Chapter 2: El nombre que Richard llevaba diez años intentando olvidar

Richard sintió que la sangre se le helaba cuando escuchó aquellas palabras.
—¿Qué dijiste? —preguntó, acercándose al niño.
El pequeño no retrocedió.
—Mi mamá decía que algún día tendría que responder por lo que le hizo a mi papá.
Melissa, que seguía a unos pasos de distancia, miró al empresario con desconcierto.
—Señor Coleman, ¿conoce a este niño?
Richard no respondió.
Tenía los ojos clavados en el rostro del pequeño, buscando algún detalle que le permitiera convencerse de que todo era una coincidencia.
La forma de las cejas.
La barbilla.
La manera en que apretaba los labios cuando guardaba silencio.
Había algo familiar en él.
Algo que Richard no quería reconocer.
—¿Cómo se llama tu padre? —preguntó finalmente.
El niño bajó la mirada hacia el cartón.
—Daniel Reyes.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Richard retrocedió un paso.
Daniel Reyes.
Durante un instante, la calle, los automóviles y los transeúntes desaparecieron de su mente. Volvió a escuchar el sonido de una impresora, el zumbido de las luces fluorescentes y la voz de un hombre que, diez años atrás, le había dicho que no estaba dispuesto a firmar documentos falsos.
Daniel había sido uno de sus mejores ingenieros.
Un hombre meticuloso, honesto y demasiado terco para aceptar órdenes que pusieran en riesgo a otras personas.
También había sido el responsable de advertir que el sistema eléctrico de la primera fábrica tenía fallas graves.
Richard había ignorado sus informes.
No solo eso.
Cuando Daniel amenazó con entregar las pruebas a las autoridades, Richard lo acusó de robar información confidencial y de intentar extorsionar a la compañía.
Una investigación interna manipulada terminó con el despido del ingeniero.
Poco después, Daniel murió en un accidente automovilístico bajo circunstancias que nunca quedaron del todo claras.
Richard había firmado el acuerdo que cerró el caso.
Y se había convencido de que todo había terminado.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó con dificultad.
—Diez.
—¿Diez?
—Sí, señor.
Richard sintió un mareo.
El niño había nacido alrededor de la época en que Daniel desapareció de su vida.
—¿Cómo se llama tu mamá?
El pequeño apretó el cartón contra el pecho.
—Elena.
El nombre le provocó un recuerdo todavía más doloroso.
Elena Reyes.
La mujer que había acudido a su oficina una tarde lluviosa para pedirle ayuda después de la muerte de su esposo.
Richard recordaba su rostro agotado, las manos temblorosas y la carpeta que sostenía contra el pecho.
También recordaba lo que él le había dicho.
Su esposo tomó sus decisiones. Yo no soy responsable de su vida.
La había hecho sacar del edificio por seguridad.
Nunca volvió a verla.
—¿Elena es tu mamá? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
El niño tardó en contestar.
—Está enferma.
Aquellas dos palabras parecieron atravesar la arrogancia de Richard.
—¿Enferma de qué?
—Los doctores dicen que necesita tratamiento. Mi mamá trabaja cuando puede, pero hay días en que no puede levantarse de la cama.
El pequeño hablaba sin dramatismo, como si hubiera aprendido a describir las desgracias sin esperar que nadie hiciera algo por ellas.
—¿Y por eso estás aquí?
—Estoy aquí porque no quiero que mi mamá se quede sola cuando salgo a buscar comida.
Melissa se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
Richard se pasó los dedos por el cabello.
No sabía qué hacer con aquella información.
Una parte de él quería marcharse, subir a su camioneta y llamar a sus abogados. Otra parte, una que llevaba mucho tiempo enterrada, le pedía que se quedara.
—¿Por qué no me buscaste antes? —preguntó.
El niño lo miró con una seriedad que no correspondía a su edad.
—Mi mamá dijo que no debíamos pedirle nada.
