Chapter 5: La amenaza llegó desde el jardín y reveló que alguien dentro de la mansión seguía obedeciendo a Vanessa
Adrian ordenó cerrar las puertas de la mansión y activar todos los protocolos de seguridad, pero cuando revisaron las cámaras descubrieron que la persona que había fotografiado a Lily conocía perfectamente los puntos ciegos del sistema.
—Nadie entra ni sale hasta que sepamos qué ocurrió —ordenó al director de seguridad.
Dos guardias revisaron el jardín, los pasillos exteriores y el acceso de servicio. Otro empleado acompañó a Elena y a los niños a una habitación interior, lejos de las ventanas.
Adrian se quedó con el teléfono de Lily.
El mensaje seguía abierto.
No era una amenaza vaga ni una broma de mal gusto. Alguien había conseguido una fotografía de su hija dentro de la casa y sabía exactamente qué estaba investigando.
—¿Reconoces el número? —preguntó Roberto.
—No.
—No respondas. Conservaremos el mensaje y pediremos que se investigue su origen.
Adrian asintió.
La rabia le quemaba el pecho, pero sabía que cualquier movimiento impulsivo podía poner a sus hijos en mayor peligro.
—Quiero revisar los accesos de las últimas cuarenta y ocho horas. Empleados, proveedores, mensajeros, todos.
—Lo haremos —respondió el director de seguridad—. También revisaremos las cámaras exteriores y los registros del portón.
—Y nadie tendrá acceso a la habitación de los niños sin autorización directa mía.
El hombre asintió y se retiró.
Adrian entró en la habitación interior.
Lily estaba sentada en un sillón, abrazando a Noah. Elena permanecía junto a ellos.
La niña levantó la mirada.
—¿Van a venir por nosotros?
Adrian se arrodilló frente a ella.
—No voy a mentirte, Lily. No sé quién envió ese mensaje. Pero sí sé que estamos tomando medidas para mantenerlos seguros.
—¿Y si es el hombre que viene cuando tú no estás?
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Lo has visto antes?
Lily asintió lentamente.
—Una vez estaba en la cocina. Vanessa me dijo que era un amigo suyo. Él me preguntó si todavía guardaba cosas de mi mamá.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Nunca me dijiste eso, mi niña.
—Vanessa dijo que no debía hablar de sus amigos. Que si decía algo, mi papá pensaría que inventaba historias.
Adrian sintió que la rabia se convertía en una tristeza profunda.
Su hija había aprendido a desconfiar incluso de su propia voz.
—Hiciste bien en contármelo ahora —le dijo—. No tienes que recordar todo de golpe. Vamos a escucharte con calma y a buscar ayuda para que puedas sentirte segura.
Lily asintió y volvió a abrazar a Noah.
Adrian se quedó con ellos hasta que el pequeño se durmió.
Después salió al pasillo y llamó a su abogado.
—Necesitamos hablar con Elena y con el resto del personal. Pero no quiero que nadie presione a Lily.
—Estoy de acuerdo. Podemos tomar declaraciones por separado y documentar los hechos sin convertir esto en un interrogatorio.
—Hazlo.
Cuando Adrian regresó al despacho, el director de seguridad lo esperaba frente a una pantalla.
—Encontramos algo, señor.
En la imagen aparecía el jardín lateral, a las seis y cuarenta y tres de la mañana.
Una figura vestida con una chamarra oscura caminaba cerca de la ventana de la habitación infantil. Se detenía durante unos segundos, levantaba el teléfono y tomaba una fotografía.
Después desaparecía detrás de los arbustos.
—¿Se ve su rostro?
—No claramente. Pero observamos algo interesante. La persona no entró por el portón principal. Utilizó el acceso de servicio y salió por el mismo lugar.
—¿Quién tiene llave?
—El personal de mantenimiento, el jardinero y tres empleados domésticos. También existe una llave de emergencia que debería permanecer en el gabinete de seguridad.
Adrian se volvió hacia él.
—¿Debería?
