Chapter 8: Víctor secuestró a la única familia que Richard nunca había sabido proteger

Richard hizo que Thomas detuviera el automóvil en plena calle.
—¡Dame el teléfono! —exigió.
Melissa seguía hablando al otro lado.
—La policía ya está revisando las cámaras del hospital. Pero hay algo más, señor.
—¿Qué?
—Encontramos un sobre en la habitación de Elena. Estaba debajo de la almohada de Mateo.
Richard sintió que la rabia le apretaba la garganta.
—¿Qué dice?
Melissa respiró profundamente.
—Que si quiere volver a verlos, debe presentarse esta noche en la antigua fábrica número uno. Solo. Sin policías y sin su hermano.
Thomas soltó una maldición.
Richard cerró los ojos un segundo.
La fábrica estaba acordonada después del incendio. Los investigadores aún no habían terminado de revisar los daños y el acceso estaba restringido.
Era el lugar perfecto para una trampa.
—No vas a ir —dijo Thomas.
Richard se volvió hacia él.
—Se llevaron a un niño de diez años y a una mujer enferma. No voy a quedarme sentado.
—Precisamente por eso no puedes actuar sin pensar. Víctor quiere que vayas solo. Si lo haces, le estarás entregando todo lo que necesita.
Richard apretó el sobre que Melissa había descrito, aunque todavía no lo tenía en las manos.
—¿Qué sugieres? ¿Que espere mientras los lastima?
—Sugiero que los encontremos antes de entrar en su juego.
Melissa intervino desde el teléfono.
—Estoy enviando la ubicación del vehículo. El sistema de rastreo de la empresa registró su salida del hospital, pero después desactivaron el dispositivo.
—¿Hacia dónde se dirigía? —preguntó Thomas.
—Al distrito industrial del sur. Hay tres instalaciones abandonadas que pertenecieron a Coleman Industries.
Richard miró a su hermano.
La antigua fábrica número uno no era el único lugar que Víctor podía utilizar.
—¿Cuál está más aislada? —preguntó.
Thomas pensó un momento.
—La planta de almacenamiento de mercancías. Cerró hace seis años. Está conectada con las instalaciones principales por una vía de servicio.
Melissa buscó la dirección.
—El vehículo pasó cerca de esa zona hace veinte minutos.
Richard puso el automóvil en marcha.
—Vamos.
Thomas negó con la cabeza.
—No vamos a entrar hasta saber dónde están Elena y Mateo.
—Entonces averígualo mientras conducimos.
Thomas lo miró con dureza.
—No me hables como si todavía fuera uno de tus empleados.
Richard bajó la voz.
—Tienes razón. Lo siento. Por favor, ayúdame a encontrarlos.
Thomas guardó silencio unos segundos.
Después tomó su teléfono y comenzó a llamar a antiguos contactos de seguridad industrial.
La planta de almacenamiento parecía abandonada desde hacía años.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo, las puertas metálicas mostraban manchas de óxido y la hierba había crecido entre las grietas del estacionamiento.
Richard estacionó a varias calles de distancia.
Desde allí alcanzaban a ver un vehículo negro junto a la entrada lateral.
—Es el mismo que salió del hospital —dijo Melissa por teléfono.
Thomas observó los alrededores.
—Hay dos hombres en la puerta. No parecen policías.
Richard sintió que la desesperación amenazaba con dominarlo.
—Voy a entrar.
Thomas lo sujetó del brazo.
—Escúchame. Si Víctor está aquí, probablemente tenga cámaras. Necesitamos saber cuántas personas hay dentro y dónde mantienen a Elena y a Mateo.
—¿Y si no tenemos tiempo?
Thomas lo miró a los ojos.
—Entonces tendremos que ser inteligentes en lugar de valientes.
Richard respiró hondo.
Era difícil aceptar instrucciones de su hermano, especialmente cuando cada minuto parecía alejarlo de Mateo.
Pero tenía razón.
