Chapter 4: El hombre que vigilaba a Elena también conocía el secreto de Richard

Richard no necesitó mirar dos veces para comprender que el automóvil gris estacionado frente al edificio no estaba allí por casualidad.
Alguien los había seguido.
Alguien sabía que Elena conservaba los documentos de Daniel.
Y alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que salieran a la luz.
—Melissa, aléjate de la ventana —ordenó Richard.
Su asistente obedeció de inmediato.
Mateo se acercó a su mamá y la abrazó por la cintura. Elena intentó sonreírle, pero sus manos temblaban tanto que no consiguió acomodarle el cabello.
—¿Ese hombre viene por nosotros? —preguntó el niño.
Richard miró al pequeño.
Por primera vez desde que lo había encontrado en la calle, no vio a un desconocido que necesitaba ayuda. Vio a un niño que había pasado demasiado tiempo aprendiendo a protegerse de los errores de los adultos.
—No voy a dejar que te pase nada —respondió.
Mateo frunció el ceño.
—Usted dijo que no necesitaba preocuparse por perder su dinero. Pero ahora parece que tiene miedo.
La pregunta lo dejó sin palabras.
Richard había pasado treinta años construyendo una imagen de hombre invulnerable. En las reuniones, jamás admitía dudas. Cuando algo salía mal, buscaba a quién culpar. Si alguien lo cuestionaba, levantaba la voz hasta que la otra persona se callaba.
Sin embargo, un niño de diez años acababa de descubrir lo que tantos ejecutivos habían preferido ignorar.
Tenía miedo.
No solo de perder su fortuna.
Tenía miedo de que todos descubrieran quién era realmente.
—Sí —admitió finalmente—. Tengo miedo.
Mateo pareció sorprendido.
Richard respiró hondo.
—Pero eso no significa que vaya a salir corriendo.
Elena observó aquella conversación sin intervenir.
Después señaló la computadora.
—Tenemos que hacer una copia de todo. Si Víctor sabe que estamos aquí, quizá intente entrar en el departamento.
Melissa cerró la computadora portátil.
—Puedo enviar los archivos a un servidor externo y guardar otra copia. Pero necesito una conexión segura.
Richard sacó su teléfono.
—Voy a llamar a mi equipo de tecnología.
—No —lo interrumpió Elena.
Él levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién está trabajando para Víctor. Si tiene acceso a sus sistemas, podría borrar los documentos antes de que logremos protegerlos.
Melissa asintió lentamente.
—Tiene razón. Necesitamos a alguien independiente.
Richard miró la memoria USB.
En ese instante entendió que su imperio podía estar lleno de personas que le debían lealtad, pero no necesariamente confianza.
—Conozco a una abogada que trabajó con Daniel —dijo Elena—. Se llama Patricia Gómez. Hace años intentó ayudarme a reabrir el caso, pero dejó de responder cuando recibió amenazas.
—¿Tienes su número? —preguntó Melissa.
Elena abrió un cajón y sacó una libreta vieja.
Buscó una página marcada con una pequeña cinta roja.
Allí estaba el nombre de Patricia y un número escrito con tinta azul.
Richard llamó desde su propio teléfono, pero nadie contestó.
Lo intentó una segunda vez.
Nada.
—Quizá cambió de número —dijo Melissa.
Elena negó con la cabeza.
—No. Si no responde, es porque algo ocurrió.
La frase dejó un silencio pesado en la habitación.
Entonces se escuchó un golpe en la puerta.
Uno.
Dos.
Tres.
Mateo se puso pálido.
Elena le tomó la mano.
—No abras, mijo.
Otro golpe sacudió la puerta.
—¡Señora Reyes! ¡Abra, por favor! ¡Venimos de parte del señor Coleman!
Richard miró a Melissa.
Ninguno de los dos había enviado a nadie.
El hombre del otro lado volvió a hablar.
—Tenemos información sobre el incendio. Necesitamos hacerle unas preguntas.
Richard se acercó a la puerta sin tocar la cerradura.
—¿Quién es usted?
—Seguridad corporativa, señor.
—Diga su nombre.
Hubo una pausa.
—David.
—¿David qué?
El silencio se prolongó.
Richard comprendió que estaba mintiendo.
—Aléjese de la puerta —ordenó.
Al otro lado se escuchó un movimiento.
Después, unos pasos rápidos bajaron por las escaleras.
Melissa miró por la mirilla.
—Se está yendo.
Richard esperó varios segundos antes de apartarse.
—Ya no podemos quedarnos aquí.
Elena intentó levantarse del sofá, pero las piernas no le respondieron. Mateo corrió a sostenerla.
—Estoy bien, mi amor —dijo ella, aunque su rostro estaba demasiado pálido.
Richard se acercó.
—Te llevaremos a un hospital.
—No tengo dinero para otro hospital.
—Yo me haré cargo.
Elena endureció la mirada.
—No convierta su culpa en una factura que cree poder pagar.
Richard recibió aquellas palabras sin defenderse.
—No intento comprar nada. Necesitas atención médica y tu hijo necesita estar seguro. Podemos discutir el resto después.
Elena lo estudió durante unos segundos.
Finalmente, aceptó la ayuda de Mateo para ponerse de pie.
Antes de salir, guardó la caja metálica en una bolsa de tela. Melissa conservó la memoria USB y los documentos digitales.
Richard tomó una última mirada al departamento.
Sobre una repisa había una fotografía de Daniel cargando a Mateo cuando era apenas un bebé. El ingeniero sonreía a la cámara, con una mano bajo la espalda de su hijo y la otra sosteniendo una pequeña gorra.
Richard sintió una presión en el pecho.
Había conocido a Daniel durante años.
Había compartido comidas con él, había escuchado sus bromas y había confiado en su criterio técnico.
