Chapter 6: La habitación vacía y la hermana que regresó para cobrar una deuda
La dirección conducía a una antigua casa de campo situada a las afueras de la ciudad, en una propiedad que había pertenecido a la familia Carbone antes de que Salvatore naciera.
El nombre de Isabella aparecía debajo de la ubicación.
Salvatore leyó el mensaje tres veces.
No podía ser una coincidencia.
Alguien quería que fuera allí.
Y, después de todo lo que había ocurrido, eso significaba que probablemente se trataba de una trampa.
Pero su esposa había desaparecido.
Su madre había sido amenazada de muerte.
Y la única persona que podía explicar la conexión entre ambas cosas era una mujer a quien todos habían llorado durante más de veinte años.
Isabella.
Su hermana mayor.
Salvatore se sentó en el asiento trasero del automóvil mientras su jefe de seguridad conducía. Dos vehículos de apoyo avanzaban detrás de ellos, coordinados con las autoridades.
El maletín descansaba sobre sus rodillas.
Dentro estaban los documentos de su padre, la memoria USB y las fotografías recuperadas.
No había entregado los originales al desconocido que lo había amenazado.
Tampoco pensaba hacerlo.
Si alguien quería recuperar aquellos documentos, tendría que explicar primero por qué estaba dispuesto a secuestrar a una mujer y amenazar a una anciana para conseguirlos.
—Señor —dijo el jefe de seguridad—, la policía recomienda esperar hasta que el equipo de intervención llegue a la propiedad.
Salvatore miró por la ventana.
—¿Cuánto falta?
—Quince minutos.
—Mi esposa podría estar allí ahora mismo.
—También podría ser una trampa.
—Lo sé.
El hombre guardó silencio.
Salvatore apoyó la cabeza contra el asiento.
Recordó la última vez que había visto a su esposa.
Ella estaba en la cocina, preparando café, y le había preguntado si podía reservar la noche del viernes para cenar juntos.
Él le había contestado que intentaría terminar temprano.
Ni siquiera le había dado un beso de despedida antes de salir.
Había pensado que tendrían muchas otras noches.
Ahora cambiaría cualquier cosa por volver a escuchar su voz.
—No voy a entrar sin apoyo —dijo finalmente—. Pero tampoco voy a dejarla allí si hay una posibilidad de encontrarla.
El jefe de seguridad asintió.
—Entendido.
La casa de campo apareció al final de un camino flanqueado por árboles.
Era una construcción de dos plantas, con paredes de piedra clara, ventanas altas y un jardín abandonado. Una de las luces exteriores permanecía encendida, aunque el resto de la propiedad parecía deshabitada.
Salvatore reconoció el lugar de inmediato.
Había pasado allí algunos veranos durante su infancia, cuando su padre todavía intentaba mantener a todos los miembros de la familia cerca.
Isabella solía esconderse detrás de las cortinas y asustarlo cuando regresaba del jardín.
Recordó su risa.
Recordó cómo le enseñaba a montar bicicleta.
Y recordó la última vez que ella lo había abrazado.
Tenía diecisiete años y estaba convencido de que su hermana simplemente se había marchado porque quería vivir su propia vida.
Después llegó la noticia del accidente.
Nunca volvió a verla.
El jefe de seguridad estacionó el automóvil a una distancia prudente.
—Las autoridades están a cinco minutos.
Salvatore miró la casa.
—Voy a esperar.
No habían pasado ni treinta segundos cuando se encendió una luz en una ventana del segundo piso.
Una silueta apareció detrás del cristal.
Era una mujer.
Tenía el cabello oscuro, recogido en la nuca.
Y llevaba una prenda de color claro.
Salvatore salió del automóvil, pero el jefe de seguridad lo detuvo.
—¡Señor, espere!
La silueta levantó una mano.
Después desapareció de la ventana.
Un instante más tarde, la puerta principal se abrió.
Una mujer descendió los escalones y caminó hacia ellos.
Parecía tener unos cuarenta y tantos años. Llevaba un abrigo gris y tenía el rostro más delgado de lo que Salvatore recordaba, pero sus ojos eran idénticos a los de la fotografía familiar.
Se detuvo a unos metros.
—Has tardado mucho —dijo.
Salvatore dejó de respirar.
—Isabella.
Ella no sonrió.
Tampoco se acercó para abrazarlo.
