Chapter 8: La fotografía de Noah que convirtió mi miedo en rabia
Por unos segundos nadie respiró.
Yo seguía mirando la fotografía de Noah.
La misma pijama azul.
La misma almohada.
La misma habitación donde lo habíamos dejado.
—¿Cuándo tomaste esa foto? —pregunté.
Ryan sonrió.
—Eso no importa.
—¡¿Cuándo?!
Mi voz hizo eco en toda la casa.
Esteban miró a Ryan.
—Ya es suficiente.
Ryan no apartó los ojos de mí.
—Ahora sabes que puedo llegar hasta él.
Mi padre dio un paso adelante.
—No metas a mi nieto en esto.
—Entonces denme la caja.
Lucía apretó los dientes.
—No.
Ryan la miró.
—Tú no entiendes lo que está en juego.
—Sí entiendo.
—No.
Ryan se acercó.
—Tú llevas toda tu vida escondiéndote.
Lucía levantó la barbilla.
—Y tú llevas toda tu vida creyendo que el dinero puede comprarlo todo.
Ryan perdió la sonrisa.
Mi padre me tomó del brazo.
—Tenemos que salir.
—No sin Lucía.
—Primero debemos proteger a Noah.
Lucía negó.
—No.
—¿Qué?
—Si salen por la puerta principal, los están esperando.
Mi padre se quedó quieto.
—¿A quién?
—A ustedes.
Señaló el patio.
—Esteban no vino solo.
Ryan la miró con furia.
—¿Qué hiciste?
—Lo necesario.
Lucía levantó la caja.
—La copia verdadera no está aquí.
Ryan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Esta caja está vacía.
Abrió la tapa.
Dentro solo había un pequeño dispositivo.
—La grabación está en otro lugar.
Ryan se acercó.
—Dámela.
—No.
Esteban intervino.
—Ryan, cálmate.
—¡Cállate!
Esteban lo miró con dureza.
—No me vuelvas a hablar así.
Por primera vez noté algo extraño entre ellos.
No parecían aliados.
Parecían dos hombres que habían empezado a desconfiar uno del otro.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Lucía me miró.
—Ellos no trabajan juntos desde hace mucho.
Ryan se giró hacia ella.
—¡No sabes nada!
—Sé más que tú.
Esteban permaneció callado.
Mi padre observó a ambos.
—Se traicionaron.
Lucía asintió.
—Ryan quería quedarse con la herencia. Esteban quería los documentos.
—¿Por qué?
—Porque el contenido puede demostrar que su padre no fue el único responsable.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Quién más?
Lucía me miró.
—Alguien que sigue vivo.
Ryan dio un paso atrás.
—Eso no importa.
—Claro que importa —respondió Lucía—. Porque si la grabación sale a la luz, tú también caes.
Mi padre se volvió hacia Ryan.
—¿Qué hiciste?
Ryan no contestó.
—¿Qué hiciste? —repitió mi padre.
Ryan respiró profundamente.
—No tuve opción.
Sentí asco.
—Siempre dices eso.
Me miró.
—Tú no sabes lo que hice por nosotros.
—No vuelvas a decir "nosotros".
Su rostro se endureció.
—Todo lo que hice fue para asegurar nuestro futuro.
—Robaste mi dinero.
—Era dinero que algún día sería nuestro.
—Falsificaste mi firma.
—Porque nunca me habrías dejado manejarlo.
—Intentaste usar un seguro sobre mi vida.
—Eso no fue idea mía.
Silencio.
Mi padre dio un paso.
—¿De quién fue?
Ryan comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Esteban cerró los ojos.
Lucía susurró:
—Lo sabía.
—¿Qué? —pregunté.
Ryan negó.
—No importa.
—¡Dime quién!
No respondió.
Entonces Esteban habló.
—Fue su padre.
Ryan lo miró.
—¡Cállate!
—Tu suegro tenía que desaparecer.
Mi padre se quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
Esteban asintió.
—El abuelo de ella.
Sentí que el corazón se me hundía.
—¿Mi abuelo fue asesinado?
