Calm

Chapter 5: La mujer que había protegido a Darren guardaba una prueba capaz de hundirlo

A las ocho y media de la mañana, Gloria llegó a la casa de su madre con los ojos hinchados y una carpeta de documentos que sostenía como si pesara más que su propio cuerpo.

Nadia la esperaba en la sala, junto a la licenciada Fernanda Ruiz.

No había café preparado. No había desayuno. Tampoco estaba puesta la mesa.

Gloria se detuvo al ver a la abogada.

—Pensé que hablaríamos tú y yo.

Nadia señaló el sillón vacío.

—Yo también pensé que mi esposo solo me era infiel con una persona. Las cosas cambian cuando aparecen documentos falsificados.

Gloria se sentó lentamente.

—No falsifiqué tu firma.

—Todavía no te he acusado de eso.

Su madre se estremeció.

Fernanda colocó una libreta sobre la mesa.

—Señora Gloria, necesitamos establecer qué sabe sobre la solicitud de modificación de titularidad, quién preparó los documentos y qué autorización se utilizó.

Gloria miró a Nadia.

—¿De verdad necesitas que una abogada me interrogue?

Nadia sintió que la paciencia se le agotaba.

—Necesito que alguien haga las preguntas que tú llevas meses evitando contestar.

Gloria bajó la mirada.

Durante varios segundos, solamente se escuchó el tic-tac del reloj que había pertenecido a Eleanor.

Finalmente, sacó un sobre de su bolso.

—Darren me pidió que lo ayudara con unos papeles.

Nadia no extendió la mano.

—¿Qué papeles?

—Dijo que eran para resolver una deuda de su negocio.

—¿Y qué tenía que ver mi casa?

—Me explicó que tú estabas pensando vender una parte del terreno.

—Eso es cierto. Estaba considerando una oferta. Nunca acepté vender.

Gloria asintió.

—Él me dijo que habías cambiado de opinión y que querías que yo te ayudara a organizar los documentos.

Nadia se quedó mirándola.

—¿Y decidiste creerle sin preguntarme?

—Dijo que no quería preocuparte.

—¿Otra vez esa frase?

Gloria comenzó a llorar.

—Sé que hice mal.

—¿Firmaste algo?

Su madre tardó en responder.

—Firmé una hoja.

Nadia sintió que el corazón se le aceleraba.

Fernanda intervino inmediatamente.

—¿Puede describirla?

—Era una autorización para recibir información sobre el trámite. Darren me dijo que, como yo vivía en la propiedad, necesitaba aparecer como contacto.

—¿Leyó el documento completo antes de firmarlo?

Gloria negó con la cabeza.

Fernanda anotó la respuesta.

—¿Conserva una copia?

Gloria abrió el sobre y sacó varias hojas.

—Esto es lo que me dio Darren.

La abogada revisó los documentos uno por uno.

Nadia observó el rostro de Fernanda. No quería adelantarse a conclusiones, pero conocía lo suficiente a su abogada para reconocer cuándo encontraba algo preocupante.

—Señora Gloria —dijo Fernanda—, esta hoja no es simplemente una autorización para recibir información. Aquí aparece una declaración en la que usted confirma haber presenciado la firma de la propietaria.

Gloria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Fernanda giró el documento para que pudiera leerlo.

—Su nombre figura como testigo.

Gloria comenzó a temblar.

—Yo nunca vi a Nadia firmar esto.

Nadia sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

—Entonces, ¿por qué aparece tu nombre?

—No lo sé.

Fernanda comparó las páginas.

—Necesitamos obtener el expediente completo y verificar la autenticidad de todas las firmas. No podemos afirmar todavía quién preparó cada documento, pero hay suficientes inconsistencias para solicitar que el trámite sea revisado antes de que avance.

Gloria se llevó una mano a la boca.

—Darren me dijo que todo estaba en orden.

Nadia la miró con tristeza.

—Mamá, ¿cuántas veces vas a creerle a un hombre que lleva meses mintiéndonos?

Gloria no contestó.

Entonces Nadia hizo la pregunta que había evitado desde la cena.

—¿Por qué estabas con él?

Su madre levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—No me refiero a los documentos. Me refiero a lo que hiciste con mi esposo.

Gloria apretó las manos sobre las rodillas.

—Yo me sentía sola.

Nadia sintió una punzada en el pecho.

—¿Y por eso decidiste acostarte con él?