—¿Por qué?
—Porque usted ya había decidido que mi papá no merecía que lo escucharan.
Richard abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta.
En ese momento, su teléfono volvió a sonar.
Melissa revisó la pantalla.
—Es el director financiero otra vez.
Richard contestó.
—Habla.
La voz al otro lado sonaba desesperada.
—Tenemos otro problema. El banco acaba de congelar temporalmente las líneas de crédito mientras revisa la situación de la fábrica.
—¿Qué significa eso?
—Que no podemos disponer de ciertos fondos hasta que termine la revisión. Además, hay un periodista preguntando por los informes de seguridad que Daniel Reyes presentó hace diez años.
Richard sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor.
—¿Qué periodista?
—Una mujer de un medio nacional. Dice que tiene documentos y que el incendio de hoy podría estar relacionado con las fallas que se denunciaron entonces.
Richard apretó el teléfono.
—No hables con nadie. ¿Me escuchaste? Con nadie.
Colgó.
Melissa lo observó con creciente preocupación.
—Señor, ¿qué está pasando con esos informes?
—No es asunto tuyo.
—Con todo respeto, sí lo es. Si esos documentos existen y la empresa ocultó información, necesitamos saberlo antes de que sea demasiado tarde.
Richard la miró con furia.
—¿También vas a darme lecciones ahora?
Melissa bajó la vista, pero no se disculpó.
Había trabajado a su lado durante cuatro años. Había visto a empleados salir llorando de su oficina, a directores aceptar decisiones que consideraban injustas y a familias enteras perder sus ingresos porque Richard no quería reducir sus márgenes de ganancia.
Nunca había dicho nada.
Hasta ese momento.
—Solo quiero evitar que esto empeore —respondió.
Richard volvió la mirada hacia el niño.
—¿Qué quieres de mí? ¿Dinero? ¿Quieres que pague el tratamiento de tu mamá?
El pequeño negó lentamente.
—No quiero su dinero.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que diga la verdad.
Richard soltó una risa amarga.
—¿La verdad sobre qué?
—Sobre mi papá.
El niño hizo una pausa.
—Mi mamá guarda algo que él dejó antes de morir. Dijo que solo debía entregárselo cuando usted estuviera listo para escuchar.
Richard sintió que el pulso se aceleraba.
—¿Qué es?
—No lo sé. Nunca me dejó abrirlo.
—¿Dónde está?
—En nuestra casa.
Richard miró el reloj.
Hacía apenas quince minutos, su mayor preocupación había sido llegar a una reunión con inversionistas. Ahora su fábrica estaba destruida, sus créditos podían desaparecer y un niño desconocido acababa de devolverle un nombre que llevaba una década intentando olvidar.
—Llévame con tu mamá —dijo.
El pequeño frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para hablar con ella.
—¿Ahora sí quiere escucharla?
La pregunta fue tan directa que Richard sintió vergüenza.
—Sí.
—¿Porque se quemó su fábrica?
Richard quiso responder que no.
Quiso decir que estaba allí porque había comprendido el daño que había causado, porque lamentaba haber ignorado a Daniel, porque estaba dispuesto a corregir sus errores.
Pero ninguna de esas palabras salió de su boca.
El niño bajó la mirada.
—Eso pensé.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Richard lo siguió.
Melissa corrió detrás de ambos.
—Señor, no puede irse sin hablar con los bomberos, con los abogados y con el consejo de administración.
—Que esperen.
—¡Richard, esto es una emergencia!
Él se detuvo.
No estaba acostumbrado a que su asistente lo llamara por su nombre.
—Entonces deja de decirme lo que debo hacer y ven conmigo.
Melissa lo miró sorprendida.
Después guardó el teléfono y caminó a su lado.
El niño los condujo hasta una parada de autobús. Durante el trayecto, Richard descubrió detalles que lo hicieron sentir todavía peor.
