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Chapter 8: La firma de su padre apareció en un documento imposible y Adrian descubrió que su familia llevaba años escondiendo una traición

Adrian leyó el mensaje de Roberto tantas veces que las palabras parecieron perder sentido.

Su padre llevaba cinco años muerto.

No podía haber firmado un poder dos meses antes del accidente de Mariana.

A menos que el documento fuera falso.

O que alguien hubiera utilizado una firma antigua para fabricar una autorización.

Adrian se apartó de sus hijos y llamó inmediatamente al abogado.

—Explícame exactamente lo que encontraste.

—El registro original incluye una copia del poder utilizado para respaldar la solicitud. El documento lleva el nombre de Alejandro Montes, pero la fecha de emisión es posterior a su fallecimiento.

—Entonces es falso.

—Es una posibilidad muy fuerte. Sin embargo, debemos revisar el protocolo notarial y comprobar si existe algún documento anterior que haya sido alterado o reutilizado.

Adrian cerró los ojos.

Su padre había sido un hombre estricto, orgulloso y obsesionado con la reputación familiar. Durante años había dirigido una empresa de construcción que después pasó a manos de Adrian.

También había tenido una relación complicada con Mariana.

No porque la despreciara, sino porque desconfiaba de cualquier patrimonio que no estuviera bajo el control de los Montes.

Cuando Mariana heredó la hacienda, Alejandro había insistido en que la familia debía centralizar la administración de todos sus bienes.

Mariana se había negado.

Adrian recordaba una discusión entre ambos durante una cena.

Su padre había dicho que una propiedad sin una administración firme terminaría convirtiéndose en una carga.

Mariana había respondido que prefería conservar una propiedad imperfecta antes que entregarle el control a alguien que no respetara sus decisiones.

Adrian había intervenido para cambiar de tema.

En aquel momento, creyó que solo se trataba de una diferencia de opiniones.

Ahora se preguntaba si aquella discusión había sido más importante de lo que imaginaba.

—Necesito revisar todos los documentos que dejó mi padre —dijo.

—Podemos solicitar los archivos corporativos y los expedientes patrimoniales. Pero no debemos asumir que él participó en una falsificación solo porque su nombre aparece en un documento.

—Lo entiendo.

Adrian colgó y se quedó mirando la fotografía familiar que descansaba sobre el escritorio.

Su padre aparecía en el centro, con una mano sobre el hombro de Adrian. Mariana estaba a su lado, sosteniendo a Lily cuando todavía era un bebé.

Todos sonreían.

Nadie habría imaginado que años después aquella familia estaría dividida por documentos falsos, amenazas y secretos.

A las diez de la mañana, Roberto llegó con una carpeta de registros corporativos.

La revisión inicial mostraba que Alejandro había tenido una relación comercial con una empresa que administraba propiedades privadas. La compañía había cerrado sus operaciones poco después de su muerte.

Entre los antiguos socios aparecía Julián Ferrer.

Adrian reconoció el nombre inmediatamente.

—¿Mi padre trabajó con él?

—Hay registros de una sociedad comercial constituida hace nueve años. No sabemos si ambos mantenían una relación cercana, pero sus nombres aparecen en los mismos documentos.

—¿Y Esteban Rivas?

—También figura como administrador en una de las operaciones relacionadas con la hacienda.

Adrian se quedó mirando la carpeta.

Las conexiones eran cada vez más claras, pero todavía no demostraban quién había hecho qué.

—¿Qué ocurrió con la sociedad?

—Se disolvió formalmente, aunque una empresa vinculada a ella continuó recibiendo pagos durante varios meses.

Roberto abrió otra hoja.

—Y hay una transferencia que coincide con una de las anotaciones de Mariana.

La cantidad era de ciento veinte mil pesos.

La misma cifra que aparecía en la libreta de Vanessa.

Adrian sintió que el pasado y el presente se acercaban peligrosamente.

—¿Quién recibió el dinero?

—Una empresa que pertenecía a un antiguo colaborador de Julián Ferrer. Después, el dinero se dividió en tres transferencias más pequeñas.

—¿A dónde?

Roberto señaló los nombres.

Uno correspondía a una sociedad de asesoría.

Otro, a una cuenta personal.

El tercero estaba vinculado con Gabriel Torres.

Adrian se levantó.