El director tragó saliva.
—El registro indica que esa llave fue retirada ayer a las seis de la tarde. No hay ninguna autorización registrada para hacerlo.
—¿Quién la retiró?
El hombre abrió otro archivo.
El nombre apareció en la pantalla.
*Gabriel Torres, asistente personal de Vanessa.*
Adrian conocía a Gabriel desde hacía casi dos años. Era un hombre discreto que organizaba las citas de su esposa, recogía documentos y se encargaba de ciertos trámites.
También había estado presente en numerosas ocasiones cuando Adrian viajaba.
—¿Dónde está ahora?
—No ha regresado desde esta mañana. Su teléfono está apagado.
Adrian se quedó mirando el registro.
Vanessa ya no estaba en la mansión, pero su influencia seguía allí.
—Quiero que localicen a Gabriel y entreguen toda la información a las autoridades. No lo confronten por su cuenta.
—Entendido.
Al mediodía, Roberto recibió la confirmación del notario.
El expediente del fideicomiso contenía una solicitud de modificación, pero la firma de Adrian no coincidía con los registros originales. Además, el documento había sido presentado por una representante de Consultoría Integral del Centro.
La supuesta autorización incluía una copia de un poder notarial que Adrian nunca había otorgado.
—Esto es más grave de lo que pensábamos —dijo Roberto—. Hay indicios de que alguien intentó utilizar documentos falsificados para modificar la administración del patrimonio de Lily.
—¿Podemos detener el trámite?
—Ya solicitamos que se suspenda cualquier modificación mientras se verifica la documentación. También prepararemos la denuncia correspondiente.
Adrian se pasó una mano por el rostro.
—¿Cuánto tiempo lleva Vanessa intentando hacer esto?
—No lo sabemos todavía. Pero las transferencias que encontramos podrían estar relacionadas con los honorarios de quienes prepararon los documentos.
—Quiero revisar cada peso.
Roberto asintió.
—Lo haremos de manera ordenada. También debemos distinguir entre lo que sabemos y lo que sospechamos. Por ahora, tenemos evidencia del intento de modificación, transferencias a una empresa desconocida y el video del maltrato a los niños.
Adrian miró la carpeta donde había guardado la carta de Mariana.
—Y tenemos la advertencia de mi esposa.
—Sí. Pero la carta no demuestra por sí sola que Vanessa haya participado en la muerte de Mariana.
—No he dicho que lo demuestre.
—Lo sé. Solo quiero que tengamos cuidado. Si hay una conexión, debemos encontrarla con pruebas, no con suposiciones.
Adrian agradeció la franqueza del abogado.
Durante años había creído que podía resolver cualquier problema con una llamada y suficiente dinero. Ahora estaba aprendiendo que proteger a sus hijos requería paciencia, decisiones difíciles y la disposición de escuchar cosas que preferiría no saber.
A las dos de la tarde, Elena entró al despacho.
Llevaba un pequeño cuaderno de tapas verdes.
—Señor Adrian, encontré esto entre las cosas que la señora Vanessa dejó en el vestidor.
—¿Qué es?
—Una libreta donde anotaba algunos gastos. No sé si tenga importancia, pero vi el nombre de la empresa que usted mencionó.
Roberto se puso de pie.
Elena abrió la libreta por una página marcada con una cinta.
Había varias anotaciones de fechas y cantidades. Junto a ellas aparecían iniciales, nombres incompletos y referencias a citas.
Una entrada llamó inmediatamente la atención de Adrian.
E. R. — expediente M. — segunda entrega.
Debajo figuraba una cantidad de ciento veinte mil pesos.
—¿Qué significa expediente M.? —preguntó Roberto.
Elena negó con la cabeza.
—No lo sé. La señora Vanessa escondía esta libreta cuando alguien entraba a su vestidor.
Adrian revisó la fecha.
Correspondía a seis meses antes del accidente de Mariana.
Sintió que el despacho se hacía más pequeño.
—¿Está segura de que la anotación es de Vanessa?