El pequeño conocía los horarios de los autobuses, sabía qué tiendas regalaban pan al final del día y llevaba una bolsa de plástico donde guardaba una botella de agua y un suéter doblado.
No llevaba juguetes.
No tenía mochila.
Su única posesión importante parecía ser aquel letrero de cartón.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Richard mientras esperaban.
—Mateo.
—¿Mateo Reyes?
El niño asintió.
Richard quiso preguntarle muchas cosas más, pero cada pregunta le parecía una invasión.
Finalmente, el autobús llegó.
Subieron y se sentaron al fondo.
Mateo observaba por la ventana. Richard, en cambio, no dejaba de mirar sus manos. Por primera vez en décadas, no tenía una estrategia preparada.
Cuando bajaron, caminaron varias calles hasta llegar a un edificio antiguo de ladrillo, en un barrio donde las tiendas pequeñas compartían la banqueta con edificios residenciales de aspecto cansado.
Mateo abrió la puerta de entrada con una llave que llevaba atada a un cordón.
Subieron dos pisos por una escalera estrecha.
Frente a la última puerta, el niño se detuvo.
—Mi mamá no sabe que vine con usted.
Richard asintió.
—Lo entiendo.
—Si la hace llorar, le voy a pedir que se vaya.
Richard sintió un nudo en la garganta.
Un niño que no tenía casi nada estaba dispuesto a proteger a su madre de un hombre que podía comprar edificios enteros.
—No voy a hacerle daño —prometió.
Mateo lo observó unos segundos, como si intentara decidir si aquella promesa merecía ser creída.
Después abrió la puerta.
El departamento era pequeño y estaba limpio. Había una mesa de madera, dos sillas diferentes, una estufa vieja y una fotografía familiar colocada junto a una imagen de la Virgen de Guadalupe.
Sobre la mesa descansaban varios frascos de medicamentos.
Una mujer estaba recostada en un sofá, cubierta con una manta gris.
Al escuchar la puerta, intentó incorporarse.
—¿Mateo? ¿Ya regresaste, mijo?
—Sí, mamá.
Elena sonrió.
Pero la sonrisa desapareció cuando vio al hombre que entraba detrás de su hijo.
El vaso de agua que sostenía se le resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra.
—No… —susurró.
Richard se quedó junto a la puerta.
—Elena.
La mujer comenzó a temblar.
No parecía sorprendida de verlo.
Parecía haber temido aquel momento durante diez años.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
Richard dio un paso.
—Necesito hablar contigo.
—Usted no necesita hablar conmigo. Necesita encontrar una manera de seguir siendo rico.
—Mi fábrica se incendió.
Elena lo miró fijamente.
—Lo sé.
Richard se quedó helado.
—¿Cómo que lo sabes?
La mujer se apoyó en el brazo del sofá.
—Porque Daniel me advirtió que algún día sus decisiones regresarían para encontrarlo.
Mateo se acercó a ella.
—Mamá, le dije que no quería su dinero.
Elena acarició el cabello de su hijo.
—Hiciste bien, mi amor.
Después miró a Richard.
—Pero hay algo que debe saber antes de irse.
—Dime.
Elena respiró profundamente.
—El incendio de hoy no es lo que más debería preocuparle.
Richard sintió que el estómago se le hundía.
—¿Qué podría ser peor que perder mi fábrica?
Elena señaló un viejo mueble junto a la pared.
En uno de sus cajones había una caja metálica cerrada con llave.
—Lo que Daniel descubrió antes de morir.
Richard miró la caja.
—¿Qué hay ahí?
Elena sostuvo su mirada.
—La prueba de que el hombre que usted creyó haber destruido no murió llevándose todos sus secretos a la tumba.
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Y entonces añadió algo que hizo que Melissa, detrás de Richard, dejara escapar un grito ahogado.
—Su fábrica no fue la primera instalación que tuvo ese problema. Hubo otra hace diez años. Y usted sabe exactamente por qué nadie habló de ella.
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