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El teléfono de Noah / Chapter 7 / 15

Chapter 7: Mi padre me confesó que mi hermana desapareció por culpa de un secreto que podía destruir a dos familias

La frase de mi padre se quedó flotando en la habitación como una amenaza que nadie se atrevía a pronunciar.

—¿Qué significa que Lucía puede demostrar quién destruyó a nuestra familia? —pregunté.

Mi padre cerró la carpeta.

—Significa que tu mamá tuvo miedo.

—¿De quién?

—De la familia Morales.

Sentí un escalofrío.

—¿De la familia de Ryan?

—Sí.

—Pero dijiste que todo empezó hace veinte años. Ryan ni siquiera estaba conmigo entonces.

—Precisamente.

Mi padre caminó hasta la ventana y apartó apenas la cortina.

La calle estaba vacía.

—Tu abuelo tenía una empresa de distribución. Era un negocio pequeño cuando comenzó, pero creció muchísimo. Tenía contratos importantes y varias propiedades.

—Eso ya lo sabía.

—Lo que no sabías era que tenía un socio.

—¿Quién?

Mi padre tardó en contestar.

—El padre de Ryan.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿El señor Morales?

—Sí.

—¿Mi abuelo confiaba en él?

—Demasiado.

Mi padre regresó a la mesa.

—Durante años trabajaron juntos. Hasta que empezaron a desaparecer cantidades de dinero.

—¿El padre de Ryan robaba?

—Eso sospechábamos.

—¿Y Arturo?

Mi padre bajó la mirada.

—Arturo era contador de la empresa.

Todo encajó de golpe.

—Entonces él descubrió el fraude.

—Sí.

—¿Y por eso lo hicieron desaparecer?

—No exactamente.

Mi padre se quedó en silencio.

—Dime la verdad.

—Arturo descubrió que alguien estaba utilizando las cuentas de la empresa para mover dinero a varias compañías falsas. Cuando intentó denunciarlo, lo acusaron a él.

—¿Y tú?

—Yo lo defendí.

—¿Por eso terminaste en prisión?

Asintió.

—El padre de Ryan tenía contactos. Consiguió que todo pareciera culpa nuestra.

Sentí las lágrimas en los ojos.

—¿Y mi mamá?

—Tu mamá sabía demasiado.

—¿Qué hizo?

—Intentó llevar los documentos a un abogado.

Mi padre respiró profundamente.

—Pero desaparecieron.

—¿Los documentos?

—Y después nació Lucía.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué tiene que ver ella?

Mi padre sacó una fotografía vieja.

Esta vez era de mi mamá sosteniendo a una niña pequeña.

—Lucía nació unos meses después de que Arturo descubriera el fraude.

—¿Es hija de Arturo?

Mi padre asintió.

—Sí.

Sentí un vacío en el estómago.

—Entonces…

—Tú eres mi hija.

—¿Y Lucía?

—Lucía es hija de Arturo.

Me quedé mirando la fotografía.

—¿Mi mamá tuvo una hija con Arturo mientras estaba contigo?

Mi padre negó.

—No fue así.

—Entonces explícame.

—Tu mamá y yo ya estábamos separados cuando nació Lucía.

Aquello cambió todo.

—¿Y por qué nunca me dijeron?

—Porque Arturo estaba siendo perseguido legalmente. Y tu mamá tenía miedo de que se llevaran a la niña.

—¿Quiénes?

—Los Morales.

Mi padre señaló la fotografía.

—La niña tenía algo que ellos necesitaban.

—¿Qué?

—Una prueba.

—¿Una prueba de qué?

—De que el dinero robado no provenía solamente de la empresa.

Mi padre sacó un pequeño sobre.

—Cuando Lucía nació, Arturo guardó una copia de unos documentos en su expediente médico.

—¿Por qué?

—Porque sabía que si algo le ocurría, alguien tendría que encontrarlos.

—¿Y mi mamá los encontró?

—Sí.

—¿Dónde están?

Mi padre me miró.

—En la casa de tu abuelita.

Me quedé helada.

—Entonces Ryan no vendió esa casa por dinero.

—No solamente por dinero.

—La vendió para encontrar esos documentos.

—Exactamente.

Miré la dirección que aparecía en el mensaje.

—Entonces Lucía está ahí.

—Probablemente.

—Y Esteban está con ella.

Mi padre asintió.

—Eso es lo que me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque Esteban no hace nada sin una razón.

Tomé mi bolso.

—Voy.

—No sola.

—El mensaje dice que vaya sola.

—Entonces no iremos por la puerta principal.

Lo miré.

—¿Tienes un plan?

Mi padre sonrió apenas.

