Chapter 10: La carta que reveló la última mentira de Alejandro
El sobre con el nombre de Mateo permaneció sobre la mesa durante varios minutos.
Nadie se atrevía a tocarlo.
Después de todo lo que habían descubierto, todos sabían que una nueva verdad podía cambiarlo todo otra vez.
Mateo miró el sobre.
Su nombre estaba escrito con la letra de Alejandro.
La misma letra que había visto en las cartas escondidas.
La misma letra de un padre que había intentado hablar demasiado tarde.
—Es para mí —dijo en voz baja.
Lucía se acercó.
—Ábrelo, mijo.
Mateo respiró profundamente.
Con cuidado rompió el sello.
Dentro había varias hojas dobladas.
La primera frase hizo que sus manos comenzaran a temblar.
"Mateo, si estás leyendo esto, significa que finalmente conociste la verdad que yo no tuve el valor de contarte.""
El joven cerró los ojos.
—Otra vez pidió perdón.
Lucía lo miró con tristeza.
—Porque te amaba.
Mateo continuó leyendo.
"Quiero que sepas algo antes de juzgarme. No fui un buen hombre en todos los momentos de mi vida. Cometí errores.
Permití que el miedo ganara muchas veces. Pero nunca dejé de ser tu papá.""
Aquellas palabras dolían.
Porque eran una mezcla de amor y arrepentimiento.
Mateo siguió.
"Hay una razón por la que escondí información sobre la empresa. No era solamente para protegerte de Verónica.""
Todos se miraron.
Sofía se acercó.
—¿Qué más había?
Mateo pasó la página.
La siguiente parte estaba escrita con más fuerza.
"Cuando descubrí los planes de Verónica, también descubrí algo sobre mi propia familia.""
Lucía frunció el ceño.
—¿Tu propia familia?
Mateo leyó:
"Durante años pensé que la herencia de mi padre era un regalo. Pero después descubrí que había una parte de esa historia que nadie me contó.""
El anciano que estaba con ellos permaneció en silencio.
Lucía lo observó.
—¿Usted sabía algo?
El hombre bajó la mirada.
Ese gesto fue suficiente.
—Sí.
Mateo levantó la vista.
—¿Qué sabía?
El anciano suspiró.
—Que mi familia cometió una injusticia hace muchos años.
Sofía cruzó los brazos.
—Otra vez secretos.
El hombre aceptó la culpa.
—Cuando era joven tomé decisiones pensando en proteger nuestro apellido. Pero solo causé dolor.
Mateo apretó la carta.
—Quiero saber toda la verdad.
El anciano se sentó lentamente.
—Tu abuelo tenía un socio llamado Ricardo López.
Mariana abrió los ojos.
—¿Mi padre?
Todos voltearon.
Ella quedó sorprendida.
—Mi papá siempre decía que perdió todo por una traición.
El anciano asintió.
—Y tenía razón.
El silencio fue absoluto.
Porque la historia que todos creían conocer estaba cambiando.
—Entonces Verónica no empezó todo esto —dijo Mateo.
Sofía negó.
—Ella aprovechó una herida que ya existía.
El anciano explicó que años atrás dos familias habían construido un negocio juntas.
Pero una disputa terminó separándolos.
La familia Herrera conservó la empresa.
La familia López perdió casi todo.
Y durante años quedó un resentimiento escondido.
—Alejandro descubrió la verdad —dijo el hombre—. Descubrió que la historia que le habían contado era incompleta.
Lucía miró el diario.
—Por eso él estaba buscando respuestas.
Mateo siguió leyendo.
"Papá, si algún día lees esto, espero que entiendas que no quiero repetir tus errores.""
La carta estaba dirigida al abuelo.
Mateo levantó la mirada.
—¿Mi papá escribió esto para usted?
El anciano asintió con lágrimas en los ojos.
—Nunca me lo entregó.
Después Mateo encontró una última página.
La frase inicial era diferente.
"Hay alguien más que debe saber la verdad.""
Todos se quedaron quietos.
—¿Quién? —preguntó Mariana.
Mateo continuó leyendo.
"Existe una persona que fue testigo de todo. Alguien que estuvo presente cuando Verónica comenzó su plan.""
Sofía frunció el ceño.
—¿Quién?
La respuesta estaba debajo.
"El contador de la empresa.""
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Sigue vivo?
El anciano respondió:
—Sí.
Pero su expresión cambió.
—Y está escondido.
Encontrar al contador no fue fácil.
Su nombre era Ernesto Salgado.
Durante años había trabajado para la familia Herrera.
Pero después de la muerte de Alejandro desapareció.
Sofía consiguió una vieja dirección.
Una casa pequeña en las afueras de Puebla.
Cuando llegaron, encontraron una vivienda sencilla.
Nada parecido a alguien que había manejado cuentas millonarias.
Un hombre mayor abrió la puerta.
Al verlos, intentó cerrarla.
—No quiero problemas.
Mateo puso una mano en la puerta.
—Necesitamos hablar de mi papá.
El hombre se quedó quieto.
—¿Alejandro?
Lucía dio un paso adelante.
—Él murió sin que su verdad saliera.
Ernesto bajó la mirada.
Después abrió la puerta.
—Pasen.
La casa estaba llena de documentos.
Carpetas.
Papeles.
Como si aquel hombre hubiera pasado años esperando ese momento.
—Sabía que algún día vendrían.
Mateo lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
Ernesto señaló una caja.
—Porque Alejandro dejó instrucciones.
Dentro había un archivo.
El contador lo abrió.
—Aquí está todo.
Mateo revisó los documentos.
Eran pruebas.
Movimientos bancarios.
Contratos.
Correos.
Todo demostraba que Verónica había manipulado la empresa.
Pero entonces Ernesto dijo algo inesperado.
—Hay algo que nunca le dije a Alejandro.
Lucía sintió tensión.
—¿Qué?
El hombre tomó aire.
—El día que murió, no estaba solo.
Mateo levantó la mirada.
—¿Quién estaba con él?
Ernesto miró hacia la ventana.
Y respondió:
—Una persona que todos creían desaparecida.
Nadie habló.
—¿Quién?
El hombre bajó la voz.
—Su esposa.
Lucía quedó confundida.
—¿Verónica?
Ernesto negó lentamente.
—No.
Entonces dijo un nombre que nadie esperaba.
—Mariana.
Todos voltearon.
Mariana quedó pálida.
—Eso es imposible.
Ernesto la miró.
—No lo es.
Mateo sintió que el suelo desaparecía.
Otra vez.
Otra verdad.
Otra pieza escondida.
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Porque si Mariana había estado con Alejandro antes de morir…
Entonces alguien había mentido sobre los últimos momentos de su padre.