Chapter 4: El secreto que Alejandro se llevó a la tumba
La carta temblaba entre las manos de Mateo.
Por primera vez desde que había conocido a Lucía, el joven parecía haber perdido toda seguridad.
Sus ojos recorrían las palabras una y otra vez, como si su mente se negara a aceptar lo que estaba leyendo.
Lucía lo observaba en silencio.
Sabía que algo importante estaba ocurriendo.
Algo que podía cambiar la vida de ese muchacho para siempre.
—Mateo… ¿qué dice la carta?
Él no respondió.
Solo apretó los labios.
—Mijo, háblame.
El joven levantó la mirada.
Y Lucía pudo ver algo que nunca había visto en él.
Miedo.
—Mi papá dice que hay algo sobre mi nacimiento que nunca me contó.
Lucía sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Mateo volvió a mirar el papel.
—Dice que durante años vivió con una mentira.
El viento entraba por la ventana rota de aquella vieja casa.
La misma casa donde Alejandro había crecido.
La misma casa donde ahora salían secretos que alguien había intentado enterrar.
Mateo siguió leyendo.
"Mateo, si algún día descubres esta carta, significa que ya no pude protegerte. Perdóname por haberte dejado vivir una historia incompleta. Tu mamá te ama, pero hay alguien más que tiene derecho a saber la verdad.""
El joven frunció el ceño.
—Mi mamá…
Lucía lo miró.
—¿Verónica?
Mateo negó lentamente.
—No.
Hubo un silencio pesado.
—Mi mamá no es Verónica.
Lucía se quedó inmóvil.
Durante todo ese tiempo había pensado que Mateo era hijo de Alejandro y Verónica.
Pero ahora todo parecía diferente.
—Entonces… ¿quién es tu mamá?
Mateo tragó saliva.
—No lo sé.
Aquella respuesta dolió más de lo que esperaba.
Un hijo que no conocía sus propias raíces.
Una madre que quizá había desaparecido.
Y un padre que había muerto cargando secretos.
Lucía se acercó a él.
—Vamos a descubrirlo.
Mateo la miró sorprendido.
—¿Por qué haría eso por mí?
Ella sonrió con tristeza.
—Porque eres el hijo de mi hijo.
Esa frase rompió algo dentro del joven.
Durante años había tenido una familia llena de silencios.
Pero aquella mujer que acababa de conocer le estaba dando algo que nunca había sentido.
Un lugar.
Una pertenencia.
Mateo guardó la carta cuidadosamente.
—Hay una dirección escrita al final.
Lucía tomó el papel.
La dirección estaba en Guadalajara.
Y debajo había un nombre.
"Mariana López".
Mateo frunció el ceño.
—No conozco a ninguna Mariana.
Lucía respiró profundamente.
—Entonces tenemos que encontrarla.
Dos días después llegaron a Guadalajara.
El viaje fue largo.
Pero por primera vez Lucía no sentía cansancio.
Sentía que estaba recuperando algo que le habían quitado.
Durante el camino, Mateo comenzó a contarle más sobre su vida.
Había crecido creyendo que Verónica era una especie de guía para él.
No una madre.
Nunca sintió verdadero cariño de su parte.
—Siempre estaba ocupada —dijo Mateo mirando por la ventana del autobús—. Para ella todo era dinero, apariencias y negocios.
Lucía bajó la mirada.
—Tu papá sí te quería.
Mateo sonrió débilmente.
—Lo sé ahora.
—¿Pero antes?
—Antes pensaba que él también me había abandonado.
Lucía entendió ese dolor.
Porque ella había sentido exactamente lo mismo.
Dos personas heridas por la misma mentira.
Cuando llegaron a la dirección, encontraron una pequeña casa antigua en una colonia tranquila.
Una mujer de aproximadamente cincuenta años abrió la puerta.
Al ver a Mateo, su rostro perdió color.