Solo lo miró con una mezcla de tristeza y resentimiento que él no supo cómo interpretar.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó Salvatore.
Isabella inclinó ligeramente la cabeza.
—Ni siquiera vas a preguntarme por qué sigo viva.
—Te preguntaré todo lo que quieras cuando sepa que mi esposa está a salvo.
La mujer apretó los labios.
—Siempre has sido igual. Primero los negocios, después las personas. Nuestro padre estaría orgulloso.
Salvatore sintió el golpe de aquellas palabras, pero no apartó la mirada.
—No sabes nada de mi vida.
—Sé más de lo que imaginas.
—Entonces dime dónde está.
Isabella miró el maletín que él sostenía.
—¿Trajiste los documentos?
—No voy a entregártelos sin saber dónde está mi esposa.
—¿Y si te digo que es la única manera de recuperarla?
—Te pediré una prueba de que está viva y de que puedes ayudarme a encontrarla.
Isabella soltó una risa sin alegría.
—Has aprendido a desconfiar.
—Alguien se llevó a mi esposa. Mi madre estuvo a punto de morir por negarse a mentir. No me queda otra opción.
Por primera vez, la expresión de Isabella cambió.
—¿Adelaide está viva?
—Sí.
La mujer cerró los ojos.
Parecía aliviada, pero el alivio duró apenas un segundo.
—Entonces todavía podemos arreglarlo.
Salvatore dio un paso hacia ella.
—¿Arreglar qué?
Isabella lo observó en silencio.
Después levantó la mano izquierda.
En su dedo llevaba un anillo con una piedra roja.
Salvatore sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Era el mismo diseño que aparecía en las grabaciones.
El mismo que había visto en la mano del hombre que obligó a su esposa a entrar en el automóvil.
—¿De dónde sacaste ese anillo? —preguntó.
Isabella bajó la mano.
—Me lo dio nuestro padre.
—Eso es imposible. Yo vi ese anillo en la mano del hombre que se llevó a mi esposa.
—Entonces viste lo que alguien quería que vieras.
Salvatore apretó el maletín.
—¿Estás diciendo que tú no tienes nada que ver con su desaparición?
Isabella no respondió de inmediato.
Miró hacia la casa y luego hacia el camino.
—No aquí.
—No voy a entrar contigo.
—No te estoy pidiendo que confíes en mí. Te estoy pidiendo que escuches lo que nuestro padre intentó decirnos antes de morir.
—Mi padre murió hace años.
—Y alguien se aseguró de que nunca supieras lo que realmente ocurrió.
Salvatore sintió que el mundo volvía a abrirse bajo sus pies.
—¿Quién?
Isabella lo miró directamente.
—Vittorio.
Cinco minutos después, el equipo policial llegó a la propiedad.
Salvatore insistió en que revisaran primero la casa antes de permitir que Isabella se acercara al maletín. Ella no se opuso.
La inspección duró veinte minutos.
No encontraron a su esposa.
Tampoco hallaron señales de que alguien hubiera permanecido allí recientemente.
En el segundo piso había una habitación preparada con una cama, una botella de agua y una manta doblada. Sobre la mesa descansaba una fotografía de Salvatore y su esposa durante su boda.
En el reverso, alguien había escrito una fecha.
La del martes anterior.
El día de la desaparición.
Salvatore sostuvo la fotografía con manos temblorosas.
—¿Por qué está esto aquí?
Isabella permaneció junto a la puerta.
—Porque quieren que creas que ella estuvo aquí.
—¿Y no estuvo?
—No lo sé.
Salvatore se volvió hacia ella.
—¡Deja de jugar conmigo!
Isabella retrocedió, pero no apartó la mirada.
—No estoy jugando. Me contactaron hace tres días. Dijeron que, si quería evitar que mi familia sufriera, debía encontrar los documentos de nuestro padre y convencerte de que los entregaras.
—¿Quién te contactó?
—Una persona que utilizó el nombre de Vittorio.
—¿Hablaste con mi tío?
—No. Recibí mensajes y una grabación de voz.
—¿Y aceptaste colaborar?
Isabella guardó silencio.
Aquello fue suficiente para enfurecerlo.
—¡Mi esposa lleva seis días desaparecida y tú recibiste instrucciones de alguien que decía ser nuestro tío! ¿Por qué no acudiste a la policía?