—Soy tu papá. Claro que tengo un plan.

Noah apareció en el pasillo.

—¿A dónde van?

Me arrodillé.

—A resolver algo, campeón.

—¿Voy contigo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque necesito que estés seguro.

Mi padre se acercó.

—Te vas a quedar con Teresa.

Noah frunció el ceño.

—Pero quiero ayudar.

Le acomodé el cabello.

—Ya ayudaste más que cualquier adulto.

Él me abrazó.

—Ten cuidado.

—Lo prometo.

Salimos.

Durante el trayecto hacia la vieja casa, mi padre permaneció en silencio.

Yo miraba la fotografía de Lucía.

—¿Cómo es que nunca la encontraste?

—La busqué durante años.

—¿Y no pudiste?

—Tu mamá cambió su nombre.

—¿Por qué?

—Para protegerla.

—¿Y Arturo?

—También desapareció.

—Hasta ahora.

Mi padre asintió.

La casa apareció al final de la calle.

Se veía exactamente como la recordaba.

Las paredes color crema.

El portón verde.

El árbol de limón en el patio.

Sentí un nudo en la garganta.

—Aquí crecí.

—Lo sé.

—Y Ryan vendió esto.

—Creyó que estaba comprando el silencio de todos.

Mi padre estacionó lejos.

—Yo entraré primero.

—No.

—Quédate en el auto.

—Papá, ya no soy una niña.

—Precisamente por eso sé que no vas a quedarte.

Bajé.

Él suspiró.

—Eres igualita a tu madre.

Caminamos hasta el portón.

Estaba abierto.

Eso era peor que encontrarlo cerrado.

Entramos.

La puerta principal también estaba abierta.

Mi padre levantó una mano.

—Espera.

Se escuchó una voz desde adentro.

—Sabía que vendrías.

Mi corazón se aceleró.

Era una voz femenina.

—¿Lucía?

Una mujer salió al pasillo.

La fotografía no le hacía justicia.

Tenía los mismos ojos de mi mamá.

Los mismos ojos que yo había visto tantas veces en el espejo.

Se quedó mirándome.

—¿Eres tú?

No pude hablar.

Ella sonrió con tristeza.

—Te pareces a ella.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—¿Eres mi hermana?

Lucía asintió.

—Sí.

Nos quedamos frente a frente.

Veinte años de secretos nos separaban.

Y, sin embargo, había algo familiar en su mirada.

Di un paso.

Ella también.

Nos abrazamos.

No dijimos nada.

No hacía falta.

Mi padre observaba desde atrás.

Lucía se separó lentamente.

—Tenemos poco tiempo.

—¿Por qué?

—Porque Esteban sabe que estás aquí.

Mi padre se puso alerta.

—¿Dónde está?

Lucía señaló el patio trasero.

—Fue por algo.

—¿Qué cosa?

Ella me miró.

—Los documentos.

—¿Los tienes?

Lucía asintió.

—Pero no son documentos.

Sacó una pequeña caja metálica.

—Es una grabación.

Mi padre palideció.

—¿De Arturo?

—No.

Lucía me miró directamente.

—De tu abuelo.

Sentí que se me cortaba la respiración.

—¿Qué grabó?

—La conversación donde descubrió quién estaba robando el dinero.

—¿Quién?

Lucía abrió la caja.

Antes de que pudiera sacar el dispositivo, escuchamos un portazo.

Mi padre se giró.

—¡Al suelo!

Una voz masculina resonó desde el patio.

—No se muevan.

Esteban apareció detrás de la puerta.

Pero no estaba solo.

A su lado estaba Ryan.

Mi esposo sonrió al verme.

—Hola, cariño.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Cómo nos encontraste?

Ryan levantó su teléfono.

—Porque conozco demasiado bien a tu padre.

Mi padre dio un paso hacia él.

—No vuelvas a acercarte a mi hija.

Ryan sonrió.

—Esta vez no vine por ella.

Miró a Lucía.

—Vine por lo que ella tiene.

Lucía apretó la caja contra su pecho.

—No te la voy a dar.

Esteban cerró la puerta detrás de nosotros.

Ryan dio un paso adelante.

—Entonces tendremos que hablar de otra manera.

Mi padre se colocó frente a mí.

—Si tocas a cualquiera de ellas, te vas a arrepentir.

Ryan soltó una carcajada.

—Ya es demasiado tarde.

Entonces sacó un sobre.

Lo lanzó al suelo.

Una fotografía cayó frente a mis pies.

Era una imagen de Noah.

Dormido.

En la casa de Teresa.

Sentí que el corazón me dejaba de latir.

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Ryan sonrió.

—Te dije que no sabías con quién estabas tratando.

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