Chapter 13: Mi hermano sobrevivió al accidente, y Brooke fue la última persona que lo vio con vida
—Grace, mírame a los ojos y dime exactamente cuándo viste a Mateo después del accidente.
Mi voz salió más débil de lo que esperaba.
Grace apretó la manta contra su pecho. Tenía las mejillas mojadas y el rostro de alguien que llevaba años ensayando una confesión que nunca se había atrevido a pronunciar.
—Fue en una clínica privada, Daniel. Dos días después de que tu familia recibiera la noticia de su muerte.
Me llevé una mano a la boca.
—Eso es imposible. Mi padre identificó su cuerpo. Hubo un funeral. Vi el ataúd.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Grace miró a Ava, que permanecía dormida junto a ella. Esperó hasta asegurarse de que la niña no pudiera escucharla.
—Que Mateo sobrevivió al accidente. No sé cuánto tiempo estuvo consciente antes de que lo trasladaran, pero cuando yo lo vi, todavía podía hablar.
Sentí que las piernas me fallaban.
Tuve que sentarme.
Mi hermano había muerto seis años atrás. Yo había llorado frente a su ataúd, había cargado su fotografía durante semanas y había pasado meses despertando en mitad de la noche, convencido de que debía haberle llamado aquella tarde.
Y ahora Grace afirmaba que había sobrevivido.
—¿Por qué nadie nos lo dijo?
—Porque no querían que lo supieran.
—¿Quiénes?
Grace cerró los ojos.
—Brooke y el hombre que administraba el dinero del fideicomiso.
Arturo Beltrán.
El nombre apareció en mi mente como una puerta que se cerraba de golpe.
—¿Cómo llegó Mateo a esa clínica?
—No lo sé todo. Yo estaba embarazada y apenas tenía contacto con tu familia. Esa noche recibí una llamada de un número desconocido. Una persona me dijo que Mateo quería verme, que había algo importante que necesitaba contarme sobre Ava.
—¿Ya sabías que estabas embarazada?
Grace asintió.
—Mateo lo sabía. Estaba preocupado porque había descubierto movimientos extraños en el fideicomiso. Me había dicho que, si algo le ocurría, debía acudir al licenciado Esteban Robles. Era el único abogado en quien confiaba.
Me incliné hacia ella.
—¿Y fuiste a la clínica?
—Sí. Pensé que Mateo estaba fuera de peligro. No imaginaba que tu familia creyera que había muerto.
Las lágrimas volvieron a sus ojos.
—Cuando llegué, estaba acostado en una cama, conectado a varios aparatos. Tenía el rostro golpeado y apenas podía moverse. Pero me reconoció.
Grace hizo una pausa.
—Lo primero que me preguntó fue si Ava estaba bien.
Mi garganta se cerró.
Mi hermano, incluso en aquel estado, había pensado primero en su hija.
—¿Qué te dijo?
—Me pidió que la protegiera. Dijo que había descubierto que alguien estaba desviando el dinero destinado a ella. Había documentos que demostraban que el administrador del fideicomiso realizaba pagos a empresas que no prestaban ningún servicio real.
—¿Y Brooke?
Grace me miró.
—Llegó poco después.
Sentí un escalofrío.
—¿A la clínica?
—Sí. Entró como si tuviera autorización para estar allí. Habló con una enfermera y pidió que la dejaran a solas con Mateo.
Él cambió de expresión cuando la vio. Me pidió que saliera unos minutos.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pero antes de que me marchara, me sujetó de la mano y me dijo que no confiara en nadie que intentara convencerme de que él había muerto sin poder despedirse de mí.
Me quedé inmóvil.
—¿Y tú saliste?
Grace asintió, llorando.
—No quería dejarlo solo. Pero Brooke me dijo que tenía que irme si no quería perder a Ava. Me aseguró que sabía dónde vivíamos, que conocía nuestros horarios y que podía hacer que ambas desapareciéramos de un día para otro.
—¿La obedeciste?
