de apenas unos segundos.
Lo abrí bajo la supervisión del agente.
Ava estaba sentada en un automóvil, con los ojos llenos de lágrimas. Una mujer fuera de cámara le entregaba una botella de agua.
La niña miró directamente al teléfono.
—Mami, estoy bien —dijo, aunque su voz temblaba—. No te preocupes.
El video terminó.
Grace se cubrió la boca.
Apareció otro mensaje.
Daniel debe ir solo a la iglesia donde canceló su boda. Si llega acompañado, no volverán a ver a la niña.
El agente tomó el teléfono y fotografió la pantalla.
—No van a decidir las condiciones de nuestra respuesta —dijo—. Vamos a tratar esto como una amenaza contra una menor y a coordinar cada paso.
Yo miré a Grace.
—No voy a ir solo.
—No —respondió ella—. No quiero que te pase nada.
—Y yo no quiero que te pase nada a ti ni a Ava.
Andrés llamó a los investigadores para entregar el mensaje y el video. Después, la policía comenzó a valorar las opciones de respuesta y las medidas de protección necesarias.
Mientras esperábamos, revisé de nuevo la grabación del hospital.
Había un detalle que no había notado.
La mujer que se llevó a Ava había pasado frente a un espejo de seguridad. Durante una fracción de segundo se veía su rostro reflejado.
No era completamente nítido, pero reconocí una marca junto a la mandíbula.
Brooke tenía una pequeña cicatriz debajo de la oreja izquierda, producto de una caída que había sufrido años atrás. Yo mismo la había acompañado a una consulta después del accidente.
La mujer del video tenía una marca en el mismo lugar.
Le mostré la imagen al agente.
—Creo que es Brooke.
Él la examinó con atención.
—Vamos a solicitar una comparación más clara. No podemos identificarla de forma concluyente con esta imagen.
Comprendía la necesidad de actuar con cuidado.
Pero la coincidencia era demasiado fuerte.
Entonces me llegó una llamada de un número privado.
Contesté.
—¿Quién habla?
La voz de Brooke sonó al otro lado.
—¿Ya viste el video?
Apreté los dientes.
—¿Dónde está Ava?
—Está bien. No le he hecho nada.
—Dime dónde está.
—Primero quiero que dejes de hacer preguntas sobre mi embarazo.
Sentí que la rabia me subía por el pecho.
—Nunca estuviste embarazada, ¿verdad?
Brooke soltó una respiración lenta.
—Qué rápido cambian las cosas cuando una persona empieza a escuchar grabaciones que no entiende.
—¿Dónde está la niña?
—En un lugar seguro.
—No es tu hija.
Su tono cambió.
—Tampoco es tuya, Daniel. No sabes nada de esa niña. No sabes de qué hombre es hija, ni por qué Grace nunca te la presentó.
Me quedé inmóvil.
La frase tenía la intención de sembrar dudas, pero había algo más detrás de ella.
—No voy a discutir contigo por teléfono. Quiero hablar con Ava.
—Cuando estés dispuesto a escucharme.
—Brooke, si realmente no le has hecho daño, permite que la policía confirme que está a salvo.
Guardó silencio.
Después respondió:
—Si involucras a más personas, todo va a empeorar.
La llamada terminó.
Los agentes registraron la conversación y comenzaron a coordinar la búsqueda con la información que ya tenían.
Grace me miró con desesperación.
—¿Qué te dijo?
Le conté lo esencial sin repetir las provocaciones diseñadas para asustarla.
Ella negó con la cabeza.
—Está mintiendo. Ava es mi hija. Eso es lo único que importa.
—Lo sé.
—No. Necesito que me escuches, Daniel.
Me tomó de la mano.
—Ava no es una moneda de cambio. No importa quién sea su padre biológico ni lo que Brooke diga. Es una niña de cinco años que tiene miedo y necesita a su mamá.
Asentí.
—Tienes razón.
Pasaron varios minutos antes de que Andrés recibiera una actualización de los investigadores.
El vehículo que aparecía en la grabación había sido registrado a nombre de una sociedad vinculada con la empresa de seguridad. Sin embargo, la matrícula correspondía a un automóvil que había sido reportado como vendido varias semanas antes.
Alguien había cambiado los registros.
Mientras las autoridades seguían el rastro del vehículo, yo regresé al video enviado a Grace.
Lo vi otra vez.
Ava llevaba el mismo suéter que había usado en el hospital. La botella de agua tenía una etiqueta azul y, detrás de ella, se distinguía una ventana con una cortina verde.
Me acerqué a la pantalla.
Había algo familiar en aquella cortina.
No lograba ubicarlo, pero estaba seguro de haberla visto antes.
Abrí las fotografías de la casa de Teresa.
La misma cortina aparecía en una imagen tomada desde el comedor.
Sentí que el corazón se me detenía.
La mujer que se había llevado a Ava podía haber regresado a la casa de Teresa después de sacarla del hospital.
Le mostré las imágenes a los agentes.
La oficial las comparó y comunicó inmediatamente el hallazgo a los investigadores que estaban coordinando la búsqueda.
No sabíamos si Ava seguía allí ni si la persona que la retenía había utilizado la casa como punto de paso. Pero ahora existía una dirección concreta que verificar.
Andrés se inclinó hacia mí.
—Daniel, si esta pista se confirma, puede que encontremos algo más que a Ava.
Miré a Grace.
Ella tenía los ojos cerrados, las manos juntas y los labios temblando mientras repetía el nombre de su hija.
No pensé en Brooke, en la boda ni en los documentos.
Solo pensé en la niña que había dibujado una familia con tres figuras y que, horas después, había desaparecido de un hospital.
Entonces llegó otra notificación.
Era un mensaje de voz enviado desde el mismo número desconocido.
Lo reproduje con el permiso de los agentes.
Primero se escuchó una puerta cerrándose.
Después, la voz de Ava.
—Señora, ¿mi mamá sabe dónde estoy?
Una mujer respondió con impaciencia.
—Tu mamá está ocupada.
—Quiero regresar con ella.
Hubo un silencio.
Entonces la mujer pronunció unas palabras que hicieron que Grace se llevara ambas manos a la boca.
—Tu mamá te mintió sobre tu papá. Y cuando Daniel descubra quién eres en realidad, va a ser él quien te entregue.
El audio terminó con el sonido de una llave girando en una cerradura.
Nadie habló.
Yo miré a Grace, esperando que me explicara aquella frase.
Ella tenía el rostro completamente pálido.
—Daniel —susurró—, hay algo que nunca te conté sobre Ava.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Qué cosa?
Grace comenzó a llorar.
—Cuando nació, alguien me hizo firmar un documento. Me dijeron que, si alguna vez revelaba el nombre de su padre, pondría su vida en peligro.
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Hizo una pausa y me apretó los dedos con desesperación.
—Y la firma que aparece en ese documento… es la tuya.
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