Calm

Chapter 2: Seis días sin comida y una pregunta que podía destruir a los Carbone

Salvatore sintió que el patio entero se inclinaba bajo sus pies cuando escuchó a su madre mencionar a su esposa.

—¿Qué acabas de decir?

Adelaide abrió la boca, pero no consiguió pronunciar otra palabra.

Su respiración se volvió irregular. Tenía los ojos clavados en la puerta que conducía al interior de la residencia, como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento para silenciarla.

Salvatore conocía aquella mirada.

La había visto una sola vez antes, cuando su padre murió y Adelaide tuvo que identificar los documentos que demostraban que alguien había intentado robarle parte de la herencia familiar.

Su madre no temía fácilmente.

Pero ahora tenía miedo.

Y ese miedo no era para protegerse a sí misma.

Era por él.

—¡Traigan agua y llamen al médico! —ordenó Salvatore.

Un camarero salió corriendo.

Salvatore entregó a Ella a una empleada de confianza que acababa de acercarse.

—Llévala a la sala. Quédate con ella y no permitas que nadie se acerque hasta que yo vaya por las dos.

—Sí, señor.

—¡Papá, no quiero dejar a la abuelita!

Ella comenzó a llorar otra vez.

Salvatore le besó la frente.

—La abuelita va a estar bien. Te lo prometo.

No sabía si podría cumplir esa promesa.

Pero no permitiría que su hija siguiera presenciando aquello.

Cuando la niña se alejó, Salvatore volvió a arrodillarse frente a Adelaide.

—Mamá, voy a preguntarte algo y quiero que me contestes con toda la calma que puedas. ¿Dónde está mi esposa?

Adelaide apretó los labios.

Hattie aprovechó el silencio.

—Ahí está el problema. Tu madre lleva días repitiendo cosas sin sentido. Cree que vio algo relacionado con tu esposa y se ha obsesionado con esa idea.

—¿Dónde está mi esposa, Hattie? —repitió Salvatore.

—Está fuera, atendiendo sus propios asuntos.

—¿Qué asuntos?

—No tengo que darte cada detalle de su vida.

La frase salió demasiado rápido.

Salvatore la miró como si acabara de descubrir una grieta en una pared que había considerado sólida durante años.

—¿Me estás diciendo que no sabes dónde está mi esposa?

Hattie cruzó los brazos.

—Estoy diciendo que tu madre necesita atención médica y que tú estás haciendo un escándalo delante de nuestros invitados.

Nolan dejó su copa sobre una mesa.

—Estoy de acuerdo. La señora Adelaide lleva días alterada. Todos hemos intentado ayudarla.

Salvatore giró lentamente hacia él.

—¿Todos?

—Sí.

—¿Incluyéndote a ti?

—Por supuesto.

—Entonces explícame por qué mi madre está tan débil que apenas puede sostener una taza.

Nolan mantuvo una expresión tranquila, pero sus dedos se cerraron alrededor de la copa.

—Porque se ha negado a comer.

El silencio que siguió fue brutal.

Salvatore miró a Adelaide.

Ella bajó la cabeza.

—¿Es verdad? —preguntó él.

Su madre tardó varios segundos en contestar.

—Me quitaron la comida.

Salvatore se puso de pie.

—¿Quién?

Adelaide cerró los ojos.

—Hattie. Nolan. Los empleados recibieron instrucciones de no servirme nada sin autorización.

Hattie soltó una carcajada incrédula.

—¡Eso es absurdo! Nadie la obligó a pasar hambre. Se le dijo que debía responder una pregunta antes de volver a participar en las comidas familiares.

Salvatore se volvió hacia ella.

—¿Qué pregunta?

Nolan intervino antes de que Hattie pudiera contestar.

—Queríamos saber qué creía haber visto. Era necesario aclarar el asunto antes de que empezara a contárselo a todo el mundo.

—¿Y por eso la encadenaron?

—Era una cadena decorativa —respondió Hattie, levantando la barbilla—. No la lastimaba.

Salvatore miró la marca rojiza que el metal había dejado en el cuello de su madre.

—¿Te parece que eso es una respuesta?

Hattie abrió la boca, pero él la interrumpió.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera un objeto que puedes guardar en un rincón hasta que te convenga.

Nolan se acercó con las manos levantadas.

—Salvatore, piensa con claridad. Somos tu familia. No vas a tomar decisiones precipitadas por una historia que una anciana no puede explicar.

—Mi madre acaba de decir que la privaron de comida durante seis días.

—No exactamente. Se le ofrecieron oportunidades para cooperar.

—¿Cooperar con qué?

Nolan guardó silencio.

Y aquel silencio fue la primera respuesta sincera que Salvatore había recibido desde su llegada.

El médico llegó unos minutos después.

Era el doctor Bellini, quien atendía a los miembros de la familia desde hacía más de una década. Se arrodilló junto a Adelaide, le tomó el pulso y revisó sus signos vitales.

Su expresión se ensombreció.

—Necesita descansar, hidratarse y recibir atención inmediata. Está considerablemente debilitada.

Salvatore no apartó la mirada del médico.

—¿Por falta de alimento?

El doctor vaciló.

—Por lo que observo, es muy posible. Necesito hacer una evaluación más completa para determinar su estado.

—Hágala. Y documente todo.

Nolan frunció el ceño.

—¿Documentar? ¿Qué pretendes hacer?

—Averiguar qué ocurrió en mi propia casa.

—Estás hablando de denunciar a tu familia.

—Estoy hablando de proteger a mi madre.

El médico ayudó a Adelaide a levantarse, pero las piernas de la anciana cedieron. Salvatore la sostuvo antes de que cayera.

