Chapter 5: El hermano al que Richard había enterrado en sus recuerdos

Richard no había pronunciado el nombre de su hermano en público durante casi ocho años.
No porque estuviera muerto.
Sino porque había jurado no volver a verlo.
La fotografía permanecía sobre la pantalla de su teléfono. Daniel aparecía en primer plano, con la misma expresión seria que Richard recordaba de sus últimos años en la empresa.
Detrás de él, junto a la entrada de un edificio, estaba Thomas Coleman.
El hermano mayor de Richard.
El hombre que había fundado el primer taller familiar.
El hombre que le había enseñado a leer planos cuando era adolescente.
El hombre que desapareció de la vida de la familia después de una pelea que nadie quiso explicar públicamente.
—¿Quién es? —preguntó Melissa.
Richard bloqueó la pantalla.
—Nadie.
Melissa lo miró con incredulidad.
—Señor, aparece en una fotografía relacionada con un hombre que murió hace diez años. No puede decirme que es nadie.
Richard guardó el teléfono.
—Es mi hermano.
Mateo, que había escuchado desde la máquina expendedora, levantó la cabeza.
—¿Su hermano también hacía cosas malas?
Richard lo miró.
—No sé qué hacía.
—Pero usted sabe quién es.
La respuesta sencilla le dolió más de lo que esperaba.
Richard se sentó de nuevo.
Thomas había sido el verdadero genio de la familia. A diferencia de Richard, no disfrutaba los negocios por el dinero. Le gustaba construir cosas, diseñar máquinas y encontrar soluciones a problemas que los demás consideraban imposibles.
Cuando su padre murió, ambos hermanos heredaron el pequeño taller.
Thomas quería convertirlo en una empresa que fabricara equipos industriales seguros y duraderos.
Richard quería crecer más rápido.
Al principio trabajaron juntos.
Después comenzaron las discusiones.
Thomas se negaba a reducir los costos de mantenimiento y rechazaba contratos que exigían materiales de menor calidad. Richard consideraba que aquella postura los estaba condenando a seguir siendo una empresa pequeña.
La pelea definitiva ocurrió durante una reunión con inversionistas.
Richard acusó a su hermano de sabotear una expansión que podía multiplicar las ganancias.
Thomas respondió que prefería perder dinero antes que vender equipos que pusieran vidas en riesgo.
Tres semanas después, Thomas renunció.
Richard compró su participación y asumió el control absoluto de la compañía.
A partir de entonces, dejó de hablar de él.
Cuando alguien preguntaba por su hermano, respondía que Thomas había decidido abandonar el negocio porque no soportaba la presión.
Pero la fotografía demostraba que Thomas había seguido involucrado, de alguna manera, en los mismos asuntos que habían rodeado la muerte de Daniel.
—¿Por qué se separaron? —preguntó Mateo.
Richard miró al niño.
—Porque queríamos cosas diferentes.
—¿Y nunca intentó arreglarlo?
La pregunta lo dejó en silencio.
No.
Nunca lo había intentado.
Había pasado años convencido de que Thomas terminaría regresando para pedirle ayuda. Esperaba que reconociera que Richard había tenido razón y que aceptara que el dinero era la única manera de medir el éxito.
Pero Thomas nunca regresó.
Y Richard, demasiado orgulloso para dar el primer paso, convirtió la distancia en una especie de victoria personal.
Melissa se sentó frente a él.
—Necesitamos encontrarlo.
—No sabes dónde está.
—Entonces investigaremos.
Richard negó con la cabeza.
—Mi hermano no quiere saber nada de mí.
—Tal vez tampoco quiere que siga ocurriendo lo que pasó con Daniel.
Richard levantó la mirada.
No quería admitirlo, pero la posibilidad tenía sentido.
Thomas conocía la empresa desde sus cimientos. Sabía cómo funcionaban las instalaciones, qué materiales se utilizaban y qué decisiones podían convertir una fábrica segura en una trampa.
Si alguien podía reconocer el alcance de las irregularidades, era él.
—Busca su último domicilio conocido —ordenó.
Melissa abrió su computadora.
Mientras ella trabajaba, Richard caminó hasta la habitación donde Elena descansaba.
La mujer estaba despierta, sentada en la cama, con una manta sobre los hombros.