Llamaron a las autoridades desde un lugar seguro y compartieron la información disponible. Después, Thomas localizó una entrada de mantenimiento que conocía de sus años como consultor.
No entraron de inmediato.
Esperaron a que un empleado saliera por una puerta lateral para llevar unas cajas a un vehículo.
Thomas aprovechó el movimiento para acercarse a una entrada secundaria.
La cerradura estaba dañada.
Richard lo siguió hasta un pasillo oscuro que olía a humedad y aceite viejo.
A lo lejos se escuchaban voces.
Una de ellas pertenecía a Víctor.
—No debiste hacerme esto, Richard —decía el empresario por un teléfono—. Te di todo. Te convertí en el hombre que eres.
Richard apretó los puños.
Thomas le indicó que guardara silencio.
Avanzaron hasta una puerta entreabierta.
Desde allí podían ver una oficina improvisada.
Víctor estaba de pie junto a una mesa. Llevaba un traje gris y sostenía una carpeta. A su lado había un hombre que Richard reconoció como el supervisor de seguridad.
—¿Dónde están? —preguntó Víctor.
—En la sala del fondo —respondió el supervisor—. La mujer está descansando. El niño no deja de preguntar por su madre.
Víctor suspiró con fastidio.
—Entonces haz que se calle.
El supervisor salió de la oficina.
Richard sintió que la sangre le hervía.
Thomas lo sujetó antes de que avanzara.
—Espera.
Víctor dejó la carpeta sobre la mesa y marcó un número.
—Ya tengo la carta y los documentos —dijo—. Richard vendrá. Está demasiado desesperado para pensar con claridad.
Hizo una pausa.
—No, todavía no sabe lo de la fundación. Cree que todo empezó con los informes de Daniel.
Richard miró a Thomas.
Su hermano tenía el rostro rígido.
Víctor continuó:
—Cuando llegue, le ofreceré un trato. Él asumirá la responsabilidad pública por el incendio y por las irregularidades financieras. Yo desapareceré con el dinero que queda. Si se niega, tendremos que asegurarnos de que nadie pueda testificar contra nosotros.
Richard sintió un escalofrío.
Elena y Mateo no eran solamente una forma de obligarlo a presentarse.
Víctor planeaba utilizarlos para controlar lo que Richard diría ante las autoridades.
Y si el acuerdo fracasaba, estaba dispuesto a silenciarlos.
Thomas sacó su teléfono y comenzó a grabar.
Pero el aparato vibró contra la mesa que llevaba en el bolsillo.
El sonido fue pequeño.
Suficiente.
Víctor se volvió hacia la puerta.
—¿Quién está ahí?
Richard y Thomas retrocedieron por el pasillo.
El supervisor apareció al fondo.
—¡Alto!
Thomas empujó una puerta lateral y ambos entraron en una habitación de mantenimiento.
Escucharon pasos apresurados.
Después, un golpe seco.
La puerta se abrió.
El supervisor intentó sujetar a Richard, pero Thomas se interpuso.
Los tres forcejearon brevemente. Richard logró apartarse y empujó un carro metálico que bloqueó el paso.
—¡Corre! —gritó Thomas.
Llegaron hasta otra puerta que daba a un corredor de servicio.
Allí escucharon una voz infantil.
—¡Mamá!
Richard se detuvo.
Era Mateo.
La voz provenía de una habitación al otro lado del pasillo.
Richard corrió hacia ella.
La puerta estaba cerrada, pero no tenía seguro. La abrió de golpe.
Elena estaba sentada en una silla, pálida y agotada. Mateo permanecía a su lado, sujetándole la mano.
Al ver a Richard, el niño se levantó.
—¡Sabía que iba a venir!
Richard se arrodilló frente a él.
—Claro que vine.
Mateo lo abrazó con tanta fuerza que Richard sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
El niño había confiado en él.
Y él había estado a punto de llegar demasiado tarde.