—La vi escribir en esa libreta muchas veces. Reconozco su letra.
Roberto fotografió cada página relevante y preparó un inventario del documento.
—Esto podría ayudar a establecer el destino de los pagos, pero necesitaremos los comprobantes y la información bancaria correspondiente.
Adrian asintió.
—Que se haga todo por la vía legal.
En ese momento, el director de seguridad volvió a llamar.
—Señor, encontramos al conductor del vehículo que estuvo frente a la mansión. El automóvil está registrado a nombre de una empresa de transporte. La compañía confirmó que el vehículo fue alquilado por Gabriel Torres.
—¿Y Gabriel?
—No hemos podido localizarlo todavía. Sin embargo, encontramos una reservación de hotel a su nombre, hecha para esta noche.
—¿En qué hotel?
El director le dio la dirección.
Roberto intervino inmediatamente.
—No vaya usted. Si Gabriel está involucrado, no sabemos qué hará al verse descubierto. Debemos entregar esta información a las autoridades y dejar que lo localicen.
Adrian apretó los dientes.
Quería respuestas.
Quería saber por qué alguien amenazaba a su hija.
Quería saber qué había ocurrido realmente antes de la muerte de Mariana.
Pero, por primera vez, se obligó a detenerse.
—Haz lo necesario para que las autoridades reciban la información.
Roberto se encargó de la llamada.
Adrian subió a ver a sus hijos.
Encontró a Lily dibujando junto a Noah. Había dibujado una casa con un jardín, dos niños y un hombre alto que los tomaba de la mano.
Esta vez no había tachado la figura del padre.
Adrian se sentó a su lado.
—¿Puedo ver tu dibujo?
Lily se lo entregó.
—Esta es nuestra casa. Y este eres tú.
—Me gusta mucho.
—¿Podemos irnos de aquí?
Adrian la miró con sorpresa.
—¿Quieres vivir en otra casa?
Lily bajó los ojos.
—Quiero una casa donde nadie se enoje cuando Noah se ríe.
Adrian sintió que el pecho se le encogía.
Podía contratar seguridad, cambiar cerraduras y presentar denuncias. Pero no podía obligar a su hija a sentirse segura en una casa que había dejado de ser un hogar para ella.
—Podemos quedarnos en otro lugar mientras resolvemos todo esto —le dijo—. No tienes que decidir ahora. Lo vamos a hablar juntos.
Lily sonrió apenas.
En ese instante, el teléfono de Adrian vibró.
Era un mensaje del director de seguridad.
*«Encontramos una segunda grabación. La cámara del pasillo de servicio registró a Gabriel entrando a la mansión hace cuatro meses. No estaba solo».*
Adrian abrió el archivo.
La imagen mostraba a Gabriel conversando con una mujer cerca de la puerta del despacho.
La calidad no era perfecta, pero el rostro de la mujer resultaba inconfundible.
Era Vanessa.
Gabriel le entregaba una carpeta.
Ella la abría, revisaba su contenido y después señalaba hacia el pasillo que conducía al dormitorio de Mariana.
La grabación duraba apenas treinta segundos.
Sin embargo, al final ocurría algo que hizo que Adrian sintiera un escalofrío.
Vanessa miraba directamente hacia la cámara.
Después levantaba una hoja frente al lente.
En la hoja había una frase escrita en letras grandes:
*«Si quieres conservar a tus hijos, deja de investigar».*
Adrian volvió a reproducir el video.
La amenaza había sido dirigida a alguien.
Pero no a él.
En la esquina inferior aparecía la fecha exacta de la grabación.
Era la misma semana en que Lily había empezado a esconder las cosas de su madre.
Y cuando Adrian pidió que revisaran el registro completo, descubrió que la cámara había sido desconectada inmediatamente después de aquel encuentro.
Alguien había sabido dónde estaba.
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Alguien había querido impedir que aquella conversación quedara registrada.
Y ese alguien todavía conocía los secretos de la mansión.
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