Mateo dormía en una silla junto a ella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Richard.
—Como alguien que lleva diez años esperando una conversación que quizá nunca debió ocurrir.
Richard se quedó junto a la puerta.
—Encontramos una fotografía de Daniel. Mi hermano aparece detrás de él.
Elena levantó la mirada de inmediato.
—¿Thomas Coleman?
Richard asintió.
La mujer cerró los ojos.
—Entonces Daniel llegó más lejos de lo que imaginaba.
—¿Sabías que conocía a mi hermano?
—No sabía su nombre. Pero Daniel me habló de un hombre que intentó advertirle que la empresa estaba siendo utilizada para algo mucho más grande que ocultar fallas de mantenimiento.
Richard sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué no me dijiste eso antes?
Elena lo miró con cansancio.
—Porque usted no había preguntado por la verdad. Había venido a buscar una explicación para su desgracia.
Richard bajó la cabeza.
—Quizá tengas razón.
—Y porque no sabía si podía confiar en usted.
La honestidad de Elena no le permitió defenderse.
—¿Qué más te contó Daniel?
Ella miró hacia la puerta, asegurándose de que Mateo siguiera dormido.
—Una semana antes de morir, Daniel regresó a casa muy tarde. Traía la camisa mojada por la lluvia y estaba tan nervioso que no pudo sentarse a cenar.
—¿Qué dijo?
—Que había encontrado pagos ocultos a una empresa que no fabricaba nada. La compañía recibía dinero por supuestos servicios de mantenimiento, pero no tenía empleados ni instalaciones propias.
Richard recordó los registros financieros que Melissa había encontrado.
Treinta millones de dólares.
Una empresa fantasma.
Una firma falsificada.
—¿Daniel sabía quién estaba detrás? —preguntó.
Elena asintió lentamente.
—Creía que había alguien en la dirección ejecutiva. Pero antes de poder demostrarlo, comenzó a recibir amenazas.
Richard apretó los puños.
—¿Por qué no acudió a mí?
Elena lo miró directamente.
—Porque usted era parte del problema.
La frase cayó con una dureza imposible de ignorar.
Richard se sentó en la silla junto a la cama.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después, con la voz baja, preguntó:
—¿Crees que yo tuve algo que ver con su muerte?
Elena tardó en contestar.
—No sé quién provocó el accidente. No tengo pruebas para acusarlo de eso. Pero sí sé que Daniel murió después de que usted lo dejara solo frente a personas que tenían mucho que perder si él hablaba.
Richard sintió que algo se quebraba dentro de él.
No podía cambiar el pasado.
Pero por primera vez entendía que su responsabilidad no terminaba en lo que había ordenado hacer. También incluía todo lo que había decidido ignorar.
—Voy a descubrir qué pasó —prometió.
Elena negó con la cabeza.
—No me prometa nada. Hágalo.
Richard asintió.
Una hora después, Melissa regresó con una dirección.
Thomas Coleman vivía en un pequeño pueblo a las afueras de Chicago, en una casa que había comprado bajo su propio nombre después de vender sus acciones de la empresa.
No aparecía en entrevistas.
No asistía a reuniones empresariales.
No mantenía contacto público con su hermano.
—También encontré algo más —dijo Melissa—. Thomas fue consultor de seguridad industrial para varias empresas durante los últimos años.
Richard levantó la mirada.
—¿Para cuáles?
Melissa le mostró una lista.
Había nombres de compañías que habían contratado sus servicios después de que Coleman Industries cancelara proyectos de mantenimiento.
En varias de ellas, Thomas había identificado problemas similares a los que Daniel denunció.
—Mi hermano llevaba años investigando esto —murmuró Richard.
—Parece que sí.
Richard guardó la lista.
—Vamos a verlo.
Melissa vaciló.
—¿Y Elena?
—Organiza su traslado a un lugar seguro. Contrata vigilancia independiente, no de la empresa. Quiero que alguien permanezca con ella y con Mateo hasta que sepamos quién está detrás de las amenazas.
—¿Y si no acepta?
Richard miró hacia la habitación.
—No voy a obligarla. Explícale que puede elegir dónde quiere estar y que nadie le pedirá nada a cambio.
Melissa asintió.
