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El teléfono de Noah / Chapter 6 / 15

Chapter 6: Arturo sabía quién era yo

No dormí esa noche.

¿Cómo podía hacerlo?

El hombre que aparecía en una fotografía junto a mi mamá estaba vivo.

Y, según mi padre, llevaba años esperando saber de mí.

Noah dormía en la habitación de al lado.

Yo estaba sentada en la cocina, abrazando una taza de café que ya se había enfriado.

Mi padre estaba frente a mí.

—Quiero conocerlo.

—Lo sé.

—Entonces llévame.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos quién lo encontró primero.

—¿Ryan?

—Tal vez.

—¿Y si Ryan sabe dónde está?

Mi padre no respondió.

—Papá.

—Tenemos que movernos con cuidado.

—Estoy cansada de tener miedo.

Mi padre me miró.

—No quiero que confundas valentía con imprudencia.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Quedarme escondida?

—Quiero mantenerte viva.

Aquellas palabras me dejaron sin respuesta.

A media mañana, un abogado llegó a la casa.

Era una mujer de unos cincuenta años llamada Teresa.

Mi padre la presentó.

—Ella es la abogada que está manejando tu fideicomiso.

Teresa dejó un expediente sobre la mesa.

—Necesito que firmes algunos documentos.

Los revisé.

—¿Para qué?

—Para congelar temporalmente cualquier movimiento de tus acciones.

—¿Ryan puede tocarlas?

—No si actuamos hoy.

Firmé.

Teresa me miró.

—Hay algo que debes saber.

—¿Qué?

—Tu esposo intentó modificar un documento del fideicomiso hace tres semanas.

—¿Cómo?

—Presentó una autorización supuestamente firmada por ti.

Sentí que me ardía la sangre.

—¿Y ustedes la aceptaron?

—No.

—¿Por qué?

Teresa señaló la firma.

—Porque la comparación con tu firma original no coincidía.

—Entonces sabía que estaba falsificando documentos.

—Sí.

Mi padre intervino.

—Y eso no es todo.

Teresa sacó una hoja.

—Ryan también intentó obtener información sobre una cuenta que tu abuelo dejó fuera del fideicomiso.

—¿Qué cuenta?

Teresa me miró.

—Una cuenta de inversión.

—¿Cuánto hay?

—No puedo decirte la cifra exacta hasta verificar los movimientos.

—Dígame.

Teresa suspiró.

—Más de tres millones de pesos.

Me quedé sin palabras.

Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Ese dinero es únicamente tuyo.

—¿Y Ryan sabía?

Teresa respondió:

—Creemos que sí.

Me levanté.

—¿Cómo?

—Porque hubo una consulta electrónica desde uno de sus dispositivos.

Sentí que algo se acomodaba dentro de mí.

La verdad ya no parecía una colección de coincidencias.

Era un plan.

Un plan que llevaba años construyéndose.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Bueno?

Una voz masculina respondió.

—¿Eres tú?

Me quedé inmóvil.

—¿Quién habla?

Hubo una pausa.

—Me llamo Arturo.

Mi corazón se detuvo.

Miré a mi padre.

Él comprendió inmediatamente.

—¿Dónde está? —pregunté.

—No puedo decirte por teléfono.

—Quiero verte.

—Yo también.

—¿Por qué?

La voz al otro lado tembló.

—Porque hay algo que tu madre nunca pudo decirte.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Que tú no eras la única hija que tuvo.

Me quedé completamente quieta.

—¿Qué acabas de decir?

—Tuviste una hermana.

Miré a mi padre.

Su rostro había perdido todo color.

—Papá…

Arturo continuó:

—Y Ryan la conocía.

La llamada terminó.

—¡Arturo!

Pero ya había colgado.

Me giré hacia mi padre.

—¿Tengo una hermana?

No respondió.

—¡Papá!

Teresa se levantó.

—Tal vez deberíamos dejar que tu padre explique.

—¿Es verdad?

Mi padre cerró los ojos.

—Sí.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Está viva?

Mi padre guardó silencio.

—¡Dime!

—Sí.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—¿Cómo se llama?

—Lucía.

El nombre me golpeó.

Lucía.