—Porque me dijeron que ya habían matado a una persona por intentar contar la verdad.
Salvatore se quedó inmóvil.
—¿A quién?
Isabella bajó la cabeza.
—A nuestro padre.
El silencio se extendió por la habitación.
—Nuestro padre murió de una enfermedad —dijo Salvatore.
—Eso es lo que te dijeron.
—¡Yo estuve en su funeral!
—Y yo estuve con él la noche en que murió.
Salvatore sintió que le faltaba el aire.
Isabella se acercó a una pequeña mesa y tomó una carpeta de color marrón.
La abrió.
Dentro había una copia de un informe médico, varias cartas y una fotografía de su padre sentado en una habitación de hospital.
En el informe aparecía una fecha que no coincidía con la que Salvatore recordaba.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Una copia del expediente original. Nuestro padre había solicitado que revisaran ciertos medicamentos que le estaban administrando. Creía que alguien había cambiado su tratamiento sin autorización.
Salvatore examinó los papeles.
—¿Quién se los administraba?
—No lo sé con certeza. Pero el nombre de Vittorio aparece en los registros de visitas.
—Mi tío lo visitaba porque eran hermanos.
—También aparece en un documento que autorizaba el acceso a la medicación.
Salvatore levantó la mirada.
—¿Estás diciendo que Vittorio pudo haber provocado su muerte?
—Estoy diciendo que nuestro padre tenía miedo de alguien de la familia. Y que, poco antes de morir, me pidió que huyera.
Isabella respiró profundamente.
—Me dijo que había descubierto una operación para desviar dinero de las empresas. Cuando intentó detenerla, recibió amenazas. Después me pidió que saliera de la ciudad y no regresara hasta que fuera seguro.
—¿Por qué nos dijeron que habías muerto?
—Porque alguien necesitaba que dejaran de buscarme.
—¿Y por qué nunca volviste?
Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas.
—Porque me hicieron creer que, si regresaba, te matarían a ti.
Salvatore apretó los puños.
—¿Quién te hizo creer eso?
—Vittorio. O alguien que hablaba en su nombre. Nunca pude demostrarlo.
—¿Y ahora quieres que te crea?
Isabella levantó la barbilla.
—No. Quiero que encuentres a tu esposa. Después puedes odiarme todo lo que quieras.
Salvatore guardó los documentos en el maletín.
—Dime todo lo que sabes sobre su desaparición.
Isabella se sentó lentamente.
—Tu esposa descubrió que una empresa aparentemente inactiva había recibido transferencias durante años. Los pagos estaban vinculados a una cuenta que se abrió poco después de la muerte de nuestro padre.
—¿A nombre de quién?
—De una sociedad registrada en el extranjero.
—¿Y quién la controlaba?
Isabella miró hacia el suelo.
—Nolan.
Salvatore sintió que la ira volvía a apoderarse de él.
—¿Mi primo?
—Sí. Pero Nolan no era el verdadero responsable. Solo administraba los movimientos.
—¿Quién estaba detrás?
Isabella levantó la mirada.
—Vittorio.
Salvatore se quedó inmóvil.
Todo encajaba demasiado bien.
Los documentos financieros.
La desaparición de su esposa.
La eliminación de las grabaciones.
La crueldad contra Adelaide.
Pero faltaba una respuesta fundamental.
—¿Por qué se llevaron a mi esposa en lugar de simplemente destruir los documentos?
Isabella tardó varios segundos en contestar.
—Porque ella encontró algo que no aparece en los registros bancarios.
—¿Qué encontró?
—Una carta de nuestro padre. Una carta que demostraba que Vittorio no era el único que había participado en la operación.
Salvatore sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
Isabella cerró los ojos.
—Tu padre escribió que había dos personas colaborando para destruirlo. Una estaba fuera de la familia. La otra se encontraba dentro de su propia casa.
Salvatore recordó la voz de Hattie en la grabación.
«Todavía no sabe lo de Isabella».
Recordó a Nolan tratando de escapar.
Recordó el mensaje que amenazaba a Adelaide.
—¿Quién es la persona que estaba dentro de la casa? —preguntó.
Isabella abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, el jefe de seguridad entró apresuradamente.
—Señor, recibimos una alerta de la residencia.
Salvatore se volvió.
—¿Qué pasó?