Ella se aferró a su camisa.

—No me dejes sola con ellos.

Salvatore sintió que aquellas palabras lo atravesaban.

—No vas a volver a estar sola con nadie que te haga daño.

La llevó al interior, acompañado por el doctor. Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia los empleados que se habían reunido en el patio.

—A partir de este momento, nadie sale de esta residencia sin que se registre su nombre y la hora. Nadie destruye documentos, borra mensajes ni mueve objetos de esta casa. Si alguien recibió instrucciones de maltratar a mi madre, quiero saber quién se las dio.

Hattie palideció.

—No puedes convertir una reunión familiar en una investigación policial.

—Ya no es una reunión familiar.

Nolan intentó seguirlos.

Salvatore le cerró el paso.

—Tú te quedas aquí.

—No tienes autoridad para encerrarme.

—No te estoy encerrando. Te estoy diciendo que no vas a acercarte a mi madre mientras intento averiguar qué le hiciste.

—¡No le hice nada!

—Entonces no tendrás ningún problema en responder mis preguntas.

Salvatore se alejó.

En la habitación de Adelaide, el doctor comenzó a atenderla mientras una empleada preparaba una sopa ligera. La anciana comió despacio, con pequeñas pausas para recuperar el aliento.

Salvatore permaneció sentado junto a la cama.

No le preguntó nada más hasta que ella hubo terminado.

Cuando el médico salió para buscar unos medicamentos, Adelaide tomó la mano de su hijo.

—Perdóname.

Salvatore frunció el ceño.

—¿Por qué me pides perdón?

—Porque debí hablar antes.

—¿Antes de qué?

Adelaide miró hacia la puerta cerrada.

—Antes de que se llevaran a tu esposa.

Salvatore sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.

—Mamá, necesito saber exactamente qué pasó.

Ella respiró profundamente.

—Hace seis días, al caer la tarde, estaba en el corredor que da al jardín trasero. Había salido a buscar mi chal porque el aire estaba frío. Entonces escuché voces cerca del garaje.

—¿De quiénes?

—De tu esposa y de un hombre al que nunca había visto.

—¿Qué hombre?

—No lo sé. Era alto, llevaba una gorra oscura y hablaba con ella como si tuviera derecho a darle órdenes.

Salvatore apretó la mandíbula.

—¿Y mi esposa?

Una lágrima rodó por la mejilla de Adelaide.

—Ella intentó alejarse. Él la sujetó del brazo y la obligó a entrar en un automóvil.

Salvatore dejó de respirar por un instante.

—¿La secuestró?

—No sé qué palabra debes usar, hijo. Solo sé que ella no quería subir. La escuché decir que no iba a ir con él.

Salvatore se levantó tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.

—¿Por qué no me llamaste?

—Lo intenté.

—¿Qué pasó?

Adelaide comenzó a temblar.

—Hattie apareció detrás de mí. Me quitó el teléfono y me dijo que había entendido mal. Después llegó Nolan. Me llevaron a una habitación y me exigieron que les dijera qué había visto.

—¿Y cuando te negaste?

—Me quitaron la comida.

Salvatore sintió que la rabia le nublaba la vista.

—¿Durante seis días?

Adelaide asintió.

—Dijeron que, si hablaba contigo, harían que pareciera que estaba perdiendo la razón. Que nadie creería a una anciana confundida. También dijeron que tu esposa había abandonado la casa por voluntad propia y que yo debía confirmar esa versión.

Salvatore miró a su madre con una mezcla de dolor y horror.

—¿Querían que mintieras?

—Querían que dijera que tu esposa se había marchado con ese hombre porque estaba cansada de ti.

La habitación quedó en silencio.

Salvatore volvió a sentarse.

Por un momento, no pareció el hombre que dirigía los negocios de los Carbone. Pareció un esposo que acababa de descubrir que la mujer a la que amaba podía estar en peligro desde hacía casi una semana.

—Mamá, ¿viste el automóvil?

—Sí.

—¿Recuerdas algo más?

Adelaide cerró los ojos, buscando en su memoria.

—Era oscuro. Quizá azul, quizá negro. No pude ver bien las placas. Pero recuerdo algo en la ventana trasera.

—¿Qué cosa?

La anciana tragó saliva.

—Una calcomanía blanca. Tenía una figura roja en el centro.

Salvatore sacó su teléfono y llamó a su jefe de seguridad.

—Necesito todas las grabaciones de las cámaras de la residencia correspondientes a los últimos siete días. Las del garaje, la entrada principal y las calles cercanas. Ahora mismo.

Escuchó la respuesta durante unos segundos.

Entonces su expresión cambió.

—¿Qué significa que las grabaciones fueron eliminadas?

Adelaide se cubrió la boca.

Salvatore se puso de pie.

—¿Quién autorizó esa eliminación?

La voz al otro lado del teléfono pronunció dos palabras.

Salvatore no respondió inmediatamente.

Miró a su madre.

Después miró la puerta.

Y comprendió que el hombre que había obligado a su esposa a subir a aquel automóvil quizá no era el único que llevaba seis días intentando borrar sus huellas.

—No toques nada más —ordenó antes de colgar—. Voy para allá.

Cuando salió de la habitación, encontró a Hattie esperándolo en el corredor.

Tenía los ojos húmedos, pero su voz sonó firme.

—Salvatore, por favor. Antes de que hagas algo de lo que puedas arrepentirte, debes saber una cosa.

Él no se detuvo.

—Habla.

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Hattie miró hacia las escaleras, comprobando que nadie estuviera cerca.

—Tu esposa no fue la única persona que desapareció aquella noche.

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