Nunca había escuchado ese nombre en mi familia.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque tu mamá me lo pidió.

—¿Por qué?

Mi padre miró hacia la ventana.

—Porque Lucía desapareció.

—¿Cuándo?

—Cuando era pequeña.

—¿Quién se la llevó?

Mi padre no respondió.

Teresa intervino.

—Hay registros de una desaparición.

—¿Y Ryan?

—No aparece en esos registros.

—Pero Arturo dijo que Ryan la conocía.

Mi padre tomó aire.

—Ryan conoció a Lucía años después.

—¿Dónde?

—En una clínica.

Me quedé confundida.

—¿Qué hacía ella ahí?

—Buscando información sobre su familia.

Mi corazón latía cada vez más rápido.

—¿Y encontró a Ryan?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Mi padre apretó los labios.

—No lo sé todo.

—¡Pero sabes algo!

—Sé que Lucía tenía documentos que podían demostrar quién era realmente nuestra familia.

—¿Qué documentos?

—Una prueba de ADN.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿De quién?

Mi padre me miró.

—Tuya y de ella.

Sentí que se me cortaba la respiración.

—Entonces sabía quién era yo.

—Sí.

—¿Y Ryan también?

—Sí.

Me senté lentamente.

Todo aquello era demasiado.

La fotografía.

Arturo.

Lucía.

Ryan.

La herencia.

El seguro.

Las firmas falsas.

Parecía que toda mi vida había sido una mentira cuidadosamente construida.

Entonces Teresa recibió un mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Ella levantó la mirada.

—Tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—Alguien acaba de entrar al despacho donde guardábamos los documentos originales.

Mi padre se puso de pie.

—¿Qué documentos?

—El expediente de Lucía.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Se lo llevaron?

Teresa asintió.

—Solo una cosa.

—¿Cuál?

—La prueba de ADN.

Mi padre golpeó la mesa con la mano.

—Ryan.

Pero Teresa negó.

—No sabemos si fue él.

Mi celular volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje.

Una fotografía.

La miré.

Era Lucía.

Una mujer de unos treinta años.

Estaba sentada frente a una cafetería.

Y alguien había escrito debajo:

*"Ella quiere conocerte. Pero no confíes en el hombre que la acompaña.""*

Levanté la mirada.

—¿Quién está con ella?

Mi padre miró la fotografía.

Se quedó completamente inmóvil.

—No puede ser.

—¿Quién?

Mi padre tomó el teléfono.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Ese hombre…

—¿Lo conoces?

Mi padre asintió.

—Es Esteban.

El hermano de Ryan.

Sentí que el mundo volvía a derrumbarse.

—¿Qué hace con mi hermana?

Mi padre no respondió.

Entonces llegó otro mensaje.

Esta vez solo decía:

*"Si quieres volver a ver a Lucía, ven sola.""*

Y debajo había una dirección.

Una dirección que reconocí inmediatamente.

Era la casa de mi abuelita.

La misma propiedad que Ryan había vendido seis meses atrás.

La misma casa que yo creía perdida para siempre.

Mi padre leyó el mensaje.

—No vas.

—Tengo que ir.

—No.

—Es mi hermana.

—Y puede ser una trampa.

—Entonces iremos juntos.

Mi padre negó.

—Dice que vayas sola.

Lo miré fijamente.

—Después de todo lo que me has ocultado, ¿de verdad crees que voy a obedecer?

Mi padre se quedó callado.

Tomé mi bolso.

—Voy a encontrar a Lucía.

Él se levantó.

—Entonces tendrás que escucharme antes de hacerlo.

—¿Qué?

Mi padre tomó la fotografía de Arturo.

La observó durante unos segundos.

Después dijo algo que jamás había imaginado escuchar.

—Hay una razón por la que tu mamá quiso que Lucía desapareciera.

—¿Cuál?

Mi padre me miró directamente.

—Porque Lucía no era solamente tu hermana.

Hizo una pausa.

—Ella era la única persona que podía demostrar quién intentó destruir a nuestra familia hace veinte años.

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Y en ese instante entendí que la trampa no había comenzado con Ryan.

Había comenzado mucho antes de que yo naciera.

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