—¿Quién eres?
Mateo sacó la fotografía que había encontrado.
—Me llamo Mateo Herrera.
La mujer miró la imagen.
Después miró a Lucía.
Y finalmente volvió a mirar al joven.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No puede ser…
—¿Usted es Mariana López?
La mujer dio un paso atrás.
—¿Quién te habló de mí?
Mateo respondió:
—Mi papá.
Mariana cerró los ojos.
Como si hubiera esperado ese momento durante muchos años.
—Alejandro.
Lucía sintió un escalofrío.
Ella conocía ese nombre.
Pero no conocía esa historia.
Mariana abrió la puerta.
—Pasen.
Dentro de la casa había fotografías antiguas.
Una de ellas llamó inmediatamente la atención de Lucía.
Era Alejandro.
Mucho más joven.
Sonriendo.
A su lado estaba Mariana.
—¿Quién era ella? —preguntó Lucía.
Mariana tardó en responder.
—La persona que más quiso a Alejandro antes de que todo se destruyera.
Mateo quedó confundido.
—Entonces…
Mariana lo miró.
—Yo soy tu mamá.
El silencio fue absoluto.
Mateo no pudo hablar.
Lucía observó al joven.
Aquel muchacho que había buscado respuestas acababa de encontrar una verdad que nunca imaginó.
Mariana se acercó lentamente.
—Perdóname.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Por qué?
Las lágrimas comenzaron a caer del rostro de la mujer.
—Porque pensé que algún día Alejandro te contaría todo.
—¿Y por qué no lo hizo?
Mariana bajó la mirada.
—Porque Verónica nos separó.
Lucía sintió que la historia volvía a repetirse.
Otra vez Verónica.
Otra vez alguien destruyendo una familia.
Mariana explicó que años atrás ella y Alejandro se habían enamorado.
Pero cuando quedó embarazada, Verónica apareció en sus vidas.
En aquel tiempo, Verónica era una socia cercana de Alejandro.
Ambiciosa.
Inteligente.
Y dispuesta a hacer cualquier cosa para obtener poder.
—Me dijo que Alejandro nunca me elegiría —contó Mariana—. Que yo solo era una etapa en su vida.
Mateo apretó los puños.
—¿Y mi papá creyó eso?
Mariana negó.
—No.
La mujer sacó una caja pequeña.
Dentro había cartas.
Decenas de cartas.
Todas escritas por Alejandro.
—Nunca dejó de buscarme.
Mateo tomó una.
La abrió.
"Mariana, perdóname. No puedo acercarme porque Verónica amenaza con quitarme todo. Pero jamás dejaré de amar a nuestro hijo.""
Las lágrimas aparecieron en los ojos del joven.
Por primera vez entendió que su padre no lo había abandonado.
Había estado luchando.
Solo.
Contra alguien que tenía demasiado poder.
Lucía miró a Mariana.
—¿Por qué nunca me buscó?
Mariana suspiró.
—Porque Verónica le hizo creer que usted lo odiaba.
Lucía cerró los ojos.
Otra mentira.
Otra herida.
Pero entonces Mariana dijo algo que cambió la expresión de todos.
—Hay algo más.
Mateo levantó la mirada.
—¿Qué?
Mariana tomó una fotografía vieja.
En ella aparecían Alejandro, ella y un bebé.
Pero detrás de la foto había una fecha.
Una fecha que no coincidía.
Lucía fue la primera en notarlo.
—Esa fecha…
Mariana asintió.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Mateo no nació cuando todos creen.
El joven se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Mariana apretó la fotografía.
—Que alguien cambió los documentos de tu nacimiento.
Y justo en ese momento, alguien tocó la puerta.
Tres golpes fuertes.
Todos voltearon.
Mariana palideció.
Porque reconoció esa forma de tocar.
—No…
Lucía la miró.
—¿Quién es?
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Mariana susurró:
—Verónica.
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