—No.
Esteban bajó la voz.
—Murió creyendo que había sido traicionado por su propio socio.
Mi padre cerró los ojos.
—El señor Morales.
—Sí.
Mi padre parecía devastado.
—Entonces todo esto comenzó con él.
—Y no terminó con él —respondió Lucía.
Ryan se acercó a Esteban.
—¿Qué estás haciendo?
—Diciendo la verdad.
—Nos vas a hundir.
—Ya estamos hundidos.
Esteban miró la caja.
—Lo único que queda es decidir quién cae primero.
Ryan sacó su teléfono.
—Voy a llamar a alguien.
Mi padre avanzó.
—No.
Ryan retrocedió.
—No se acerque.
Yo vi la oportunidad.
Tomé una lámpara pequeña de la mesa y la arrojé al suelo.
El ruido hizo que todos voltearan.
Lucía corrió hacia la puerta lateral.
—¡Por aquí!
Mi padre me tomó de la mano.
—¡Corre!
Salimos al patio.
Esteban gritó detrás de nosotros.
—¡No!
Corrimos hacia el callejón.
Mi corazón golpeaba con fuerza.
—¡¿A dónde?!
—Al auto.
Llegamos.
Mi padre abrió la puerta.
Lucía entró atrás.
Yo subí.
Él arrancó.
Ryan apareció al final del callejón.
No intentó perseguirnos.
Solo levantó el teléfono.
Estaba sonriendo.
—¿Por qué no corre? —pregunté.
Mi padre miró por el espejo.
—Porque sabe que ya hizo algo.
Mi celular vibró.
Un mensaje.
Era de Teresa.
*"Noah ya no está aquí.""*
Sentí que el mundo desaparecía.
—Papá…
Le mostré el teléfono.
Mi padre frenó de golpe.
—¿Qué?
—Noah.
Lucía se llevó una mano a la boca.
—¿Qué pasó?
—Se lo llevaron.
Mi padre volvió a arrancar.
—¿Quién?
Teresa mandó otro mensaje.
*"La puerta no estaba forzada. Alguien tenía una llave.""*
Mi padre golpeó el volante.
—No.
—¿Qué?
—Solo había tres personas con esa dirección.
—¿Quiénes?
—Yo, Teresa…
Se quedó callado.
—Y Ryan.
Sentí náuseas.
—Entonces fue él.
Lucía negó lentamente.
—No.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Ryan tenía la llave.
—Entonces…
—Pero no fue Ryan.
Mi padre la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Lucía señaló mi celular.
—Porque si Ryan hubiera tomado a Noah, no te habría enviado una fotografía.
—¿Entonces quién?
Lucía se quedó pálida.
—Alguien que quiere que culpemos a Ryan.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un audio.
Lo reproduje.
La voz de Noah llenó el auto.
—Mamá…
Mi corazón se partió.
—No llores —decía mi hijo—. Estoy bien.
Se escuchaba nervioso.
—El señor me dijo que no tuviera miedo.
Mi padre miró hacia mí.
—¿Qué señor?
La grabación continuó.
—Dice que conoce a mi abuelito.
Entonces una voz adulta apareció al fondo.
Una voz que reconocí.
No era Ryan.
No era Esteban.
Era una voz que había escuchado cientos de veces.
La voz del hombre que había estado en mi boda.
La voz del abogado de mi familia.
—Tu mamá va a venir por ti, Noah.
El audio terminó.
Mi padre se quedó completamente quieto.
—No puede ser.
—¿Quién? —preguntó Lucía.
Yo lo miré.
—El administrador del fideicomiso.
Mi padre cerró los ojos.
—Ese hombre no tenía acceso a Noah.
—Pero tenía acceso a todo lo demás.
Miré la pantalla.
Había una dirección adjunta.
Un lugar en Querétaro.
Mi padre giró el volante.
—Vamos.
—¿Y si es una trampa?
—Lo es.
—Entonces ¿por qué vamos?
Mi padre me miró por el espejo.
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—Porque nuestro niño está ahí.
Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, nadie intentó detenerme.
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