—Darren empezó a visitarme cuando tú estabas ocupada. Me ayudaba con las compras, arreglaba cosas de la casa y me escuchaba cuando yo estaba triste.

—Podías haberme llamado.

—Tú siempre estabas trabajando.

—¡Porque estaba ayudándote a ti y a Kiara!

Gloria rompió a llorar.

Nadia respiró hondo para contener la rabia.

—No me debes una explicación sobre tu soledad. Me debes una explicación sobre tus decisiones.

Su madre permaneció callada durante un largo rato.

Finalmente, susurró:

—Al principio pensé que era una tontería. Algo que no volvería a pasar.

—¿Y después?

Gloria se secó las lágrimas.

—Después me dijo que se estaba enamorando de mí.

Nadia apartó la mirada.

No quería escuchar más detalles, pero necesitaba comprender cuánto tiempo llevaba su madre construyendo aquella relación.

—¿Cuándo empezó?

—Hace casi seis meses.

Nadia sintió que el mundo volvía a moverse bajo sus pies.

Seis meses.

La fecha coincidía con la época en que Darren comenzó a insistir en que Gloria necesitaba más apoyo económico y que tal vez sería conveniente revisar los documentos de la propiedad.

No había sido una coincidencia.

—¿Sabías lo de Kiara? —preguntó Nadia.

Gloria tardó en responder.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que me dijo que estaba embarazada.

—¿Y no te pareció importante advertirme que mi esposo estaba esperando un hijo con mi hermana?

—Tenía miedo de que me odiaras.

Nadia soltó una risa sin alegría.

—¿Y pensaste que ocultármelo sería una buena manera de evitarlo?

Gloria se cubrió el rostro.

Fernanda intervino con suavidad.

—Señora Gloria, necesitamos saber quién es Esteban Salgado.

La madre de Nadia levantó la cabeza.

—Es un conocido de Darren. Trabaja como gestor y lo ayudó a revisar unos documentos.

—¿Lo vio preparar la solicitud?

—Sí.

—¿Y qué hizo exactamente?

Gloria miró a Nadia antes de contestar.

—Darren llevó los papeles a la casa. Esteban los revisó y me dijo dónde debía firmar. Yo creí que estaba ayudando a resolver un asunto del negocio.

Fernanda anotó el nombre.

—¿Sabe dónde podemos localizarlo?

Gloria sacó una tarjeta de su bolso.

Nadia reconoció inmediatamente el nombre impreso.

Esteban Salgado.

Debajo figuraba la dirección de una oficina en el centro de la ciudad.

Fernanda guardó una copia de la tarjeta.

—Voy a solicitar que se conserve el expediente completo. También recomiendo que no vuelvan a firmar ni entregar documentos relacionados con la propiedad sin revisarlos previamente.

Gloria asintió.

Nadia no dijo nada.

Seguía pensando en el hecho de que su madre había prestado su nombre para un trámite que no comprendía y que, al mismo tiempo, había mantenido una relación con su esposo.

No sabía qué le dolía más: la traición deliberada o la facilidad con la que Gloria había aceptado convertirse en parte de una mentira.

Cuando Fernanda terminó la reunión, Gloria pidió hablar a solas con su hija.

Nadia negó con la cabeza.

—Puedes decirme lo que tengas que decir aquí.

Su madre se aferró al bolso.

—Hay algo que no te he contado sobre el bebé.

Nadia cerró los ojos.

—¿Qué más?

Gloria miró a Fernanda y después a Nadia.

—Darren me dijo que iba a responsabilizarse del niño, pero que necesitaba que yo mantuviera nuestra relación en secreto hasta que resolviera el problema de la casa.

Nadia sintió una oleada de repulsión.

—¿Y tú aceptaste?

—Sí.

—¿También aceptaste que siguiera viviendo conmigo mientras planeaba vender mi propiedad?

Gloria bajó la cabeza.

—Sí.

Nadia se levantó y caminó hasta la ventana.

No podía seguir sentada frente a su madre como si aquello fuera una discusión familiar que terminaría con un abrazo.

—Quiero que te vayas de la casa —dijo finalmente.

Gloria palideció.

—¿Qué?

—No voy a seguir manteniendo un hogar donde las personas que me traicionan pueden entrar y salir como si nada hubiera ocurrido. Mi abogada revisará tus derechos y los arreglos que correspondan. No voy a actuar ilegalmente ni a quitarte nada que te pertenezca, pero tampoco voy a permitir que uses mi generosidad para seguir lastimándome.