—Entonces Gabriel no estaba actuando solo.

—Es una hipótesis razonable, pero necesitamos los registros completos para establecer el propósito de los pagos y quién los autorizó.

Adrian se acercó a la ventana.

La verdad no estaba llegando como una confesión espectacular.

Estaba apareciendo en pequeños fragmentos: una firma, una transferencia, una fotografía, una fecha.

Y cada fragmento revelaba una decisión que alguien había tratado de esconder.

—Quiero que entreguemos todo esto a las autoridades —dijo—. No voy a negociar con ellos ni a intentar resolverlo en privado.

Roberto asintió.

—Prepararé el expediente.

Mientras tanto, Vanessa estaba en un departamento amueblado a las afueras de la ciudad.

Había pasado la noche sin dormir, revisando mensajes y llamando a Gabriel.

Ninguno de sus intentos había recibido respuesta.

Finalmente, el teléfono vibró.

Era un número desconocido.

—¿Dónde estás? —preguntó ella en cuanto contestó.

—No importa dónde estoy.

Vanessa apretó el teléfono.

—Adrian encontró los documentos de Mariana.

—Lo sé.

—También encontró la libreta.

El hombre guardó silencio.

—¿Cómo pudo conseguirla?

—No lo sé. Elena debió de encontrarla entre mis cosas.

—Te advertí que no dejaras nada en la mansión.

Vanessa se puso de pie.

—¡Yo hice todo lo que me pediste! Me casé con Adrian, conseguí acceso a sus cuentas y traté de resolver el asunto del fideicomiso. Pero ahora los niños están hablando.

—Entonces debiste mantenerlos tranquilos.

Vanessa sintió que la rabia le subía al rostro.

—¿Mantenerlos tranquilos? ¡Tú fuiste quien dijo que nadie me creería si los castigaba! ¡Tú dijiste que Adrian siempre estaría ocupado!

—Y estabas equivocada.

La frase la dejó helada.

—¿Qué quieres decir?

—Que Adrian tiene las grabaciones, los documentos y un abogado revisando cada movimiento. Si la investigación llega hasta mí, no pienso cargar con todo.

Vanessa respiró con dificultad.

—No puedes hacerme esto.

—No estoy haciendo nada. Tú tomaste tus decisiones.

—¡Tú me dijiste que la propiedad terminaría siendo nuestra!

—Te dije que existía una oportunidad. Nunca te prometí que fuera fácil.

La llamada terminó.

Vanessa lanzó el teléfono sobre el sofá.

Por primera vez, comprendió que los hombres que habían alimentado sus ambiciones estaban dispuestos a abandonarla para salvarse.

Y si Adrian descubría el resto, podía perder mucho más que su matrimonio.

Podía perder su libertad.

Esa tarde, Roberto recibió una llamada de Teresa.

La mujer había encontrado una segunda carpeta en el fondo del armario donde guardaba la caja azul.

No estaba dentro de la caja metálica. Mariana la había escondido en un compartimento detrás de una tabla suelta.

Teresa la entregó a un mensajero de confianza para que llegara al despacho del abogado.

Dentro había una copia de un contrato, una lista de pagos y una carta dirigida a Alejandro Montes.

Adrian reconoció la letra de su padre en el sobre.

El contrato se refería a una operación de administración de propiedades. No incluía una transferencia directa de la hacienda, pero otorgaba facultades amplias para gestionar ciertos ingresos y negociar contratos de arrendamiento.

La firma de Mariana aparecía al final.

Sin embargo, la fecha correspondía a una semana en la que ella había estado hospitalizada por una complicación médica durante su embarazo de Noah.

Adrian revisó su agenda antigua.

La fecha era correcta.

Mariana no había podido asistir a una reunión presencial aquel día.

—Esto puede ser una firma falsificada —dijo Roberto—. Pero necesitaremos un peritaje.

Adrian examinó la carta dirigida a su padre.

Alejandro: no voy a firmar ningún documento que permita a terceros disponer de los bienes de Lily sin una protección legal independiente. Ya te expliqué mis razones. No vuelvas a enviar a Julián para presionarme.

Adrian se quedó inmóvil.

Su padre había recibido una advertencia directa.

No sabía si había participado en el intento de obtener el control del fideicomiso, pero la carta demostraba que Mariana había sentido presión y que había identificado a Julián como parte de ella.