Y aun así, cuando el dinero y la reputación estuvieron en juego, lo había tratado como si su vida no tuviera importancia.
Al salir del edificio, el automóvil gris ya no estaba.
Pero había algo peor.
En la pared, junto a la entrada, alguien había pegado una hoja blanca.
Elena se detuvo al verla.
En el centro había una fotografía de Mateo sentado en la esquina donde Richard lo había encontrado.
Debajo, una frase escrita con marcador negro:
*«Los niños no deberían meterse en asuntos de adultos».*
Mateo se aferró a su madre.
Richard arrancó la hoja de la pared y la hizo pedazos.
—Esto se acabó —dijo con rabia.
Elena lo miró.
—No, Richard. Esto apenas empieza.
Dos horas después, Elena estaba siendo atendida en un hospital de Chicago.
Los médicos informaron que necesitaba estudios adicionales y un tratamiento constante. Su estado era delicado, pero por el momento estaba estable.
Richard se ofreció a cubrir los gastos, esta vez sin hacer promesas grandiosas ni exigir agradecimiento.
Dejó sus datos en administración y regresó a la sala de espera.
Mateo estaba sentado junto a la máquina expendedora, con el letrero de cartón sobre las rodillas.
Richard se sentó a cierta distancia.
—¿Siempre llevas ese letrero contigo?
—Casi siempre.
—¿Por qué escribiste esa frase?
Mateo pasó los dedos por el borde doblado del cartón.
—Mi papá la escribió en una libreta. Mi mamá me la enseñó cuando empecé a preguntarle por qué la gente podía hacer cosas malas y seguir viviendo como si nada.
Richard miró el suelo.
—¿Qué te contestó?
—Que algunas personas se acostumbran tanto a mentir que terminan creyendo que nadie puede descubrirlas.
El niño levantó los ojos.
—¿Usted cree eso?
Richard tardó en responder.
—Creo que yo hice muchas cosas para no tener que reconocer mis errores.
Mateo asintió, como si aquella respuesta fuera más honesta de lo que esperaba.
—Entonces todavía puede cambiar.
Richard lo miró sorprendido.
—¿Tú crees que alguien puede cambiar después de hacer tanto daño?
—No sé. Pero mi mamá dice que pedir perdón no sirve si uno sigue haciendo lo mismo.
Antes de que Richard pudiera contestar, Melissa apareció al final del pasillo.
Llevaba el teléfono en la mano y tenía una expresión que él ya conocía demasiado bien.
Algo había ocurrido.
—Señor, necesitamos hablar.
Richard se levantó.
—¿Qué pasó?
—Revisé los documentos de la fábrica. Hay un archivo que no estaba en la copia inicial. Parece que Daniel dejó una lista de transferencias financieras.
—¿Transferencias de qué tipo?
—Pagos realizados durante los últimos diez años a una empresa externa. La compañía no aparece en nuestros registros habituales, pero recibió millones de dólares.
Richard frunció el ceño.
—¿Quién autorizó los pagos?
Melissa tragó saliva.
—La mayoría lleva la firma de Víctor Salazar.
Richard sintió que la rabia regresaba.
—Ese hombre va a pagar por todo.
—Hay algo más.
Melissa le mostró la pantalla.
—Una parte de las transferencias fue realizada desde una cuenta vinculada a un proyecto de reconstrucción industrial. El dinero debía destinarse a mejorar la seguridad de nuestras instalaciones.
Richard examinó los registros.
Reconoció el nombre del proyecto.
Había sido anunciado públicamente tres años atrás, cuando la compañía prometió invertir en nuevos sistemas de prevención de incendios.
Él mismo había pronunciado el discurso.
Había sonreído frente a las cámaras y asegurado que la seguridad de los trabajadores era su máxima prioridad.
Pero el dinero nunca había llegado a las instalaciones.
Había terminado en una empresa fantasma.
—¿Cuánto? —preguntó.
Melissa bajó la voz.
—Más de treinta millones de dólares.
Richard cerró los ojos.
El incendio de la mañana ya no parecía un accidente aislado.
Y la grabación de Daniel, lejos de ser una advertencia antigua, podía ser la pieza que conectara todo.
—Necesitamos encontrar a Patricia Gómez —dijo.
—Ya lo intenté otra vez. Su teléfono sigue apagado.
—Entonces buscaremos su dirección.
Melissa revisó otro documento.
De pronto se quedó inmóvil.
—Señor…
—¿Qué?
—La empresa que recibió los treinta millones tiene un domicilio registrado en un edificio que pertenece a Coleman Industries.
Richard sintió un escalofrío.
—¿Qué estás diciendo?
Melissa amplió la información.
El domicilio correspondía a una oficina que, según los registros de la compañía, llevaba cinco años desocupada.
Sin embargo, los pagos seguían realizándose cada mes.
Y el nombre de la persona que había firmado el contrato de arrendamiento no era el de Víctor.
Era el de Richard Coleman.
Él retrocedió un paso.
—Yo nunca firmé eso.
Melissa lo miró con preocupación.
—Alguien utilizó su firma.
En ese momento, el teléfono de Richard vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La imagen mostraba a Daniel Reyes de pie frente a una oficina, sosteniendo una carpeta y mirando directamente a la cámara.
En el reverso de la fotografía, alguien había escrito una fecha.
La misma fecha del accidente que le había costado la vida.
Debajo había una frase:
*«Daniel no murió por descubrir la primera mentira. Murió por descubrir quién estaba detrás de todas las demás».*
Richard sintió que las piernas le temblaban.
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Porque, en la esquina de la fotografía, apenas visible detrás de Daniel, aparecía un hombre que él reconocía perfectamente.
Su propio hermano mayor.
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