Chapter 5: La llamada de la mujer que todos creían muerta
Salvatore amplió la fotografía hasta que los píxeles comenzaron a deformarse.
No necesitaba ver el rostro de su esposa con mayor claridad para reconocerla.
Era ella.
La misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. El mismo collar que él le había regalado en su aniversario. El mismo anillo de matrimonio que, según le había dicho días antes de desaparecer, nunca se quitaría.
Estaba viva.
Pero el hombre reflejado en el espejo llevaba el anillo de piedra roja.
Y alguien sabía que Salvatore acababa de encontrar los documentos de su padre.
Eso significaba que el secuestrador no solo vigilaba sus movimientos.
También conocía sus secretos.
Salvatore llamó inmediatamente a su jefe de seguridad.
—Quiero que rastrees este número y conserves el mensaje original. No respondas. No intentes contactar con quien lo envió. Necesito saber si la imagen contiene información que permita identificar el lugar donde está mi esposa.
—¿La encontró, señor?
—Encontré una fotografía. Todavía no la he encontrado a ella.
—Entendido. Envíeme el archivo completo.
Salvatore compartió la imagen y guardó el teléfono.
Después miró la carpeta abierta sobre la mesa.
Los documentos podían explicar por qué se habían llevado a su esposa. También podían contener información capaz de poner en peligro a cualquiera que intentara recuperarla.
El mensaje era una amenaza.
Y, sin embargo, había algo que no encajaba.
Si el secuestrador quería los documentos, ¿por qué había esperado hasta ese momento para exigirlos?
¿Y cómo sabía que Salvatore los había encontrado?
La respuesta solo podía ser una.
Alguien dentro de la residencia estaba informando de cada uno de sus movimientos.
Salvatore cerró la carpeta, la guardó en un maletín y salió del sótano.
En el corredor, su jefe de seguridad lo esperaba.
—Señor, hay algo más que debe ver.
Le mostró una pantalla con los registros de acceso del despacho secundario.
—El código maestro se utilizó el martes a las siete y cuarenta y dos de la noche. Pero encontramos otro acceso a la misma terminal esta tarde, justo después de que usted regresara.
Salvatore se detuvo.
—¿Quién entró?
El hombre señaló una línea del registro.
—Hattie.
—¿A qué hora?
—A las seis y doce. Permaneció dentro durante cuatro minutos.
Salvatore recordó la reacción de su nuera cuando vio la fotografía.
Su miedo.
Su mirada hacia Nolan.
La forma en que había intentado convencerlo de que dejara de investigar.
—¿Qué hizo en el despacho?
—Todavía no lo sabemos. Pero hay una cámara secundaria que no está conectada al sistema principal. Estamos intentando recuperar sus archivos.
Salvatore apretó los dientes.
—Quiero que nadie toque esa computadora hasta que llegue un especialista. Y necesito que dos personas de absoluta confianza vigilen las entradas.
—¿Debo informar a la policía?
Salvatore miró el maletín.
—Sí. Pero quiero que sepan que hay una persona desaparecida y una amenaza directa contra ella. No quiero que esto se trate como una simple disputa familiar.
El jefe de seguridad asintió.
—¿Y el señor Vittorio?
—Localicen su paradero. No lo contacten todavía.
Cuando el hombre se marchó, Salvatore subió a la habitación de Adelaide.
Su madre estaba despierta, sentada junto a la ventana. Ella dormía en la cama contigua, abrazada a su conejo de peluche.
Al verlo entrar, Adelaide comprendió que había ocurrido algo.
—¿Encontraste los documentos?
Salvatore cerró la puerta.
—Sí.
—¿Y encontraste a tu esposa?
Él se sentó frente a ella.
—Encontré una fotografía. Está viva, mamá. Pero no sé dónde la tienen.
Adelaide se llevó una mano a la boca y comenzó a llorar.
—Gracias a Dios.
Salvatore le mostró la imagen.
La anciana la observó durante varios segundos.
Después se quedó inmóvil.
—Ese hombre…
Salvatore se inclinó hacia ella.
—¿Lo reconoces?
—No puedo verle bien el rostro.
—¿Pero el anillo?
Adelaide asintió lentamente.
—Lo he visto antes.
—¿Dónde?
La anciana cerró los ojos.
—La noche en que desapareció tu hermana.
Salvatore sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué dijiste?
Adelaide empezó a temblar.
—Hace más de veinte años, cuando Isabella salió de la residencia, yo estaba en el salón. Recuerdo haber visto a un hombre junto a tu padre. Llevaba un anillo parecido. Después hubo una discusión y tu hermana se marchó.
—Nos dijeron que murió en un accidente.
—Eso fue lo que nos dijeron.
—¿Estás diciendo que nunca viste su cuerpo?