—No inmediatamente. Esperé en el pasillo. Escuché a Mateo discutir con ella.
Él le exigía que devolviera el dinero. Le decía que ya tenía copias de los documentos y que iba a entregarlas a las autoridades.
Grace se estremeció al recordar.
—Después escuché que algo cayó al suelo. La puerta se abrió y Brooke salió con una carpeta amarilla. Me miró directamente y me dijo que, si alguna vez volvía a verte, sería responsable de lo que le ocurriera a mi hija.
Me levanté.
—¿Entraste de nuevo?
—Intenté hacerlo. Pero un hombre me detuvo. Dijo que Mateo necesitaba descansar y que el médico había prohibido las visitas.
—¿Quién era el hombre?
Grace negó con la cabeza.
—Nunca lo había visto. Llevaba un traje oscuro y una credencial de la empresa de seguridad que después apareció en las fotografías.
Me pasé ambas manos por el rostro.
—¿Y después?
—Regresé a casa. Dos días más tarde, me enteré de que Mateo había muerto. La noticia oficial decía que había fallecido a consecuencia del accidente. Nadie mencionó la clínica.
—¿Cómo supiste que seguía vivo cuando lo viste?
Grace me miró con tristeza.
—Porque estaba vivo cuando salí de aquella habitación. Y porque, al marcharme, me entregó una llave.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Una llave de qué?
—No lo supe hasta después. La guardé durante años.
Grace sacó de su bolso una pequeña bolsa de tela que había conservado entre sus pertenencias personales. Dentro había una llave metálica y una ficha con un número grabado.
Andrés, que había permanecido en silencio, se acercó a examinarla sin tocarla directamente.
—¿Conservaste esto todo este tiempo?
—Sí. Después de que me obligaron a desaparecer, tuve miedo de que encontraran la llave. Cuando nos trasladamos a otro lugar, la escondí dentro de una costura de mi bolso.
—¿Recuerdas si Mateo te explicó para qué servía?
Grace asintió.
—Me dijo que había dejado algo en una caja de seguridad. No alcanzó a decirme dónde estaba porque empezó a sentirse mal. Solo me pidió que se la entregara a Daniel si algún día él ya no podía hacerlo.
Me quedé mirando la llave.
Era la primera evidencia física que conectaba a Mateo con aquella clínica después del accidente.
—¿Por qué nunca me la entregaste?
Grace bajó los ojos.
—Porque nunca tuve la oportunidad de acercarme a ti sin que alguien me amenazara. Y después de que Ava desapareciera, solo pensaba en mantenerla a salvo.
No podía culparla.
Yo había pasado años creyendo una versión de los hechos que nunca me había molestado en cuestionar con suficiente cuidado.
—Vamos a entregársela a los investigadores —dije.
Andrés asintió.
—No intentaremos abrir ninguna caja por nuestra cuenta. Primero debemos establecer a quién pertenece y qué relación tiene con el caso.
La documentación fue entregada siguiendo el procedimiento correspondiente. Los investigadores verificaron el número de la ficha y localizaron una caja de seguridad registrada en una entidad bancaria a nombre de Mateo.
La apertura se realizó con autorización y quedó documentada.
Dentro había una carpeta, un teléfono antiguo y varios sobres sellados.
La primera hoja era una copia de un registro médico de la clínica privada.
El nombre de Mateo aparecía claramente.
La fecha de ingreso era posterior al momento en que nuestra familia había recibido la noticia de su muerte.
Sentí que el mundo se detenía.
No era un recuerdo confuso de Grace. No era una suposición. Era un registro que demostraba que mi hermano había sido ingresado en aquella clínica después de la fecha en que todos creíamos que había fallecido.
Andrés pidió a los investigadores que verificaran la autenticidad del documento y reconstruyeran el historial de traslado.
La carpeta contenía también copias de transferencias y un pequeño cuaderno escrito por Mateo.
En la primera página había una frase dirigida a mí.