—¿Estás bien? —preguntó Richard.
Mateo asintió.
—No nos hicieron daño. Pero mi mamá se siente mal.
Richard ayudó a Elena a levantarse.
—Vamos a sacarlos de aquí.
Elena lo miró con seriedad.
—¿Trajo los documentos?
Richard vaciló.
—Sí.
—Entonces Víctor no los dejará salir fácilmente.
Antes de que pudiera responder, una voz resonó desde el pasillo.
—¡Qué conmovedor!
Víctor apareció en la puerta acompañado por dos hombres.
Tenía una pistola enfundada en la cintura, pero no la sacó. Su expresión era la de alguien que había esperado mucho tiempo para disfrutar aquel momento.
—Richard Coleman, el gran empresario —dijo—. El hombre que jamás se arrodilla ante nadie.
Richard se colocó delante de Elena y Mateo.
—Déjalos ir. No tienen nada que ver con esto.
Víctor sonrió.
—Claro que tienen que ver. Elena tiene los documentos de Daniel. Y el niño tiene una habilidad extraordinaria para aparecer en el momento equivocado.
Mateo se aferró al abrigo de Richard.
—Usted es el hombre malo —dijo.
Víctor soltó una carcajada.
—Los niños siempre creen que el mundo es tan sencillo como los cuentos.
Elena levantó la barbilla.
—No. Los niños todavía pueden reconocer algo que los adultos han aprendido a justificar.
La sonrisa de Víctor se desvaneció.
—Cállese.
Richard dio un paso adelante.
—Ya basta. Si quieres algo, habla conmigo.
Víctor sacó una carpeta y la lanzó al suelo.
—Quiero que firmes una declaración. Dirás que autorizaste los pagos, que ordenaste desactivar las alarmas y que actuaste sin consultar a nadie.
Richard miró los documentos.
—Eso es falso.
—No importa. Tu firma aparece en suficientes registros para que la historia resulte creíble. Cuando las autoridades terminen contigo, yo estaré lejos de aquí.
—¿Y qué pasará con Elena y Mateo?
Víctor sonrió.
—Depende de tu cooperación.
Richard sintió una furia que nunca había experimentado.
No porque Víctor lo amenazara.
Sino porque había convertido a un niño y a una mujer enferma en piezas de una negociación.
—Te equivocas si crees que voy a protegerme a costa de ellos.
Víctor inclinó la cabeza.
—Entonces quizá debas recordar que tu familia lleva décadas haciendo exactamente eso.
Richard se quedó inmóvil.
Víctor sacó una fotografía antigua y la arrojó sobre la carpeta.
Era una imagen de su madre frente a la antigua fábrica.
—Tu madre sabía lo que había ocurrido en la primera instalación. Tu padre también. Y cuando llegó el momento de decidir entre la empresa y las familias afectadas, todos eligieron salvar el negocio.
Thomas apareció detrás de Víctor, pero los hombres de seguridad lo obligaron a detenerse.
—¡No metas a nuestra madre en esto! —gritó Thomas.
Víctor se volvió hacia él.
—¿Por qué no? Ella firmó el primer encubrimiento. Tu padre aprobó el segundo. Richard continuó la tradición y yo aprendí de los mejores.
Richard miró a Elena.
La mujer tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no apartó la mirada.
—¿Es verdad? —preguntó él—. ¿Mi madre intentó corregir lo que hizo?
Elena asintió.
—Sí. Se equivocó al firmar aquella declaración. Pero después intentó reparar el daño. Creó la fundación, buscó a las familias y reunió pruebas contra quienes desviaban el dinero.
Víctor soltó una risa amarga.
—Y murió antes de poder detenerme.
Thomas se lanzó hacia él.
Uno de los hombres lo sujetó.
Richard levantó las manos.
—Está bien. Firmaré la declaración.
Thomas lo miró con horror.
—¡Richard, no!
Richard sostuvo la mirada de su hermano.