En el fondo de la carpeta había una segunda nota, esta vez escrita por alguien más.

La operación debe quedar cerrada antes de que la señora Montes hable con su esposo. Si Adrian conoce la estructura completa, no aceptará el acuerdo.

La nota no llevaba firma.

Pero la tinta y el papel parecían distintos a los de la carta de Mariana.

Roberto fotografió todo y lo incorporó al expediente.

—Necesitamos establecer quién escribió esto.

Adrian asintió.

—Y averiguar qué sabía mi padre.

Al caer la tarde, Adrian regresó a la mansión.

Lily estaba en la sala, construyendo una torre con bloques de colores. Noah se reía cada vez que la torre caía.

La risa del pequeño hizo que Adrian se detuviera en la entrada.

Durante semanas, quizá meses, aquella casa había estado llena de sonidos que él no escuchaba porque estaba demasiado ocupado trabajando.

Ahora cada risa le parecía un recordatorio de lo que había estado a punto de perder.

Lily levantó la mirada.

—¡Papá! ¡Mira lo que hice!

La torre se derrumbó antes de que pudiera mostrársela.

Noah aplaudió.

Lily soltó una carcajada.

Adrian se sentó con ellos y ayudó a reconstruirla.

Por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj.

No revisó los mensajes.

No pensó en la siguiente reunión.

Solo estuvo allí.

Cuando los niños terminaron de jugar, Lily se acercó a él.

—Papá, ¿ya sabes quién hizo llorar a mamá?

Adrian sintió que la pregunta le atravesaba el pecho.

—Todavía no, mi amor. Estamos investigando.

—¿Y si fue alguien de nuestra familia?

Adrian guardó silencio un instante.

—Entonces tendremos que aceptar la verdad, aunque duela.

Lily bajó la mirada.

—Mamá decía que la familia debía cuidarse.

Adrian le tomó las manos.

—Y tenía razón. Nadie tiene derecho a hacerte daño solo porque diga que te quiere.

La niña lo abrazó.

Adrian cerró los ojos.

En ese momento, Roberto llamó desde el despacho.

Su voz sonaba diferente.

—Adrian, necesito que vengas. Encontramos algo en los archivos de tu padre.

Adrian subió las escaleras.

En la pantalla de la computadora había un documento digitalizado de una reunión celebrada dos meses antes del accidente.

Participaban Alejandro Montes, Julián Ferrer y Esteban Rivas.

El asunto de la reunión era la administración del fideicomiso de Mariana.

Pero lo más inquietante estaba en una nota adjunta, escrita por Alejandro.

No se debe presionar a Mariana. Si se niega a firmar, la operación queda suspendida. Nadie tiene autorización para acercarse a Lily ni para amenazar a Teresa.

Adrian leyó la frase varias veces.

Aquella nota podía indicar que su padre había intentado detener la operación, no impulsarla.

Pero entonces, ¿por qué su firma aparecía en un poder falso presentado después de su muerte?

Roberto abrió el siguiente archivo.

Era una copia de un correo enviado desde una cuenta corporativa dos días antes del accidente de Mariana.

El mensaje tenía un destinatario.

Julián Ferrer.

Y una frase que hizo que Adrian sintiera un frío insoportable.

*«Alejandro ya no puede detenernos. La próxima firma será la definitiva».*

Debajo aparecía una respuesta enviada minutos después.

*«Entonces asegúrate de que Mariana no llegue a la reunión del viernes».*

Adrian retrocedió un paso.

No sabía quién había escrito los mensajes ni qué significaba exactamente aquella frase. Pero era una pista demasiado grave para ignorarla.

Roberto cerró el archivo.

—Esto debe entregarse de inmediato a las autoridades. No podemos determinar todavía si se refiere a una reunión comercial, una amenaza o algo más grave.

Adrian asintió lentamente.

—Hazlo.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

*«Si quieres saber quién estuvo con Mariana antes del accidente, deja de buscar a Vanessa y ven solo a la hacienda mañana a las ocho».*

Debajo aparecía una fotografía reciente de la entrada de la propiedad.

En el centro de la imagen había una mujer sosteniendo un sobre.

Adrian amplió la fotografía.

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Era Teresa.

Y detrás de ella, parcialmente oculto por una columna, estaba Julián Ferrer.

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