Adelaide negó lentamente con la cabeza.
—No. Tu padre se encargó de todo. Nos dijo que había reconocido sus pertenencias y que no había nada más que hacer.
Salvatore se puso de pie.
Durante años había vivido con la idea de que su hermana había muerto en una carretera mojada, a cientos de kilómetros de casa.
Recordaba el funeral cerrado, la tristeza de su madre y el silencio de su padre.
Recordaba también que Vittorio había regresado a la residencia dos días después del supuesto accidente y que nadie volvió a mencionar el tema.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
Adelaide lloró con más fuerza.
—Porque tenía miedo. Tu padre me pidió que no hiciera preguntas. Dijo que, si quería proteger a mis hijos, debía aceptar que Isabella se había ido para siempre.
Salvatore miró la fotografía de su esposa.
—Quizá mi hermana nunca murió.
—Eso es lo que temo, hijo.
En ese momento, el teléfono de Salvatore vibró.
Su jefe de seguridad había enviado un archivo de video recuperado de la cámara secundaria.
Salvatore lo abrió.
La imagen mostraba el despacho administrativo desde un ángulo discreto. Hattie entraba, cerraba la puerta y se sentaba frente a la computadora.
Miraba constantemente hacia el corredor.
Después conectaba un dispositivo USB.
Tecleaba durante casi un minuto.
Finalmente, tomaba el teléfono y hacía una llamada.
El audio estaba dañado, pero algunas palabras se distinguían.
—Sí… ya regresó… encontró algo… No, todavía no sabe lo de Isabella.
Salvatore sintió que el corazón se le detenía.
El video continuó.
Hattie bajó la voz.
—Dile que cambie el lugar. Si encuentra la caja, todo se acabó.
Después colgó.
La grabación terminó.
Adelaide se cubrió la boca.
—Ella lo sabía.
Salvatore no respondió.
Reprodujo el video una segunda vez.
«Todavía no sabe lo de Isabella».
Hattie conocía el secreto de su hermana.
Y, si había hablado con alguien para cambiar el lugar donde retenían a su esposa, significaba que el secuestrador no era una figura aislada.
Era parte de una red de personas que habían utilizado los secretos de los Carbone para protegerse durante años.
Salvatore salió de la habitación y encontró a Hattie en la sala principal.
Estaba sentada junto a Nolan, quien le hablaba en voz baja. Al verlo entrar, ambos dejaron de conversar.
—Necesito que vengas conmigo —dijo Salvatore.
Hattie se levantó.
—¿Ahora qué?
Él puso el video sobre la mesa y presionó reproducir.
Cuando su propia voz salió de los altavoces, Hattie perdió el color del rostro.
Nolan se puso de pie.
—Eso no demuestra nada.
Salvatore apagó el video.
—Demuestra que Hattie llamó a alguien después de que yo regresara y le advirtió que había encontrado los documentos. También demuestra que mencionó a Isabella.
Hattie comenzó a llorar.
—No entiendes lo que pasó.
—Entonces explícamelo.
—Yo no sabía que iban a llevarse a tu esposa.
—Pero sabías que estaba en peligro.
—¡No!
—Acabas de decir que todavía no sabía lo de Isabella. ¿Qué es lo que no sé?
Hattie miró a Nolan.
Él negó lentamente con la cabeza.
—No digas nada —le advirtió.
Salvatore se volvió hacia él.
—¿Por qué? ¿Porque finalmente voy a escuchar la verdad?
Nolan dio un paso adelante.
—Porque no sabes lo que estás haciendo. Si sigues buscando, vas a destruir todo lo que tu padre construyó.
—Mi padre murió hace años. Lo que tú y Hattie están haciendo ahora es responsabilidad de ustedes.
Hattie se llevó las manos a la cara.
—Isabella está viva.
La frase cayó sobre la sala como un cristal rompiéndose.
Salvatore dejó de moverse.
—Repítelo.
Hattie lloraba sin control.
—No sé dónde está ahora. Te lo juro. Pero hace años recibí una carta. Decía que Isabella estaba viva y que no debía intentar encontrarla.
—¿Quién te envió esa carta?
—No tenía firma.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque me amenazaron.
Salvatore la miró con desprecio.
—¿Te amenazaron con qué?
—Dijeron que, si hablaba, alguien de la familia pagaría las consecuencias.
—¿Y decidiste que esa persona fuera mi madre?
Hattie no pudo responder.
Nolan la sujetó del brazo.
—Ya basta. Estás empeorando las cosas.
Salvatore lo apartó.
—No vuelvas a tocarla para silenciarla.
—¡Estoy tratando de protegerte!
—¿De quién?
Nolan apretó los puños.
—De la verdad.