Por primera vez, parecía escuchar una orden que no buscaba proteger la reputación de su jefe, sino a las personas que podían salir lastimadas.
Antes de marcharse, Richard volvió a la habitación.
Mateo ya estaba despierto.
—¿Se va? —preguntó el niño.
—Tengo que encontrar a alguien que quizá pueda ayudarnos.
—¿Va a regresar?
Richard se detuvo.
Podría haber respondido que sí sin pensarlo. Era lo que hacía habitualmente cuando quería tranquilizar a alguien.
Pero ya había aprendido que una promesa sin cumplimiento no servía de nada.
—Voy a intentarlo —dijo—. Y si digo que regresaré, lo haré.
Mateo lo observó durante unos segundos.
Después asintió.
—Mi papá decía que una persona se conoce por lo que hace cuando nadie la está mirando.
Richard sintió que aquellas palabras lo acompañarían durante mucho tiempo.
—Tu papá era un buen hombre.
—Lo sé.
El niño volvió a acomodar su letrero sobre las rodillas.
Richard salió del hospital con Melissa.
Durante el trayecto, recibió varias llamadas del consejo de administración. No contestó ninguna.
También recibió una notificación que le informaba que un grupo de inversionistas había solicitado una reunión urgente para discutir el incendio y las posibles irregularidades financieras.
La ignoró.
Por primera vez, sus acciones en la bolsa, sus contratos y sus ganancias podían esperar.
Tenía que encontrar a Thomas.
La casa de su hermano estaba al final de una calle tranquila, rodeada de árboles desnudos y jardines pequeños.
Richard se quedó varios segundos frente a la puerta.
No había hablado con Thomas desde hacía ocho años.
En ese tiempo había imaginado cientos de conversaciones.
En algunas, su hermano se disculpaba.
En otras, Richard demostraba que había tenido razón.
Nunca imaginó que la primera frase que escucharía sería una acusación.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar.
Thomas Coleman había envejecido. Tenía el cabello casi completamente blanco y una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda. Sin embargo, sus ojos conservaban la misma mirada firme que Richard recordaba desde la infancia.
Thomas lo observó de arriba abajo.
—Así que finalmente viniste.
Richard tragó saliva.
—Necesito hablar contigo.
—No. Tú necesitas que te salve.
—Mi fábrica se incendió.
Thomas soltó una risa amarga.
—Me enteré.
—Hay documentos que vinculan a Víctor con transferencias ilegales y con la desactivación de sistemas de seguridad.
La expresión de Thomas cambió.
No parecía sorprendido.
Parecía cansado.
—¿Encontraste la caja de Daniel?
Richard sintió un escalofrío.
—¿Sabías que existía?
—Yo ayudé a Daniel a reunir los documentos.
Richard retrocedió un paso.
—¿Qué?
Thomas abrió la puerta un poco más.
—Entra. Si vas a descubrir la verdad, tendrás que escuchar cosas que no te van a gustar.
La sala estaba llena de planos, carpetas y fotografías de instalaciones industriales.
Sobre una mesa había un periódico viejo cuya portada hablaba de la muerte de Daniel Reyes.
Richard lo tomó.
—¿Por qué guardaste esto?
Thomas lo miró con una tristeza profunda.
—Porque cada vez que pensaba en lo que ocurrió, recordaba que intenté advertirte y tú me dijiste que dejara de meterme en tus asuntos.
Richard sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué sabías?
Thomas caminó hasta un armario y sacó una carpeta gruesa.
—Daniel descubrió que Víctor estaba desviando dinero destinado al mantenimiento. Pero también encontró registros de una segunda instalación, una fábrica más pequeña que cerró después de un accidente grave.
Richard miró los documentos.
Reconoció el nombre de la compañía.
Era una empresa que Coleman Industries había adquirido años atrás.
—¿Hubo muertos? —preguntó.
Thomas guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente para que Richard comprendiera que estaba frente a algo mucho peor de lo que había imaginado.
—Tres trabajadores resultaron gravemente heridos —respondió finalmente Thomas—. Uno murió semanas después. La investigación fue cerrada porque alguien presentó documentos que atribuían el accidente a un error humano.
Richard se sentó lentamente.
—¿Y esos documentos eran falsos?
Thomas asintió.