Daniel, si alguna vez lees esto, quiero que sepas que intenté hacer lo correcto. No dejes que utilicen a mi hija para destruir lo que queda de nuestra familia.
Me cubrí el rostro.
Mi hermano había intentado advertirme.
Y yo no había tenido la oportunidad de escucharlo.
Continué leyendo.
Mateo describía los movimientos irregulares del fideicomiso, los pagos a empresas intermediarias y las presiones que había recibido para firmar documentos que no entendía completamente.
En varias páginas aparecía el nombre de Arturo Beltrán.
En otras, el de la empresa de seguridad.
Y, en una hoja fechada el día anterior al accidente, una anotación me hizo apretar los puños.
Brooke sabe que he descubierto los pagos. Dice que quiere ayudarme a resolverlo, pero no confío en ella. Si desaparezco, busca el registro de la clínica y pregunta quién autorizó mi traslado.
Andrés levantó la vista.
—Esto debe entregarse íntegramente a los investigadores. No sabemos todavía quién ordenó las irregularidades ni qué ocurrió dentro de la clínica, pero hay suficiente información para reabrir líneas de investigación que nunca se siguieron.
—¿Y la muerte de Mateo?
—Hay que reconstruirla. Que haya sobrevivido al accidente no significa que podamos concluir, sin más pruebas, cómo murió después. Necesitamos el expediente médico completo, el registro del traslado y los testimonios de quienes estuvieron con él.
Sentí una rabia que me costaba contener.
—Brooke fue la última persona que estuvo con él.
Grace asintió con lágrimas en los ojos.
—Fue la última que vi entrar a su habitación. No puedo asegurar qué ocurrió después, pero cuando salí, él seguía vivo.
El teléfono antiguo de Mateo fue entregado para su análisis.
Los especialistas lograron recuperar un archivo de audio almacenado en la memoria.
Era corto.
Primero se escuchaba la voz de Mateo, débil pero reconocible.
—Si algo me pasa, no dejen que Arturo controle el fideicomiso. Ava tiene derecho a ese dinero. Y Daniel no sabe nada de lo que están haciendo.
Después apareció otra voz.
La de Brooke.
—Deja de amenazarme con documentos. Ya nadie va a creer tu versión.
Mateo respondió con dificultad.
—No necesitas que me crean. Solo necesitas devolver lo que robaste.
Se escuchó una silla arrastrándose.
Después Brooke pronunció una frase que me heló la sangre.
—Entonces debiste haber muerto en el accidente.
El archivo terminó abruptamente.
Andrés pidió que se preservara la grabación y que los especialistas verificaran su autenticidad.
No demostraba por sí sola que Brooke hubiera causado la muerte de Mateo, pero confirmaba que había estado con él, que existía una disputa sobre el fideicomiso y que ella conocía documentos que podían comprometerla.
El resto tendría que demostrarlo la investigación.
En ese momento, uno de los agentes recibió una llamada.
Habían localizado a Mauricio Salcedo.
Estaba dispuesto a declarar.
Y su primera afirmación coincidía con el contenido de la grabación: Brooke había visitado la clínica el día en que Mateo murió oficialmente.
Pero no era lo único que sabía.
Mauricio aseguró que Arturo Beltrán había ordenado trasladar a Grace y ocultar su ubicación porque ella podía identificar a las personas que habían manipulado el expediente médico y el fideicomiso.
Cuando Andrés terminó de escuchar la actualización, me miró.
—Daniel, tenemos que encontrar a Brooke antes de que intente destruir los registros que todavía conserva.
Yo miré la fotografía de mi hermano.
—No —respondí—. Tenemos que hacer que la verdad salga a la luz. No importa dónde se esconda.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Si entregas la grabación a la policía, nunca sabrás qué pasó realmente con Mateo durante sus últimas horas.
Debajo aparecía una dirección.
La dirección del antiguo despacho de Arturo Beltrán.
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Y una última línea:
*«Ven solo, Daniel. Hay una parte de la historia que Grace nunca se atrevió a contarte».*