—Confía en mí.
No sabía si Thomas podía hacerlo.
Él mismo no estaba seguro de merecer esa confianza.
Pero necesitaba ganar tiempo.
Víctor le entregó una pluma.
Richard se inclinó sobre los documentos.
Leyó cada página.
En la última encontró una cláusula que no había visto antes.
Si firmaba, aceptaría toda la responsabilidad por el incendio y renunciaría a cualquier reclamación sobre los activos de la compañía.
La empresa quedaría bajo el control de Víctor.
Richard levantó la mirada.
—Quieres quedarte con todo.
—Quiero lo que me corresponde.
—Robaste treinta millones de dólares destinados a la seguridad de los trabajadores.
Víctor se acercó.
—Y tú firmaste los presupuestos que permitieron hacerlo. No te hagas el inocente ahora.
Richard apretó la pluma.
Durante años había creído que Víctor era el hombre que hacía realidad sus ambiciones. Nunca preguntaba demasiado cuando los resultados eran buenos.
Esa ceguera también tenía un precio.
—Voy a firmar —repitió—. Pero primero deja que Elena y Mateo salgan.
Víctor negó con la cabeza.
—Primero firmas.
Richard bajó la mirada hacia el papel.
Y entonces vio algo que lo hizo detenerse.
En la esquina inferior de la última página aparecía el mismo sello de la fundación que había encontrado en la casa de sus padres.
Debajo estaba escrito un número de expediente.
Richard reconoció el código.
Era el mismo que aparecía en la carta de su madre.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Víctor intentó quitarle el documento.
Pero Richard ya lo había visto.
La declaración no era solamente una confesión falsa.
Era una cesión de derechos sobre la fundación familiar.
Si firmaba, Víctor tendría acceso a los registros que aún permanecían protegidos y podría destruir la última evidencia del fraude.
Richard dejó la pluma sobre la mesa.
—No voy a firmar.
La expresión de Víctor cambió.
—¿Qué dijiste?
—Que se acabó.
Víctor hizo una señal a sus hombres.
En ese instante, se escucharon sirenas en el exterior.
Melissa había logrado compartir la grabación con las autoridades y había proporcionado la ubicación exacta de la planta.
Los hombres de seguridad miraron hacia la entrada.
Víctor retrocedió.
—¡Tú me tendiste una trampa!
Richard sostuvo la mirada.
—No. Tú te la tendiste solo.
Víctor intentó escapar por una puerta lateral, pero Thomas se liberó del hombre que lo sujetaba y bloqueó el paso.
La policía irrumpió en el edificio.
En cuestión de minutos, Víctor y sus colaboradores fueron detenidos mientras los agentes aseguraban la zona.
Elena se desplomó sobre una silla.
Mateo la abrazó.
Richard se arrodilló junto a ellos.
—Se acabó —susurró.
Elena lo miró con agotamiento.
—No, Richard. Ahora empieza la parte difícil.
Él entendió lo que quería decir.
Las amenazas habían terminado por aquella noche, pero las consecuencias apenas comenzaban.
La policía confiscó los documentos, registró la planta y recuperó los archivos digitales que Melissa había protegido.
La grabación de Víctor hablando sobre el plan para incriminar a Richard quedó incorporada a la investigación.
Sin embargo, antes de que se lo llevaran, Víctor pidió hablar con Richard.
Un agente permitió que se acercara unos segundos, bajo supervisión.
Víctor tenía el rostro endurecido.
—Crees que ganaste —murmuró—. Pero todavía no sabes qué hizo tu madre con el último documento.
Richard lo miró sin responder.
Víctor sonrió.
—Pregúntale a Thomas qué pasó la noche en que murió Daniel.
Richard giró la cabeza hacia su hermano.
Thomas estaba inmóvil.
May you like
Demasiado inmóvil.
Y cuando sus miradas se encontraron, Richard comprendió que todavía quedaba una verdad que su hermano no le había contado.