—Daniel encontró pruebas de que los informes habían sido modificados. Cuando intentó denunciarlos, Víctor comenzó a presionarlo.
—¿Por qué no me dijiste todo esto?
Thomas lo miró con una mezcla de ira y decepción.
—Porque cuando fui a tu oficina, me dijiste que no querías problemas. Me dijiste que Víctor era un hombre de confianza y que yo estaba intentando destruir la empresa porque no soportaba que tú la dirigieras.
Richard cerró los ojos.
Recordaba aquella discusión.
Recordaba las palabras crueles.
Recordaba haberle dicho a su hermano que se largara y no volviera a pedir nada.
Pero no recordaba haber preguntado si Daniel estaba en peligro.
Nunca lo había preguntado.
Thomas colocó una fotografía sobre la mesa.
Era la misma imagen que Richard había recibido en el teléfono.
Daniel aparecía frente al edificio, y Thomas estaba detrás de él.
—¿Qué pasó la noche en que murió? —preguntó Richard.
Thomas tardó en responder.
—Daniel me llamó. Dijo que tenía una copia de los registros que podían demostrar quién estaba desviando el dinero. Me pidió que nos encontráramos al día siguiente.
—¿Y lo hiciste?
Thomas apretó los labios.
—No llegó al día siguiente.
Richard miró la fotografía.
—¿Crees que Víctor provocó el accidente?
—No lo sé. Nunca pude demostrarlo. Pero sé que después de su muerte alguien entró en su casa, alguien revisó sus archivos y alguien intentó encontrar los documentos que había guardado.
Richard sintió que la habitación se volvía más pequeña.
—¿Quién?
Thomas abrió la carpeta y sacó una hoja con varios nombres.
—No tengo todas las respuestas. Pero hay una persona que puede ayudarnos a descubrirlas.
Richard miró el documento.
En la parte superior aparecía el nombre de una antigua empleada del departamento financiero.
Debajo había una anotación escrita a mano.
Última persona que autorizó el pago antes de que desaparecieran los registros.
Richard leyó el nombre.
Patricia Gómez.
La abogada a quien Elena había intentado localizar.
—¿Dónde está? —preguntó.
Thomas tomó aire.
—No lo sé. Pero la última vez que hablé con ella, me dijo que había descubierto algo que podía destruir a toda la dirección ejecutiva.
Richard se puso de pie.
—Tenemos que encontrarla.
Thomas no se movió.
—Antes de hacerlo, necesito que me respondas una pregunta.
Richard lo miró.
—¿Cuál?
Thomas señaló una fotografía de su padre colocada sobre la chimenea.
—Si descubrimos que tú también firmaste documentos que ayudaron a encubrir lo que ocurrió, ¿vas a decir la verdad, aunque termines en prisión?
Richard sintió que la pregunta le atravesaba el pecho.
Pensó en su fortuna.
En su empresa.
En los edificios que llevaban su nombre.
En los años que había pasado creyendo que podía comprar una salida para cada problema.
Después recordó a Mateo, sentado en aquella esquina con su letrero de cartón.
—Sí —respondió.
Thomas lo observó largamente.
—Espero que esta vez no estés mintiendo.
Antes de que Richard pudiera contestar, un teléfono comenzó a sonar sobre la mesa.
Era el de Thomas.
En la pantalla aparecía un número desconocido.
Thomas contestó y activó el altavoz.
Una voz de mujer habló con urgencia.
—Señor Coleman, soy Patricia Gómez. No tengo mucho tiempo. Encontré los documentos originales de Daniel y ya sé quién ordenó que desaparecieran.
Richard se acercó al teléfono.
—Patricia, soy Richard. ¿Dónde está?
La mujer guardó silencio un instante.
Después susurró:
—No confíe en Víctor. Y tampoco confíe en el hombre que tiene a su lado.
La llamada se cortó.
Richard levantó la mirada hacia su hermano.
Thomas no parecía sorprendido.
Parecía aterrorizado.
Y antes de que Richard pudiera preguntarle por qué, un estruendo sacudió la ventana de la sala.
Alguien acababa de lanzar una piedra contra el cristal.
Atada a ella había una hoja doblada.
Thomas la recogió con manos temblorosas.
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En el papel solo había una frase:
*«Si siguen buscando a Patricia, el próximo incendio no será en una fábrica».*
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