Chapter 4: Darren llegó creyendo que todavía podía manipular a su esposa, pero Nadia ya tenía las pruebas en sus manos
Darren apenas había bajado del automóvil cuando Nadia abrió la puerta de la casa y le dejó claro que, por primera vez en siete años, él no iba a decidir cómo terminaría una conversación entre los dos.
—¿Qué hace Kiara aquí? —preguntó él, mirando la carpeta azul sobre la mesa.
Nadia se hizo a un lado.
—Entra y averígualo.
Darren observó el rostro de su esposa. Buscó lágrimas, desesperación, alguna señal de que todavía podía convencerla de que todo era un malentendido.
No encontró ninguna.
Entró despacio, cerró la puerta y se acomodó el cuello de la camisa.
—Nadia, me alegra que podamos hablar como adultos.
—Qué curioso. Anoche no parecías tan interesado en hablar como adulto cuando te pregunté por qué habías embarazado a mi hermana y a mi madre.
Kiara se cubrió la boca.
Marlene miró hacia el suelo.
Darren apretó la mandíbula.
—No tienes que repetirlo delante de todos.
—¿Por qué? ¿Te da vergüenza escuchar lo que hiciste o solamente te molesta que los demás lo sepan?
—No vine a pelear.
—Entonces siéntate.
Nadia señaló una silla frente a ella.
Darren obedeció, aunque la expresión de su rostro demostraba que detestaba recibir instrucciones dentro de una casa que consideraba suya por derecho matrimonial.
Ese detalle no pasó inadvertido para Nadia.
La casa pertenecía legalmente a ella. Su abuela se la había dejado mediante una escritura que Nadia guardaba en una caja de seguridad. Darren había vivido allí durante años, pero jamás había sido propietario.
Ahora entendía que él había confundido el privilegio de compartir su hogar con el derecho de apropiarse de él.
Nadia colocó frente a Darren una copia de la solicitud de modificación de titularidad.
—Explícame esto.
Él apenas miró la primera página.
—Ya te dije que no es lo que parece.
—Y yo ya te dije que estoy cansada de esa frase.
—Era una propuesta. Nada más.
—¿Una propuesta que incluye mi firma falsificada?
Darren levantó la cabeza.
Por un instante, su rostro perdió toda expresión.
Después se inclinó hacia delante.
—¿Quién te dijo que era falsa?
—La persona que sí conoce mi firma: yo.
—Nadia, no exageres. Yo estaba tratando de organizar nuestro futuro.
—¿Nuestro futuro? ¿También estabas organizando el futuro de Kiara cuando le prometiste una vida juntos?
Kiara comenzó a llorar otra vez.
Darren se volvió hacia ella.
—Tú dijiste que no ibas a enseñar esos mensajes.
—Me dijiste que Nadia ya había aceptado vender la casa —respondió Kiara—. Me dijiste que el dinero sería para nuestro bebé.
—Porque quería que tuvieras seguridad.
—¡Me dijiste que ya habías hablado con un comprador!
Nadia levantó una mano.
—Uno a la vez. Darren, ¿existe un comprador?
Él permaneció callado.
—¿Ya ofreciste mi propiedad?
—Solo hablé con una persona.
—¿Sin mi autorización?
—Quería conocer las opciones.
Nadia recogió el documento.
—A partir de ahora, cualquier conversación sobre mi propiedad será exclusivamente con mi abogada.
Darren se levantó de golpe.
—¡No puedes tratarme como si fuera un delincuente!
—Yo no te estoy tratando de ninguna manera. Estoy reaccionando a lo que hiciste.
—¡Soy tu esposo!
—Y eso te daba la oportunidad de conocerme mejor, no de engañarme con mi hermana y mi madre.
Darren golpeó la mesa con la mano.
—¡Yo también he sacrificado cosas por esta familia!
El silencio que siguió fue absoluto.
Nadia lo miró con una mezcla de incredulidad y tristeza.
—¿Qué sacrificaste, Darren?
Él abrió la boca.
—¿Qué dejaste de hacer por mí? ¿Qué sueño abandonaste? ¿Qué noche te quedaste despierto porque yo estaba enferma? ¿Qué problema mío resolviste sin recordarme después que te debía algo?
Darren no contestó.
—Yo pagué las reparaciones de esta casa. Yo cubrí las deudas de mi mamá. Yo ayudé a Kiara cuando perdió su trabajo. Y cuando tú quisiste abrir tu negocio, utilicé mis ahorros para que pudieras comenzar.
Nadia hizo una pausa.
—¿Recuerdas esos treinta mil dólares que te presté?
Darren apartó la mirada.
Ella sí lo recordaba.
Había trabajado horas adicionales durante meses y utilizado parte de sus ahorros para ayudarlo a iniciar una pequeña empresa de distribución. Darren había prometido devolverle el dinero cuando el negocio comenzara a generar ganancias.
Hasta esa noche, Nadia había creído que el dinero seguía invertido en la empresa.
Ahora se preguntaba si también había financiado la vida secreta de su esposo.
—¿Dónde está ese dinero? —preguntó.
—En el negocio.
—Quiero ver los estados de cuenta.
—No puedes exigirme eso.
—Si utilizaste mis ahorros para algo que no autorizaste, sí voy a exigir una explicación.
Darren se puso pálido.
Fue un cambio pequeño, pero Nadia lo reconoció inmediatamente.
—¿Qué hiciste con el dinero?