—La señora Adelaide ha desaparecido de su habitación.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cómo que ha desaparecido?
—La empleada que estaba con ella fue encontrada en el corredor. Está consciente, pero dice que alguien entró haciéndose pasar por personal médico.
Salvatore sintió que el miedo le atravesaba el pecho.
—¿Y Ella?
—Está a salvo. La encontramos en la habitación contigua con otra empleada.
Salvatore cerró los ojos durante un instante.
Su madre.
La misma mujer a la que habían privado de comida, humillado y amenazado.
Ahora alguien se la había llevado.
Isabella se puso de pie.
—Vittorio sabe que estás aquí.
Salvatore la miró.
—¿Cómo?
—Porque esta casa perteneció a nuestro padre. Y porque alguien acaba de confirmar que encontraste los documentos.
El jefe de seguridad recibió otro mensaje y palideció.
—Señor… hay una grabación.
Abrió el archivo en su teléfono.
La imagen mostraba a Adelaide sentada en una silla, con las manos juntas sobre el regazo. Parecía asustada, pero estaba consciente.
Una voz masculina habló fuera de cámara.
—Salvatore, si quieres que tu madre regrese a casa, tendrás que hacer una elección.
La cámara se acercó al rostro de Adelaide.
Ella levantó la mirada.
—Hijo, no les entregues nada. Pase lo que pase, no les des los documentos.
La grabación se cortó.
Debajo apareció un mensaje.
*«Tienes una hora. Entrega la carpeta y la memoria USB. Ven solo. Si avisas a la policía, tu madre pagará las consecuencias».*
Salvatore sintió que la furia y el miedo se mezclaban hasta volverle difícil respirar.
Isabella se acercó.
—No puedes ir solo.
—No voy a dejar que maten a mi madre.
—Y tampoco debes entregarles los documentos. Si lo haces, nunca sabrás qué ocurrió realmente.
Salvatore la miró con una dureza que la hizo guardar silencio.
—Es fácil decirlo cuando no es tu madre la que está en sus manos.
Isabella bajó la cabeza.
Después, lentamente, se quitó el anillo de piedra roja y lo dejó sobre la mesa.
—Tienes razón. Pero hay algo que debes saber antes de tomar una decisión.
Salvatore miró el anillo.
—¿Qué?
Isabella señaló la piedra central.
—No es el mismo anillo que lleva Vittorio. Es una copia. Nuestro padre mandó hacer dos, pero solo una persona recibió el segundo.
—¿Quién?
Isabella respiró profundamente.
—La mujer que estaba con él la noche en que murió.
Salvatore sintió que el corazón le golpeaba con violencia.
—¿Quién era esa mujer?
Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Hattie.
Y, en ese mismo instante, el teléfono de Salvatore recibió una llamada de un número oculto.
Contestó.
La voz de su tío sonó tranquila, casi afectuosa.
—Espero que hayas encontrado a tu hermana, sobrino. Ahora es momento de que dejes de hacer preguntas.
Salvatore apretó el teléfono.
—¿Dónde está mi madre?
Vittorio soltó una pequeña risa.
—En un lugar seguro. Siempre que tú hagas lo correcto.
—Si le haces daño, te juro que…
—No me amenaces, Salvatore. Tú todavía no sabes quién eres.
Hubo una pausa.
Después, Vittorio pronunció unas palabras que hicieron que Isabella se llevara una mano a la boca.
—Y cuando tu madre te cuente quién fue realmente tu padre, comprenderás por qué tu esposa tuvo que desaparecer.
La llamada terminó.
Salvatore miró a su hermana.
Por primera vez, ella parecía aterrorizada de verdad.
—¿Qué quiso decir con eso? —preguntó él.
Isabella negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Pero cuando Salvatore abrió la carpeta para revisar nuevamente los documentos, descubrió que faltaba una hoja.
La última página.
La que su padre había doblado y guardado dentro de un sobre sellado.
Y sobre la mesa, junto al anillo rojo, había aparecido una fotografía que ninguno de ellos había visto antes.
En ella, Adelaide sostenía a un bebé recién nacido.
A su lado estaba el padre de Salvatore.
Y detrás de ambos, sonriendo hacia la cámara, aparecía Vittorio.
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En el reverso de la fotografía había una frase escrita con tinta negra:
*«El heredero que todos buscan no es el que creen».*
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