—Nadia, no tengo a dónde ir.

Por un instante, la hija volvió a sentir el impulso de resolverlo todo.

Recordó a su madre preparándole el desayuno cuando era niña, peinándola para ir a la escuela y esperándola despierta cuando regresaba tarde.

Pero aquellos recuerdos no podían borrar el presente.

—Tienes familia, tienes amistades y tienes tiempo para organizarte. No voy a dejarte desamparada, pero ya no voy a hacerme responsable de todas tus decisiones.

Gloria lloró en silencio.

—¿Algún día podrás perdonarme?

Nadia tardó en responder.

—No lo sé. El perdón no puede ser una obligación que me impongas para sentirte mejor.

Su madre se levantó y salió de la sala.

Cuando la puerta se cerró, Nadia se dejó caer en el sillón.

Fernanda le acercó un vaso de agua.

—Has hecho lo correcto al poner límites.

Nadia bebió un pequeño sorbo.

—No me siento mejor.

—No tienes que sentirte mejor hoy.

Aquella frase le permitió respirar.

Por primera vez, alguien no le estaba pidiendo que fuera fuerte para los demás.

Le estaba permitiendo estar herida.

Sin embargo, la calma duró poco.

A media tarde, Fernanda recibió una llamada del registro correspondiente. La solicitud relacionada con la propiedad había quedado sujeta a una revisión adicional debido a las inconsistencias detectadas.

También había aparecido un segundo documento.

No estaba firmado por Nadia.

Estaba firmado por una persona que aseguraba tener autorización para negociar en su nombre.

Cuando Fernanda le mostró la copia, Nadia sintió que los dedos se le entumecían.

El documento contenía una firma que no reconocía.

Y, en el espacio destinado a la persona que autorizaba la gestión, aparecía el nombre de su difunta abuela.

Eleanor Brooks.

Nadia levantó la mirada.

—Mi abuela murió hace tres años.

Fernanda asintió con gravedad.

—Por eso necesitamos averiguar quién presentó este documento y cuándo fue elaborado.

Nadia volvió a mirar la firma.

No podía asegurar quién la había imitado, pero sí sabía una cosa: su abuela jamás habría autorizado que alguien se apropiara de la casa que había trabajado toda su vida para conservar.

Y debajo de aquella firma había un sello que Nadia no había visto antes.

Un sello vinculado a una oficina distinta de la que había iniciado el primer trámite.

Dos documentos.

Dos irregularidades.

Y una propiedad que alguien parecía decidido a obtener a cualquier precio.

Nadia guardó silencio mientras Fernanda organizaba las copias.

Entonces recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Hablo con Nadia Brooks? —preguntó una voz masculina.

—Sí. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Esteban Salgado. Creo que su esposo le ha contado algunas cosas sobre mí.

Nadia apretó el teléfono.

—No me ha contado absolutamente nada.

Hubo una pausa.

—Entonces necesito verla cuanto antes. Hay algo que debe saber sobre Darren, sobre su madre y sobre la persona que realmente inició todo este asunto.

—¿Por qué debería confiar en usted?

La voz se volvió más grave.

—Porque yo conservé una copia del documento original. Y porque, si Darren descubre que voy a entregársela, intentará destruir la única prueba que todavía puede demostrar quién dio la orden.

La llamada se cortó.

Nadia se quedó mirando la pantalla.

Fernanda se puso de pie.

—¿Quién era?

—Esteban Salgado.

La abogada extendió la mano.

—Necesito hablar con él antes de que nos reunamos. Si tiene documentos originales, debemos verificar su procedencia y conservarlos correctamente.

Nadia asintió.

Pero cuando revisó los mensajes que habían llegado durante la llamada, encontró uno nuevo.

Era de Darren.

No te reúnas con Esteban. No sabes quién es realmente ese hombre.

Nadia leyó el mensaje una segunda vez.

Después miró a Fernanda.

—Mi esposo acaba de advertirme que no hable con el hombre que podría revelar la verdad.

La abogada guardó silencio.

Nadia sintió que una certeza incómoda comenzaba a tomar forma.

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Darren no estaba preocupado porque ella fuera a descubrir una mentira.

Estaba preocupado porque alguien más podía demostrarla.

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