Él se pasó las manos por el cabello.
—Tuve algunos problemas financieros.
—¿Qué problemas?
—La empresa no estaba funcionando tan bien como esperaba.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
Nadia sintió una presión dolorosa en el pecho.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no quería preocuparte.
—No. No querías que te hiciera preguntas.
Kiara bajó la cabeza.
Nadia se volvió hacia ella.
—¿Sabías que mi dinero estaba en problemas?
—No sabía cuánto —respondió Kiara—. Darren me dijo que estaba endeudado y que necesitaba vender la casa para resolverlo todo.
—¿Y aun así aceptaste que utilizara mi propiedad?
—Creí que tú estabas de acuerdo.
Nadia no respondió.
Estaba empezando a comprender que Darren había contado historias distintas a cada persona, adaptando la verdad a lo que cada una deseaba escuchar.
A Kiara le había prometido una nueva familia.
A Gloria le había ofrecido compañía.
A Nadia le había vendido la imagen de un matrimonio estable.
Y a todos les había hecho creer que el dinero resolvería lo que sus propias decisiones habían destruido.
Darren miró el reloj.
—Tenemos que calmarnos. Esto no se va a resolver en una tarde.
—Tienes razón —respondió Nadia—. Por eso mañana nos reuniremos con mi abogada.
—No voy a ir.
—No te estoy pidiendo que vayas. Te estoy informando.
Él soltó una risa amarga.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Echarme de la casa? ¿Destruir a tu propia familia por un error?
Nadia sintió que la frase le dolía, pero esta vez no permitió que la culpa la hiciera retroceder.
—La familia se destruyó cuando ustedes decidieron que yo era la única persona que no necesitaba saber la verdad.
Darren miró a Kiara.
—¿Estás contenta? ¿Esto querías conseguir?
Kiara se levantó.
—¡No me culpes de todo! Tú me dijiste que estabas enamorado de mí.
—¡Y tú me creíste porque querías creerme!
—¡Me prometiste que dejarías a Nadia!
—¡Y tú aceptaste esperar!
—¡Porque me dijiste que todo estaba arreglado!
Nadia observó la discusión sin intervenir.
Por fin estaban hablando entre ellos sin utilizarla como intermediaria.
Y cuanto más discutían, más evidente resultaba que su relación no se sostenía sobre el amor que ambos proclamaban, sino sobre promesas que ninguno podía demostrar.
Darren se volvió hacia Nadia.
—No tienes idea de lo que está pasando.
—Entonces explícamelo.
—No puedo hacerlo delante de ellas.
Nadia miró a su tía y a su hermana.
—Ellas pueden quedarse. Ya escucharon suficiente para saber que no eres la persona que les prometiste ser.
Darren apretó los puños.
—Necesito hablar contigo a solas.
—No.
—Nadia, por favor. Siete años merecen una conversación privada.
Ella sintió una punzada de nostalgia. Hubo un tiempo en que esas palabras habrían bastado para hacerla dudar.
Recordó las tardes en las que cocinaban juntos, los viajes cortos que hacían cuando podían ahorrar y las promesas de tener hijos cuando estuvieran mejor económicamente.
No todo había sido malo.
Precisamente por eso dolía tanto.
Pero los recuerdos felices no convertían la traición en un accidente.
—Tendremos una conversación —dijo—. Con mi abogada presente y con todos los documentos sobre la mesa.
Darren recogió su teléfono.
Antes de salir, se acercó a ella y habló en voz baja.
—No sabes lo que estás haciendo. Si sigues investigando, puedes perder mucho más que tu matrimonio.
Nadia lo miró directamente.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
—Entonces te voy a dar una advertencia también. No vuelvas a utilizar mi nombre, mi firma, mi dinero ni mi casa sin mi autorización.
Él abrió la puerta.
—Te vas a arrepentir.
Nadia no respondió.
Lo observó caminar hacia su automóvil y marcharse sin despedirse.
Cuando el vehículo desapareció al final de la calle, Kiara se dejó caer en una silla.
—Nunca lo había visto así.
Nadia cerró los ojos durante un segundo.
—Yo sí. Solo que nunca había querido reconocerlo.
Su teléfono vibró.
Era un correo de Fernanda Ruiz.
La abogada había conseguido información preliminar sobre el trámite de la propiedad. La solicitud todavía estaba pendiente de revisión, pero el expediente contenía una referencia a una autorización adicional.
Una autorización que no aparecía entre los documentos que Darren había mostrado.
Nadia leyó el mensaje dos veces.
—¿Qué pasa? —preguntó Marlene.
Nadia levantó la mirada.
—Mi abogada encontró otra autorización.
—¿Firmada por quién? —preguntó Kiara.
Nadia negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos.
En ese momento, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de su madre.
Hija, necesito verte. Hay algo que debí contarte antes de que todo esto ocurriera.
Nadia contempló las palabras.
Después respondió:
Ven mañana. Y no me mientas otra vez.
Gloria contestó casi inmediatamente.
No puedo ir sola. Hay alguien que necesita hablar contigo.
Nadia sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
¿Quién?
La respuesta tardó varios minutos.
Cuando finalmente llegó, Nadia tuvo que sentarse para leerla.
El hombre que me ayudó a preparar los documentos de la casa.
Y debajo apareció un nombre que Nadia no reconocía.
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Un nombre que, según el expediente, había firmado como testigo en la solicitud.
*Esteban Salgado.*
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