Salvatore se quedó inmóvil.
Aquellas dos palabras revelaban más que todas las mentiras anteriores.
—Entonces la verdad existe —dijo.
Nolan no respondió.
Salvatore se volvió hacia Hattie.
—¿Qué relación tiene mi esposa con Isabella?
Hattie tragó saliva.
—Tu esposa encontró una serie de documentos que demostraban que Isabella había seguido viva después del supuesto accidente. También encontró pagos que conectaban a una empresa de la familia con una cuenta utilizada para financiar su desaparición.
—¿Quién hizo esos pagos?
Hattie miró a Nolan.
Él negó con la cabeza, desesperado.
—No lo sé —susurró ella.
Salvatore golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Basta de mentiras!
Hattie comenzó a llorar de nuevo.
—¡Fue Nolan quien me pidió que ayudara a conseguir la declaración de Adelaide! Me dijo que, si tu madre confirmaba que tu esposa se había marchado voluntariamente, todo terminaría sin que nadie resultara herido.
Nolan se puso pálido.
—¡Estás mintiendo!
—¡Me dijiste que era necesario! —gritó Hattie—. ¡Me dijiste que solo teníamos que hacerla hablar!
Salvatore miró a Nolan.
—¿Qué querías que dijera mi madre?
Nolan retrocedió.
—No puedo explicártelo.
—Sí puedes.
—No entiendes quién está detrás de todo esto.
—Entonces dime su nombre.
Nolan abrió la boca.
Pero antes de que pudiera hablar, el teléfono de Hattie comenzó a sonar.
La pantalla mostraba un número desconocido.
Salvatore hizo una señal para que no contestara.
El teléfono dejó de sonar.
Un segundo después llegó un mensaje.
Hattie lo leyó y empezó a temblar.
Salvatore le quitó el aparato y examinó la pantalla.
El mensaje decía:
*«Si Salvatore ya sabe lo de Isabella, ejecuta el plan de emergencia. La esposa debe ser trasladada esta noche».*
Debajo aparecía una segunda línea.
*«Y no permitas que Adelaide llegue viva al amanecer».*
Salvatore sintió que el mundo se detenía.
Su madre no solo había sido silenciada.
Alguien acababa de ordenar que la mataran.
Y el traslado de su esposa significaba que el tiempo para encontrarla se estaba agotando.
—¿Quién envió esto? —preguntó Salvatore.
Hattie negó con la cabeza, incapaz de hablar.
Nolan miró hacia la puerta.
Salvatore comprendió lo que intentaba hacer.
—¡No te muevas!
Pero Nolan ya había corrido hacia el corredor.
El jefe de seguridad apareció desde la entrada lateral y le cerró el paso. Dos empleados de confianza lo sujetaron mientras él forcejeaba.
—¡Suéltenme! —gritó Nolan—. ¡No saben lo que están haciendo!
Salvatore se acercó a él.
—Tienes razón. Todavía no lo sé todo. Pero voy a descubrirlo.
Nolan lo miró con desesperación.
—Si no la encuentras antes de medianoche, nunca volverás a ver a tu esposa.
Salvatore sintió que la rabia se convertía en algo más frío.
—¿Dónde está?
Nolan apretó los labios.
—Pregúntale a tu tío.
A las once y diecisiete de la noche, Salvatore recibió una llamada del especialista que examinaba los archivos recuperados.
Habían encontrado una ubicación asociada a uno de los pagos sospechosos: un antiguo hotel a las afueras de la ciudad, cerrado al público desde hacía varios años.
Las cámaras de una gasolinera cercana habían registrado un automóvil oscuro con una calcomanía blanca y una figura roja.
La matrícula estaba parcialmente cubierta.
Pero el vehículo había sido visto entrando por una carretera secundaria que conducía directamente al hotel.
Salvatore ordenó que se enviaran los datos a la policía y que su equipo coordinara la búsqueda sin poner en peligro a su esposa.
Antes de salir, regresó junto a Adelaide.
La anciana estaba despierta, aferrada a la mano de Ella.
—Voy a traerla de vuelta —le prometió.
Adelaide le acarició la mejilla.
—No permitas que la rabia te haga cometer los mismos errores que tu padre.
Salvatore inclinó la cabeza.
—¿Qué errores?
Su madre lo miró con ojos cansados.
—Creer que podía salvar a la familia ocultando la verdad.
Salvatore besó su frente.
Luego se marchó con el maletín de documentos y la fotografía de su esposa.
A las once y cuarenta y tres, su teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de un número desconocido.
Esta vez no había fotografías.
Solo una frase:
*«Llegaste tarde, Salvatore. Tu esposa ya no está en el hotel».*
Debajo aparecía una dirección.
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Y un nombre.
Isabella Carbone.
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